La soledad de las palabras

Se sentó sobre la cama. Lo hizo despacio, como si temiera que el sonido de los muelles pudiese despertar a alguien o avisarle de su presencia. En la habitación, además del lecho, sólo una silla. Sobre ella había colocado el pantalón y la camisa, debajo los zapatos con los calcetines dentro. La ventana no tenía cortinas, no eran necesarias, al otro lado la única imagen era un muro de ladrillos sucios de hollín.

Apoyó los antebrazos en los muslos y perdió la mirada en la pared. Le gustaría no haber dejado de fumar, romper el silencio con el chasquido del mechero, con la aspiración profunda del humo, con el suspiro de su exhalación. Cerró los ojos y se llevó las manos a la cara, quería ocultar sus lágrimas; una carcajada rota se mezcló con sus sollozos porque allí no había nadie que pudiera ver su derrota. Su tristeza era solo suya, como su vida, como su soledad, como lo iban a ser las horas que faltaban hasta… ¿hasta cuándo? Hubiese gritado en ese instante, en realidad nada le impedía hacerlo, ninguno de los inquilinos en aquel lugar se alarmaría. ¿Por qué no gritar, entonces? Lo hizo, y las paredes le devolvieron el eco agudo de su desolación. Gritó una vez más hasta que el dolor de su garganta se confundió con otro, más intenso, que le perforaba el cráneo. El silencio regresó en forma de ondas que se fueron amortiguando hasta derramarse sobre él como un sudario. Se recostó sobre el cabecero de la cama y de debajo de la almohada recuperó la única posesión que había deseado llevar consigo en su huida desesperada. Acarició el cuero de la cubierta, era suave, delicado. Había adquirido aquel cuaderno durante su último viaje con Fátima. Repasó con los dedos sus nombres repujados en la portada y se corrigió. No, no fue así, en realidad su último viaje estaba recogido en aquellas páginas, con todo detalle, casi hora a hora. Pasó las hojas con rapidez hasta llegar a las líneas finales del diario, allí donde había reflejado su postrera esperanza, su último, y al final vano, anhelo. «La cura puede funcionar», había anotado, «tienes que ser fuerte, Fátima. No me dejes».

Qué egoísta le parecían ahora sus frases. «No me dejes»… El importante era él. Fátima no debía morir, pero no por ella, sino por él, por su propio bienestar, para evitarle sufrimientos a él. Por eso accedió a seguir aquel tratamiento experimental que a la postre no había servido para nada, si acaso para que pudiera mantener la ilusión unas semanas más, todo a costa de un hilo de vida que solo había sido dolor y que por fin se había roto esa misma mañana. ¿Por qué no la dejó irse en paz? Era lo que ella le había pedido cansada ya de luchar. Unos días antes le confesó que los aguijonazos de dolor no eran lo que más le hacían sufrir, eran los sueños, las pesadillas más bien. Temía el momento de dormir, ahí comenzaba la tortura que siempre le hacía despertar empapada de sudor, oliendo a orines y medicinas. Alguien le contó una vez que en los sueños no podemos morir, el cerebro se rebela contra sí mismo, no puede elaborar lo que seguiría y nos despierta justo antes del óbito. No era verdad, ella moría cada noche, sentía cómo su alma se derramaba a través de cada poro del cuerpo, percibía la agonía de cada una de sus células al perecer, un dolor mucho más aterrador que el de su vigilia. Pero todo eso desaparecía cuando su mirada se asomaba al vacío, a la negrura del inmenso agujero que pugnaba por absorberla. La monótona vibración de aquella sima siempre terminaba por quebrar su resistencia. Era entonces cuando se precipitaba en el negro abismo de la muerte, cuando experimentaba el horror de no ser, de no existir, de disolverse en la nada. «Antes no me daba miedo morir…, pero ahora… Es espantoso, ese vacío… Al otro lado no hay nada…». Él intentaba tranquilizarla, todo era fruto de la medicación, un efecto secundario, un engaño de su mente ofuscada, una recreación de sus miedos más íntimos. Ella no respondía, pero en sus ojos leía el reproche, él era el culpable de que ya jamás fuera a tener paz, ni en la vida ni en la muerte.

«No me dejes». Era la última anotación, la había escrito una semana antes, cuando Fátima aún vivía. Recorrió los apuntes de los meses anteriores hasta llegar a la primera anotación, entonces las lágrimas habían humedecido aquellas páginas, aunque la confianza aún conservaba su hálito. Después, día tras día, las lágrimas se secaron ─aunque no el dolor ni la pena─. Y la esperanza también desapareció. Desde ese momento ya sólo quedó en aquel diario la soledad de unas palabras huecas y sin sentido, el patético asidero al que quiso sujetarse para no perder la cordura.

Pasó la última página, cogió el bolígrafo y se dispuso a componer la que sí que sería la frase final, la que ella le había arrojado antes de partir, antes de sumergirse en esa muerte que tanto temía. Eso es lo que vio en su cara cuando exhaló su último aliento, no el reposo, la relajación de las facciones, la tranquilidad. Su rostro comenzó a distorsionarse en una mueca donde se mezclaban el sufrimiento y el espanto. Los pulmones, el corazón se habían detenido, pero su cerebro seguía allí, reviviendo una vez más las pesadillas nocturnas. El médico y las enfermeras le detuvieron cuando quiso prestarle algún auxilio; en los ojos de los sanitarios pudo ver algo que si no era miedo se le parecía mucho. Él salió corriendo de la habitación y huyó hasta aquella pensión miserable.

Letra a letra comenzó a trazar las últimas palabras de Fátima; lo hizo con un esfuerzo enorme, sintiendo como la sangre se le helaba en las venas con cada roce encima del papel. Recordó de nuevo su mirada final, aquellas pupilas dilatadas donde asomaba el pozo oscuro en el que Fátima estaba a punto de caer. Leyó la frase, breve, inmensa, definitiva que acababa de escribir.

«Maldito seas».

Roberto Sánchez