Mi nombre es Agustín Camacho y llevo muerto unos cuantos días. La causa de mi fallecimiento fue un disparo en la femoral. Mala suerte o poca puntería, supongo que no importa demasiado. A mí ya no, desde luego. A la policía casi seguro que tampoco. Al infeliz que asaltó mi tienda… Pero de lo que yo quiero hablar es de mi muerte, no de los hechos que me llevaron a mi actual estado de cadáver e intrascendencia. Lo primero que tienen que saber es que no es fácil darse cuenta de que uno ha muerto. Al principio no hay mucha diferencia con estar vivo, después todo se va aclarando, pero lleva su tiempo. Permítanme que me explique.
Verán, mi asesino disparó varias veces sin justificación porque yo no me opuse a su atraco en ningún momento. De pronto estaba tendido en el suelo, apoyado sobre una bolsa de garbanzos. Qué costumbrista, esa fue la absurda idea que se me vino al magín. Recuerdo mis manos rojas de sangre, un dolor sordo en la pierna y la sorpresa de mi rostro reflejada en la vitrina de los productos lácteos. De todas formas lo más molesto de todo eran los piquitos de los garbanzos clavándose en mi espalda. Lo sé, un pensamiento ridículo cuando uno ve manar la sangre a borbotones de su pierna y puede estar casi seguro de que va a morir si no hay algún milagro de por medio. Me moví un poco para acomodarme mejor. En ese instante la campanilla de aviso de la entrada rompió el silencio que hasta entonces rodeaba la escena, mi escena. Era la señora Eulalia, una buena clienta. Me puse en pie de un salto y me acerqué al mostrador con mi mejor sonrisa. Hasta que no le hube cobrado la compra no me percaté de lo raro que empezaba a ser todo.
En el suelo ya no había sangre. Mi pierna no tenía ninguna herida. El asaltante había desaparecido sin llevarse nada. Me pasé la mano por la cara, quizá todo había sido un mal sueño, muy real, pero sólo una pesadilla. Decidí cerrar la tienda y volver a casa. No me encontraba bien. Tampoco mal. El desasosiego que me había causado la evocación aquella fantasía se fue disolviendo a medida que me alejaba del negocio. En ese momento recordé que había dejado toda la recaudación del día en la caja, sin embargo ni se me ocurrió regresar a por el dinero. Preferí seguir caminando. La tarde estaba muy agradable; me acercaría hasta el parque y me sentaría en un banquito a ver pasar gente.
Una chica joven se dejó caer a mi lado sin mirarme. Di un salto porque a punto había estado de aplastarme. Una amiga de la otra se me arrojó encima, como si no me hubiera visto. De pronto dio un bote y se apartó de mí. «Joder, tía, ¡qué fría está la madera!» Me parecieron un par de chonis un tanto escasas de materia gris, pero lo importante no era eso, no, porque aquellas dos ni se daban cuenta de que yo estaba allí. Ya no me sentía a gusto así que opté por cambiarme a otro lugar. Un poco más allá había un banco libre; me dirigí hacia él. Entonces me sucedió otra cosa extraña: por mucho que caminaba no conseguía acercarme, era como si lo hiciese sobre una cinta de esas de los gimnasios. Mis piernas se movían, pero siempre estaba en el mismo sitio.
¿Y si me iba a casa? Consulté el reloj, pero estaba parado. Quise hacer lo mismo con el del móvil, pero se había quedado sin batería. La pantalla estaba negra por completo, tanto que apenas se diferenciaba de la noche que se me había echado encima. Miré alrededor. Estaba sumergido es un magma tan oscuro que había perdido todas las referencias. Las voces y gritos infantiles, el canto de los pájaros se habían extinguido. Sé que debería haber estado aterrorizado; en cualquier película se serie B de las que tanto le gustaban a mi hija hubiera surgido algún demonio monstruoso y me habría arrancado la cabeza de un bocado. El móvil me empezó a vibrar en el bolsillo. Qué casualidad, pensé, era la niña.
Estaba llorando cuando contesté. Que quién era yo, me preguntó, que por qué tenía el móvil de su padre, que por qué lo había matado. Y colgó. Mis ojos se quedaron clavados en la pantalla, vacía de nuevo. Levanté la mirada; alrededor todo continuaba oscuro. Desde luego lo que estaba pasando ese día era extraño. Muerto, pensé, ¿estaría muerto? ¿Aquello era la muerte? Pues podía ser, reflexioné, porque lo lógico es que en aquel lugar y con aquella oscuridad cerrada hubiese estado temblando de miedo. En cambio, no sentía la más mínima inquietud.
Solo tenía una forma de comprobar si seguía vivo: regresar a la tienda. Apenas se me ocurrió la idea me percaté de lo absurda que era, pero tampoco tenía nada mejor que hacer. Una cosa era cierta, algo me estaba sucediendo. De pronto el sol alumbraba los jardines, la gente charlaba animada, las dos chonis se estaban encendiendo unos porros…
Tardé poco en llegar cerca de mi local. Las luces azules y amarillas de la policía y las ambulancias inundaban la calle. A ver si la niña iba a tener razón, pensé. Vi a mi esposa abrazada a un cuerpo cubierto por una sábana de aluminio. Llegué a su altura justo cuando tapaban el rostro del cadáver. Era yo, así que sí, estaba muerto.
Me alejé de la escena antes de que me vieran. Esta idea desatinada me llevó a otra: ¿me había convertido en un fantasma? ¿O todo aquello no era más que una alucinación de mi cerebro agonizante? ¿O me despertaría enseguida y me encontraría al lado de mi esposa, en la cama, y con muchas ganas de orinar? Entré en una cafetería próxima, recogí un café de la barra y me puse a mirar a través de la cristalera. Todo parecía normal: los viandantes, el tráfico, el portero de la finca sacando las bolsas de basura… Sin embargo… El café… Removí el líquido oscuro con la cucharilla y le di un nuevo sorbo. No, el café no me sabía a nada. Estaba muerto, era la única explicación: el café que preparaba Antonio era infame, sin embargo ahora se acaba de transformar en agua negra e insípida. Así que sí, estaba muerto.
¿Y ahora qué? ¿Qué hace uno cuando se muere? Regresé al parque, allí podría reflexionar en la respuesta a esa pregunta. Una cosa sí les puedo decir, no hay túnel, ni una luz resplandeciente al final, ni seres queridos aguardándote para llevarte a un lugar maravilloso. Nada de eso. Un banco en un parque, yo allí sentado y la oscuridad y el silencio regresando hasta aislarme una vez más de todo. Agradable no era, tampoco molesto, ni siquiera demasiado aburrido.
No sé cuánto tiempo me ha llevado narrar esta historia. Quizás alguien la haya estado escuchando, o viendo, o leyendo, o lo que sea. Pero qué quieren que les diga, no me importa ni poco ni mucho. Creo que lo mejor va a ser que me vaya de aquí. No sé a dónde llegaré. Si es que tengo que llegar a algún sitio. Ya les contaré. O no. La verdad es que me da lo mismo.
Roberto Sánchez