Queridos Contertulios:
Atrás quedan los campos de tabaco, los puentes de hierro sobre el Ohio, las casitas de cartón piedra, los olores impenitentes a magdalenas, los gringos con apodos y diminutivos, la policía del estado y el cherif, los controles exhaustivos en los aeropuertos y la basura blanca. Todo ello, y mucho más, me hace pensar en USA como el pueblo de "Bienvenido Mr. Marshall", pero al revés con una diferencia: no tienen a Pepe Isbert y Manolo Morán para canalizar los esfuerzos de la sociedad. Alegrémonos de encontrarnos en la vieja Europa, decadente como la Venecia en la que he hecho escala, pero poblada de senadores sin toga, que como el Príncipe Salina saben que los politicastros y caciques macdonalizadores nada cambiarán en su paisaje interior, sólo actuarán sobre el decorado, en el que aún representamos los viejos dramas clásicos.
Y tras este ligero divagar, que algunos tacharán de sentimentaloide y en el que no aparece una brizna del gran afecto que os profeso, puesto que quiero evitar situaciones tirantes o equívocos que den pie a que los tertulios embadurnadores salpiquen los blancos folios de este epistolario con grasientos sarcasmos, procedo a hablaros del asunto que os acongoja y que ocupa muchísimas páginas de los tabloides de este orbe macdonalizado.
El abuelo Biden, hombre de bien desde que fue senador por el estado de Delaware allá por los 70, se ha presentado como candidato del partido Azul como broche a una larga carrera política. Se enfrenta al Pato Donald, candidato del partido Rojo, magnate de las finanzas y que porta un tupe naranja asimilable al pico del original Disney, y que es lo que ellos llaman un selfmeiman. Curiosamente, es el primero de los de su clase que logra la presidencia de los USA; es sabido que otros muchos presidentes han pertenecido a sagas familiares con redes de negocios e influencias, pero éste tiene una cuenta bancaria muy abultada de manera que uno puede preguntarse qué hace el personaje en la Casa Blanca lo que le obliga a delegar sus negocios; claro, ser presidente del Imperio Americano es en sí un gran negocio en el que uno debe saber que se traen entre manos los lobbys que te rodean y ver quién le pone el cascabel al gato.
La situación, como ya sabéis sobradamente, ha culminado en una carrera electoral después de muchos chapoteos en las redes sociales, bocinazos en las políticas de inmigración con su vecino Mejico, órdagos en las relaciones con Europa, escaramuzas tecnológicas con China S.A ...etc, dando finalmente muchos palos de ciego sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo…
Hace ya unos días que los norteamericanos votaron a sus dos candidatos en un remolino de voces acusando a los demócratas de fraude, lo que se ha encargado de propagar Donald, el del tupé naranja. El, como todo el mundo sabe, no es trigo limpio y le gusta hacer trampas hasta jugando al golf. Mientras el abuelo Biden, cariñoso y sonriente – a veces parece más un boxeador noqueado –, ha puesto al mando a Kamala Harris, una mujerona de color que promete levantar muchos votos en el electorado americano amén de otras cosas.
Y diréis con razón: ¿qué ocurre después de tantos días de espera en los que las cadenas de TV más poderosas del planeta no dejan de mostrar el mapa de los estados de la Unión en azul y colorado? ¿Qué clase de mentira son las sacrosantas elecciones que no acaban de resolverse? Contertulios, no hay de que preocuparse, porque está claro que al Pato Donald le quieren dar para el pelo justo en ese tupé que lleva luciendo cuatro años en televisiones, redes sociales y arengas públicas a muchedumbres ávidas de carnaza; claro está que no estarían bien hoy día soluciones expeditivas del tipo JFK, lo que de un plumazo acabaría con los problemas decisorios del Imperio apostando un tirador o dos en cualquier azotea de Washington.
En los sótanos de los trenes de Laminación de Kentucky puede uno sentir el calor de acero y también puede cosechar informaciones sorprendentes. Una de ellas es la que me contó un responsable del tren – que llamaremos figuradamente Whitecloud – que tiene a su vez un cuñado en la CIA al que apodaremos Apothecary. La cosa es que los mandamases de la Agencia estaban estragados con el Pato Donald y en una reunión, tras un intercambio de sonrisas, se dijeron: ¿y si ayudamos a remover al inquilino de la Casa Blanca? El jefe supremo les guiñó un ojo como diciendo: que parezca un accidente; de forma que estudiaron implacablemente los sondeos de voto realizados en todos los estados por una de las más prestigiosas empresas del sector y vieron que había unos cuantos estados colgando de alfileres, que son, a su vez, algunos de lo que proveen el mayor número de los candidatos del Senado y por tanto los que pueden llevar a proclamar al abuelo Biden presidente.
Dicho y hecho: prepararon unas sacas con unos miles de votos en favor del abuelo custodiados en trasteros de oficinas postales de manera que a la señal convenida se mezclarían con las sacas custodiadas llenas de votos reales que llevaban semanas esperando a ser contadas en la noche electoral.
Así que no hay sitio para la sorpresa pues estas labores son la especialidad de la Agencia y siempre las bordan: unos 4x4 con cristales tintados conducidos por sobrios gorilas de gafas oscuras con caros chicharitos dispuestos a recibir las órdenes oportunas, repartidos en los condados requeridos, siempre van a ser capaces de dar un vuelco al marcador y, por qué no, hacer buenas las acusaciones de fraude de Donald Tramp-oso; aunque una cosa es cacarearlo y otra muy distinta demostrarlo, cosa que estando la Agencia al frente, será de extrema complejidad. Me imagino al enlace llamándole al abuelo mientras éste se desayuna – suena una Blackberry escondida detrás del microondas - con el santo y seña acordados que da por zanjada la operación:
– Is it all right, Grandpa?
– Thanks a lot, Amanda, your chocolate doughnuts are wonderful today...
Quizá también os preguntéis a estas alturas qué me ha sacado de mi retiro de Puerto del Rosario y qué se me ha perdido en este extenso país de locos en estos momentos de tal macdonalización desenfrenada. Bueno, mi vieja amistad con Joseph K. – un tipo grande como un armario con el corazón de un niño - ha hecho que me preste a ser asesor para solucionar unos problemas de lubricación en su tren de Laminación en Louisville, con todos los gastos pagados, claro.
Y esto es todo lo que quería contaros tras luchar con una larga noche de insomnio – jetlag lo llaman los ejecutivos macdonalizados – salpicada de lecturas y liados de picado... Para acabar, quiero transmitiros mi alegría al comprobar la salud de la que goza nuestro epistolario de la que esta epístola quisiera fuera una de las más extensas y multicolores del curso. Espero que haya sido suficientemente interesante para vosotros y haya alumbrado vuestras mentes sacándolas del marasmo macdonalizador que nos acosa en cada esquina.
Con afecto
El maestresala