Fede acarició el abdomen de Merche en busca de las pataditas que la futura Isabel, se dejó guiar la mano, aquí, aquí, ¿no lo notas? Optó por disimular y fingir una emoción que no alcanzaba a encontrar en ninguno de sus bolsillos. Por supuesto que quería a su hija, o la iba a querer, aunque no tenía muy claro que este último matiz temporal fuese políticamente correcto. Estaba ilusionado con la paternidad en ciernes, pero el embarazo le resultaba empalagoso hasta la náusea. Acaso solo fuera que su mujer era presa de un tanto esotéricos flujos hormonales tales que la habían transformado en la preñada total, como solía ilustrarle su compañero de partido, y ahora jefe directo, Alberto Esteban, a la sazón Consejero de Sanidad. No te quejes, Fede, no te quejes, tenías que haber aguantado a mi exmujer, aunque claro, ella se comportaba siempre como si estuviese preñada. Por eso la largué en cuanto pude… Podía seguir así un buen rato, el Consejero era un poco autorreferencial. A otro le habría parado los pies, pero a Alberto no le quedaba más remedio que aguantarle sus estupideces
Es tan bonito lo que nos aguarda, Fede, ¿no crees? Sí, cariño, claro, claro, contestaba distraído y un tanto aburrido de sobarle la tripa a Merche, más pendiente de la llamada del Consejero que de otra cosa. Alberto se había empeñado en que la hija de su subordinado fuese la primera en nacer en la maternidad del nuevo hospital que se estaba construyendo en la capital de la Comunidad; aquello sería un golpe político imbatible en las elecciones de dentro de pocos meses: el más cercano colaborador del Consejero, responsable además de la inversión de la nueva infraestructura pública, sería quien la inaugurara, no como político (de eso ya me encargo yo, Fede, majo) sino como padre. Cuando el otro se lo planteó no terminó de verle la lógica. Oye, Alberto, ¿y no creerán los votantes que me aprovecho de mi posición? ¡Ay, Fede, Fede, mira que eres inocente! A los votantes los manejaba él con un par de capotazos, le aclaró mientras imitaba el lance taurino con una pose que encajaba mal con su voluminosa barriga.
El asunto era que el Consejero tenía que darle una muy importante noticia relacionada con el hospital, que estuviese atento al teléfono. Estaba muy orgulloso de su trabajo: los costes se adaptaban a lo presupuestado, los plazos se habían cumplido con precisión, la calidad de las instalaciones era incuestionable. A pesar de todo no estaba tranquilo, no se le ocurría qué podía tener que contarle Alberto. Lo conocía desde hacía muchos años, era un marrullero de manual.
Después de pulirle la piel de la tripa a Merche donde dos horas y decir que había sentido más patadas que en un partido de fútbol se fueron a dormir. Ella feliz. Él preocupado.
Le despertaron los avisos de mensajes entrantes de su móvil. Gruñó y se giró para mirar el reloj, joder, eran apenas las seis de la mañana. Varios miembros del partido le avisaban de que conectara las noticias de inmediato. Él era el protagonista. La que había liado con el hospital. Se revolvió el pelo unos segundos sin entender nada, retiró las mantas y fue al salón. Abrió las portadas de un par de periódicos locales y los nacionales de referencia en el ordenador. Se le cortó la respiración, sintió que se ahogaba. Madredelamorhermoso, murmuró, ¿qué era aquello? Conectó la radio, un par de tertulianos madrugadores mascullaban su nombre sin recatarse en pronunciar los insultos más clásicos. Era todo mentira, un bulo, una puta fake. El Consejero iba a dar una rueda de prensa a las nueve de la mañana, seguro que lo desmentiría. Decidió llamarle de inmediato a pesar de la hora. Le contestó al primer pitido. No le dio tiempo a abrir la boca. Estás jodido, Fede, pero que muy jodido. Trató del balbucear una protesta. Ni te molestes en decir nada, me has defraudado, me has dejado con el culo al aíre. No vuelvas a llamarme. Quiero tu dimisión antes de la rueda de prensa, y tienes suerte de que yo también tengo salvar mi trasero sino acabas en el trullo…¡Gilipollas! Y colgó.
Merche se lo encontró sentado en el sofá, absorto aún en la pantalla del móvil. ¿Quién era aquella mujer que lo llamaba desde la puerta? Cuando recuperó el conocimiento la vio de nuevo a su lado, tenía el gesto descompuesto y no hacía más que repetir, ¡ay, Federiquito, qué te pasa, amor! Podía haber sido todo un mal sueño, pero no, conectó el televisor y allí estaba el cretino de su jefe repitiendo todo lo que le había anunciado por teléfono. Pero, Fede, ¿tú has hecho todo eso?
Lo de presentar su renuncia fue una pura formalidad, el Consejero ya le había cesado. Los contratos para la construcción del hospital estaban amañados, unos periodistas habían descubierto una doble contabilidad, las comisiones ascendían a más de diez millones de euros, la desviación del presupuesto era al menos del cincuenta por ciento, y así una larga lista de calamidades de las que él no tenía ni idea. Pero, Fede, ¿y dónde tienes todo ese dinero? Fede la miró con la boca abierta. ¿Tú también, Merche, esposa mía?
Pero lo peor de todo, según la prensa, era el haber querido aprovecharse de su cargo y planear que su esposa fuese la primera en parir en el nuevo hospital. ¡Jolines, Fede, qué idea más bonita…! Guardaron silencio unos segundos… Pero ya no, ¿verdad? No, Merche, me parece que no. Ahora lo entendía todo, ahora entendía al muy cabrón de Alberto, con aquella oferta le había endosado toda la mierda y a cambio se había quedado con unos cuantos millones en mordidas.
Durante las semanas que siguieron se dedicó a intentar defenderse. Sin mucho éxito. Le procesaron por cohecho y unos cuantos sacramentos más. No iría a la cárcel, pero de chiripa, le aseguró su abogado con un lenguaje no muy profesional. También le echaron del partido y le obligaron a renunciar al escaño. Después se dejó barba y se encerró en casa. No volvió a salir hasta el día del parto.
No pudo ser de otra manera, el bebé tuvo que venir al mundo en plena madrugada. Por un lado era mejor, sabía que aún rondaban su casa algunos periodistas, pero no anhelaban tanto su presa como para hacer guardia las veinticuatro horas del día. Después de atisbar unos segundos a la salida del garaje enfiló hacia el nuevo hospital. Le causó sonrojo pensarlo, pero continuaba pensando en aquella obra como en su criatura, casi la consideraba más suya que la que estaba a punto de nacer.
Había hecho un buen trabajo a pesar de todas las mierdas de las que le habían acusado. La sanidad pública era maravillosa, atendía a todos por igual y con idénticos estándares de calidad; la pareja de subsaharianos que les antecedía eran la prueba: seguro que se habían bajado de la patera hacía unas pocas semanas y allí estaban, excelentemente atendidos por unos profesionales extraordinarios... Fede, Fede, déjalo que ya no estás en política. La recepción de maternidad era funcional y a la vez de un diseño vanguardista. Los ventanales sobre los que la Luna proyectaba sus sombras, la distribución de las luces interiores, los colores suaves, el mobiliario minimalista y elegante. Nada de mierdas de Ikea, todo de… Joder, masculló mientras se acercaban al mostrador, el mobiliario sí que era de Ikea… Pero él había negociado con Gunni & Trentino… Perdone, señorita, ¿los uniformes que usan de qué marca son? Su esposa lo miró sujetándose la tripa y sin entender nada. ¿Los uniformes? Los uniformes son una porquería. Un par de rotos lo atestiguaban. ¿De Roberto Verino? La mirada de la recepcionista expresó todo el desprecio y recelo posibles ante el interrogatorio de Fede. Ya no estaba seguro de que fuera lo más aconsejable ingresar allí a su mujer, si habían hecho la misma jugada con todo… La recepcionista seguía rezongando. La culpa la tiene el Federico Bayón ese de los cojones, menudo sinvergüenza, la pasta que… Dejó de escuchar, podía imaginar el resto. Dígame el nombre de la madre. ¿Y el suyo? La funcionaria lo taladró con la mirada. Pura casualidad, señorita, se lo aseguro, pura casualidad. No tengo nada que ver con ese caradura.
A ella se la llevaron en una camilla y él se quedó aguardando en una sala con los asientos destartalados. Hay que joderse, y en dos meses. Rascó con la uña el tejido y en un instante la tela dejó entrever el relleno. Desde donde estaba podía ver un pequeño mostrador con un par de enfermeras. Cada poco tiempo lanzaban un juramento quejándose de la mierda de equipos informáticos. No va, se ha colgado, no sé si ha guardado… Toda la gama de quejas de un usuario estándar florecían aquella noche en los labios de las dos mujeres. No se quedaría a gusto si no lo preguntaba. Soy informático, mintió, ¿puedo ayudarlas? ¿Quién es el instalador del programa? Yo trabajo para IBM y… ¡IBM! Se rieron las dos. Estos es un mojón, señor mío. Aquí dice Polivísion, pero ya le digo que no ve una mierda. Y se olvidaron de él.
Se encogió de hombros, ya no era asunto suyo, si no terminaba en el talego, como decía su abogado, ni tan mal. Lo que el mamón de Alberto hubiese hecho ya no tenía arreglo. La espera no fue larga, apenas se había tomado tres cafés repugnantes (nada de Nespresso, claro, nada de what else! ni George Clooney) cuando le avisaron. Ya habían trasladado a su esposa a la habitación; una de las paredes era un cristal que daba una salita donde debería estar el bebé. Se encontró a Merche berreando, lo cual le sorprendió porque no pensaba que la depresión postparto llegara a tanta velocidad. Entre hipido e hipido creyó oír su nombre. Fede, ay, Fede, yo no he hecho nada… O algo así. ¿Pero qué le pasaba a aquella mujer? El corazón se le aceleró, ¿la niña, la niña estaba bien? Al otro lado del cristal una enfermera le contemplaba con cara de circunstancias. Sujetó el bulto y con delicadeza levantó el embozo de la mantita. De repente hacía mucho frío en la habitación, miró a Merche que seguía con la cara entre las manos y con la misma cantinela, y después a la niña, a su Isabel, que lucía una espléndida y bruñida piel negra.
Pero, pero… Señorita, esto es un error, aquí hay algo que no funciona…
Roberto Sánchez