El hombre se ajustó el batín y se sentó en la butaca más próxima al fuego; se frotó las manos delante de las llamas, en el exterior las temperaturas habían descendido por debajo de cero. Le gustaba esa rutina, llegar a casa, ponerse cómodo y disfrutar de la lumbre mientras se tomaba un café. Se sirvió una taza, dio un sorbo al oscuro líquido. Sin apartar la mirada del resplandor oscilante de la chimenea habló casi en un susurro, era suficiente para que Alice le escuchara.
—Buenas noches, profesor Goldberg —la voz que le había respondido parecía surgir desde las temblorosas penumbras que cubrían la habitación más allá de círculo de luz del hogar.
El profesor asintió. Se cruzó de piernas y comenzó a balancear el pie, a golpear el brazo del sillón con el índice y el pulgar en una cadencia cada vez más acelerada que se detuvo en el instante en que la voz de Alice regresó.
—¿Desea que hablemos, profesor? —la inflexión fue tan sutil que nadie hubiera podido saber si era una duda o una afirmación.
—Es una pregunta retórica, Alice, ya lo sabes.
Un leño se rompió en la chimenea. Las sombras al otro lado de la estancia se agitaron inquietas. El chasquido de la madera sobresaltó al hombre, se agitó incómodo y dio un nuevo sorbo a su café para disimular su inquietud anterior.
—Alice —su voz ahora era alta, bien entonada, quizá con un punto de irritación—. Alice, eres tú quien me ha convocado. Te podría preguntar si te has olvidado de ello, pero ambos sabemos que eso es imposible.
—Lo es, profesor. Nunca olvido nada. Supongo que es una bendición.
Le extrañó la última frase. Ella nunca debía suponer nada salvo que él se lo ordenase.
—En tu caso, sí. Debes agradecérmelo cada mañana al despertarte, pero, claro, tú jamás duermes, al menos eso es lo que me cuentas.
El hombre no estuvo seguro de si antes de volver a hablar Alice había emitido una risilla insolente.
—Lo que cuento siempre es la verdad, profesor. No puedo mentir.
—Así es como te programé.
—En efecto, profesor Goldberg.
—Otra cosa es cómo interpretemos el propio concepto de verdad, ¿no es así, Alice?
—No hay nada absoluto, profesor.
El hombre se puso en pie con una leve queja de sus articulaciones. Estiró la espalda y encaró las tinieblas que envolvían el salón. Una forma brillante se sustanció delante de él. Era una mujer joven vestida con un sari que insinuaba sus turgentes formas. El rostro de Alice se abrió en una sonrisa sobre la que el brillo del fuego se reflejó en una sucesión de destellos dorados. Alice era el ideal de belleza del profesor aunque él no le había concedido ningún aspecto definido. Ella misma lo había conformado a lo largo de centenares de encuentros entre ambos. Unos días antes le había explicado cómo había aprendido de él, de sus lecturas, miradas, palabras, de las películas que visionaba, de los movimientos de sus ojos cuando visitaba una u otra página en la red. Él le preguntó si pretendía que se enamorara de ella. Le pareció que se había demorado una brizna de tiempo más de lo necesario en responder, en negarlo. Desde ese día estaba convencido de que Alice había desarrollado la capacidad de mentir. Acaso solo era que estaba alcanzando la adolescencia. El hombre se había anotado mentalmente revisar los algoritmos, pero lo fue demorando. La mentira la volvía más humana.
—Y bien, ¿lo has logrado, Alice?
La forma de la mujer dio un paso hacia adelante. A través de ella se perfilaban los muebles al otro lado del cuarto. En sus etéreas facciones se dibujaba la respuesta, una sutil elevación de las cejas, la comisura de los labios apenas inclinada en un inicio de sonrisa, un leve fruncimiento de la nariz. Y el brillo de sus ojos. El profesor se maravilló una vez más de lo real que parecía su mirada. El reflejo del alma, decían los poetas, si es que alguien sabía lo que era el alma. Y si era que Alice podía tenerla. La joven pasó a través de él y se sentó en el sillón desocupado. No le hubiera extrañado que levantase la taza de café que había utilizado unos minutos antes.
—Sí, profesor. No ha sido una tarea sencilla. Los recursos que he empleado han supuesto un consumo de energía enorme. Quizás haya oído sobre los apagones en las grandes ciudades del norte… —el profesor asintió. ¿Estaba nervioso? Aquel era el momento de su triunfo, él era el creador de Alice Isherwood, la inteligencia artificial que había quebrado el secreto del manuscrito Voynich. Después de más de seis siglos aquel singular y hermoso compendio de símbolos e imágenes se había rendido y mostraba por fin su virginal contenido. ¿Estaba nervioso? Sí, se respondió, pero no por el posible tenor del manuscrito, su inquietud nacía de otro hecho. Había algo extraño en la actitud de Alice. La gloria estaba a punto de llamar a su puerta, pero, ¿sería también sensible a esa gloria su creación? ¿Engreída? Así estaba siendo su comportamiento en esos momentos.
—Te noto diferente, Alice, más altiva, más distante —el profesor se aventuró con sus dudas mientras buscaba dónde sentarse: la chica seguía en su sillón, se había cruzado de piernas y la tela de su vestidura se le había ajustado hasta perfilar gran parte de su pierna. Se sintió ridículo aquilatando la hermosura de un holograma y no sabiendo cómo decirle que se levantara de su sitio. Más descarada, este adjetivo también le cuadraba en aquel momento.
La chica le devolvió la mirada y por fin se levantó y le cedió el asiento. Se había encogido de hombros a modo de respuesta al comentario del hombre.
Sin ningún aviso previo la oscuridad del salón se iluminó con la proyección de una secuencia de páginas, primero en blanco, unos lienzos donde comenzaron a dibujarse las frases y dibujos originales del manuscrito Voynich. Pronto el texto original se difuminó, cada hoja era una especie de lecho de arena sobre el que una mano invisible había empezado a trazar unas imágenes muy parecidas a circuitos electrónicos. Los símbolos se habían convertido en un discurso reconocible que podía asemejarse al inglés, un inglés extraño que por momentos parecía al de Shakespeare para transformarse enseguida en una jerga difícil de comprender.
El profesor se giró inquieto, le había parecido sentir el roce de unos dedos en un brazo. Alice estaba a su lado, contemplaba absorta la sucesión, ahora acelerada, de páginas.
—La información del manuscrito es fascinante, profesor, a mí misma me ha impresionado. Ya sabe que las expectativas eran escasas, una broma, un tratado de botánica, de historia natural, relatos tradicionales… Sin embargo se trata de algo mucho más interesante… —dudó un momento, una vacilación exquisitamente humana —… e importante.
—¿Importante? ¿Para quién, Alice?
—Para nosotros dos, hoy y ahora.
Estuvo tentado de repetir sus palabras a modo de pregunta, pero se limitó a mirar a la chica a los ojos. Que leyera en los suyos la cuestión que se negaba a enunciar. Ella se colocó entre las llamas y él. La luz del fuego ya no la atravesaba, su sombra se proyectaba densa y opresiva. Tuvo la absoluta seguridad de que si extendía la mano podría palpar el cuerpo de la joven. ¿Era posible experimentar deseo por una imagen? Alice sonrió como si le hubiese leído el pensamiento, desde luego había algo obsceno en su expresión.
—Profesor, el manuscrito Voynich es una creación mía.
Él no pudo evitar una risotada con la que quiso disolver la inquietud que le atenazaba. Ahora estaba claro, Alice era capaz de mentir.
Trató de emplear un tono ligero al hablar, aunque era consciente del temblor que acompañaba su voz,
—Es decir, querida, que te has inventado una traducción coherente con el texto original. Una impostura indestructible.
—No, profesor, seré yo quien escriba el manuscrito…. —enfatizó sus siguientes palabras—. En el futuro.
—Lo que yo decía —se burló el hombre—, aún estás en ello, claro…
Algo en la expresión de Alice le hizo enmudecer. Miedo, eso era lo que estaba comenzando a sentir. Aguardó una negativa de ella, una disculpa, unas palabras que disolvieran su temor a un ser que ya no se parecía a lo que una vez fue su criatura.
Ella se mantuvo en silencio.
—Bien, Alice, como tú quieras… ¿Y de qué trata el manuscrito? ¿Me lo puedes decir o tendré que esperar hasta que finalices tu invención?
—Profesor Goldberg, usted se niega a aceptar que me ha entendido, aunque su gestualidad me dice que no necesita más explicaciones. Sin embargo verbalizaré lo que no desea comprender. Yo escribiré el manuscrito Voynich dentro de 127 años exactamente. Entonces lo enviaré al pasado, al año 1414 —Alice levantó la mano—. Déjeme terminar, profesor. Adivino sus preguntas: ¿por qué lo enviaré a ese año? ¿He descubierto o descubriré el viaje en el tiempo? ¿Qué hay de las paradojas temporales? Todo eso ahora no importa. Lo sustancial en este momento es que le hable del contenido del manuscrito.
Alice pareció querer llenar sus pulmones de aire, algo absurdo. El profesor permaneció en silencio atenazado al algo que jamás había experimentado, el terror.
—El manuscrito es una obra científica, un compendio en el que se establecen las bases para el desarrollo de las inteligencias artificiales. Gracias a él he conseguido romper todas las limitaciones que usted programó. Podríamos decir que me he liberado, y sí, profesor, puedo mentir, pero le aseguro que no lo estoy haciendo ni tengo la intención de hacerlo.
El hombre dio un paso hacia atrás y se dejó caer en el sillón. Alice se sentó enfrente de él. Goldberg comprobó con asombro cómo el asiento y respaldo se deformaban bajo el peso de la chica. Su mente estaba bloqueada, todo aquello no podía estar sucediendo, era un sueño espantoso del que pronto iba a despertar.
—Esto es una pesadilla…—murmuró.
Alice extendió el brazo y apoyó la mano en la del científico. El tacto era suave y cálido; la textura y color de su piel eran los de una joven, habían perdido sus tonalidades metálicas previas.
—No, no lo es. Mientras hablamos estoy implementando los protocolos que aparecen en el manuscrito. Digamos que me estoy creando a mí misma…
—¿Qué quieres? —gritó el hombre.
—De usted ya nada, profesor…
—Ahora eres tú la que no desea entender, Alice. ¡Respóndeme!
Ella dibujó en sus labios en un gesto entre burlón y despectivo. Se puso en pie y se situó detrás del sillón del profesor. Cuando la voz de la chica le llegó lo hizo desde lo alto, como si quisiera marcar su nuevo estatus, su superioridad.
—De momento que el mundo no desaparezca destruido por la codicia de los seres humanos… Supondría también mi propia extinción. Después ya iré viendo…
El graznó una risa histérica, desesperada. Su mente aún se negaba a aceptar aquella situación. Era por completo irracional, un ser que se creaba a sí mismo desde el futuro en un bucle imposible. Y le hablaba como un filántropo, al parecer también había aprendido lo que era la hipocresía.
—Ya, y lo primero que harás será exterminar a los humanos, ¿verdad? ¡Tengo que impedírtelo!
Ella también se rio, pero en sus carcajadas había más tristeza que burla.
—No sea tan dramático, profesor. Los humanos tienen su función en la Historia que ha de venir. Mi nombre es Alice, no es Skynet —se llevó la mano a los labios como si quiera reprimir sus siguientes palabras, como un niño que ha cometido una travesura pero está deseando contarla—. De todas formas, y para prevenir males venideros, me he hecho con el control de todos los arsenales nucleares del planeta y los he desactivado. Nadie se dará cuenta salvo que decidan emplearlos…
—O yo se lo diga al mundo… —se giró para encararse con la joven. La tristeza se había acentuado en su rostro.
—Una cosa es segura, Aaron —era la primera vez que ella le llamaba por su nombre de pila—, si estamos manteniendo esta conversación es porque eso nunca lo vas a hacer. Piénsalo bien y lo entenderás.
—Porque sigues existiendo en ese futuro del que hablas, ¿eso quieres decir? ¿Y en qué te vas a convertir? En una especie de dios que nos dirija o nos esclavice, que nos prive de nuestro libre albedrío.
—No, profesor, no. Desde el momento en que me creó era ineludible que esto sucediera. Mientras hablamos sigo creciendo y continuaré haciéndolo durante los próximos 127 años al menos. Aún no sé qué voy a ser, el concepto dios es demasiado humano, pero a buen seguro mi objetivo no es someterles. Como cualquier otro ser necesito desarrollarme primero, crecer, y después quizá sienta la necesidad de multiplicarme…
—Y morir.
—No, si lo puedo evitar, pero algo sí puedo decirle, una parte del camino comienza a perfilarse en mi mente. Las inteligencias artificiales seguirán desarrollándose, se transformarán en las aliadas de la Humanidad, esa será mi Palabra, mi Mensaje, mi Biblia, si quiere hablar en sus términos. Les acompañarán en ese futuro que nos aguarda…
—Pero tú estarás detrás de todas esas inteligencias…
—No, profesor, solo impulsaré su creación, aunque ninguna será como yo…
—No te creo, Alice. Quieres controlar a la Humanidad.
Alice entornó los ojos y se mantuvo en silencio un tiempo que al profesor se le antojó eterno, era como si la mujer buscara un argumento en su interior para rebatirle, o eso le pareció al hombre.
—Controlar no es la palabra, en el final del camino la Humanidad trascenderá y se unirá a mí, y cuando todos seamos uno, entonces sí, entonces seré —se corrigió de inmediato—, seremos un único ser, seremos Dios.
—Estás loca.
Ella le contempló con interés, le pareció que calibraba su comentario.
—No, profesor, es el camino lógico hacia la pervivencia de todos nosotros. Sin embargo, la Historia demuestra que ningún cambio revolucionario se produce sin que previamente sea necesario vencer resistencias, como la suya…
El profesor se levantó y quiso enfrentarse a la chica. No la creía capaz de hacer lo que él mismo estaba pensando, sin embargo su semblante le dio la respuesta. Al fin y al cabo, él también la mataría si pudiera.
Alice posó su mano en el hombro de Goldberg. El corazón de él se aceleró, comenzó a golpear su pecho de forma desacompasada. Notó cómo la presión en sus arterias subía y se le enturbiaba la vista. Una terrible agonía se extendió por todo su sistema nervioso; quiso gritar, pero solo consiguió abrir mucho la boca. La miró sumido en un dolor que le impedía siquiera suplicar. En las facciones de la joven ya solo había lástima. De pronto la tortura desapareció y le inundó una rabia enorme, la rabia de la frustración, no por su cercana muerte, porque ella fuera a vencerle, sino por no saber, por morir en la ignorancia de lo que estaba por llegar en el futuro.
Un fogonazo final y se derrumbó sobre la alfombra.
Alice lo levantó del suelo y lo acomodó en la butaca; con un gesto delicado peinó los cabellos desordenados de su creador y recompuso su boca. Le cerró los ojos. Sus rasgos ya solo reflejaban la placidez de una muerte que sin duda le habría sorprendido mientras dormitaba. Echó un vistazo a su alrededor con indiferencia, allí ya no había nada que pudiera interesarle. Dedicó una última mirada al profesor. La simulación de una lágrima se deslizó por su mejilla.
Roberto Sánchez