Trompetas de Sión

En aquel tiempo el maestro bajó del monte de los olivos a Jerusalem. Y fue de camino al templo cuando el gentío llenaba las calles y apenas se podía caminar. El maestro soportaba como podía aquellas apreturas y buscaba plazas y espacios abiertos de la ciudad para liberar a las gentes de aquel cafarnaum de estar sin aire y sin espacio, pero sobre todo, para hablarles en parábolas. En un lugar apartado había un hombre de pie esperando, como mirándolos, pero en seguida fue consciente de su ceguera, de su orfandad, y los discípulos:

–Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Por el pecado de sus padres o por su propio pecado?

Él les contestó:

–Ni por su propio pecado ni por el de sus padres, sino para que en él se demuestre el poder de Dios. Mientras es de día tenemos que hacer el trabajo que nos ha encargado el que me envió; luego viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en este mundo, soy la luz del mundo.

Tras estas palabras el maestro cogió tierra del suelo y escupió mezclándola en un lodillo que aplicó a los ojos del hombre; le ordenó entonces que se fuera a lavar a la cercana piscina de Siloé. Tras desprenderse del barro, asombrosamente, sus ojos podían ver; el hombre entonces obnubilado comenzó a mirar en derredor y apreciar la muchedumbre, las moradas, la luz del día y, sobre todas las cosas el maestro, al que reconoció por su gesto y su mirada.

Las gentes, como es menester, prorrumpieron en murmuraciones fruto del aburrimiento y de la maledicencia:

–¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?

Y empezaron a inquirir al resucitado para la luz sobre lo que había pasado. Así, camino al templo, la gente se arremolinaba a alrededor para escuchar lo que contaba sobre el maestro; que se había acercado y había untado sus ojos con barro. Tras ello le había enviado a la piscina a lavarse los ojos...

Y algunos fariseos divagaban sobre la casualidad de que fuera sábado, que lo era, y que si nadie podía curar (en buena lid era trabajar en día tan indicado por la Torah) en sábado; y que si el castigo divino por aquí y por allá para acabar diciendo que el que eso hacía no podía ser Dios porque precisamente no había respetado la Ley del descanso sabático.

Las gentes ávidas de polémica, de igual forma, interrogaban a sus padres en una suerte de telerrealidad antiquísima, y los padres conociendo el percal acababan diciendo: Ya es mayor de edad, preguntádselo a él.

El hombre aturullado siguió caminando y llegó al templo donde dio igualmente pasmosa fe a los sacerdotes de lo que le había acontecido. En el lugar sagrado le decían:

–Reconoce la verdad delante de Dios: nosotros sabemos que ese hombre es pecador.

Él les contestaba:

–Yo no sé si es pecador o no. Lo único que sé es que yo era ciego y ahora veo.

Y santas pascuas, el hombre marchó medio atormentado tras magno milagro sin saber ya qué hacer o qué decir. Ni comió ni bebió nada y, aunque temía cerrar los ojos por si aquella magia fuera a acabarse, se echó de bruces sobre el camastro y durmió hasta el crepúsculo.

Pasaron las horas y los días, y el hombre no sabía que pensar ni que hacer con su vida; ya no debía pedir limosna pues era capaz de caminar libremente sin su bastón y era libre para ir donde quisiera. Volvió al lugar de la curación, se sentó al borde de la piscina apreciando la luz reflejada en el agua; en el duermevela de cansancio y perplejidad, se durmió y soñó con caminos interminables bajo la luz del sol y a él caminando con su bastón transmutado en firme apoyo de peregrino...

Y cómo es la providencia que nuestro hombre caminó y caminó espolvoreando su testimonio de luz, eso sí, de la mejor y más sencilla manera que pudo dado lo magro de su saber y su formación religiosa. Y un buen día, cruzando Egipto camino al sur, llegó a la Alta Etiopía y allí descansó de la canícula, del agotamiento de sus pies y del polvo del camino. Tuvo fortuna porque encontró una comunidad proclive a su mensaje, y para nada les fue extraño que un extranjero – judío por más señas – con la piel más clara que la suya, hubiera parado allí, en aquel remoto lugar para ser aceptado sin ningún prejuicio.

Pasaron los años en aquella pequeña hermandad, y nuestro hombre cayó en la cuenta que su fortuna había sido enorme, nada menos que Dios había curado su mal y por ello estaba infinitamente agradecido; era feliz entre aquellas gentes y todos los días tenía un bocado que llevarse a los labios. Sin saber el triste fin del hombre que lo curó, oraba dando gracias a su tosca manera.

Una noche tremenda los astros lo miraron con aviesa lujuria de mal, o por lo menos eso sentía y se le encogía el corazón. No le atrapaba el sopor, y oraba y oraba toscamente para no sentir aquello dentro de sí. Al pasar las horas consiguió finalmente dar descanso a su cuerpo aunque su alma permanecía atribulada y fruto de esa tribulación nació el mal sueño:

Una tormenta de fuego se cernía sobre Palestina: desde las tierras cercanas a Jerusalem se oían el sonido de las trompetas sin cesar, al tiempo que se lanzaban truenos y rayos sobre los territorios que llegaban hasta el mar. Sus pobladores gritaban y corrían despavoridos, y la lluvia de fuego no cesaba; el terror sin nombre hizo presa del corazón de aquella pobre y castigada muchedumbre. Auguraba en sueños que era la ira de Yahveh – al que no veía por ninguna parte – en una nuevo y merecido castigo pero no, el fuego era proclamado por los de su estirpe, por el pueblo elegido de Yahveh y estaba lleno de odio y de impunidad. Lo podía ver en sus rostros de Pantocrator enloquecidos. Murieron miles y miles de hombres y otros tantos huyeron del fuego a esconderse en otras tierras ya para siempre aterrorizados.

Despertó al alba infeliz por el apocalipsis que había presenciado; no pudo comer nada en días y el terror de la visión lo atormentó mucho tiempo. El recuerdo era tan vívido y tantos los detalles que decidió dar testimonio escrito sobre lo que había presenciado. Aunque era ya anciano, como niño balbuceaba al pergamino lo que era recuerdo oscuro, doloroso y triste.

Hubo ya terminado de escribir lo innombrable y quedó en paz por haberse deshecho de aquella atrocidad y cayó entonces en un dulce sueño en el que cual sí vio a Yahveh, por primera vez, y con ecos de trueno sonaron sus palabras en su alma:

Aunque lo que tú has visto es futuro, el pueblo elegido ha infringido todos mis mandatos y, por tanto, en pocos siglos dejará de serlo; lo has profetizado y por ello te nombro mi hijo predilecto, y a tu libro, el Apocalipsis de Elías. Vive y muere en paz, tu camino está hecho.

_________________________________________________________________________________________

El Monasterio de Debre Bizen es uno de los complejos monásticos más antiguos y venerados de la Iglesia ortodoxa de Eritrea de confesión eustaquiana, situado a 2460 m sobre el nivel del mar en la cima del monte Bizen, cerca de la ciudad de Nefasit, en la región de Hamasien. Su biblioteca contiene muchos y muy valiosos manuscritos...

 

El maestresala