No podía apartar los ojos de ella, y al contemplar sus caras resplandecientes, casi parecía que era translúcida, y que en su interior tomaban cuerpo unos mundos prodigiosos. En su mente flotaban imágenes de paisajes exóticos y grandes torres de piedra, y titánicas montañas sin vestigio de vida alguna, y espacios aún más remotos, donde sólo una agitación entre tinieblas indistintas delataba la presencia de una conciencia y una voluntad.
H. P. Lovecraft
El sol naranja de la tarde ha salido como sin fuerza de entre las nubes, y las fachadas tiznadas de Moyua promueven en mí cierta pesadumbre. Esta primavera fría y seca nos sirve de refugio hasta que el verano primoroso reverdezca nuestras almas. Los aviones ya campean a sus anchas por los tejados de casas antiguas y caseríos, y puedo oírlos por las tardes con alivio, cuando paseo por los espacios abiertos de Arrigorriaga. Vengo por la Gran Vía ensimismado pensando en los lances de mi vida secreta. El elegante vestuario que me caracteriza ya lo conocéis, y mis humildes pero auténticas dotes de narrador, también; no obstante, sigo trasnochado en mis anhelos literarios y mi vida no sería tal si abandonara estos trabajos.
Freno mis impulsos de escribir epístolas diariamente y, aunque suene sin eco ni reverberaciones, me siento un Lovecraft escribiendo a pluma páginas y páginas mostrando mis pareceres, dándolos a conocer a mis amigos en la distancia, siendo fiel como él, a mis ínfulas de literato secreto; y siento tan de cerca su soledad ahora, y ese desvalimiento suyo tan presente en otros hombres que marcharon; aún siguen acompañándome – rostros que escaparon al horizonte en siglos pasados. El hombre de Providence es como el amigo en comunión perfecta al que vemos de año en año. Parece que no nos atañe para nada lo que piense, sienta o haga, pero, una vez que estamos frente a frente, sabemos el pulso que anima su cuerpo y los rincones ocultos de su alma, tan parecidos a nuestras catacumbas abisales; y sobre todo, cierto recato callado que compartimos y no podemos evitar sentir ante su mirada. Sin duda, nuestro par en esta tierra, y aunque él nunca se considerase nada más que un caballero, y por nada del mundo un escritor genial, lo era; pero como tantas quimeras, son aireadas cuando el mayor damnificado no podrá ya gozar de ellas.
Recuerdo el maravilloso relato que me hacía convivir con una de esas monstruosas deidades de Cthulu cerca de aquel yermo siderúrgico tan querido. Era en un templo – la iglesia negra de San Miguel – para nada el extraño templo de Federal Hill en Providence, que nuestro hombrón usó para ambientar su relato El morador de las tinieblas; que era, a su vez, la contestación al relato El vampiro estelar de su amigo Robert Bloch en el que éste inmolaba a Lovecraft transfigurado en personaje erudito que ayuda al protagonista en su búsqueda. Para no perder el hilo y recordar con inteligencia, me acodo en un tilo y con picado velloso lío un cigarrillo; trato de recordar con regusto los detalles de aquella aventura abriendo mi breviario de Mitos por la página 474 (siquiera es una mínima parte de sus obras inmortales), y leyendo:
Providence era un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante raro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso era alto, sombreado por las dos vertientes del tejado iluminado por un amplía ventana, servía de estudio a mi anfitrión.
Y un poco más adelante…
Mi compañero era sensible también a la atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que le hacía llamear los ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro, sabía que encerraba una maldición…
Todavía son las cuatro y hay tiempo de sobra. A la derecha, erguida y con su fachada iluminada por la luz naranja que le dejan los altos edificios de enfrente, está la iglesia del Sagrado Corazón, lugar de encuentros de José Félix Astoreca y el padre don Teodosio Errementeria. Siento que tiene cierto aire Lovecraftiano con esa luz, ese muro de ladrillos y esa extraña mezcla de vivos colores en una ciudad en la que la contaminación lo tizna todo y da un aire de indefinida tristeza a todo el mobiliario. En esta esquina de semáforos y muchedumbres, me paro y lo siento… no miro directamente a su rostro, pero sé que un poco más arriba, vigila callado y al acecho el dios Mercurio, en su eterna y dinámica postura, con la coraza en ristre y sus flechas preparadas. No es el dios Cthulu pero igual que él espera callado en la eternidad esperando a despertarse para hacer de las suyas.
Tras el techo sombrío bajo los tilos, entre piares de gorriones, que presta el fondo de frescor a mis reflexiones, llego al cauce en el que las fachadas se abren para mostrar el espacio abierto de la plaza, con nuestro altar a la izquierda. Me paro ante la puerta giratoria que da acceso a nuestro mundo secreto. Todavía me quedan unos minutos y no hay prisa para entrar en la casa de Melpómene. En lo alto don Diego, incólume, tal vez sepa de mí tras la escarcha broncínea que conmueve y resiste a la eternidad. Sin conocer el por qué, hago las presentaciones:
– Don Diego López de Haro: aquí el grandullón de Providence, USA, autor mayúsculo del horror cósmico que vagó por el mundo y se procuró el láudano de las letras – no sé si lo he hecho de forma inspirada pero sí atento a darle un aire familiar.
– Don Howard Phillips Lovecraft: allí arriba el fundador de la Villa, que vigila nuestro templo aunque esté mirando hacia el Arenal. Es de bronce y sujeta la carta de fundación sin desmayo… Bajo su fútil cota de malla tiene usted al caballero que fundó la ciudad.
– Y servidor, don Miguel: aprendiz de escritor y siderúrgico de vocación – sé que sobran las palabras pero tenía que presentarles siendo como son mis amigos.
Exhalo el humo mágico del picado con divina ataraxia e imagino, en una moviola interminable, a ambos haciéndose una reverencia mientras agachan la testa al tiempo que se sonríen con profunda amabilidad. Intuyo en sus rostros uno de los recuerdos primordiales de esta tarde tertuliana, aunque los siglos hacen imposible el diálogo que en mi alma imagino y con imaginación derrocho.
Bien es verdad, que ya tenía rumiada esa cercanía con otros autores similares que venían a mi atril de lectura. Uno a uno, se han ido presentando a largo de la vida… Aquel dromómano lisboeta que caminaba y caminaba poseído por lo que le dictaban sus meninges. Hacía un alto en alguna taberna acogedora, y tomaba allí un vaso de vino – vinho branco –, paladeando sin prisa. Cada tarde se engrandecía su soledad que de noche acaba en escritos. Me lo imagino confuso al caer dormido sin saberse nadie tras rellenar cuartillas y más cuartillas al dictado de sus habitantes interiores: un auténtico drama en gente, como diría él mismo.
O aquel otro – aunque, sin duda, habrá muchos más –, inolvidable paseante de Praga que se caminaba por dentro en cuanto encendía el candil de su escritorio. Torturado en la soledad, feliz por sus pequeños logros literarios y deseoso de entrar en el matrimonio, lo que nunca consiguió por sus miedos y su solitaria esclavitud a las letras.
Todos entregaron sus cartas a la tierra hace mucho tiempo, y son ahora acaso fantasmas que nos hacen compañía. Se me ocurre que cuando hablamos con ellos les recordamos y, de esta forma, hacemos que siga existiendo su mundo de deseos, anhelos y presentimientos. Son como fantasmas que nos hablan y que no son sino sacos de palabras…
En una nueva vuelta de tuerca me digo: ¿no son acaso eso también los libros? Palabras que están más cerca de los muertos que de los vivos; palabras que están en otro lugar y hablan de los postergado y lo oculto. La cultura en general no sería, entonces, nada más que la cultura viva de los muertos. Uf, este picado me ha llevado demasiado lejos, no sé si contendría tropezones alucinógenos asimilables al láudano, que han dotado a mi mente de una clarividencia desconocida. ¿O será el hombre de Providence (¡oh Providencia!) el que me está susurrando en esta esquina de la plaza Circular cosas que conmueven?
De cualquier forma, son las cuatro y cuarto, hora mágica en el meridiano mental de mi existencia. Los tertulianos estarán al caer aunque, últimamente, la puntualidad inglesa ha caído en desuso. Como tertuliómano acepto esa derrota en la Logia con tal de preservar la magia del encuentro.
Absorto como un niño, miro antes de entrar, hacia las fachadas y la luz presenta un minúsculo efecto tenebroso en este atardecer primaveral, o al menos así me lo parece. Quizá, estando como estoy en diálogo con estos extraños caballeros, mi alma haya caído en un hondón de matices nostálgicos. Miro hacia la derecha y contemplo una pareja sospechosa que se acerca al templo. Parecen ser ellos, parte de la Logia que desarrolla sus actividades en estos andurriales. Algo repentino me saca del ensimismamiento cuando se acercan – ¡eureka! –, es el Galllardo Vizcaíno guiado por un Maestre de sonrisa afin.
– Buenas tardes compañeros –les digo para romper el silencio con mi sonrisa manantial.
– Buenas tardes don Miguel – dicen los dos al unísono como si fueran los autómatas de la kafkiana cantera final de El proceso.
Entramos y nos acomodamos; llega el Sr. Secretario con sus lentes brillantes presto a dar batalla retorciendo una a una las apreciaciones sobre la obra. Y también el Profesor, sonriente y aprendido, con sus tomos llenos de referencias luminosas que nos deslumbrarán y nos harán más sabios. Finalmente, el Tertulio Ignoto y el Pizpireto, como una santa compaña del oso y el madroño, completan el círculo en pocos minutos y nos miramos contentos de ser bien hallados.
Después de hacer silencio, con mi mano admonitoria, les reconvengo por bisbisear sobre el pantagruélico banquete con el que se han homenajearon recientemente:
– Señores, vayamos con la propuesta del mes… guarden silencio, por favor. Sé que algunos de ustedes disfrutan mucho con los símiles que gasto para ilustrar los libros que leemos. Sí… porque alguno me lo ha dicho sotto vocce en la esquina apartada de algún gran almacén. Y de buena fe sé que aquella propuesta hispanoamericana del Maestre, nada macdonalizadora por cierto, reverdeció gracias al símil taurino con que la ilustré – hay un revuelo fenomenal que mezcla risas y comentarios infantilmente jocosos...
– Pshhh..., silencio, por favor. Sí, cuando hablo veo sus risas francas y eso me llena de satisfacción. No llegó a ser libro del año, claro… Luego cree un símil pictórico para otro librito que hablaba de una mujer y de una isla… estoy ya mayor y no recuerdo bien el título….
– Lástima que el libro propuesto este mes por el Gallardo Vizcaíno, pese a que les tengo advertido que no me convencen los microrrelatos, sólo tenía ochenta páginas. Y este escuálido número es más que suficiente para que un joven norteamericano sirva de carnaza a mi apreciado Vladimir, y con su gran oficio haga de la historia un auténtico malabarismo de taller – más jolgorio agita a los tertulios en un cafarnaum que hace ininteligibles los comentarios.
– Pshh… déjenme hablar… el señor Secretario entiende mucho de esas cosas porque frecuenta hace años esos lugares donde se escribe bajo consignas… mientras que un humilde servidor, proletario y siderúrgico, sólo conoce las galerías y sótanos de los trenes de laminación en los que se derrochan otros saberes...
– Porque lo he repetido más de una vez, saben de sobra que no me gusta que el dios creador juegue de esa manera con el protagonista, de forma que acabe siendo un demediado, una verdadera piltrafa humana. Acaba tirándose por una ventana achicharrado… Sí, Vladimir escribe cosas tan frívolas como ésta para narrar el monstruoso final del hombre:
Ahora las llamas subían por las escaleras, en tríos, en fila india, cogidas de la mano, lengua tras lengua, conversando y tarareando alegremente. Pero no fue el calor de su flamear, sino el humo acre y oscuro lo que hizo que Person entrara de nuevo en su habitación. Perdone, dijo una cortés llamita que mantenía abierta la puerta que él se esforzaba en vano por cerrar. La ventana se cerró con tal fuerza que sus vidrios se rompieron en un torrente de rubíes, y él se dio cuenta antes de morir asfixiado de que una tormenta en el exterior ayudaba al fuego del interior. Al final, la sofocación le hizo intentar la huida por la ventana y tratar de bajar hasta el suelo, pero no había balcones ni salientes en aquel lado de la casa en llamas.
– … cuando empecé a leerlo ya vi que algo no andaba bien: aquellos lances absurdos y sin sentido; aquellas iniciales frasecillas metafísicas que no conducían a nada y, sobre todo, aquel pobre y ridículo anciano, padre del protagonista, sacado de su casona estilo colonial y metido de hoz y coz en la verde, bella y aséptica Suiza… Seguí leyendo y no había demasiada carnaza…, y seguramente, susurrado al oído por mi amigo el grandullón de Providence, me dije que hay tanto horror oculto en esta historia que tiene toda la pinta de Innsmouth...
El maestresala