Dejó vibrar el móvil hasta que el temblor se extinguió con un último golpeteo en su nalga izquierda; con un gesto de hastío levantó la vista hacia el reloj de la iglesia de San Nicolás. Las siete y media de la tarde. Llevaba casi una hora paseando por las casetas de la Feria del Libro Antiguo; a esa hora los plátanos del Arenal se mecían acariciados por la suave hálito que manaba desde la Ría, los visitantes paseaban tranquilos y relajados, se fotografiaban con el Ayuntamiento, el Teatro Arriaga o el kiosko de fondo. Unos niños bullangueros corrían entre los columpios mientras sus padres conversaban de esto y aquello. Todo invitaba a sentarse en un banco, disfrutar de la algazara y dejar pasar la vida. Era lo único que le apetecía ese atardecer.
Se encogió de hombros, aspiró el aroma de los jardines y echó la mano al teléfono. Era lo que se temía, una llamada del cretino de Jokin y un mensaje ordenándole que se pasara por su despacho de inmediato. Cómo le gustaba hacer valer su estatus, nada de por favor, nada de tener en cuenta su horario, su jornada de permiso. El muy baboso sabía que esa tarde había estado firmando los papeles del divorcio con Miren. Y lo sabía porque era él quien se había liado con ella, le había adornado la frente y finalmente se lo había contado con toda la desfachatez de un chulo que no teme ninguna represalia. Mira Alberto, tu mujer te va a dejar, hazte a la idea, no jodas con juicios ni hostiadas de esas, te va a dar lo mismo. Lo mismo no le daba, pero ella le había plantado con una actitud tan prepotente como la del otro. Miren, siempre tan amable, tan educada, con una clase y saber estar tan por encima del cretino que aún no se explicaba lo que había sucedido. Ese tío folla como una bestia, Alberto, seguro, le había dicho su buen amigo Koldo. ¿Y tú cómo lo sabes, te lo ha contado tu mujer? Al final solo había conseguido que Koldo le mandara a tomar por saco. No, desde hacía un tiempo no era una buena compañía para nadie, tampoco para sí mismo.
Caminó hasta la parada de taxis y se subió en el primero. A la comisaría de Miribilla, por favor. El conductor le echó una mirada por el espejo con jeta amoscada. ¿Qué pasa, que nunca ha hecho una carrera hasta allí? Pues no… Antes de que continuara hablando, Alberto le plantó su acreditación como inspector de la Ertzaintza en los hocicos. Arranque y no me toque los cojones. Oiga, esto es brutalidad policial. Que sí, hombre. Sacó cincuenta euros de la cartera y se los tiró en el asiento delantero. El taxista no volvió a abrir la boca hasta que diez minutos más tarde le dejó en el atrio de entrada de la sede bilbaína de la Polizia.
A esas horas estaba todo muy tranquilo, la noche sería más ajetreada: putas y macarras de la Palanca, camellos de Sanfran, algún pinchazo en Bilbao la Vieja, unos cuantos pijos imbéciles, borrachos hasta las patas y a los que habría que dar un par de sopapos antes de mandarlos a casa… Lo clásico una noche de viernes en Bilbao. Nada grave. Un ascensor silencioso le trasladó hasta la última planta y un largo pasillo enmoquetado hacia el despacho de Jokin, el máximo responsable de la Ertzaintza en Bilbao, afiliado al Partido y amigo de Batzoki del Consejero de Interior. Y el hijo de la gran puta que le había birlado a su esposa. ¿Qué cojones querría? Nada bueno.
Llamó a la puerta con la esperanza de que ya se hubiese largado, pero no, allí estaba, plantado delante de los inmensos ventanales que se abrían hacia la ciudad. La vista era tan impresionante como las dimensiones de la habitación. ¿Qué? ¿Tú no respondes a las llamadas? Alberto consideró sus preguntas como algo retórico. He venido, ¿no? ¿Qué quieres, Jokin? El otro se infló como un palomo, los botones de la camisa se le tensaron sobre el pecho bien torneado. Sí, quizá fuera un empotrador, el tío tenía un buen cuerpo, nunca se había fijado. Oye, ¿tú sabías lo de tu mujer? ¿El qué, que me ha dejado para irse contigo? El otro frunció el ceño y se hinchó más. No me refiero a eso, y no me mires así, yo no tengo la culpa de que ella me prefiera. No, claro, la culpa es mía. Pues algo habrá, ¿no? Se ve que no le dabas lo que quería. Jokin, ¿me has llamado para pasármelo por los morros y tocarme los huevos, o qué? Pues más bien o qué, Alberto, más bien o qué.
Sin esperar a que le invitara a hacerlo, Alberto se acomodó en uno de los sillones, se cruzó de piernas y comenzó a balancear su pie. Por un momento imaginó que su pierna salía disparada y le rompía su perfecta dentadura al cretino. Miró por encima del tupé de Jokin, hacia el cielo azul al otro lado de la ventana. Aquella situación tenía toda la pinta de terminar siendo un sainete. No me habías dicho nada de lo que le pasa a Miren. Había apoyado el trasero en la mesa con los brazos cruzados, una inmejorable imitación del ejecutivo triunfador. Desde luego el tío tenía cuajo, o era directamente imbécil. Se inclinaba por lo segundo. Movió ligeramente los ojos y dejó caer su mirada en el rostro de Jokin. Era guapo, sus rasgos estaban equilibrados en una cara ovalada de piel morena presidida por unos ojos verdes espectaculares. En algún sitio había leído que los guapos, y las guapas, claro, tenían un plus de ventaja en sus carreras profesionales. Descendió por sus duros pectorales hasta la cintura sin un gramo de grasa. Bajó un poquito más, aquilató su paquete y se acordó de lo que había dicho Koldo. Como una bestia. Tenía un buen rabo y con buen acompañamiento, se notaba. Él, en cambio, la tenía pequeña, era así. La propia Miren se lo había dicho a poco de comenzar su relación, pero no le importaba, se había enamorado de la persona, el físico bla bla bla. En aquel entonces quizá fuera así, pero desde luego había cambiado de opinión. ¿Me has oído, Alberto? Alberto parpadeó rápido y regresó de su divagación. No sé a qué coño te refieres, Jokin. Me vas a decir que no sabías que era sonámbula. Aquel tío era la apoteosis de la estupidez humana. Tranquilo, Alberto, muérdete la lengua, no merece la pena darle un buen puñetazo, o una patada en los cojones: esta última era la opción más ajustada para un cretino empotrador. Sí, claro, ¿y qué? Pues que me lo podías haber dicho, ¿no crees? No, no se lo podía creer, aquella conversación no estaba sucediendo. Pues eso, cuando le da por pasearse por la casa de madrugada me pega unos sustos de la hostia. ¿Y qué quieres que haga, Jokin? ¿Tengo yo la culpa? Lo que te estoy diciendo es que esto se avisa. En la cabeza de Alberto alguna sinapsis no se produjo o tal vez sí, pero hacia la neurona equivocada. Él lo experimentó como el sonido de un interruptor, primero se apagó la luz, un milisegundo después regresó. Un aura magenta rodeaba la imagen de Jokin, ahora todo era más vívido, los contrastes eran más intensos. Alberto se puso de pie y dio un paso hacia el otro. La tensión le había subido, las sienes le palpitaban, le costaba respirar. ¿No me irá a dar un infarto? Me cago en la puta, es lo que me faltaba, y encima delante del anormal este. Pero no, como si no tuviese el control de su lengua se oyó a sí mismo hablar con toda la calma. Mira Jokin, Miren padece de una parasomnia denominada sonambulismo, en realidad es inofensiva para ti, solo debes tener cuidado de que no se haga daño. Así que no te asustes tanto, no me seas una puta maricona. Oye, ¿cómo te atreves? ¡Cállate, cretino! Se estaba empezando a sentir bien, muy bien. El aura alrededor de Jokin era cada vez más intensa. ¿Qué coño le estaba pasando? Era como si algún espíritu desconocido se hubiese adueñado de su voluntad. Él era Alberto Fernández, sí, pero se estaba sorprendiendo a sí mismo por haber dejado de ser un pusilánime.
Dio otro paso hacia Jokin, este levanto el trasero de la mesa y quiso retroceder. Seguro que tenía las bolas pegadas al culo, se lo estaba notando en el semblante. Estaba por pedirle que le hiciese una foto, por guardar un recuerdo de su propia cara rebosante de mala hostia. Sin embargo lo que hizo fue arrimarse a su jefe casi hasta que sus narices se tocaron. Mira, Jokin, te lo voy a explicar para que hasta un simple como tú lo entienda. Miren tiene un tipo de parasomnia que para ti es inofensiva. Pero yo tengo otra variante, los médicos la llaman terror nocturno. Ahora mismo estoy dormido y puedo llegar a tener un comportamiento extremadamente violento. Alberto se llevó la mano a la parte trasera del pantalón, cogió su pistola y se la plantó en los morros a Jokin. Abre la boca, desgraciado. Su voz era templada, grave, en otras circunstancias hubiera sido incluso tranquilizadora, pero con una pistola en la mano era lo opuesto. Que la abras te he dicho. El otro obedeció hasta casi descoyuntarse las mandíbulas, tenía los ojos bizcos en su intento de enfocar el arma que Alberto acababa de meterle hasta la campanilla. Ya ves, Jokin, estoy dormido o muy loco, quizá ambas cosas. Ahora mismo me estoy preguntando si cuando apriete el gatillo tus sesos llegarán hasta la ventana. ¿Tú que crees? El otro se limitó a gemir mientras unos gruesos lagrimones le corrían por las mejillas. Ahora muerde el cañón… Aprieta… Chúpalo… Así me salpicará menos. Sujetó con fuerza la culata y con un tirón brusco le sacó el arma de la boca. Con la pistola salieron los dos paletos, arrancados por la mira; un borbotón de sangre no le pringó la camisa por muy poco. Como grites te vuelo la chola, hijoputa. Jokin negó con la cabeza mientras se llevaba la mano a las heridas intentando sofocar un chillido de dolor, miedo y rabia. Una pulpa roja se le derramaba entre los dedos y empezaba a pringar sus elegantes zapatos y la no menos lustrosa moqueta. Alberto contempló la escena con displicencia. Cómo estás poniendo todo, chaval, mira que haberte resbalado con tan mala suerte, ¡zas! Los dientes contra el borde de la mesa. Lo señaló con el dedo. Anda, mánchalo un poco antes de que me despierte. Joder, qué susto me voy a llevar. Por cierto, ¿a que no le vas a hablar a nadie de mis terrores nocturnos?
Enfundó el arma en la cartuchera y se alejó para contemplar la escena con mejor perspectiva. No sabes lo jodido que es este trastorno, Jokin. Además uno nunca sabe cuándo va a tener un ataque. Fíjate lo que te ha pasado durante mi sueño, aunque ya no me acuerdo de nada, claro. Levantó el mentón a modo de despedida y abandonó el despacho mientras el otro continuaba gimiendo. Aspiró hondo el perfumado ambiente del pasillo, olía bien, a alguna marca cara. Se pasó un dedo por la ceja derecha. Al final el día no había sido tan malo, ¿verdad?
Roberto Sánchez