Seis dedos

Mi abuelo Eugenio hablaba un castellano perfecto, y no solo eso, su forma de narrar era subyugante: cualquier historia que pudiese nacer de su imaginación, de su memoria era capaz de narrarla de tal forma que conseguía mantener la dispersa atención de unos mocosos de diez años anudada a sus labios, pendiente del movimiento de sus manos, del hipnótico subir y bajar de sus orejas cuando imitaba los gestos y expresiones de este o aquel personaje. Su mano derecha era en muchas ocasiones el reloj que oscilaba ante nuestros ojos y nos invitaba a entrar en el mundo de sus aventuras.

Las manos de mi abuelo eran grandes, recias, de piel curtida por las labores del campo y la intemperie, pero era la derecha la que atraía nuestras miradas en cualquier ocasión. Aseguraba que había nacido con seis dedos en ella y que la enorme verruga que tenía entre el pulgar y el índice, justo en ese punto donde apoyamos el bolígrafo cuando escribimos, era en realidad el muñón que le quedó cuando le arrancaron ese sexto dedo durante la guerra. ¿Y te dolió mucho? Le preguntábamos siempre aunque ya conociéramos de memoria la respuesta que nos iba a dar. Si hubiese cambiado una palabra nos habríamos sentido engañados. «Fue un moro, pequeños, y me lo arrancó de un mordisco». Entonces nuestros labios se contraían en un involuntario gesto de asco y de nuestras gargantas surgía el mismo gemido de dolor que sin duda él debió emitir en aquella ocasión. Cuéntanos, abuelo, cuéntanos cómo sucedió. Él se retrepaba en su asiento, apoyaba las manos en las rodillas de forma que el muñón quedara bien a la vista, bajaba los párpados y se concentraba en silencio durante unos segundos mientras simulaba ordenar en su cabeza una historia que había contado ya docenas de veces a todos los nietos que de año en año íbamos desfilando por el mundo de su pasado.

Antes de que empezara a hablar, y cuando aún tenía los ojos cerrados, nos fijábamos en su nariz, grande y ganchuda. Aguardábamos el momento en que su aleta derecha empezaría a palpitar. Mi padre nos contaba que cuando eso sucedía lo mejor era no molestarlo, un enorme cabreo asomaba en aquel latido involuntario. Sé que es cierto porque he heredado ese mismo tic; cuando me enojo un nervio vibra con violencia en el mismo punto, así que no tengo duda de que en su relato se disolvía una cierta dosis de realidad. El recuerdo le traía, además, el profundo enfado que debió sentir aquella jornada en que, según nos contaba, perdió su dedo.

Antes de empezar a hablar siempre seguía el mismo ritual: se acariciaba el muñón, del tamaño de un garbanzo gordo, lo tironeaba como si quisiera arrancarlo (lo cual provocaba un nuevo gesto de repugnancia y dolor en su público) y a continuación lanzaba unas cuantas blasfemias. Si mi abuela andaba cerca y le oía se limitaba a santiguarse y a proclamar la segura bajada a los infiernos de su esposo. Él meneaba la cabeza, la disculpaba porque los curas, decía, le habían lavado el cerebro durante muchos años y, por fin, comenzaba su narración.

«Sabéis que hace muchos años hubo una guerra en nuestro país, ¿verdad? Yo estuve en las guerras de África, ya os contaré alguna vez mis aventuras allí. Todas son atroces, crueles y salvajes, pero esta de la que os hablo lo fue más aún porque el enemigo podía ser tu vecino, tu hermano, tu propio padre. ¿Quién lo sabía? Vuestra abuela y yo nos habíamos casado unos pocos años antes del comienzo y aún no teníamos hijos. Para lo que era la época vivíamos bien. Teníamos una casa con cuadra y varios cerdos; cuando llegaba la matanza los convertíamos en unos buenos jamones, lomos y chorizos. ¡Y en unos cuantos cientos de pesetas! Del comienzo de la guerra nos enteramos cuando Isidora, la hermana de vuestra abuela, entró en la cocina aquel 18 de julio gritando que unos falangistas habían ido a buscar a su marido».

Cada vez que nos contaba la historia el abuelo insistía en explicarnos que los falangistas eran los malos y que su cuñado no había hecho nada para que lo detuvieran. Sus explicaciones no nos interesaban en aquel entonces, las razones de la guerra nos eran tan ajenas como las que dieron lugar a las guerras médicas.

«Constantino se había ocultado en un monte, cerca de donde yo tenía una carbonera. Con la disculpa de volver a montarla me pude ausentar unos días sin que nadie sospechara nada y así buscarle. No tardé en dar con él y esa noche le acompañé hasta el río, hasta un vado que yo conocía, para que así pudiera huir lejos del pueblo. No lo consiguió. El pobre no se atrevió a cruzar cuando lo dejé solo; durante la huida había perdido sus gafas y sin ellas estaba indefenso. No lo volvimos a ver, ni vivo ni muerto».

En este punto siempre llegaba un suspiro de tristeza y el recuerdo de la tía Isidora, una señora muy vieja, siempre vestida de negro y feísima que muchas veces estaba en casa de los abuelos. Nos daba un poco de miedo cuando nos miraba fijo con sus ojos sin pestañas, redondos como los de un pez. El abuelo nos contaba de su valentía y de cómo había sacado a sus hijos adelante ella sola. Ahora, con el tiempo, he aprendido a reconocer la amargura en las líneas que marcaban su rostro, siempre triste.

«Unas noches más tarde, cuando estábamos a punto de acostarnos, empezaron a golpear la puerta. ¡Falange! ¡Abran a la Falange! gritaban. Venían a por mí, estaba seguro, por haber ayudado a Constantino. Me oculté detrás de la puerta con un cuchillo jamonero, dispuesto a matar al que se me pusiera por delante».

En este punto siempre simulaba unos lances de espadachín amenizados con unos cuantos zis-zas; en su rostro se dibujaba una sonrisa malévola, de auténtico villano de película. Solo pretendía quitar dramatismo a sus anteriores palabras; unos niños de diez años no podían comprender el concepto de odio, de un odio tan tremendo que llevara al crimen, menos aún en nuestro abuelo, ese hombre sencillo y bueno que nos deleitaba cada vez que le era dado. Con los años fui capaz de enlazar aquellas frases de ira con sus enfados, su mala uva, como decía la abuela, y estar casi seguro de que hubiese podido matar a cualquiera en aquellas circunstancias.

«La abuela abrió. Afuera estaban Juanito, el Carachucho, vestido de uniforme, y sus escoltas, un par de moros. Juanito había sido el sacristán de la iglesia hasta unas semanas antes. Ahora se pavoneaba por el pueblo con camisa azul, correajes y cartuchera de charol. A cada poco, sin venir a cuento se paraba, levantaba el brazo y lanzaba un ¡Arriba España! Era un botarate. ¡Apaguen la luz!, le gritó a la abuela. ¡Se ve desde la calle! Al final solo fue un susto, pero desde ese día uno de los moros de Juanito se dedicaba a merodear por los alrededores de la casa cuando se ponía el sol. Al principio pensé que me vigilaba, sin embargo pronto me di cuenta de que lo que en realidad sucedía era que se había encaprichado de vuestra abuela. Aunque no os lo creáis, en aquellos días era una mujer muy guapa».

Aquí siempre se reía, sobre todo porque ella siempre rondaba por el salón donde escuchábamos la historia y lo decía solo para embromarla. La abuela simulaba estar ofendida, aseguraba seguir siendo hermosa y le castigaba con unos golpes en el brazo.

«El moro se mostraba cada día más atrevido y descarado. Le decía a vuestra abuela cosas que no podéis entender aún, pero que un hombre no debe tolerar. Así que una noche aguardé detrás de las tapias al otro lado de las cuadras. Cuando llegó salté sobre él y empezamos a pelear».

¿Fue entonces cuando te arrancó el dedo?, preguntábamos al unísono como si conociéramos ya la respuesta.

«Sí, hijos. Clavó los dientes y apretó hasta que oí cómo se partía el hueso. Luego pegó un tirón con la cabeza y me lo arrancó. Yo creo que se lo terminó tragando porque a la mañana siguiente, por mucho que lo busqué, no di con él».

Años más tarde mi padre me contó la verdad de todo aquel cuento, mucho más terrible y dramática, y que nada tenía que ver en realidad con su dedo amputado. Supongo que mi infancia terminó el día que descubrí que su supuesto muñón no era más que lo que parecía, una verruga enorme, y su peripecia con el moro una forma de entretenernos.

¿Y para qué lo querías, abuelo? ¿Qué hubieras hecho en él?

«Niños, en esos días se pasaba mucha hambre. ¡La abuela hubiera cocinado un caldo muy rico con aquel dedo!»

Y después su risa, una risa que nunca he olvidado.

 

Roberto Sánchez