Vejestorios de latón y terciopelo

Hay una luz de atardecer que se deja ver a brochazos fueguinos por entre las ramas de los tilos. La temperatura primaveral ayuda a caminar esta tarde... Ni que decir tiene que vengo paseando por la Gran Vía hasta el café ayudado por la cachava, queriendo ser bastón aristocrático de esos que lucen una cabeza de galgo estilizado. Hemos quedado los tertulianos para hablar de vivencias y lecturas una vez más.

El broncíneo caballero, ajeno al paso del tiempo, continua con su gesto indómito: sigue señalando con el acta fundacional de la Villa el frío suelo – aquí estoy yo, parece decir. El fulgor naranja le da un nuevo brío sin parecer todavía cansado por el peso del yelmo, el espadón y la cota de malla fútil.

El establecimiento fue durante unos años una expenduría de robots – de aspiración y cocina – pero, visto que el negocio no era una bicoca, cerraron. Y como la tramoya del templo estaba intacta bajo varias capas de pintura, un emprendedor adinerado y nostálgico – de la propia Villa, claro – decidió lanzarse a revivir los viejos tiempos abriéndolo como café otra vez. Escaños acolchados, mesitas con pequeños ceniceros abollados y paneles de madera entre nosotros y el mundo, parecían una atmósfera extinguida para siempre. Entonces, los forjados bajo la pintura blanca revivieron su antiguo esplendor una vez que el disolvente hizo su trabajo. El imponente armazón de la barra también estaba oculto y se erigió en protagonista cuando volvió a enseñar la madera original, y el estribo, una vez ajustado, brilló como antaño esperando los topetazos de pezuñas de parroquianos. Pese a estar el área convenientemente macdonalizada con grandes almacenes de ropa, gadgets electrónicos, expendurías de comida rápida y covachuelas para solaz de turistas, habíamos decidido volver a los orígenes tras años de tortuosa travesía en busca de nuestro paraíso: pues sí, hay que decir que no lo habíamos encontrado ni por asomo pues ningún escenario prometía la atmósfera del Templo, y cuando parecía recordarla, el negocio cesaba y nos solían poner de patitas en la calle.

En la ancha acera de la Gran Vía distinguí un poco más adelante al Profesor, exiliado tras su jubilación. Silbé y levanté la cachava para hacerme notar pero iría con sus pensamientos metafísicos y era imposible sacarle de ellos… No obstante, lo alcancé en la puerta giratoria, que curiosamente, aun no siendo la original, había sido restituida por otra más funcional que seguía siendo de manera noble con pasamanos latonados.

– ¿Qué tal por Tierra de Campos, Profesor? Cualquier día me planto allí con mi chófer Mohamed, y me acompaña a ver la capilla de los Benavente de nuevo… aquel guía tan seductor seguirá por allí ¿no?

– Cuánto tiempo, Maestre, allí seguimos tras un duro invierno. He venido hoy en mi pequeño utilitario para verlos a ustedes porque a través del fonostrón nada es lo mismo y nada son sus sonrisas, sus comentarios y el roncola que me despierta del letargo vespertino. Uno ya no anda para alegrías inanes… pero templado fui por la siderurgia, y recocido por el ron, que no es mala cosa.

– Tendremos quorum, Profesor? – pregunté inocentemente previendo una espantada.

Nos dejamos engullir por la puerta giratoria con todo tipo de precauciones porque a nuestra edad un ingenio como éste puede llegar a ser un infierno. Hollamos con calma el entarimado centenario que todavía suena recio. El hombre tras la barra, con una sonrisa remedo de la de Elías, nos saluda kafkiano y en perfecto estado de revista sin quitar la mirada de nuestros hombros. Nuestro reservado está vacío lo que nos llena de gozo, somos los primeros; en la cabecera de la mesa dejamos el platillo que quiere ser cenicero y el escaño vacío en recuerdo de nuestro Presidente. Nuestras miradas se dirigen tiernas a ese vacío primordial que quisiéramos ver ocupado, chispeante y con verbo solemne.

Llegan más efectivos con las preceptivas cachavas y algún bastón estilo británico, quizá más presidencial sin llegar a rematar con el bombín que pide. Buenas tardes y buenas tardes por doquier adobados de sonrisas. Parece que va a haber una concurrencia total y los integrantes de la hermandad se felicitan por tal conjunción de voluntades y presencias.

El Secretario de la cosa ha llegado sonriente y animado, dispuesto a lanzar bellos y literarios dardos en el momento que sea y por la razón que sea. Hace un repaso de los semblantes para levantar acta de que la hermandad prosigue con salud sus quehaceres literarios. A su vez el Poeta, se apresura a hablar para sacar todo el agua que lleva atrapada en el pozo. Un nuevo manuscrito ha llenado sus horas y ya fue entregado al tórculo, con lo que comienza a pregonar sus versos a los cuatro vientos… Es entonces cuando derrama ejemplares con parsimonia para que los adláteres dejen la fría prosa y se empapen de algún lirismo seminal.

– Prosélitos: os traigo lo que he tenido entre manos tantos meses; espero que sea de vuestro agrado – sentencia el Poseidón versificador, abriendo los oídos a la primera cosecha de comentarios.

Los tertulios comienzan una pequeña algarabía con sus gafas de cerca y los versos blancos de las primeras páginas como señoronas en las rebajas calibrando su aquiescencia al género consumible. El señor Secretario toma las riendas de ese sindios de jubilados siderúrgicos y algo poetas.

Entonces, cuando el silencio nace, anuncia algún festejo gastronómico para la última reunión del curso, lo que conmueve los espíritus y algún ávido jugo gástrico. Da paso al proponente que esta vez es el señor de Madrid, con barba estilo Van Dyck blanqueada por el tiempo. Este carraspea varias veces y saca su papelito doblado, primorosamente escrito a mano con sus atinadas y atildadas prospecciones sobre la obra, quien lo iba a decir, que no es otra que La isla del tesoro del inmortal Stevenson.

– He propuesto esta obra... – corta y aguardentosa tos – ...porque tanto austrohúngaro me ha estragado. Debo sincerarme: quería divertirme y divertiros con algo para todos los públicos y fue entonces cuando releí aquello de:

Me gustaría contarle que soy un niño que vigila el camino hacia su casa, esperando la llegada de un marinero con una sola pierna, o, mejor aún, un viejo legionario que aprieta con su mano izquierda la moneda de plata con la que pagará al barquero, si los cimbrios, que se acercan vociferando, rompen las filas de su manípulo; sin embargo, no puedo…

y caí rendido a la evidencia. Entonces pensé: nadie ha propuesto este clásico de aventuras sin duda más asequible que aquella legendaria propuesta de Dr Jekyll y Mr Hide, retorcida y oscura...

– Me llena de orgullo haber traído a esta tertulia al genial Stevenson hace tantos cursos. Nuestro austrohungárico se hace de nuevas y, dando una ciaboga colosal, propone una delicia para cualquier lector incluido nuestro estimado Presidente – contraataca el señorito Secretario.

– Es comprensible – apunta el Profesor – ahora que se le han acabado los judíos centroeuropeos y otras aves de raro pelaje, ha reculado para volver a la literatura de siempre.

₋ Magnífica, magnífica propuesta que muestra al trasluz … – balbucea el Poeta.

– Estimado y estimados, dejemos hablar al proponente, por favor – dispara el Secretario – que todavía no ha empezado la defensa de su obra.

El señor de Madrid, como acostumbra, hace un sesudo análisis desde la perspectiva formal y sobre los avatares de la aventura que presenta Stevenson. En la cara de un folio manuscrito ha resumido todo el meollo de la obra mientras el resto de contertulios espera su turno para meter la cuchara en el exótico y sabroso sopicaldo literario...

El siguiente turno, siguiendo el giro contrario a las agujas del reloj, es para mí y, en ese mismo momento, aunque lleno de orgullo y satisfacción, no sé muy bien lo que decir; pese a no haber preparado nada tengo alguna idea en la recamara ya que me gusta bucear en las reseñas. De cualquier modo, quisiera esa dicción presidencial que en cuatro o cinco apuntes, explicados de forma didáctica, alumbran una visión humana y cercana de la obra; o en su defecto, la capacidad de hacer símiles taurinos, pictóricos, carpetovetónicos… Una idea se acerca en vuelo rasante y he de cogerla por fuerza a menos que quiera caer en las sandeces y los lugares comunes.

– Bueno, como a la mayoría, me ha encantado la historia y cómo nos la cuenta el autor. Es un divertimento que nos hace retornar a la niñez, a ponernos en la piel de ese Jim Hawkins metido entre piratas; ese bergantín con el nombre tan sugerente de la Hispaniola… Todo esto representa un homenaje a nuestro Presidente y a sus querencias lectoras. Pero hay algo que me interesa porque concierne a nuestra aventura literaria. Stevenson tenía treinta años cuando fue a pasar una temporada con sus padres a las Tierras Altas de Escocia, y todavía no tenía ninguna obra famosa en su haber. Era un verano frío y lluvioso lo que no venía nada bien a la salud del autor. Pues bien, en esa casa de campo, la familia reunida – Fanny su mujer, su padre, su madre y su hijastro Lloyd Osbourne – comenzó a pasar el rato escribiendo una historia.

El pasatiempo de aquellos días era escribir algo entre todos, pasando el manuscrito de uno a otro, en bloques de quince minutos. Sí, tal como nosotros escribimos algunos relatos a muchas manos hace ya tanto tiempo y lo bien que lo pasamos dándole vueltas y vueltas a los costurones que aparecían al unir los fragmentos; y sobre todo, cómo la historia algunas veces se desbocaba sin control…

...sigo con la peripecia: el padre de Stevenson se divertía como un niño y pasó un día escribiendo el contenido exacto del cofre marino de Billy Bones, que Stevenson adoptaría palabra por palabra. Fue también su padre quien sugirió la escena donde Jim Hawkins se oculta en el barril de manzanas. Pero hete aquí que su hijastro de doce años tenía inquietudes artísticas y se pasaba las horas ocupado pintando con acuarelas. En el proceso de escritura, le dio por dibujar el plano de la isla que era el corazón de la novela, el fin del cabotaje y de la trama para hacerse con el tesoro. Y de esta forma, el acicate para continuar con la narración en la mente del autor, lo constituyó este mapa de tal suerte que enviado al editor, una vez que la novela estaba para publicarse, acabó perdiéndose con gran pena para Stevenson. Este mapa fue la clave para continuar, ya solo, la escritura de la novela meses más tarde, y finiquitar una obra inmortal que lo haría célebre...

– Muy curiosa esta historia de la que no tenía ni idea – susurraba suavemente el Padre Fundador de la hermandad con las lentes luminosas y la suave sonrisa recordando a un Inkling primigenio.

– Qué tiempos aquellos aquí reunidos discutiendo cómo enderezar aquel hilo narrativo que hacía aguas – apuntó el Profesor.

– Y las galeradas alumbradas en tinta amarilla, qué nostalgia – aderezó con su verbo grácil el señorito Secretario.

– Creo sinceramente que quien más disfrutaba era nuestro Presidente – dije sin saber muy bien si era así. En el fondo sonreía gozoso y daba pábulo en el epistolario a una alegría infantil porque llegara su turno. Esperaba ansioso la entrega semanal de cada autor para leerla con atención. El epistolario era un primor… sí, porque todo aquello, sin darnos cuenta, fue nuestro vellocino de oro, sin duda, un logro divertido y genial que llenó nuestro tiempo de literatura y vida.

Con caras de emoción entre sorbos de licor, un ángel literario sobrevoló el cubículo del Templo para dejar sus almas rendidas a la emoción. El lugar reconquistado había servido de altar y la Diosa Literatura refulgía animosamente un sábado más. En lontananza, otros días, otras lecturas y otros relatos sacados de la chistera increíble de un mago que nunca acabara la función.

El maestresala