Capilla de los Benavente

Enviado por maestresala el Mar, 05/10/2021 - 15:14

Capilla Sixtina de Rioseco​

A la fortuna de dos mercaderes, hidalgos enriquecidos por los negocios, les deben los Corral encargos que produjeron algunas de sus mejores obras. Si en el caso de Medina del Campo es Casa Blanca y la iglesia del convento de las Agustinas, a las que se puede añadir la bóveda de la cabecera de la cercana localidad de Rodilana (vinculadas las tres a la familia de Rodrigo de Dueñas), en la otra Medina, la de Rioseco, será Álvaro de Benavente quien financie la obra a la postre más famosa de estos artistas y la que más bibliografía (y fotografías) ha producido: la capilla funeraria construida al norte de la cabecera de la iglesia de Santa María de Mediavilla. Esta composición gravita ante una única idea: la intercesión mariana ante el Juicio Final. En los años cuarenta del siglo XIX Genaro Pérez Villaamil visitó Medina de Rioseco y tomó apuntes para dos lienzos posteriores en que reprodujo, con la atmósfera irreal que le caracteriza, la capilla de los Benavente. Por aquel entonces, lo que se sabía de la capilla es que Ponz, Palomino y Ceán Bermúdez atribuían a Juan de Juni la obra entera de la misma, dato que quizá animó al pintor a reproducirla. Lo cierto es que este reconocimiento por parte de los historiadores es el primero de la obra de los hermanos de Villalpando. Inmediatamente después del paso del pintor, contradijo García Escobar a Ponz, y asignó a Jerónimo Corral su factura arquitectónica, errada conclusión, pero que situaba por vez primera el nombre de este artista en la historia escrita. Era el año de 1849, trescientos después de la realización de este encargo. Ante la capilla de los Benavente la erudición clásica se mostró fascinada y abrumada con lo que tenía ante sus ojos: “toda la capilla es un conjunto de caprichos espiritosos” (Ponz); “desde el pavimento hasta la clave no se descubre un átomo de la escelente sillería de su fábrica” (García Escobar), “produce fatiga y confusión en el espíritu” (Quadrado), “la confusión, la desigualdad, la fecundidad de concepción unida a la mayor licencia, la fantasía exuberante, el énfasis teatral, los grandes aciertos junto a las enormes equivocaciones” (Torres Balbás)… La pluma de doña Emilia Pardo Bazán viene a resumir estos pareceres:
 

“Para describir la capilla de los Benaventes, yo necesitaría un refuerzo parecido al que realizó su propio decorador. Convendría amontonar una profusión de tropos, imágenes, transposiciones, prosopopeyas, metáforas, y bordar, pintar, rizar y recamar el idioma (…) Sólo para ver esta capilla despacio, y descubrir y repasar sus detalles, se necesitaría pasar la semana en Rioseco (…) Es una capilla apocalíptica”.
 

Desde entonces no se han ahorrado calificativos elogiosos a la que hoy se conoce como la “capilla Sixtina de Castilla” (Redondo Cantera recoge la bibliografía), espacio que ordenó levantar en 1543 don Álvaro de Benavente en sustitución de la sacristía que estaba en el mismo lugar. Se ha insistido en que viene a ser una trasposición de las portadas decoradas medievales a un ambiente renacentista. Del mismo modo, el acusado contraste entre la austeridad arquitectónica del exterior y la irrefrenable secuencia decorativa del interior se ha vinculado con “lo mudéjar”.

 

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