A Robert Walser.
En la radio ponían un villancico. “¿Navidades? ¡Qué tristeza!”. Apagó el aparato. Se cubrió la cara con la colcha. “¡No! ¡No!”. Quería huir de cualquier atisbo del pasado, simplemente estar en un presente vacío. Pero se desplegó el bucle de la nostalgia y el cronómetro comenzó a discurrir en sentido contrario a las agujas del reloj. Se detuvo en las últimas Pascuas que celebró con Arturo. El sudor le humedecía las sienes. Rememoró cómo se presentó en su casa la tarde de Nochebuena. Llegó cargado de maletas y paquetes, vestido elegantemente, irradiando señorío, luciendo una sonrisa franca, dicharachero y besucón. ¡Qué contento se puso el ángel de sus desvelos! Y qué feliz era él contándole las vicisitudes del viaje. Su enigmática vida le tenía fascinado. Lo consideraba un personaje más en el escenario mágico de las fiestas, un duende que cambiaba por unas semanas el color de la ciudad. Pero el halo misterioso se desvaneció la víspera de Reyes. El pequeño contaba con siete años. Todo empezó en el transcurso de la cabalgata. Como tantos miles de personas, aguardaban el paso de la comitiva real a pie de calle en una esquina de la Gran Vía. El pimpollo había tenido suerte, ocupaba la primera línea de acera, tres filas por delante de él. Estaba muy alterado. Le ocurría cuando participaba en un evento de estas características. El griterío de la multitud, los empujones de la chavalería que competía a sus espaldas por colocarse en el mejor sitio posible y el ruido de la música proveniente de la megafonía instalada a lo largo de la avenida lo excitaban enormemente. Su agitación era extrema cuando asomó al fondo el cortejo del primer Rey Mago. Era Baltasar, su favorito. Se le distinguía a lo lejos encumbrado en una suntuosa carroza, escoltado por una banda de flautistas, un grupo de malabaristas, un séquito de ayudantes a caballo y decenas de pajes. “¡Tío Miguel, tío Miguel! ¡El rey chocolatón!”, gritó eufórico. Las voces de un muchacho que jaleaba a su derecha apagaron “ipso facto” su entusiasmo. “¡Qué rey chocolatón! ¡Ese no es rey ni es negro! ¡La de betún que habrá desperdiciado para pintarrajearse!”, bramó airado. Enmudeció, acogotado ante el insolente que gastaba gratuitamente aquellas malas pulgas. Pero el bravucón siguió percutiendo. “¡Ves! ¡Ves! Sus palmas son blancas. Es un hombre disfrazado. Trabaja en el ayuntamiento. Me lo ha chivado su hijo, que es mi amigo; y que lo sepas, no es ningún mentiroso”, remachó el entrometido. El palo fue brutal. En diez segundos había dinamitado una de las más sentidas ilusiones que poblaban la imaginación de Arturo. Si hubiera tenido al alcance al bocazas pendenciero, nadie lo hubiera librado de un buen tirón de orejas. Ignoraba qué ideas bullían en su mente, pero se le veía cabizbajo y apesadumbrado. Cuando finalizó el desfile lo rescató de la masa de zombis en desbandada. La expresión de su rostro, con el ceño fruncido y los ojos llorosos, lo afligió profundamente. “¿Qué sucede, cielo? ¿Por qué estás así? ¿No te ha gustado la Cabalgata? Si ha sido preciosa. Mira… todo el mundo va alegre. ¿Cómo es que tú estás cariacontecido?”, fue lomodificado único que se le ocurrió decir. No abrió la boca; Se agarró a su mano y tiró de ella para marcharse cuanto antes de allí. Y por mucho que en el camino de vuelta insistió en que se sincerara, permaneció callado. Y andando andando alcanzaron el domicilio. El semblante taciturno de Arturo escamó a su madre. Se puso en guardia. Se vio en el brete de tener que confesarle el altercado que había sufrido. Aprovechó para tranquilizarlo, animándole a que no hiciera caso de lo que le había cotorreado aquel charlatán estúpido. “Baltasar y los demás Reyes Magos son auténticos. ¿Acaso no te traen todos los años un montón de cosas?”, arguyó taxativo. Asintió con la cabeza, pero parecía que no las tenía todas consigo. Quizá sopesara que la afirmación del extraño que lo abordó en la Cabalgata podía ser cierta y que los Reyes Magos no eran tales, sino meros figurantes, con lo cual todo se resumía a un engaño, a una tomadura de pelo. Quizá se preguntase quién se encargaba de las dádivas, quién las depositaba en el salón, quién se bebía el vino dulce y se comía las almendras y frutas escarchadas que dejaba junto a los zapatos para calmar la sed y el hambre de sus Majestades. Fue su madre quien levantó la liebre. “Nada nada, Miguel, vamos a dejarnos de tonterías. El niño se ha enterado de la verdad o al menos sospecha que todo es un montaje, una especie de teatro callejero. Y ya que estammodificadoos en estas, no merece la pena que le mantengamos en el embeleco. Ya lo sabes bonito, los Reyes Magos no existen. Los regalos los compramos el tío Miguel y yo”, le confirmó vehemente, con una gran dosis de bilis en sus palabras. Arturo rompió en llanto. Él, que no soportaba verlo así, reaccionó con virulencia. Discutieron, enfadados y con gesto adusto. Se explayaron con ofensas muy gordas. El chiquillo asistía al rifirrafe distante y perplejo hasta que su madre soltó la bomba a bocajarro: “Pero bueno… Miguel, ¿es que has perdido el juicio? Tu extravagancia no puede seguir adelante. ¿O piensas que debemos continuar haciendo creer al crío que eres su tío y que nadas en la abundancia en un país remoto? ¿Basta de cuentos chinos!”. El príncipe de sus ensueños se puso lívido. Probablemente se interrogaba qué era un cuento chino. Pronto lo entendió. La noche de Reyes se transformó en un velatorio: Arturo llorando, su madre llorando y él llorando… El castillo de la fantasía se había venido abajo. Arturo conoció que era su padre, que residía en un pueblo de la provincia, que estaba ingresado en un psiquiátrico y que en ciertas fechas le daban permiso para recogerse al hogar de la que se suponía su familia. No pasaba pues de ser un farsante, un pobre diablo que mendigaba cariño. Otra filfa. Fracasó la pantomima. No lo había vuelto a ver más. Su madre se lo llevó lejos de él. “Arturo…”. ¿Dónde estaría? Bostezó. No deseaba volver a deambular tras su sombra. Vivía ya a destiempo. Y se agazapó bajo las sábanas. Siempre sería mejor claudicar que ahogarse en el fango de los recuerdos. Una lágrima solitaria fue el punto final. Había dado un pasito más hacia la meta del don nadie perfecto.
Nicolás Zimarro