José Miguel

Me llamo José Miguel Ugarte Gómez y estoy jubilado. Es posible que este último detalle no os pueda parecer tan relevante en la vida de una persona como para formar parte en exclusiva de su tarjeta de presentación pero os juro que lo es. Y necesito explicar por qué lo es, necesito que se entienda, por pura salud mental.

Yo he sido lo más parecido a un triunfador en mi vida profesional. Un hombre hecho a sí mismo que surgió de la nada y llegó muy arriba, como en esas historias que nos cuentan de millonarios americanos o como el tío Gilito de los cuentos de mi infancia. Nací en Arrankudiaga. Mi padre era un empleado de Serrería de Epalza, un currante que dirían ahora. Éramos seis en casa, tres hermanos, mi abuela Asunción y mis padres. Una familia modesta que no pasaba hambre. Pudimos estudiar en Miravalles hasta los catorce años, a esa edad se esperaba de nosotros que buscáramos algún trabajo para ayudar en casa. Pero yo quería más y comprendí que sin estudios superiores no podría alcanzar nada mejor. Cumplí con mi deber y logré que el cura de mi pueblo me consiguiera un trabajo en un taller mecánico de Miravalles por las mañanas y por las tardes asistía en Bilbao a clases en una academia para acabar el bachiller. Y lo hice y con nota. Como ya he dicho yo quería ganar buen dinero para vivir como esos tipos con buenos trajes que salían de los bancos en la Gran Vía. Eso quería yo con toda mi alma. Mi padre se empeñó en que me presentara a administrativo de la Serrería y hasta me consiguió una entrevista con el patrón. No fui y recuerdo que casi me desloma de una paliza, eran otros tiempos. Me informé y contaba con dos alternativas para conseguir mi objetivo, estudiar Derecho en Deusto o Ingeniero en la Escuela de Ingenieros de Bilbao. Para matricularme en cualquiera de la dos necesitaba disponer de una cantidad de dinero importante con la que no contaba ni podría hacerlo nunca. Así que solo me quedaba una posible salida, acudir a la Iglesia. Como ya ha quedado claro, el cura de mi pueblo me tenía mucho cariño, había sido un monaguillo muy formal y solícito. Yo sabía que el párroco tenia buenos contactos entre la gente acomodada de Miravalles. Así que decidí visitarle, me preparé un discurso lacrimógeno y se lo endilgue con cara de funeral y tono afligido. En pocas semanas me consiguió lo que él llamó una “plaza becada” para estudiar Ingenieros sin pagar nada, incluso me agenció un dinero extra para comprar libros y material. Mi padre ya no me quería en casa, “si no eres capaz de traer dinero es mejor que te busques otra sitio”, dijo, así que decidí buscar entre mis compañeros quien podría acogerme por caridad. Me llevo varias semanas intimar con aquellos que por su aspecto y los informes de que disponía de su posición social podrían cumplir con los requisitos necesarios para darme cobijo generosamente. Y lo encontré, se trataba de un huérfano, su madre murió en el parto y el padre, dueño de una naviera, murió de cáncer cuando su hijo no pasaba de los quince años. Era el prototipo de hijo único, consentido, con falta de afecto e introvertido. No tenía amigos, ni conocidos y vivía solo y bien provisto de servicio doméstico en un piso enorme de Cardenal Gardoqui. Le serví de apoyo en sus primeras semanas en la Escuela, le acompañaba a todos sitios y le ayudaba a estudiar a ordenar sus apuntes e incluso medié con varios profesores para solucionarle algunos asuntos. En fin que un mes y medio después de que el curso empezara ya me había propuesto que viviera con él. No lo dudé, dejé la pensión miserable que ocupaba, dejé los múltiples trabajos que me había visto obligado a aceptar para pagar pensión y comida y me mudé a Gardoqui. Mi vida transcurrió placida los años siguientes. Mi compañero adquirió tal grado de dependencia de mí que su comportamiento rozaba el servilismo en algunas ocasiones. Disminuí la atención que restaba a sus estudios para centrarme en los míos. Utilicé todo tipo de estrategias para aprobar todas y cada una de las asignaturas de cada curso y conseguí situarme en los primeros lugares del escalafón de mi promoción. Mi compañero de piso no fue capaz de aguantar el ritmo y perdió cursos pero no la confianza en mí. Terminé Ingenieria con todos los honores. No me molesté en avisar a mi familia para el acto de concesión de diplomas. Mi madre había muerto meses antes, mi padre se encontraba retirado por un accidente laboral que se llevó por delante un brazo y de mis hermanos poco sabia. Encontré una chica de buena familia, la hice mi novia y nos casamos poco después. Ya para entonces trabajaba como técnico de instalaciones en una empresa eléctrica de importante implantación en el Norte de España. Había alquilado un piso modesto en Deusto y dejé Gardoqui sin dar mayores explicaciones. De mi compañero supe después que no terminó Ingenieros y se fue a vivir al palacio que su familia poseía en Elorrio.

Y luego la “folie” como dicen los franceses. Ascendí como un cohete en mi empresa. Me contrataron como director general en otra. Era una empresa pequeña, familiar y yo quería algo más. Me di a conocer en los salones y despachos donde se tomaban las decisiones y conseguí que me ofrecieran un puesto de Director Industrial en una gran empresa del País Vasco pero con intereses en toda España y delegaciones por toda Europa. Yo mismo establecí mi sueldo y condiciones laborales, me proporcionaron coche, secretario particular (preferí que fuera hombre para evitar tentaciones que me pudieran distraer) y una flexibilidad de horario total. Me procuraron un despacho de dimensiones siderales y así, tan bien instalado y acomodado, pasé unos años, más bien lustros, enormemente feliz. Pocas nubes ensombrecían mi vida, acaso mi mujer que resultó tener un carácter tiránico y me impuso unas costumbres domesticas insufribles (horarios, limpieza, espacios prohibidos, decoración decimonónica, visitas de sus parientes y amigas…). Resolví pasar el menor tiempo posible en casa (un chalet enorme con su piscina y todo en un municipio cercano a Bilbao) y cuando tenía que hacerlo me refugiaba en el trastero (de proporciones similares al chalet) que había transformado en piso de soltero. Encontré las influencias necesarias para que un gentil pudiera ingresar en la Sociedad recreativa privada más importante de la villa y mi calidad de vida durante mi tiempo de ocio, que no era mucho, mejoró mucho.

Pero llegó el día fatídico. El mismo día que cumplí los sesenta y cinco mi empresa me comunicó que pasaba felizmente a la situación de jubilado. Disfrutaría de un generoso plan de pensiones y por tanto mi situación económica no se vería afectada. Me organizaron una despedida sin escatimar en detalles, cena en una marisquería, un reloj carísimo y un plan para completar el camino de Santiago cómodamente, hoteles, equitación, avituallamiento…Cuando todo terminó y me encontré solo en mi trastero no tenía muy claro cómo organizar mi vida. Descarté hacer el camino de Santiago, nunca me interesaron esas introspecciones mediáticas y determiné seguir haciendo más o menos lo mismo y tratar de ocupar el tiempo libre con paseos, películas, lecturas y otros planes modestos. Mi mujer al percibir mi nueva situación decidió intervenir en el diseño de mi programa vital y me regaló una serie de actividades relacionadas con el abastecimiento alimentario doméstico, con encargos de todo pelaje, con visitas a parientes que antes no podíamos ver y todo con el mismo argumento “como ahora tienes tiempo libre…”. Y mi vida se convirtió en un horror. Pasaba las mañanas en tiendas o grandes almacenes y las tardes moviendo muebles o visitando a gente por la que no sentía ningún interés. Comenzamos a frecuentar espectáculos artísticos para los que no estaba preparado psicológicamente y de cuando en cuando mi mujer organizaba estancias higiénicas en balnearios, casas rurales o espacios históricos. No hacia ni cinco meses desde la feliz fecha de mi jubilación y ya me encontraba asqueado, deprimido y cerca del alcoholismo más profundo (había comenzado a beber a diario para tratar de tragar mejor toda estas novedades).

Si hubiera seguido así mucho tiempo estoy seguro que ahora no podría haber escrito estas líneas, sencillamente porque ya sería difunto. Pero una mañana mientras esperaba mi turno en la cola de la pescadería, acerté a ver a un hombre trajeado que se dirigía al encargado del centro comercial para venderle algo. Era un tipo calvo, gordo y avejentado y pensé que yo aún aparentaba una edad menor de la que indicaba mi partida de nacimiento. Y se me ocurrió la idea genial. Decidí ponerla en práctica inmediatamente. Falsifiqué una carta oficial de mi empresa, la franqueé y la eché a un buzón cercano a la localidad donde se asentaba. Como supuse la abrió mi mujer y en cuanto la leyó atravesó en un hito el chalet, traspuso la puerta de mi guarida y me entregó la misiva arrugada y húmeda. La leí en alto con una entonación melodramática que le dio mucha verosimilitud a su contenido.

Desde entonces me levanto todos los días laborables (y algún que otro sábado) a las siete y media de la mañana, me atavío con mi traje, agarró mi maletín, me montó en mi coche y me dirijo al trabajo elegante y aliviado. Según los días me paseo por pueblos donde no me conocen o me siento en bibliotecas a leer revistas o periódicos o conduzco por caminos rurales o carreteras de montaña. Regreso a casa por la tarde con aspecto cansado y repito la vida que frecuentaba antes de aquel feliz día.

Se me ocurre que si alguna vez se llegara a conocer mi nueva vida y antes de que mi querida esposa volviera a intentar transformarla, huiría a algún pueblo tranquilo, acaso Villalpando.

Joseba Molinero