El Partido

Después de musitar algo parecido a una bendición rutinaria de la mesa, se cubrió su abundante barriga con la servilleta de papel, no podía permitirse más “condecoraciones” indignas. Bucheó un trago de vino y columpió ensimismadamente el tenedor.

—Le he pedido a Yanire que cocine con menos grasa y que te prepare comida de régimen- advirtió la madre.

La joven mulata, leve, atravesó todo el espacio diáfano inundado por la luz del enorme ventanal opuesto. Sonriente y obsequiosa depositó la fuente grande de la carne y una más pequeña con el pescado pálido y humeante.

—¿Te has tomado la pastilla y el protector?

—Sí, claro…, Lucía - dijo cansadamente el padre

—Deberías evitar el vino, ya sabes lo que te dijo…

—Ya, ya…; pero hoy no.

Era Domingo. La luz arrancaba destellos ásperos de las placas de reconocimientos orgullosamente alineados en estantes color vengué. Dos pisos más abajo, tan solo se escuchaban las voces ásperas de los vermuts tardíos resonando en la calle desierta. Comían en la casa las dos hijas y sus maridos. En una habitación contigua los nietos, malcomidos, martilleaban artilugios de diferentes colores y tamaños mientras se cruzaban consignas telegrafiadas.

Los tres hombres hablaban de asuntos mercantiles, asuntos complejos, asuntos ajenos a las mujeres por decisión propia. El padre apuntaba razones mientras rumiaba el pescado tapándose la boca prudentemente.

—Tomás, por favor, deja el trabajo…que es domingo. Que pesados os ponéis, no se puede mantener una conversación normal con vosotros…

—Tiene razón mamá. Ya vale de hablar de números. Jorge –señaló con un leve ademan a su marido- se pasa la vida en casa hablándome del mercado internacional y la exportación y en cuanto quiero contarle algo del Colegio se enchufa a una peli o a una serie…

Jorge, moreno, alto, orgulloso de su “savoir faire” trató de interrumpir a su mujer sin éxito.

Esta mañana en el Praga me he encontrado con Ana Vidal Aguirre –como en el instituto- , ya llevaba dos albariños y me ha contado con pelos y señales el último divorcio de Julio. Sí, seguro que os acordáis, el ingeniero que se casó con Rosa Alvarez y la dejó tirada para irse con aquella feúcha a Canarias. Pues ya lleva cinco.

—Pero ese chico no es de aquí, ¿no?-dijo la madre.

—No, vino con su familia de Cartagena siendo aún un niño. Ahora vivía en Sevilla y se ha venido unos días para visitar a sus padres que están ya muy mayores.

—Con tantos divorcios no andará muy bien – apuntó Jorge – solo con las pensiones que tendrá que pagar…

—Que va, es presidente de no sé qué consorcio y gana un sueldo impresionante- aclaró Elena-. Lo que pasa es que después de tantas mudanzas ya no sabe dónde ir a vivir, es un lio…

—Es normal – abundó la madre- acostumbrarse a vivir así es difícil. Yo a mi edad ni soñarlo pero ni aunque tuviera veinte.

—Pues yo que quieres que te diga, a gusto me iría a ver mundo y salir un poco de aquí, que ya lo tengo todo muy visto – replicó seriamente Raquel, la hija menor-. Lo que pasa es que este es un perezoso.

—No digas tonterías, Raquel,- acusó el golpe Carlos, aunque sus ojos azules apuntaban en otra dirección.

—Pero si no te atreves, Carlos.

—¿Y qué?

—Ahí tienes a tu amigo Daniel que se casó con la del concesionario de la calle Colón. Se fueron a Estados Unidos y están encantados…

—Daniel no tenía nada aquí, nosotros tenemos un negocio con muchas franquicias, no se nos ha perdido nada ahí fuera…

—¡Y eso que tiene que ver!, lo vendemos y ya está. Estoy hasta la coronilla de atender bichos todo el día…

—No haber hecho veterinaria.

Antes de que la hija pudiera abundarse en el bucle ya conocido, el padre, con semblante sermonero, medió tras apurar su copa de vino.

—Hablar por hablar. Eres aun joven, por qué negarlo, pero no una adolescente. Tienes dos hijos aun pequeños, un buen trabajo, un negocio que os va muy bien, ¿qué se te ha perdió por esos lugares de Dios? Ya ves cómo está la vida de complicada, no te la compliques más, hija, haz caso a tu padre que algo sabe de esto…

—Pero papá, si es que hacemos siempre lo mismo…

—Muchos quisieran tener vuestra vida. Pregunta a cualquiera en la calle y veras a muchos que vienen a por las migas que dejáis…

Elena y la madre repasaban procederes en un aparte. Fingían asombro, dolor, repugnancia, hartazgo. Menudeaban gestos aparatosos.

—¿Pero tanto dinero tienen esos?

—Eso dicen.

—Pues resulta difícil de creer. Será todo pose.

—Él debe tener otra por ahí que le ayuda, dicen…

—Pues eso es pan para hoy y hambre para mañana…

—Pues si no es de ahí, tendrá que ser de otro lado, porque por si mismos no creo que les dé…

—Pues se cuenta que…- y todo se fue en un susurro hasta que llegó el grito de la madre.

—¡Esta vida es un asco! No te puedes fiar de nadie.

—Así es.

—¡Quién lo iba a suponer! Aunque, a mí siempre me dio en la nariz que ahí había algo raro…

—Podría ser cierto perfectamente, mamá.

—Tienes razón, cuando el rio suena, agua lleva…Yo conozco a su madre, que es una bellísima persona, ¿sabe algo?

—Ya se lo dirán o peor aún alguien le mandará un mensaje….

—¡Pobre!

El padre se entretenía mordisqueando una punta de pan. Jorge sentenciaba negocios.

—Ese se las da de listo y bien relacionado pero este proyecto es un fracaso en ciernes.

—Pues se van a construir una casa en Marbella- dijo Raquel.

—Bahhh, no te creas nada, cuñada. Están las cosas ahora como para hacer dispendios como ese. Puro marketing.

—¿En Marbella?- preguntó el padre- Menudo lujo con toda la gente de dinero de Madrid que veranea allí. Cuando fuimos a pasar aquellas vacaciones allí, una casa costaba un potosí ya entonces, así que ahora…

—¿Te acuerdas, Tomás, el verano de Marbella? – evocó la madre-. Que nos encontramos con el baron Thyssen y Tita Cervera en aquella marisquería. Vosotras erais pequeñas. Eran muy abiertos y esplendidos. Aún recuerdo aquella miniatura que le regalaron a los Echevarria.

—Es que Arturo hacia negocios con el barón. Compra y venta de arte, pinturas, esculturas…Parece mentira que un individuo tan primitivo como era él se dedicara a tratar con algo tan delicado…

—Era muy guapa Tita y se pavoneaba a gusto con el barón- continuó la madre ensanchando el tono- . Fue muy comentada la boda y ya se sabe un señor rico con una actriz joven y guapa…

—Recuerdo que estando nosotros allí les robaron en el chalet que tenían allí.

—No, Tomás, no les robaron, se les metieron unos hippies mientras ellos viajaban por Italia. Les dejaron todo hecho un asco…

—Eso mismo le pasó al abuelo, no papá, con el almacén de material eléctrico- dijo Elena-, se lo quisieron quitar porque decían que no era suyo y se metieron allí una semana santa que no había nadie…

—¿Sí, es eso cierto, papá?- preguntó Raquel, repentinamente interesada por la conversación.

—Es una historia vieja que ya no interesa- cerró el padre tirando bruscamente el trozo de pan que desmigaba dentro del plato.

Jorge volvió a servirse de la fuente de la carne, rebañando bien la salsa ocre y aceitosa.

—Eso, eso, muy bien, tu empapúzate bien de salsa, con mucho pan y luego me cuentas aquello de que te cuesta agacharte para coger la bolita esa de golf o que prefieres no hacerte análisis de sangre como a tus empleados porque total para qué…

—No seas cruel con él, hija, déjale que disfrute, es domingo…- dijo con dulzura la madre.

—Si lo hago por él, solo por él, a mí como comprenderás…Ya pesa más de 80kg, si sigue así va a parecer un saco de patatas…

—¿Retiro ya el servicio, señora?,- preguntó la mulata, sigilosa y eficaz.

—¿Qué tal los niños, Yanire? – preguntó Raquel condescendiente- ¿qué hacen?

—Nada, señora Raquel, juegan con esos cacharros.

—Pues diles que ya vale que se van a atontar con tanta pantalla.

—Pero mujer si todos los estudios dicen que esos juegos les hacen más espabilados y entienden mejor los equipo digitales. Eso es el futuro, que digo el futuro, el presente – discurseó Carlos estirando el cuello.

Un portazo interrumpió la disertación de Carlos sobre la bonanza del mundo digital. Se escucharon unos pasos apresurados por el pasillo.

—¿Qué hora es?- preguntó el padre.

—Las tres y cuarto- respondió Carlos solicito.

—Es Raúl – sonrió Raquel- Esta mañana le he visto con una chica espectacular por la Ronda. Le he pegado un grito pero andaba a lo suyo.

—¿Qué chica es esa?- huroneó la madre.

Raúl canturreaba un éxito latino. Corrió ligeramente la puerta y se asomó.

—Buenas a todos, me lavo las manos y vengo del tirón

—Tardes – dijo, rácano, el padre, silbando la ese final.

La madre miró a Elena y no escondió su decepción. Elena acompañó el gesto. El padre desvió la atención.

—Es seguro que Tuycon cierra en breve. Entra en concurso de acreedores en cuestión de días.

—Se veía venir- explicó Jorge aventajado-, este Acebes no es trigo limpio. Ya su padre se dedicaba a las letras de pelotazo en aquel negocio de máquina herramienta. Mucho jactarse de que tenía no sé cuántos socios extranjeros, de capital riesgo incluso, para acabar en el arroyo. Y lo mismo le va a pasar al cuñado de Lapuerta que se alimenta del mismo alpiste…

—Ya le ha pasado- abundó Carlos-, no hay solución. Pero nunca fue una empresa de altos vuelos como la otra…

Raúl se sentó en una esquina de la mesa y acabó de secarse las manos con la servilleta.

—Tu nueva novia es muy mona, Raúl. No has querido presentármela, eres un descastado- dijo Raquel.

—No es mi novia y ya te la presentaré más adelante si cuadra… Y tú sí que eres mona, Raquel. Y tú también Elena, no te pongas celosilla.

—Pero ¿por qué no te paraste cunado te llamé?- insistió Raquel.

—Llevábamos prisa.

—¿Prisa, tú?- metió baza la hermana mayor-, tú el más relajado de los seres humanos que yo conozco.

—Estará todo frio, hijo…

—No te preocupes, mamá –dijo Raúl.

—Ya sabes que los domingos comemos a las dos y media y tu padre…

—Había mucha gente en los bares y se nos ha retrasado el vermut, pero no creo que sea para montar un drama.

—¿Y de dónde has sacado a semejante bombón?- reanudó Raquel.

—Vive en Alcolea.

—Buen sitio. Y ¿qué hace aquí?

—Ha encontrado un trabajo aquí.

—¿De cajera del Mercadona?- ironizó Elena.

—¡Elena!- gritó el padre.

—Es solo curiosidad, papá. Ya hemos conocido muchas antes y todas muy variadas en su ocupación y procedencia.

—Hermanita, deja de meterte donde no te llaman que cabe la posibilidad que salgas trasquilada, tu tan elegante siempre…

—Raúl, no te pases,- intervino de nuevo el padre- es verdad que tu hermana no ha sido correcta pero eso no justifica tus amenazas.

—Anda, hijo, come, que se te va a quedar todo helado – suplicó la madre.

—Lo que queráis pero era muy guapa, parecía una topmodel –aseguró Raquel.

—Déjalo ya por favor – zanjó el padre.

La conversación encontró diferentes abrigos. El padre y los dos yernos volvieron a los negocios, la madre y Elena se decantaron por infidelidades, Raquel y Raúl se cruzaron una sonrisa cómplice.

—Últimamente me acuerdo mucho de mi abuelo- dijo el padre-, el empezó todo. Llegó a la ciudad sin nada y montó el negocio. Luego mi padre lo cogió de muy joven y lo levantó hasta donde está hoy. Mi abuelo venia del campo y no sabía más que destripar terrones y ya veis a donde conduce el trabajo honrado.

—Eran otros tiempos, papá- intervino Elena-. Hoy sería imposible ni acercarse a eso.

—Bahhh, todos los tiempos son iguales para los negocios –opinó Jorge- o hay talento o no lo hay, lo demás son milongas.

—¿De verdad lo crees? – intervino Elena -. Tú mismo, sin la ayuda de papá, ¿crees que podrías…?

—¿Y por qué no? – respondió el padre.

—No sé, papá, pero ahora es difícil poder moverte de tu estatus social. Está todo más cerrado. Los que están arriba vienen de familias de arriba y así será.

Elena intuyó la media sonrisa de Raúl, le alcanzó la ira y elevó el tono.

—A ti, hermanito, todo te da igual, mientras salgan contigo te da lo mismo arre que so.

—Todas son mujeres.

—Pero que vulgar te puedes llegar a poner.

—Elena tiene algo de razón y tú lo sabes. Las cosas están como están por alguna razón –sentenció el padre.

—Jorge y Carlos asentían, la madre reconocía la autoridad.

—Desgraciadamente, hijo, no todos somos iguales, aunque tal vez no debiera ser así pero lo es y hay que reconocerlo y tomar las decisiones adecuadas a esa situación. No hay que ser ingenuo. Hay una educación, una posición, un entorno que hace al hombre lo que es y eso no se puede obviar.

El padre apuró el último poso de vino y se secó los labios con la servilleta.

—Y dejemos ya esta conversación que solo conduce a polémicas y hoy es domingo.

El padre se levantó de la mesa para ir a ver a sus nietos. Cuando salió del comedor la madre dijo:

—Raúl, hijo, no enfades a tu padre que tiene la salud algo tocada y ya sabes que estas cosas le alteran mucho.

—Perdona, mamá, pero yo no comencé esta discusión.

Elena se dio por aludida.

—Yo no he dicho nada malo, ni que te pueda ofender. Solo he opinado o ¿no se puede opinar? En todo caso nada contra ti, últimamente estás muy susceptible.

—Vale, de acuerdo, no ha pasado nada, todo es paz y amor.

—Ves cómo te pones.

Jorge se giró y gesticuló hacia Elena pidiendo silencio.

—Me callo- terminó Elena

Raúl aprovechó el desplante para levantarse de la mesa.

—Me voy a mi cuarto, mamá.

Raúl salió rodeado de un silencio delator.

—Y ¿es guapa la chica?- preguntó la madre.

—Está bien- dijo Elena.

—Es un bellezón – apostilló Raquel.

Elena se mostró sorprendida.

—Qué lastima que Raúl no le guste el negocio y que en los estudios no se aplique. Me da mucha pena este niño, mucha…-lloriqueó la madre.

—No te preocupes mamá- consoló Elena-, que algo le saldrá, espabilado sí parece y sino siempre se puede dedicar a las mujeres que parece que se le dan bien.

—Pero hija que cosas dices a veces, no te entiendo…

—Era broma, mamá. En todas las familias hay un hijo algo retorcido. Ayer estuve con Alicia y me contó que su hermano enchufado y todo no hace carrera en la empresa de su tío.

—Eso es cierto- terció Jorge-. Recuerdo a un compañero de instituto que se salía en todas las asignaturas, Zudaire se llamaba…, el otro día me llamó para pedirme trabajo. No sé quién le paso mi teléfono. Le di largas.

—Es complicado esto del trabajo- dijo la madre.

—Sí, no basta con ser inteligente o tener estudios. Hay que saber valerse en la vida y tener carácter y todos no lo tienen – arguyó Jorge.

—Todavía me acuerdo del hijo del socio de papá, García Antón creo que se llamaba, que se casó en secreto con aquella camarera de la discoteca. ¿te acuerdas Raquel?-dijo Elena.

Los ruidos de la calle empezaron a invadir la conversación. En el techo del comedor reflejos, sombras y luces se movían con soltura.

—¿Qué hora es ya?- preguntó Raquel.

—Son más de las cuatro.

—Hay que prepararse que el partido comienza a las cinco. No nos queda mucho tiempo.

—¿Tenéis coche?- pregunta Carlos a Jorge.

—Sí, no te preocupes, nosotros os llevamos- dijo Raquel.

—Daos prisa- dijo la madre.

Joseba Molinero