
[...] ... la voz a ti debida [...]
hará parar las aguas del olvido.
Garcilaso de la Vega
Hasta entonces nadie se lo había preguntado, ni siquiera él mismo había tenido esa inquietud jamás. No recordaba cómo fue el inicio de la conversación, pero hubo un momento en que su cuñada le lanzó la pregunta como si fuese una piedra.
- Pero entonces, ¿tú eres ateo?
Lo hizo con el mismo tono de escándalo con que hubiera sorprendido una confesión de pedofilia o desviación similar.
- Para ser ateo tendría que demostrar la existencia o no de Dios. Y como ni yo ni nadie lo ha hecho hasta ahora, como la misma idea de Dios está más allá del entendimiento humano, pues eso, me declaro no beligerante.
Bea le dio una patada por debajo de la mesa por si su mirada no había sido aviso suficiente. Se estaba pasando, y ya sabía cómo terminaban a menudo sus bromas. Él se giró hacia su cuñada, le lanzó una sonrisa a modo de disculpa y se encogió de hombros.
Sin embargo, a pesar del tono ligero de su actitud, la cuestión le hizó mella. No, no se había planteado nunca la existencia de Dios, o había preferido no hacerlo; la una le llevaba a la que siempre había eludido la verdad ¿ qué había más allá de la muerte? Nada, eso era lo más probable, y por eso evitaba caminar por esa senda. La idea era espantosa.¿Quién era capaz de imaginarse muerto? ¿Cómo pensar en no ser nada, en no existir?
Semanas más tarde se lo confesó a Bea, le habló de los ataques de ansiedad que muchos años antes había sufrido y que desde la conversación con su cuñada habían regresado con fuerza. Se despertaba en la noche con la idea cierta, y por ello mismo horrible, de que un día moriría, desaparecería y ya no estaría allí para terminar sus lecturas, concluir conversaciones pendientes, ver cómo crecían sus hijos, para abrazarla y que los abrazase. Ya no sería. Y esa idea inaprehensible lo ahogaba. En esas madrugadas de desasoiego conseguía tranquilizarse al final, pero cada noche regresaba al sueño con el temor a aquella zozobra surgiera de nuevo.. Pensar en la muerte de Bea, en su ausencia absoluta, el entristecía, le desazonaba, le arrancaba algún sollozo si perseveraba en ella, pero jamás le conducía al paroxismo que le causaba la certeza de su propia muerte.
Aunque Bea y él llevaban más de diez años juntos, nunca habían hablado de esos temas. Cuando terminó la confesión de sus inquietudes, se lo preguntó directamente.
- Oye, Bea, ¿tú crees que hay algo más allá de la muerte?
- Eso te pasa por ateo.
- Seguramente, cariño, pero haz el favor de contestarme.
Se lo quedó mirando, él no sabía si incómoda por la pregunta o directamente molesta por su testarudez. Ya había iniciado una disculpa cuando Bea negó con la cabeza. De pronto todo había cambiado, ella parecía querer unirse a la desazón que él mismo le había confesado; también tenía algo que contarle, seguro que era una tontería, pero durante mucho tiempo la había tenido preocupada. Asustada, se corrigió.
- No sé si creo en la otra vida, Carlos, pero sí creo en... - dudó unos segundos antes de pronunciar la palabra - ... en los fantasmas.
No era lo que él esperaba, por un instante le pareció ridículo, pero el rostro de Bea le hablaba de algo que para ella no lo era en absoluto. Con un gesto de la mano le invitó a continuar.
- Verás, todo comenzó hace mucho tiempo, cuando vivíamos en la casona del antiguo Hospital de Caridad, seguro que lo recuerdas...
Claro que lo recordaba. Fue allí donde vio a Bea por primera vezd durante unas vacaciones estivales de hacía más de veinte años. Era la hermana de Jorge, uno de sus amigos del pueblo; se conocieron una tarde en que toda la panda fue a la casona a merendar. La familia de Bea vivía allí desde unos años antes, desde que a sus padres los contrataron como guardeses del lugar. A cambio del mantenimiento y vigilancia del antiguo Hospital, les habían asignado una casa de dos plantas; tenía más de dos siglos de antigüedad, estaba repleta de rincones secretos, patios semiocultos y habitaciones vacías donde podían refugiarse al fresco en las calurosas tardes de verano. De vez en cuando la niña se unía al grupito de chavales en sus juegos, casi como una mascota. Poco a poco él empezó a fijarse en ella, temporada a temporada la indiferencia ante aquella mocosa se fue transformando en un interés velado al principio, esquivo más tarde, y que terminó eclosionando en amor muchos años después cuando sus caminos se volvieron a cruzrar, Claro que se acordaba de la casona, allí había conocido a la mujer de su vida.
- La primera vez que sucedió yo estaba en el salón de la planta de abajo. Sería hacia finales de noviembre; recuerdo que estaba sola en la casa, estudiando para los exámenes de la primera evaluación. Fue entonces cuando escuché unos pasos en el piso de arriba. Era un corredor al que se abrían mi alcoba y las de mis hermanos. Al fondo estaba la de mis padres. Los pasos iban y venían, lentos, como los de alguien que estuviera inspeccionando las habitaciones, una detrás de otra, como si buscara algo...
Había estado hablando sin mirarlo, jugueteando con el puño del jersey. Levantó los ojos y le sonrió como si le invitara a decir algo.
- ¿Te atreviste a subir? No sé, quizá sólo fuesen crujidos. En las casas viejas, ya se sabe...
- Eran pasos, claros y nítidos, de eso estoy segura. Y no, por supuesto que no subí, me puse la cazadora y me fui a la calle. Cuando llegaron mis padres les conté que me dolía la cabeza y que había salido a despejarme.
- Entonces, ¿crees en los fantasmas porque piensas que aquellas pisadas eran de uno? - enseguida se arrepintió de la pregunta, se dio cuenta de que parecía llevar implícito un escepticismo que no era su intención demostrar.
- No sé si era un fantasma, un espíritu o qué. Si sólo hubiese sucedido aquella vez supongo que habría terminado por olvidarlo.. - se interrumpió con la mirada perdida.
- Pero se repitió, ¿verdad? ¿ Y los pasos? ¿Siempre los escuchabas en el corredor de arriba? Quiero decir, ¿nunca oíste que bajaban por las escaleras?
- No lo sé, cuando notaba que llegaban a ese punto me iba de casa. Mis padres terminaron por llevarme al médico después de tantos dolores de cabeza. - Se sonrió.
Él también lo hizo, la notaba nerviosa, indecisa. Conocía a Bea lo suficiente como para saber que deseaba contarle aquella historia, aunque el más mínimo motivo hubiera bastado para que volviera a recluirla en alguna lóbrega celda de su memoria. Ella se encogiço de hombros como si quisiera quitarle importancia a todo aquello.
- ¿Y sucedía con frecuencia? ¿Lo oyó alguien más?
- Qué va, por lo menos, nadie dijo nunca nada, y seguro que lo hubiesen hecho, ya conoces a mis hermanos. No, únicamente lo oía cuando estaba sola.
Se le erizó el vello por lo que Bea le estaba contando, pero sobre todo porque veía la inquietud de antaño en sus ojos.
- Fue así durante varios meses. Procuraba no quedarme sola en casa; tampoco quería darle importancia, me decía que todo eran imaginaciones y que no iba a volver a suceder más. Y entonces regresaban los pasos. Hasta que todo cambió - dudó unos instantes y se acercó un poco más a él. Carlos le acarició la espalda sin hablar, aguardando a que se decidiese a seguir con la historia -. Creo que había pasado ya casi un año sin que volviera a oír las pisadas cuando una noche...
- ¿Qué quieres decir? ¿Lo llegaste a ver?
- No, eso nunca sucedió, pero una noche noté cómo alguien se sentaba a los pies de mi cama. Me desperté y percibí una presión que me impedía mover bien las piernas, aprisionadas bajos las mantas con su peso.
La abrazó y quiso tranquilizarla, ya sólo eran recuerdos de juventud. La mujer negó con la cabeza, los cabellos le rozaron la nariz una y otra vez en un movimiento mecánico que no terminaba nunca. La sujetó por los hombros y la separó un tanto para verle la cara. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Una maldición pasó por su mente, si hubiera supuesto que su pregunta iba a desencadenar aquella crisis... No terminó su reflexión.
- No, no , cariño. No son sólo recuerdos. Cuando me fui a vivir a Madrid continuaron las visitas, así era como las llamaba. No todas las noches, ni siquiera con una frecuencia determinada.
- Suspiró rendida y le miró los ojos -. Ahora sigue pasando, aquí, cuando duermo contigo, muchas noches, ayer mismo...
Lo atravesó un escalfrío. Hubiera querido decirle algo, pero sólo acertaba a mirarla con sorpresa y sí, con un punto de termor. La mera idea de que un espíritu, o lo que fuera, rondase por su propia casa le inquietaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Ella se limpió las lágrimas y le sonrió de nuevo.
- Tendrías que que verte la cara - le pasó los dedos por las cejas-. Ya no me asusta... Bueno, no mucho. Desde que lo recuerdo ha sido así, una noche percibo esa presión en los pies de la cama y me despierto. Entonces me doy la vuelta y me duermo otra vez. Luego, al día siguiente procuro no pensar en ello... Era difícil de entender.
- Y nunca se te ha ocurrido despertarme, avisarme? No sé, algo...
- Bueno, me abrazo a ti y así me siento segura - lo dijo con seriedad, sin ironía, con una mirada que desarmó sus reproches.
Charlaron más tiempo aquella velada, él queriendo saber sobre todo cómo interpretaba ella, preguntándose cómo era posible que nunca se hubiera dado cuenta. Ella le contestaba que en realidad no le afectaba en su vida. De hecho, contárselo le había sentado bien. A partir de esa noche se iba a sentir mucho más protegida. Él la defendería de aquel fantasma tan tímido, bromeó. No volvieron a hablar de ello en los días siguientes aunque él le hizo prometer que en la próxima visita le despertaría.
Si él hubiera sabido lo que iba a suceder, habría comprendido que los proyectos, conflictos, amores y odios, todo quedaba en suspenso y sin solución con la muerte, como en aquella novela que finalizaba de manera brusca con el fallecimiento del protagonista. Y es que la realidad era así, la murete no aguarda a que finalicen los capítulos de la obra. Pero no lo supo y una mañana la muerte se el vino encima de forma de camión. Murió de manera instantánea, sin darse cuenta. Así se lo contaron a Bea los médicos. Un accidente. Una fatalidad. Y más y más palabras de consuelo y sin sentido.
Sin embargo el tiempo es un material dúctil, puede alargarse infinitamente; un segundo puede ser eterno, ese segundo que transcurrió desde que vio al camión abalanzarse sobre su coche hasta que la negrura lo envolvió. Durante ese segundo infinito pensó en Bea. En la tristeza, el dolor, la angustia. En ese amor que un día se prometieron, desde siempre y para siempre, ahora quebrado por una estúpida distracción. Tuvo tiempo también de enfadarse por lo que no era sino una injusticia. Y por la promesa rota: su amor ya no sería para siempre. Después se preguntó si de verdad existiría una vida más allá de aquel instante o si las aguas del olvido lo inundarían todo.
Ése fue su último pensamiento antes de la oscuridad, una oscuridad cálida y por eso mismo desconcertante. Poco a poco se transformó en una bruma grisácea que desembocó en un largo pasillo con unos rectángulos de luz plateada recortados sobre un suelo de terrazo. Caminó con pasos lentos por el corredor. Al otro lado de cada mancha blanquecina había un dormitorio, una cama arreglada, un leve aroma a suavizante. Escuchó una puerta cerrarse y una breve carrera en algún lugar cercano. Regresó hasta una de las habitaciones, en la cama dormía una joven de trece o catorce años. Se sentó en el borde del lecho aplastando las mantas que la cubrían; estuvo contemplándola hasta que el cuarto se disolvió y cambió de forma. La niña era ya una mujer. Fue sólo un instante, y la habitación pasó a ser otra; él se sentó de nuevo a los pies de la misma mujer de antes. Ahora había un hombre a su lado. Un momento más tarde el hombre desapareció, pero ella seguía allí. No dormía, sus sollozos le llegaban como a través de muchos velos. Algo nuevo crecía en su interior, una luz le decía que la consolara, que le posara la mano en el hombro y la dejara allí hasta que el llanto se calmase. Así pasó, y él mismo se libró de la presión de una tristeza de la que hasta entonces no se había percatado. Un instante después, los tubos y cables que ahora salían del cuerpo de la mujer lo confundieron. Se acercó unos pasos. Se habñia covertido en una anciana, esta vez las lágrimas no se deslizaban desde sus párpados cerrados. El rostro mostraba una extraña placidez. Se inclinó y le rozó con suavidad las mejillas. Ella sonrió antes de abrir los ojos y mirarlo. Y entonces supo que siempre la había amado y que este amor sería para siempre.
De la obra Voces bisiestas, Roberto Sánchez