Felices veranos de nuestra infancia

¡Viva! ya llega el ascensor, por fin vamos a la feria. No sé si es la sensación de bajar o los nervios pero tengo un hormigueo en la tripa que parece que me hago pis. No voy a decir nada, no digan que si volvemos a casa, que si esto que si lo otro. En la calle hace calor, es temprano todavía, íbamos a salir sobre las siete pero mamá ha dicho que luego se hace tarde y ella mañana madruga. Creo que el año pasado salimos más tarde y volvimos casi de noche pero no estoy seguro porque aún era pequeño. Papá no madruga. Creo que antes sí lo hacía y entonces era mamá la que me llevaba al colegio, no como ahora. A todos mis amigos les lleva su mamá, cuando hay colegio quiero decir, porque aún estamos de vacaciones, pero creo que ya no queda mucho. Entonces me volverá a llevar papá. Ahora, cuando me despierta y voy a desayunar, se sienta conmigo en la mesa de la cocina con el periódico abierto, pintando redondeles con un bolígrafo rojo. Luego viene mamá y se repantinga un momento con nosotros, entonces papá dice “voy a ver si sale algo” y se marcha. Vuelve a la hora de comer y siempre dice “nada”. A mi me hace gracia que haga lo mismo todos los días pero no me río porque él está serio. Yo le voy diciendo a papá que pienso montar en la noria, los autos de choque y el látigo y sonríe, no me cree porque el año pasado me dio miedo pero ya tengo siete años, casi ocho. Mamá se ha parado a mirar un escaparate y viene detrás pensando en sus cosas. La feria está en las afueras, tenemos que andar un buen rato, o a lo mejor es que a mi se me hace largo porque estoy deseando llegar. Lo bueno de esta hora es que habrá poca gente y no tendré que hacer cola para montar en los cachivaches. No me gusta esta manía que han cogido de andar uno detrás del otro, parece que no podemos ir los tres juntos y a mi me gusta ir en medio, dando una mano a cada uno. Pero bueno, ahora lo importante es llegar y montar y notar ese cosquilleo en la pilila como el que me ha dado en el ascensor pero mucho más fuerte. ¡Bien!, ya estamos aquí, aún no han encendido las luces de colores porque es de día pero funciona todo. Tiro del brazo de papá con las dos manos para que corra a la taquilla y compre dos entradas pero él dice que mejor suba yo solo porque ya soy mayor y con el dinero que tenemos podré montar en el doble de cosas. Me da pena pero tiene razón así que compra una sola y subo en el látigo. Me ha tocado en el coche con dos chicos mayores que no me hacen ni caso. Me hace un poco de daño al arrancar, cada vez va más rápido pero aún no noto nada; ahora sí qué va deprisa y en la curva me tengo que agarrar fuerte para no salirme. Las chicas gritan y los chicos levantan los brazos para que veamos que no tienen miedo, son un poco tontos. Damos muchas vueltas a la pista y cogemos las dos curvas rapidísimo. En la recta miro a papá y mamá y me saludan con la mano. Se termina enseguida y bajo del coche, mamá me dice “qué tal” y yo le digo que no he tenido miedo aunque no me haya soltado de la barra. Ella dice “claro que no, tu eres un valiente” y me hace sentir orgulloso. Le digo que ahora quiero subir a la noria y me dice que espere un poco, que vamos a dar una vuelta y verlo todo porque si no voy a terminar enseguida. Tiene razón porque ayer me dijo que este año solo puedo montar en tres cosas y ya he gastado una. Paseamos aunque no hay mucha gente y es un poco aburrido. Paramos un rato en una caseta que dan boletos y luego hacen una rifa y la gente se lleva cosas enormes, hemos llegado un poco antes de que empezaran a decir “el veinte”, “el treinta y ocho” y la gente grita cuando sale su número. Al terminar unas chicas agarran un oso de peluche más grande que ellas y se marchan riendo. ¡Vaya tontería! Seguimos caminando y cuando me canso cojo a papá de la mano y le miro, él sabe lo que quiero decir y dice “vamos acercándonos a la noria”. Ahora hay un poco de cola porque la noria se va parando a cada momento para que subamos en las cabinas. Aquí cabemos cuatro pero se queda un hueco libre, enfrente de mi, porque dos chicas se han sentado de cara una a la otra para hablar de su cosas. Parece que no se han enterado de que se ha puesto en marcha, ellas a lo suyo venga a hablar y a mover la manos. Me están dando un poco de rabia, si les da igual me podían dar a mi sus entradas y montaba varias veces. Bueno, ya subimos todo seguido y cada vez estamos más alto, no quiero que acabe de subir para ver las casas y los árboles desde muy arriba, pero de repente empezamos a bajar y otra vez la cosilla esa en la tripa, y otra vez para arriba y otra vez para abajo y las chicas venga a hablar, qué pesadas. Se ve todo pequeño ahí abajo y no puedo encontrar a papá y mamá porque están muy cerca de la entrada y no me da la vista. Seguirán ahí ¿no?, vaya bobadas que se me ocurren, dónde van a estar. Ya está parando otra vez de a poquitos para que salga la gente. Qué pena bajarse pero ahí están, juntos pero un poco separados, parecen dos papás de diferentes niños. Me sonríen y papá pregunta “¿nos veías desde arriba?” y le digo que sí, no sé por qué, me parece que se va a poner triste si le digo la verdad. Mamá dice “vamos a seguir paseando” y echamos otra vez a andar para dejar pasar el tiempo y no marcharnos todavía. Vamos parando en los chirimbolos como los llama mamá, comentando lo que hacen los que van montados; del que va dando vueltas muy rápidas por el aire a un chico se le ha caído un zapato y nos reímos. Hemos pasado dos o tres veces por los mismos sitios y ya me estoy aburriendo y le digo a papá que cuándo vamos a ir a los autos de choque, él dice “pues ahora mismo” y torcemos a la izquierda de un puestecillo que vende palos con algodón de azúcar y caminamos hasta llegar a la pista negra y brillante que parece que esté mojada de aceite. Papá compra una ficha y esperamos a que paren los coches que dan vueltas y vueltas pegados al borde y otros que no avanzan dándose golpetazos por el centro. Por fin subo a uno y papá mete la ficha por una ranura. Suena una sirena y arranca de golpe, casi ni me da tiempo a agarrarme al volante. Si lo giras para un lado va hacia delante y si lo giras para el otro va hacia atrás y me paso un rato dando golpes por un lado y por otro y sin moverme del sitio, hasta que papá lo mueve y consigo salir. Yo voy tranquilo detrás de otro coche pero los chicos dan topetazos a las chicas para hacerse los graciosos; ellas les llaman idiotas pero me parece que no les importa porque lo dicen sonriendo. A veces alguno me empuja por el lado de la pista y me golpeo con la banda pero no me importa, lo que me da miedo es que me choquen de frente. Otra vez la sirena y se paran y te tienes que bajar donde se haya quedado y salir andando hasta el borde. Pues nada, parece que ya se ha terminado la feria y eso que todavía es de día, aunque cuando andábamos he visto que han puesto una montaña rusa pequeña y a lo mejor si se lo pido… Le digo “papá ¿has visto esa montaña rusa? Es nueva de este año” y se lo piensa un poco y contesta “¿quieres subir? Pero es lo último de verdad”. Mamá le mira y dice “¡Tomás!” y se pone a andar por delante. Me parece que se ha enfadado por mi culpa pero bueno, luego se le pasa. Llegamos a la montaña rusa y papá compra el billete, esperamos un rato en la cola y vemos a mamá un poco lejos sentada en un banco. Le digo “¿se ha enfadado por mi culpa?” y dice “¡qué va!, es que está cansada y tiene ganas de volver a casa.” Por fin me monto y el carricoche sube por una pendiente y al final cae por otra y vuelvo a sentir el hormigueo pero tengo un poco de ganas de llorar porque a lo mejor no debía haber pedido otro viaje. Cuando volvemos a subir veo que papá se ha acercado al banco y mamá está hablando y moviendo las manos. Ni se enteran de que ya se ha terminado y me bajo y me acerco a ellos y la oigo decir “...parece que no te das cuenta de que hay que comprar los libros del colegio…” pero se calla cuando llego y dice “¡hijo!, no nos habíamos dado cuenta…” Otra vez echamos a andar camino de casa, me vuelvo y digo “¡hasta el año que viene!” y sonríen, doy una mano a cada uno y les digo que a ver si pueden subirme por el aire, tiran de mi hacia arriba y vuelvo a volar como en los cachivaches pero sin pagar dinero.

 

Carlos Fernández