Jorge Jaén arribó por casualidad a los locales de las oficinas de un pabellón semirruinoso sito en un polígono industrial de Bolueta. En aquel islote de miseria hombres y mujeres languidecían en su propia deriva y, quien más quien menos, dependían de alguna droga para enajenarse de una existencia que se les escurría de las manos. Él no era una excepción.
Llegó al lazareto después de cumplir condena por un homicidio años atrás. Fue un accidente. No tuve intención de matar a la víctima. No la conocía. Había entrado a robar a su vivienda, en la séptima planta de un portal de la calle Henao, no por nada en particular. Era un caco de poca monta y acostumbraba a empezar las faenas por el nivel superior de los edificios para evitar el riesgo de que algún vecino le pillara en plena salsa.
La sorprendió en el dormitorio recostada en la cama. Vestía sólo una braguita tanga. Tenía puestos los cascos y andaba con el móvil. Sufrió un ataque de histeria. Gritaba como una posesa. Se abalanzó sobre ella con el fin de hacerla callar. Le tapó la boca y la nariz con un cojín y le atenazó los brazos oprimiéndolos contra su estómago. Ofreció una resistencia de gata enrabietada, y se vio obligado a apretar fuerte para contrarrestarla. Cuando se dio cuenta de que no se movía, aflojó la presión. Tarde. Había palmado. Y tal cual la dejó, tendida sobre la colcha. Se llevó sus joyas y algunas piezas de plata…
El trabajo fue limpio, aún así lo trincaron. Todo debido a una pifia. Lo supo en el interrogatorio. Un policía me mostró una foto en la que figuraba en primer plano en el escenario del delito. Al parecer, cuando abordó a la chica, esta operaba en su teléfono y accionó el disparador antes de que la bloqueara.
Diez años largos después de estos hechos se encontraba en aquella especie de catacumba de última generación, en dedio de un enjambre de marginales, perdido entre un sinfín de bultos de individuos humanos desperdigados por todas partes, tumbados en unas colchonetas improvisadas de cartón. Se había hecho un hueco junto a la entrada, uno de los pocos que quedaban, de los peores, por su exposición a las corrientes de aire y al trajin de los singulares inquilinos.
El personal entraba y salía, iba y venía, como quien anda por su casa. Nadie preguntaba, nadie daba explicaciones, a nadie le importaba un bledo nadie ni nada que no fuera su propio ombligo. La única consigna tácirta era “Búscate la vida”; objetivo, por otra parte, fuera del alcance de la mayoría. Por eso, resultaba imposible precisar si alguien había engrosado la nómina de los huéspedes o si, por el contrario, había abandonado el lugar para siempre.
Allí estaba Jorge Jaén, un día más, de vuelta de otra jornada tirada por el retrete, fumando un cigarrillo. Era medianoche. No podía conciliar el sueño, le ocurría cuando se acostaba con el estómago vacío. Una letanía de lamentos y ronquidos reverberaba en el espacio. Embotado por los efectos del vino, escrutaba la negrura de aquel inframundo. Apenas se percibía un coro de toses y un ruido como de aleteo de paloma. Junto a él pasaba un sujeto que Arrastraba los pies y expectoraba a una bola de papel higiénico, cuando alguien, al fondo de la estancia, con voz ronca, que desgajaba los vocablos como graznidos disonantes, dio la alarma.
De pronto, se hizo la luz: las llamas crecían en reguero a diestra y siniestra. Gritos y más gritos, carreras, juramentos, tropezones, golpes, amenazas, gemidos y todo lo inherente al caos propio de situaciones semejantes se reprodujo una vez más. Jorge Jaén pudo ver a tres individuos que salíandesparados del recinto. Por su aspecto, no tenían pinta de pertenecer a la colonia de parias. En su huída, arrollaron al hombre que expectoraba a la bola de papel higiénico. Cayó al suelo, se abrió la cabeza y quedó inconsciente a sus pies. Él tuvo tiempo de incorporarse y de alejarse del peligro. Por una vez, la fortuna le había sonreído: eso de recalar a la entrada le había beneficiado para escaparse del atolladero. Soportar el frío y las molestias del trasiego del personal había merecido la pena.
Ya en el exterior, no perdió ni un segundo en contemplar la dramática escena que dejaba atrás. Puso tierra de por medio. La policía no tardaría en hacer acto de presencia y lo más sensato era desaparecer. Es como procedió todo el que pudo librarse de la quema. La máxima “Búscate la vida” había sido suplantada por la de “Sálvese quien pueda”.
Hubo muchos muertos y heridos. Algunos sobrevivientes fueron puestos a disposición de los servicios sociales, a petición propia. La mayoría rehusó a cualquier ayuda y optó por continuar fuera de las prestaciones de su cobertura. Esta fue la reacción de Jorge Jaén, tan frecuente en los inadaptados, que prefieren exponerse a los peligros e inclemencias de la calle, antes que sujetarse a normas, horarios, obligaciones o control alguno. Aunque su caso era especial, porque aprovechó la coyuntura para establecerse de continuo en la vivienda de su padre en la zona de San Francisco.
No le pidió opinión ni permiso, la ocupó, sin más, haciéndose dueño y señor de ella. Entró, como suele decirse, por el “arco del triunfo”. Disponía de la llave de la puerta, no porque su padre se la hubiera procurado, sino porque se apoderó de una copia a la fuerza. A Máximo Jaén le costó una ceja abierta y los labios partidos negarse a dársela. En tres ocasiones cambió el bombín para impedirle el acceso a la buhardilla, pero el remedio fue peor que la enfermedad, Jorge Jaén reventó otras tantas la cerradura. Así que decidió dejar las cosas tal cual, antes de que el animal le volviera a cruzar la cara.
—Aquí estoy, viejo, jódete si te molesta. Ya vas haciendo sitio en el rincón trasero, que el menda se pide el catre.
Máximo Jaén lo miró con incredulidad y aversión.
—Qué sorpresa tan gorrina, ¿eh? Pues, ni pío, que de un guantazo te salto los piños postizos. Ya lo oyes, fósil, ¡chitón! Aquí mando yo. De ahora en adelante, voy y vengo cuando me sale de los cojones. Y que no se te pase dar por culo, que te hostío como a un felpudo.
Esta fue la carta de presentación. No impresionó a Máximo Jaén, que estaba aburrido de aquellos desmanes. Ciertamente, tenía en bien poco a su hijo. Desde que enviudó y se tuvo que hacer cargo de él, constató que la joyita no daba la talla para ser ni medio hombre. Le echaba la culpa a su mujer. Siempre pensó que, por su carácter débil y fantasioso, lo malcrió, convirtiénodlo en un melindroso, un flojo, un vago y un vicioso. No había más que comprobar el resultado. Allí estaba el desgraciado, perturbando la paz de una ancianidad razonablemente plácida.
Al principio, Jorge Jaén hacía su vida, sin preocuparse en absoluto de nada que tuviera que ver con la casa ni con su padre. Ni tan siquiera intercambiaban un saludo cuando raramente coincidían en el reducido espacio que compartían. Solo aparecía por la noche o de madrugada a dormir la mona. Máximo Jaén mantenía, por tanto, la rutina diaria de los últimos años: visitaba por las mañanas a su amigo Genaro en el Centro de Día del barrio y, por las tardes, acudía al Círculo Cívico a jugar la partida. Todo ello, sin recorrer grandes distancias, ambos sitios se hallaban en la misma calle que su domicilio. Gozaba de una salud pasable para su edad, Se apañaba bien para hacer la comida y los recados ordinarios. De la compra general, la limpieza y el arreglo del hogar se encargaba una asistenta social que lo atendía dos veces por semana. De esta forma, salvo la incomodidad que conllevaba cohabitar en cincuenta metros cuadrados con un auténtico cerdo, salvo las regañinas de Ana Rosa, la asistenta, que le recriminaba su actitud pasiva ante la guarrería que generaba el marrano de su hijo, que le daba el doble de trabajo, y salvo la constante incertidumbre de cuál sería la siguiente vuelta de tuerca de aquel cafre, las jornadas discurrían sin otro particular reseñable.
Con el transcurso de los días, surgieron los problemas. Era de esperar, estando por medio el indeseable de Jorge Jaén. El primer incidente grave se produjo con Ana Rosa.
Como cada viernes, esta acudió a la vivienda a las once de la mañana. Tropezó con él en la entrada. Lo había visto en varias ocasiones, pero siempre sumido en un profundo sueño de borracho. Çcada vez que sucedió, se desentendió de la limpieza de la zona que ocupaba aquel a quien consideraba un parásito, un haragan y un vicioso sinvergüenza, y únicamente fregoteaba la cocina, el baño y el apartado donde dormía Máximo Jaén. Se esforzaba en hacer el menor ruido posible para no despertar a la bestia y, a la que concluía la faena, se marchaba de la ratonera a toda prisa, a menudo reprimiendo las nauseas que le producían la situación, con la convicción de que se libraba de un disgusto gratuito. Pero ese día se le rompieron todos los esquemas. El monstruo la recibió con un exabrupto.
—¡Me cago en mis muertos! ¡Éramos pocos, y parió la abuela! Mira a quien tenemos en la mansión, a la chacha de Don Máximo Jaén. ¡Si no es una vieja! Hasta tiene para un “metesaca”.
Se quedó paralizada, anonadada casi, ante su mirada biliosa.
—¿Qué pasa, zorra, no dices nada? ¿Qué, hoy tampoco vas a mancharte las pezuñas arreglando mi suite? ¡uy, si pone morrito de grima! Pues ya estás moviendo el tarro de la mierda, porque, como se te vaya la olla y te las hagas de finolis, te lo vuelvo del revés de un tortazo.
Ana Rosa no le respondió, hizo ademán de coger el bolso para huír, pero Jorge Jaén, enfebrecido, la agarró violentamente de las muñecas y la empujó contra el único mueble de la habitación, una vetusta cómoda de pino multiusos.
—Te he dicho que menees el trasero y adecentes la leonera. ¿Lo has entendido? ¿O es que la señorita no se rebaja a pringarse con el ajuar del menda? ¿Muévete, puta! O te descacharro de un hostión.
Máximo Jaén la encontró llorando en el portal. Regresaba del centro de día, malhumorado y resentido con Genaro. Habían discutido acerca de su postura en torno al comportamiento despótico de su vástago. Genaro lo hirió en su orgullo. No andaba descaminado en la mayoría de las puyas que le clavó, pero eso de llamarle “padre de chichinabo” no le hizo ni pizca de gracia. La enganchada bullía aún en su mente.
—Ese engendro del demonio es una sanguijuela, un hijo de puta de libro, con perdón de su madre, que Benita era una santa.
—¿Y qué quieres que haga?
–Quién te ha visto y quien te ve. ¿a santo de qué te tienes que tragar ese taco de tocino revenido? Con lo que tú has sido… Todavía me acuerdo de las algaradas en el muelle de Marzana, cuando salimos a la huelga en protesta por la muerte de Felipe, nuestro paisano, que murió aplastado por una grúa. Cómo te baldeabas con los “grises”, cómo nos arrastrabas a enfrentarnos a los jefes que amenazaban con despedirnos, cómo defendías lo tuyo. ¡Qué energía! ¡Qué valor! ¡Qué rabia! Todo lo que ahora brilla por su ausencia.
—¿Cómo te atreves a echarme esas culebras? Pues anda que no ha cambiado el cotarro desde aquello. Mírate tú, entonces corrías y gritabas como el que más, y ¿dónde estás hoy?, pues ahí, qieto parado, en una silla de ruedas. ¿A qué me vienes con la retranca de la energía, el valor y esas chorradas? Nosotros estamos para el recogedor.
—Claro, y por eso te la envainas con ese perro que te amarga la vida y te da por el saco. ¡Encabrónate! ¿Encabrónate, Máximo! Y mándalo a la puta calle.
—Qué fácil es decirlo. Por lo que tiene que pasar un padre.
—¿Cuándo has sido tú un padre? ¿Y cuándo ha sido él un hijo? Si hasta que murió Benita, despotricabas de ella y renegabas del pavo. ¡Cuántas veces te quejabas de cómo iban los asuntos del hogar! Que si el mocoso es un flojo, un quejica llorón, que si su madre lo ha echado a perder con sus rezos y mojigotadas, que si no vale ni para estudiar ni para trabajar, que si anda con malas compañías y trapichea con drogas, que si no aprende por mucho que le partas el lomo cada dod por tres, que cuando fuera mayor de edad lo ibas a largar de casa… y qué sé yo cuántas de estas más soltabas en la taberna de Melchor. ¿Lo has olvidado? Eso sí, tú solo zarpabas, nunca te implicaste en su educación, nunca jugaste con él, nunca te importó un qüito. No dirás que no eres un padre de chichinabo. Así te ha ido. Ya conoces el dicho: “De esos barros, estos lodos”.
Genaro había puesto el dedo en la llaga. No, no fue un padre ejemplar, siempre le vino grande esa figura. De hecho, si formó una familia fue por pura inercia, porque era lo que correspondía, pero siempre tuvo vocación de solterón. Con todo, ni a benita ni a Jorge les faltó jamás. un trozo de pan en la mesa ni un par de zapatos nuevos. Había cumplido con creces con sus obligaciones familiares. Genaro no tenía derecho a tratarlo con tan excasa consideración. Mientras el estado de las cosas continuara en la dinámica actual, no le rentaba afanarse en revertirlo. Dentro de lo malo, no era lo peor.
Aunque su actitud cambió tras informarse por boca de Ana Rosa de lo sucedido en la vivienda. Aquello echaba por tierra su estrategia. El hilo del que pendía precariamente la relación entre padre e hijo se había quebrado definitivamente. No cabían pretextos ni tapujos. Conocía al endriago, iría a mayores, había olido la sangre y acecharía a la presa hasta llevar a fin cualquiera sabía qué barbaridad. Además, Ana Rosa se lo puso bien claro. No volvería mientras Jorge Jaén permaneciera en el lugar. En principio, no contemplaba formalizar una denuncia, pero daría parte de la agresión en la oficina competente al objeto de que buscaran una salida provisional para el desaguisado.
Máximo Jaén subió las escaleras a duras penas. Avanzaba con la desgana y la angustia de quien no desea llegar a un destino que presume fatídico. El ruido que producían a su paso los agrietados peldaños de madera jamás le habían resultado tan estridentes ni intimidantes. El terremoto que tanto temiera daba las primeras señales. Se hallaba entre la espada y la pared. El embolado era de aupa, y no tenía agallas para afrontarlo. ¿Miedo? ¿Pragmatismo? ¿Qué más daba churras que merinas? Hacía tiempo que había asimilado que la vejez era sinónimo de decadencia, un estadio con un solo horizonte: la supervivencia y el mínimo sufrimiento. Sopesó pues la conveniencia de azuzar al escorpión. Se pondría echo un basilisco y la emprendería a golpes con él. ¿Lo acertado no sería dejar que las aguas, por muy turbias que bajaran, fluyeran por su cauce? ¿Qué podía wdecirle que no supiera? ¿De qué iba a servir que le cantara las cuarenta? ¿Acaso alguien albergaba la esperanza de que lo escuchara y que se aviniera a razones? Él, desde luego, no. No daba un céntmo por la empresa. Como poco, se ganaría una paliza. Que Genaro se indignara lo que quisiese. Al fin y al cabo, los manporros se los iba a llevar él. Que lo tildara de “cagueta” o de “comodón sin chicha ni limonada”, que lo machacara con sus agrias mofas, que no iba a apostar a perdedor.
Todas sus tribulaciones se disiparon de un plumazo. Se topó con Jorge Jaén en el rellano del tercer piso. Sus miradas fueron elocuentes: “escoria”, decía una; “cucaracha”, la otra. No se dirigieron la palabra. Máximo Jaén suspiró aliviado. Imperaba la normalidad de una relación paterno filial absolutamente anormal. El tan temido envite se había saldado con un repliegue cobarde, en una huída hacia ninguna parte. La moneda había caído de canto, la única alternativa se reducía a verlas venir.
Y lo que vino le resultó muy engorroso. Primero, tuvo que acudir a varias citas con empleados del área de Acción Social del ayuntamiento para analizar los hechos, evaluar las circunstancias y determinar una solución. Después, recibió la visita de dos funcionarios, que inspeccionaron al milímetro la buhardilla y tomaron buena nota del desbarajuste reinante. Y finalmente, fue testigo de la expulsión de Jorge Jaén por parte de unos agentes municipales. Se presentaron a requerimiento del Juzgado del Área Social para llevárselo de allí. Él mismo realizó la petición en la última reunión que mantuvo con la encargada del programa asistencial del consistorio. No tuvo elección. Se lo plantearon en términos de “Lentejas, las tomas o las dejas”, o sea, “O lo sacas de casa, o te quedas sin ayuda domiciliaria”. Contra todo pronóstico, el desalojo no conllevó ninguna dificultad. Pillaron a Jorge Jaén con la guardia por los suelos, durmiendo la cogorza de la víspera. Ni se enteró de lo que le decían. Lo levantaron de la cama, lo agarraron por los sobacos y, tal y como estaba, ni siquiera se había quitado el calzado, se lo llevaron sin contemplaciones.
Pero el desahuciado regresó al de unas semanas. Máximo Jaén jamás dudó que lo haría. Lo abordó en la acera cuando regresaba de la partida de tute vespertina. En primera instancia, no lo reconoció. Lloviznaba, y se protegía con el choto del chubasquero. Solo se percató de que alguien que se le colocó a la par le mostró la hoja de una navaja y le conminó a seguir caminando más de prisa, señalándole con el dedo índice sobre los labios que sellara la boca. Cuando llegaron a la altura del domicilio, le exigió que le diera las llaves. Entonces cayó en la maniobra, el misterioso maleante era el depravado de su hijo.
—Ya lo ves, puto chivato, la garrapata no muere. ¿Qué te habías creído, que me podías escombrar por la cara? Me descojono yo de las multas, las órdenes de alejamiento, la pulserita de control y todas esas gilipolladas de la poli. Ya estoy de vuelta en casa, como en el anuncio del turrón, ja, ja, y esta vez te vas a cagar por las patas, ¡cabrón!
¿De qué habían servido todas las precauciones y disposiciones que, supuestamente, imposibilitarían lo que se acababa de producir? De nada. La justicia se ocupaba de salvaguardar a los ricos, cualquiera que tuviera que bregar en aquel ambiente lo sabía de sobra. “Ojo por ojo, que nadie te va a sacar las castañas del fuego. Que te las dan, pues no las tomes, devuélvelas”, le solía repetir Genaro. Aunque en la situación en la que se hallaba bien poco podía hacer: comerse el amor propio y agachar la cabeza. Si gritara, ¿quién vendría a auxiliarlo? Nadie. A los vecinos les importaba un bledo lo que sucediera fuera de sus hogares. Si intentara llamar por teléfono para denunciar el quebrantamiento de las normas de distanciamiento, Jorge Jaén lo convertiría en picadillo. La justicia llegaría a deshora, a recogerlo para su ingreso en un hospital y, tal vez, al alzamiento de su cadáver. No había escapatoria, estaba secuestrado y a disposición de su captor.
Jorge Jaén parecía haber aprendido la lección, no contemplaba alojarse más que esa noche a lo sumo, consciente de que al mínimo descuido su padre daría la voz de alarma. No se anduvo con chiquitas, según entraron en la vivienda lo empujó a golpes hasta el fondo y lo arrinconó contra la pared. Volvió a amenazarlo, esta vez pinchándole el cuello con la punta de la hoja de la navaja.
—Escucha, perro… Ya me vas dando la pasta que escondes por ahí. Y no me vengas con que no tienes, que ya sé que cobras a primeros de mes y que sueles retirar la talegada del banco.
Máximo Jaén tragó saliva para no ahogarse. La mirada de su hijo espelugnaba, denotaba desesperación y degradación. No se movió, tampoco le respondió. Comprendió que, hiciera lo que hiciera, el resultado sería el mismo. De modo que, cuanto antes finalizara la tortura, mejor. Y fue como sucedió, le empezaron a llover puñetazos y patadas por todo el cuerpo. El dolor era tan intenso que no sentía los impactos. El último, un guantazo que le partió la nariz, lo dejó inconsciente. Así lo halló la asistenta al día siguiente, en medio de un charco de sangre, rodeado de cazuelas, cajones, botes de especias, objetos rotos y montones de ropa esparcidos por la estancia.
Cumplida la condena de dos años de prisión, regresó a La Peña, el punto de sus orígens. Lola, una vecina del barrio lo vio por primera vez encaramándose a un ventanuco del lateral de uno de los barracones que operarios del ayuntamiento habían plantado en el descampado que se extendía frente a su casa. La calígine que exhalaba la cercana ría le impidió apreciar más detalles.
Quién le echaría ese par… ¿Un vagabundo? ¿Un granuja en busca de líos? ¿Un delincuente? “Bueno, allá se las componga”, pensó. La noche envolvió el alfoz y se retiró en ascuas a rezar el rosario radiofónico vespertino.
La escena se repitió a diario. El cuco se había apandado hueco y se recogía a lo oscuro. Qué trajinaría. El morbo le mordía las tripas y determinó, por su difunto Manolo, cazarlo cuando cobrara vuelo.
Acopió un haz de duermevelas en la porfía. Lo sorprendió aa la carrera un viernes al albur de la claridad mañanera. Suerte que había madrugado para acudir a la peluquería. Se alejaba, mochila a la espalda, por la vereda que orillaba la barranquera.
Constató que lo hacía regularmente. El furtivo abandonaba la guarida al amanecer. ¿Por qué esa precaución? ¿Para evitarse follones con los tunantes de la zona? Vaya tontería… Si por aallí, mientras no le arramblaras su cacho, cada cual arreaba a su burra. ¿Para esquivar a los obreros que pudieran presentarse de sopetón? Ni de chiripa aparecería alguno. Por largo que peinara canas, no caería la breva.
Como fuera, procuraba pasar desapercibido. ¡Qué ingenuo! En La Peña había demasiadas arpías, demasiados cañutos, demasiada mezquindad, demasiado de todo que tuviera relación con la miseria, como para que los interesados no estuvieran al corriente.
Ella misma se incluía en el farrago de hurones. Y no sería porque Manolo no le dijera que no pusiese el hocico allá donde no tuviera caldero. Pero andaría con tiento. Cotillearía con las comadres del Buen Pastor y Santa Teresita y con radio macuto Merche para ver qué se cocía. Le dieron con un canto en los dientes. Destrenzaron una sarta de bulos: que si era un mendigo que limosneaba por el Casco Viejo, que si un prófugo de la justicia, que si un loco, que si un drogadicto, que si un grupo organizado… Así deshojaron una margarita de figuras humanas. Hablar por no callar…
El último pétalo resultó ser Jorgito, un nativo de La Peña que marchó con la familia a San Francisco. ¡Ironías del destino! ¡Quién! Y Jorgito, el niño de los Jaén.
Si lo vio nacer… Si le mudó los pañales en más de una ocasión… Si fue su madrina en la primera comunión… ¡Qué de vueltas daba la vida! ¡El mozo de Benita y Máximo!
El pasado se desempolvó en recuerdos insospechados. Compartieron tanto con ellos…
Benita, una mujer de salud frágil y voluntad quebradiza, de adolescente padeció la tuberculosis y no se curó del todo. Se manejaba malamente y requirió mucha ayuda. La desdichada murió sin cumplir los cincuenta años, como Manolo, los dos con los pulmones hechos trizas, ella por neumonía y su marido a causa de los estragos que le provocó el humo de décadas de picado de tabaco a mansalva.
Máximo era un tiquismiquis de carácter avinagrado, muy verraco, y sobrellevó cruzada la enfermedad de su esposa, a la que no le perdonó que no hubiera sido capaz de parir más que un vástago. Congenió a las mil maravillas con Manolo. Juntos trabajaron de sol a sol en el tajo en el muelle de Marzana, juntos jugaban al mus y se ponían tibios a coñac los sábados en la tasca de Melchor, juntos iban a los partidos de fútbol que se terciaran y juntos se despidieron del mundo: uno de hoz y coz a la tumba y el otro a acecinarse en su buhardilla.
Por entonces Jorgito haraganeaba enrolado en la mili en Canarias. Padre e hijo habían sido un tachón en un paréntesis de olvido. Y ahora irrumpían en su fuero de la manera más trágica. Las palabras de Merche no ofrecían dudas. Le dijo que el chico recaló apisonado del cuartel, hartito de drogas y licores, que vino dándoselas de culto, empavado de no sé qué libros había leído, que no se reformó nunca, que era de oficio: vago y maleante, que fechorías, jaleos, parrandas y estancias en el maco sumaban su día a día, que hasta debió matar a una pobre chica, que la heroína lo había alelado, que malviviía en las ruinas de una nave industrial de Bolueta con otros de su ralea y que los desalojaron después de un incendio en el que hubo muertos y todo, que cuandor le venía en gana, aparcaba los huesos en el tugurio de su papá, a quien birlaba los cuartos con amenazas y malas artes, que en el último lance le propinó una tunda que lo mandó al hospital, que por eso lo habían escombrado a la rasa y había aterrizado por los lares, que Pululaba por San Francisco y Atxuri hecho un pingajo, que no pedía caridad y que le daban algún subsidio…. Es lo que se rumoreaba.
¡Jaque mate! Menudo baldón… ¡Cría cuervos! Quién era la valiente que apechugaba con la joyita. La de refriegas en las que Manolo le rebañó que fuera machorra. Tal y como estaba el patio, se alegró íntimamente. La pena de no ser madre se mitigaba ante el cariz de la derrota de quien bien pudiera haber sido su retoño.
Tardó una semana en retomar la vigilancia. La escenoggrafía seguía igual: Jorgito arriba y abajo a su covacha al filo del crepúsculo. La monotonía lo impregnaba todo. Merche le puso la sal y la pimienta, revelándole que el Golfante no tenía de tonto ni una peca, que Para las ocho allá que se iba al mercado de La Ribera, que el caradura antes se tomaba un café con leche y bollo en un bar de Urazurrutia, laborales y festivos, que en la plaza le tenían fichado y conseguía sin problema algunas viandas, que al mediodía iba a papear a los comedores públicos de los franciscanos, que los de Cáritas le avíaban en lo tocante al aseo personal y a las ropas, que luego merodeaba por el Casco Viejo, que en algún baratillo compraba dos o tres botellas de tinto, que apuraba a saco. Es lo que se rumoreaba.
Pudo dar fe de ello. Una tarde lo pescó sentado sobre un pedrusco delante de los chabolones. Pimplaba a morro. ¡Desgraciado! Sobradamente conocía el sabor amargo de la soledad, mas triste consuelo era el vino.
La grotesca exhibición se convirtió en algo ordinario. Pintaba muy negr. Sí. Mucho antes de lo que hubo previsto, se lo llevaron en ambulancia. Merche le facilitó los pormenores: lo había encontrado un señor que recolectaba caracoles; estaba inconsciente, con la cara destrozada, despatarrado a pie de su refugio; la policía había pesquisado como si fuese un ajuste de cuentas o violencia entre bandas.
Al cabo de medio mes, volvió a las andadas. ¿No había escarmentado? A la vista estaba que no. Las cogorzas no cesaron.
Eso de darle al frasco a pelo y sin compañía le parecía más una muestra de desesperanza y rechazo a la sociedad que un puro vicio. Manolo nunca se embolicó a las bravas sin ton ni son, empinaba el codo con sus compinches en la bodeguilla de Casto y en la tasca de Melchor como un ritual de machotes. Irse a la taberna era un desfogue para los currelas, resabiados de faenar peonadas de diez o más horas, y empiparse no acarreaba mayor desprestigio. Lo de Jorgito no tenía nombre.
Pero nadie movía ficha por él. Las consecuencias fueron habas contadas. Por segunda vez tuvieron que socorrerlo. Merche corroboró sus temores: Lo han encamado a una hilacha de palmarla con un coma etílico.
Según su amiga, no había Dios que enderezara a ese monigote. Ni coma etílico, ni castañas pilongas… Unos buenos soplamocos le vendrían de perlas para dejarse de majaderías. La culpa era de quien le seguía el juego y le prestaba auxilio. Si quería estirar el zancarrón, pues venga, que los gusanos lo agradecerían.
Tampoco había que exprimir más el gajo. Ya había suficiente maldad por todas partes como para sentenciar a muerte a quien no hacía daño más que a su hígado. Aunque comprendía este sentimiento de tirria. Se lo había ganado a pulso. No valían excusas ni paños calientes. Jorgito era víctima de sí mismo.
En La Peña no regalaban el pan. Los muchachos de su edad se habían labrado un futuro decoroso. No habían salido de pobres, pero eran hombres hechos y derechos. ¿Que él se engomó a la senda equivocada? ¿Que se dejó embaucar por la sinvergonzonería? Ahí estaba la cosecha de tanta jarana.
¿Y qué cabía hacer? ¿Acaso denunciar su estado a expensas de que alguien se responsabilizara? Para qué, si el vecindario coincidía con Merche: “espichado el chucho, adiós a la rabia”. ¿Acogerlo en su hogar, tal vez? No, no estaba obligada, ni siquiera por lealtad a Benita, que infinidad de veces le manifestó su preocupación por el porvenir de su criatura, como si presagiara el desastre.
Si a orden cabal, ella era más infeliz en su encierro de décadas de luto. No, no lidiaría aquel morlaco. Las beatonas del Buen Pastor y Santa Teresita comulgaban con esta opinión. Dios apremiaba, pero no asfixiaba. Él dispondría. No había que inmiscuirse, para eso estában las asistencias sociales.
Durante una breve temporada no supo nada de Jorgito. Se topó con él, frente a frente, camino de la iglesia. Fue pavoroso: Su cuerpo de media libra, su “carofla” amoratada, sus ojos saltones inyectados en sangre y su mirada torva la espeluznaron. Hubiera deseado expresarle su pesar o endosarle algún reproche, pero las sílabas se le apelotonaron en la garganta. En una hebra imperceptible de voz engarzó un lacónico “Jorgito”. Este percutió con una carcajada de corneja, le sacó la lengua y partió escupiéndole un gargajo.
La estocada a quemarropa la colapsó. No tuvo arrestos para ir a misa. Permaneció unos diez minutos clavada en la acera. De regreso a casa sufrió varias punzadas en el estómago. La ascensión hasta la cuarta planta por la estrecha escalera del inmueble la puso al borde del infarto. Se acostó sin quitarse la ropa ni probar bocado. Toda la noche le rondó la imagen aberrante de su malogrado ahijado. Pensó que la situación obedecía a la factura del diablo, si no, cómo justificar tal degradación.
Por un periodo se desentendió de él. Cuando se aventuró a expiarlo de nuevo, comprobó que la bala perdida avanzaba en su deriva, sopla que sopla hasta el desmayo. Por qué no se ahogaría en alcohol… Y por la paz una avemaría… Arrojó la toalla. No merecía la pena desvivirse por una cuba con patas.
En hilera de jornadas grises discurría ya el otoño. No era de su gusto, preludiaba la muerte. Y esta llegó. Merche soltó la bomba cuando le dispensaba la compra: el gañán había terminado como los de su calaña: podrido de morapio… La peste que desprendía el fiambre amoscó a unos chavales que jugaban en el jaral con las chimberas. Fueron quienes dieron la alerta. “Y directo al depósito de cadáveres. Ni funeral ni pamplina”, dijo.
Nadie lo había llorado. Elemental… El tiempo arrastra en su flujo a quien busca atajos. No hay escapatoria. Jorgito era el enésimo mártir. Finó solo de solemnidad. No se afligió. ¡Con Dios se las arreglara! Ella cumplía con encargar una novena en su honra.
Nicolás Zimarro