1985

El chico estaba nervioso. Había dormido mal y ya desde por la mañana se lo habían notado en la oficina, “jode, qué ojeras te gastas, tío”, “sí, no he dormido bien, no sé qué me ha pasado, alguna indigestión”, “más bien será que estas enamorado o algo así”. Enrojeció, a pesar de su discreción algo torpe y forzada, el bestia ese de Lujua lo había adivinado. Se sintió mal y bien al mismo tiempo, le dolió su transparencia, como una violación de su intimidad y sin embargo le ayudó a recordar que seguía siendo el hombre más afortunado del mundo, el único sobre la tierra.

Al chico le habían encomendado un trabajo bibliográfico sobre las propiedades de los materiales férreos para el adiestramiento de nuevas incorporaciones. Disponía encima de su mesa de los tres manuales de referencia en el sector y mantenía abierto uno de ellos por la página ochenta y tres, exactamente la misma que la tarde anterior. Recordó que los viernes su jefe gustaba de reunirlos para actualizar los avances de los trabajos en el Departamento y se decidió a escribir unas notas de los suyos. Empezó garabateando tres palabras y lo que parecía un gráfico, ya empezaba a dispersarse cuando el estruendo de sus compañeros abalanzándose sobre la puerta para ir en busca de una escudilla de ensaladilla y medio bocadillo de tortilla de champis, le arrancó de sus ensoñaciones. Se enfundó el tabardo y se apresuró en bajar a Los Caños para agenciarse un bocadillo de anchoas con pimientos verdes para llevar, se lo comería mientras terminaba sus notas. Una hora menos es una hora más, pensó. Comió apresuradamente, solo y dándole vueltas a cómo asegurarse de que la reunión no se extendería más allá de las cinco de la tarde. Su tren salía a las cinco y veintitrés y aunque la estación no quedaba lejos no deseaba arriesgar lo más mínimo. Se decidió por la segunda opción, esto es, invadir el despacho de su jefe con una pregunta rutinaria con aspecto de compleja y aprovechar para sondearle sobre su disposición ante la reunión semanal. “Pregunta a Jose Mari que él te podrá orientar sobre las estructuras endurecidas, seguro”. Bajó la vista y volvió a centrarse en el telex del que no se había desprendido durante toda la entrevista. Pensó que se le escaba vivo así que se decidió a preguntar en un hilo de voz. “La verdad es que no pensaba hacer nada más hoy, tengo que salir a un recado…”. Y siguió con el telex.

El chico llevaba un buen rato sentado cuando llegó un compañero de compartimento, un hombre entrado en años con maleta de cuerdas y tartera. En cuanto acomodó el equipaje, pidió permiso para acercarse a la ventanilla, se asomó y en el andén estaba una anciana acurrucada, atenta. Su rostro era apenas unas arrugas atrapadas en facciones confusas, unos ojos de liebre y unas manos parlantes. “Carmen, ya estoy”. “Siéntate, Jose, siéntate, que no te conviene estar de pie”. “Bah, no te preocupes, que tengo muchas horas para estar sentado”. “Mañana iré a por los papeles y te los mando a la dirección del médico”. “Tranquila, Maria, no hay prisa, antes me tendrán que hacer las pruebas”. “Mañana iré, cuanto antes mejor”. “Bueno, mujer. Cuídate mucho y come”. “Llámame con lo que te digan”. “Lo haré, lo haré, ya verás como todo saldrá bien”. El chico observó cómo se miraron en silencio mientras anunciaban la salida inmediata del expreso, sonó una bocina y el tren se estremeció. “No llores, Carmen, todo saldrá bien”. “Siéntate, Jose…, siéntate”. El chico vio en los ojos de la anciana amor, miedo y soledad y pensó en su novia y la imaginó llorando de amor, miedo y soledad y sonrió y sintió sosiego e inquietud al mismo tiempo.

El chico se apeó en una estación de parada larga para mercancías y entró en la cantina. Era un espacio cuartelero que congregaba a gentes de paso y a parroquianos habituales. La televisión emitía a todo volumen un programa de varietés. Pidió cola cao y miró el reloj. Estaría en casa ahora, seguro, pensó. El teléfono público colgaba de una pared descolorida como una mancha de sudor. Descartó la llamada y se atrincheró en la sorpresa. “Ven a verme siempre que quieras. Las pensiones son muy baratas y hay varias cerca de mi casa. Prométeme que vendrás”. Una chica entraba en ese momento y aprovechó para apurar el vaso, pagar y salir deprisa. En la puerta volvió la mirada. Llevaba un vestido morado como el que llevaba ella la noche del teatro. Un vestido muy bonito, tal vez algo corto.

El chico le miró, se había cansado de leer el libro de relatos de Alianza que llevaba en la bolsa y recordando la escena del andén le miró. El anciano comprendió el gesto. ”Me bajo en dos paradas. Me tienen que operar de un tumor que dicen que tiene buen pronóstico.” Y necesitó explicar más. “Es que mi mujer es muy impresionable y llevamos tan tiempo juntos, además los hijos viven lejos y…”. Sacó el pañuelo y con una mano algo temblorosa se secó el sudor del rostro. “Yo también me bajo en esa parada, voy a ver a mi novia”. “Es usted muy afortunado, querer a alguien…, a una mujer es lo mejor que te puede ocurrir”. “Sí, la conocí hace seis meses, bueno ya la conocía antes, vivía en mí mismo barrio, pero el pasado otoño coincidimos en una obra de teatro, una de Valle, Luces de Bohemia y luego fuimos a tomar algo y…”. “Nosotros no vamos mucho al teatro, nos gusta la televisión a los dos, pero recuerdo esa obra en estudio uno con Rodero, es muy bonita…”. “Nos llamamos y empezamos a salir casi de continuo, sabe. Al principio estábamos algo tensos porque nos parecía raro, nuestras familias se conocían, además la suya tiene dinero y eso…pero enseguida la cosa empezó a funcionar y lo pasábamos genial, incluso nos fuimos algún fin de semana por ahí. Recuerdo uno que fuimos a la playa en pleno invierno, un hotelito muy barato. Toda la playa para nosotros, pasábamos las horas muertas caminando y mojándonos los pies. Comíamos en una taberna pequeña, mejillones, sepia, arroz con pescado y un vino blanco un poco picante pero muy bueno”. El chico se quedó callado bruscamente, se le entristeció un tanto la mirada y el anciano lo recogió. “Ahora se llega enseguida a todas partes y los trenes son muy cómodos. Además hay también autobuses y aviones llegado el caso. Yo prefiero el tren pero las carreteras no son como las de antes…”. El chico relajó el gesto, sonrió veladamente y agradeció la intención. “Sí, es verdad lo que dice”. Y quiso devolver la confianza. “Hace un par de semanas su familia se trasladó por causa del trabajo de su padre y en cuanto he podido me he venido”. “Ha hecho usted muy bien, el cariño hay que regarlo, ¿no cree?”. Una línea de luces blancas en un horizonte raso y seco llenaba el plano de la ventanilla, asomados el chico y el anciano contemplaban ensimismados el final de su viaje.

El chico dio un par de rodeos antes de enfilar su calle, acababa de dejar la bolsa en una pensión cercana con cierto olor a humedad. Volvió a comprobar que la placa de la calle coincidía con las señas que le había apuntado ella, con su letra de colegio de monjas, en un trozo de papel cuadriculado, ahora sucio y manoseado. Un portal grande ahíto de mármol y cristal resultó ser el número quince, el de ella. Esperó a que alguien abriera la puerta para deslizarse dentro. Una mujer resuelta en lacas salió y el chico la saludó discretamente mientras esperaba su turno para traspasar la enorme puerta acristalada. No volvió la mirada, no quería saber de la desconfianza de la dama en cuestión. Utilizó la escalera, dos pisos, el rellano pulido hasta la extenuación y al fondo una puerta de roble y una letra D. Llamó.

—No está y no volverá como mínimo hasta el martes.

Así respondió su madre. La había visto tres o cuatro veces, muy deprisa, muy precipitadamente. Recordaba su media melena moderna y elegante, recordaba la intimidación de sus vaqueros y el suéter ajustado propio de otro tiempo y otra edad. Reconoció aquella colonia fresca, diferente. Se parecía demasiado.

—Pero…me dijo que podría venir a verla y yo no he podido…-, balbuceó el chico.

La madre entornó los ojos, cambió el peso de pierna, soltó la mano derecha de la manilla de la puerta y la introdujo, no sin dificultad, en el bolsillo del mismo lado y respiró con fuerza.

—Ya pero tendrías que haberla llamado antes, ¿no crees?

El chico encajó el golpe, decidió ser práctico y afrontar el problema.

—Tiene razón pero quería darle una sorpresa. Si no está muy lejos podría acercarme a verla.

Un nuevo cambio de pierna, cierta impaciencia en el gesto y algo de precipitación en la respuesta.

—No creo que sea posible

Éste no pudo encajarlo y se resintió, perdió frescura y sus ojos se apagaron un tanto. Le empezaron a sudar las manos y las restregaba pantalones abajo.

—¿Está muy lejos?-, volvió a perder tono.

La madre amansó el gesto, la postura y el tono al observar el estado de su interlocutor.

—Mira, hijo, tal vez sea mejor que vuelvas a tu casa y ya le llamarás el martes, ¿no te parece?

El chico dudó, no asimilaba lo que escuchaba y la puerta comenzaba a cerrarse. Reaccionó.

—Pero, ¿por qué no me dice dónde está o su teléfono o algo? Yo quiero verla, hablar con ella…

La puerta se reabrió pero la madre no salió de la penumbra del vestíbulo. Carraspeó.

—Vuelve a casa, hazme caso. Será lo mejor.

Al chico se le encendió el rostro de una rabia contenida y detuvo la puerta con su mano, tal vez con una fuerza excesiva hasta tropezar con el pie de la madre que protestó despacio.

—Será mejor que te vayas. Adiós.

La madre empujó la puerta pero el chico resistió. Y subió el tono de voz.

—¡Contésteme por favor!

Pasaron tal vez segundos, quizá decenas, se había apagado hace un rato la luz del rellano y los dos ascensores se mantenían en silencio. Un vacío oscuro y silencioso llenaba aquel espacio irreal.

—Se casa. En dos meses se va a casar con su novio de toda la vida. Ahora está con él eligiendo la iglesia.

La puerta se cerró de golpe ya sin resistencia alguna. El eco del portazo se extendió por el rellano como una lengua de petróleo.

En la calle el chico tiró el papel cuadriculado, volvió a la estación y se sentó en un banco del vestíbulo cerca de las ventanillas de venta. Un pitido agudo revelaba la entrada de un tren en agujas. Una pareja despedía a su hijo en el andén.

Joseba Molinero