Amor
Ahora sé cuánto te amaba. Nos despedimos una tarde con un leve roce de los labios y una sonrisa. Después me contagié de ese maldito virus. Durante unos días apenas fuiste un susurro en mi oído, la voz que rogaba por mi vuelta y nuestro amor. Un llanto contenido. Luego, el silencio. Las sombras verdes que se batían alrededor se fundieron en una niebla opaca y mis pensamientos se disolvieron en un mar de letras saladas e inconexas. Dejé de ser y hasta tú desapareciste. La muerte es solo dolor, el dolor de tu ausencia. Ahora sé cuánto te amaba.
Borrar
¡Bocazas! ¡En cuanto acabe esta mierda del confinamiento voy a borrarte de la jeta esa puta bocaza a hostias, imbécil! Era mi vecino; os juro que hizo la coma antes de insultarme. Ese vocativo… ¡Cómo me gusta intercambiar opiniones con una persona culta! Todo había empezado cuando le informé acerca de mi derecho a poner la música que quisiera en mi balcón. Sí, pero no El ocaso de los dioses de Wagner, cabrón insensible. Hay gente que nunca deja de sorprenderte, es lo bueno de que se acabe el mundo. Subí el volumen y empezó a insultarme otra vez. ¡B…!
Calendario
¡Cuídate de los idus de marzo! Así le advirtió el vidente de lo que ahora le sucedía; qué razón tuvo al hacerlo. Claro, era su oficio. Unos momentos antes se lo había encontrado. No le gusto la sonrisa irónica del viejo, el muy cabrón algo sabía. Aunque no tenía derecho a decir nada porque avisar le había avisado, ¿no? César, majo, céntrate que van ya por la quinta puñalada. Joder, ¿tú también, Bruto? A ver, ¿cuáles habrán de ser tus últimas palabras? No era asunto baladí, en los libros de Historia siempre las referirían colocando detrás un sic.
Diferente
De niño mi madre no me dejaba salir de casa jamás. Una tarde conseguí escaparme y recorrer unas cuantas calles de la aldea. Cuando me veían, todos se desmayaban después de gritar como histéricos. Esa noche las gallinas no pusieron huevos, esto fue lo peor de todo. A la mañana siguiente el arconte me condenó al exilio en una isla lejana en el Egeo. Solo vino a despedirse mi madre. ¡Adiós, Polifemo, hijo amado, nunca te olvidaré! Hace unos días arribó a la isla un tal Ulises, dice que de mi situación él tiene muy claro el quid.
Elegancia
«Estos espejos me hacen gordo. La ropa no me queda bien.»
Ella lo miró con ternura. Es que estás gordo, cariño, pensó pero no dijo.
«Los de tu casa son otra cosa, estos no van. »
Sonrió. Era esa inocencia la que la tenía enamorada. Antes de que él entrara en el vestidor, ella se situó delante de un espejo de cuerpo entero y colocó los dedos de las manos de una forma extraña. La imagen en el reflejo asintió con gesto pícaro, entendía lo que su ama le estaba pidiendo.
«¿Lo ves? ¡Ahora sí que estoy elegante!»
Furia
Fueron el maldito coronavirus y el confinamiento quienes habían acabado con sus sanas rutinas. El café que le servía Paqui cada mañana; el plácido recorrido hasta su despacho; la reunión matutina donde humillaba a los chorras de su equipo; los contoneos de su secretaria; la suculenta comida, siempre a la carta y regada por excelentes vinos y licores, pagada por la empresa… Su mundo arruinado, aunque siempre le quedaba la triste opción de abroncar por teléfono a Ibáñez. Liberaba mucho su mal humor percibir el pánico en la voz del hombre. Suspiró y volvió a acariciar su palo de golf.
Gratitud
Ganar la guerra era lo importante, pero sin exterminar a los enemigos. La Reina se acomodó en el trono y ordenó la entrada del emisario. Todo iba según lo previsto. Las bajas ya eran cuantiosas en el otro bando, además algunas cosas empezaban a cambiar: el aire se respiraba más limpio, los mares batían las costas menos contaminados... Y solo en un mes de conflicto. La victoria estaba próxima, proclamó el general COVID19, así lo llamaban los humanos. La Reina Gaia lo miró entristecida; ellos también eran sus hijos. Suspiró y la audiencia finalizó con el sonido de un gong.
Gratitud
Gorka, como cada día, daba su paseo matutino cuando vio a una mujer corriendo desesperada detrás de un carrito de bebé. Tardó unos segundos en reaccionar, pero se lanzó en pos del carro que iba calle abajo sin control para intentar detenerlo. Por fin pudo alcanzarlo y evitar que chocara contra un árbol.
La mujer muy asustada y sin poder articular palabra le dedicó una mirada de alivio y agradecimiento. El bebé estaba tan contento por la aventura que cuando se paró comenzó a llorar. Su madre para intentar calmarlo empezó a andar en zigzag.
Hortera
«¡Hola, chatina. Cómo se nota lo bueno de la tierrina!» Además de irresistible, se cree un personaje de Lope cuando intenta hablar en verso. Imitador patético de cierto actor casposo, Santi también se piensa catedrático de la moda cuando diserta sobre la elegancia de vestir calcetines blancos con ligas rojigualdas. No es mal tipo Santi, basta con no tomárselo muy en serio, aunque estos tiempos de pandemia están siendo duros para él. Ahora todos le rehuyen: el aliento le huele a mandarinas, por eso solía terminar sus frases acercándose mucho y exhalando un perfumado ¡ahhh!
Ilusión
―¡Imbécil, es un puto imbécil! Pero, ¿tú lo estás oyendo, Elisa? Si lo único bueno que tiene esta mierda es que podría dormir la siesta cada tarde. Un ratito, solo un ratito, y este mamón… Ahora mismo subo…
―¿Eso no será romper el confinamiento, cariño?
Le daba igual.
―¿Qué tal, vecino?
El otro había aparecido enfundado en un traje de novia y haciendo posturitas.
―¿A que estoy estupendo, vecino? Como han dicho que había que vestirse como si fuésemos a trabajar… Y como yo lo hago en Pronovias… Estaba desfilando un poquito…
Se tapó los ojos… Aquel tío era gilí.
Ilusión
Íbamos a vernos después de dos meses separados por este maldito virus. Era la primera vez que habíamos estado tanto tiempo lejos el uno del otro y estaba nerviosa e ilusionada por volver a sentirte cerca de mí. El reloj marcaba las horas muy despacio y se me hacía eterna la espera. De pronto, sonó el timbre y se me aceleró el corazón. Pero..., ¿qué pasaba? ¿Por qué seguías llamando tan insistentemente? ¿Por qué no parabas?
De repente comprendí que era el despertador. Todo había sido un sueño. Me sentí fatal. Apagué el despertador furiosa, me acurruqué y empecé a contar los días que quedaban para estar junto a ti.
Ilusión
EURODISNEY, UNA CIUDAD LLENA DE MAGIA Y DE ILUSIÓN
Iba a acostarme justo el día antes de mi comunión, cuando un escalofrío de ilusión me dejó helada. ¡Tenía tantas ganas de que llegara mañana!
Al día siguiente al levantarme la emoción ya estaba dentro de mí, un montón de sorpresas me esperaban.
Todo el día estuvo lleno de diversión y regalos y el que más ilusión me hizo fue el de ir a París y a Eurodisney. En cuanto me enteré un gusanillo revoltoso entró en mí y la mente se me quedó en blanco ¡no podía ni hablar! Tardé varios días en creérmelo, hasta que allí estaba yo, delante del maravilloso castillo de Aurora. ¡Sólo pensaba ¡me encantaría vivir allí!
Jabón
Jamás pensó que todo acabaría así. Su reloj aún funcionaba, el impasible tic-tac le trajo recuerdos de un tiempo que había desaparecido en las cloacas de la estupidez humana. Ahora llegaba el amanecer, los gritos salvajes que vendrían con la luz pronto rodearían su refugio. Recogió del suelo un pedazo de jabón, migaja de un mundo perdido, y lubricó el surco en la madera por el que su postrer grito de furia se deslizaría. Después, un rápido corte en el cuello le ahorraría la tarea de vivir el espanto. Tragó saliva y extrajo su última e inútil flecha del carcaj.
Jabón
Julia entró en la tienda para comprar un regalo a su madre. Ese olor le recordaba a la casa donde vivía de pequeña. Por un instante se vio sentada en el jardín jugando con sus muñecas mientras mamá lavaba con ese jabón tan suave y aromático que ella misma hacía. Recorrió las estanterías buscando la fragancia perfecta que encajara con las emociones que estaba experimentando. Su mirada se topó con una cesta llena de jaboncillos en forma de flor. Se lo acercó a la nariz y fue como si su madre estuviera junto a ella. Sintió una profunda alegría y supo que lo había encontrado. Miró la etiqueta y sonrió, "Almoraduj"
Jabón
EL ÁNGEL CAÍDO DEL CIELO
Juan, como una tarde cualquiera, se fue al centro comercial y lo primero que hizo fue entrar en la tienda "Elena's soap". Cuando entró se encontró con una maravillosa chica llamada Celeste. ¡Olía tan bien! A jabón de fresa, de coco, de plátano, ¡hasta olía a golosinas!
A él le pareció que era una ángel, en la que cada parte de su cuerpo representaba a un jabón.
Sus labios rojos representaban el jabón de fresa, sus ojos color ámbar representaban el de coco y su dulce aroma al de golosinas. De repente la chica salió volando hacia las nubes.
Todo pasó tan rápido que a Juan no le dio tiempo ni a mirar el reloj.
Kamikaze
Kaveh es mi profesor de inglés. Mi madre dice que inglés no es, que debe de venir de algún país raro. Ayer se lo pregunté; me contó que huyó de una guerra, que él había combatido en el bando perdedor pero que fue un héroe a pesar de todo. Su esposa, que es del pueblo, dijo que héroe no, suicida, y que por eso tenía la mollera tan dura. Salvé a unas niñas como tú, recibí un disparo y casi me muero., me explicó. Entonces me indicó que le golpease en la cabeza con los nudillos. ¡Clank, clank!
Laberinto
Las noches fueron lo peor. Dormía mal en una pelea continua contra las sábanas, en un sueño confuso donde se mezclaban mis angustias y el silencio del dormitorio. Al llegar el amanecer me encontraba perdido en un laberinto sin hilo, sin Ariadna. No quería admitirlo, yo era fuerte, pero tu ausencia era mi Minotauro; cada mañana oía su mugido hambriento, sus dientes herían mi alma y solo existía el pánico de un Dédalo sumido en el dolor. Hoy aún estaba todo en penumbras cuando me he despertado. Estabas junto a mí, cálida, tranquila y, por fin, real.
Mañana
Mal, estaban mal, los informes eran un desastre. Tenían motitas negras que afeaban la pureza del texto y la inmaculada blancura de sus páginas. Así no se podían repartir a los clientes, proclamó con voz tonante nuestro líder. Éramos unos inútiles. Y unos vagos. De allí no nos íbamos hasta que hubiéramos resuelto aquel desaguisado. Lo de inútil podía aceptarlo (todo son puntos de vista), pero lo de vago era un insulto gratuito. Mi compañero comenzó a desmontar los cuadernillos. Igual..., si fotocopiábamos solo las páginas con motitas... Lo miré con pena. Era el momento de actualizar mi currículum.
Nostalgia
Nadie me avisó, no creyeron que pudiera importarme. Unos días más tarde el azar de una página del periódico me golpeó con la noticia. Allí estaban su nombre y su fotografía delimitados por una orla negra. El enfado remitió enseguida ante el embate de una tristeza desbordada de lágrimas; supe que jamás desaparecería el vacío que acababa de horadar mi alma. Después del divorcio nuestra relación se volvió más complicada, aun así nunca dejamos de estar cerca el uno del otro. Jamás pensé en él como en mi suegro, Luis siempre fue el dueño de mi corazón.
Ñoñez
―¡Ñoña, más que ñoña, que eres una niña ñoña!
―¿Cuántas eñes, ño, papi?
Hay que fastidiarse. Los niños ya no respetan la autoridad paterna. Tiene diez años y aún anda haciendo pucheros: quiere que la lleve donde la abuela ahora mismo, como si no la hubiese visto esta mañana. Se lo explicas, se pone a berrear y luego se pitorrea de ti. Ahora se me acaba de sentar encima, me pellizca los papos como si yo fuera un bebé y se pone a imitar a su madre.
―¿A que sí, a que me vas a llevar donde la abuelita, cariñinnnnn?
Olvido
Octubre ha llegado al parque que se asoma a mi ventana. Los ocres y amarillos pintan una imagen sencilla y emocionante; tengo que reprimir mis lágrimas ante tanta belleza inútil. La marquesina de la parada del autobús está desierta; hace semanas que el transporte público dejó de funcionar, nadie lo usaba ya. La electricidad viene y va, la televisión solo emite noticiarios cargados de buenos deseos y agradecimientos a la gran República Popular de China. Llevo dos días sin comer. Hoy es miércoles, hoy toca cerdo agridulce. Espero que el chino que me lo trae sepa que continúo vivo.
Olvido
Otro día más sin poder salir de casa. Dicen que el virus mutó, que ahora es inofensivo pero que a los ancianos nos sigue afectando, que podemos seguir muriendo. ¡Como si esta vida no fuese morir! La gente ha regresado a las calles, los niños juegan en los parques, la televisión vuelve a emitir programas estúpidos. Como nuestra existencia se ha reducido a mirar por la ventana apenas gastamos, así que nos han quitado la pensión. Es para paliar los efectos de la crisis, nos dicen. No sé, pero a mí todo esto me suena a engaño del Gobierno.
Promesa
«...Prometes serle fiel...» La monótona cantinela del cura rebotaba por las paredes del templo. A mi lado una vieja con zapatillas de estar por casa moqueaba de emoción. «Qué guapa está la novia», me susurró. En las bodas de pueblo se cuelan muchos espontáneos a decir simplezas. Arrastré el trasero por el banco para alejarme de ella y observé a la novia. Sí, muy guapa, suspiré resignado... La vieja me miró con ternura creyéndose comprensiva, pero completamente equivocada. Los novios se pusieron en pie. Él se llevó la mano al culo, se le había metido entre las nalgas el slip.
Quietud
«Quiromancia Quevedo – El futuro en tus manos», anunciaba con estúpida obviedad el cartel, sin embargo la desesperación amplía mucho los horizontes de la tolerancia. Me ofreció una silla, me indicó que guardara silencio y me sujetó las manos. Estuvo mirándolas un buen rato sin preguntarme nada. Me estaba poniendo nervioso; yo solo quería saber si mi novia me engañaba con el teniente Lara. Me sentí miserable, pero me quedé muy tranquilo. Con ella ya arreglaría cuentas, pero al hijoputa de Lara no lo salvaba ni un calzoncillo blindado. «Se va pronto y regresará sin su polla de Iraq».
Rescatar
Recuerdo la primera vez, eras una cosita de ojos enormes en brazos de tu padre. Desde esa atalaya lo observabas todo, curiosa. El niño que yo era entonces también te miraba sin entender qué le fascinaba en aquel bultito de apenas unos meses de edad. Pasaron los años, y te convertiste en una niña delgaducha a quien seguía contemplando con un cariño especial. Y pasaron más años, y supe que siempre iba a querer estar contigo. Y pasaron más, crecimos y nos distanciamos. Hoy soy feliz; ahora estás a mi lado, leyendo unas palabras que solo quieren hablar de amor.
Silencio
«¡SuperSánchez al rescate… Cha-Channnn!» De pequeño, mi hermano se pasaba el día con un trapo granate atado al cuello gritando que iba a salvar a España y al mundo de esta y aquella amenaza. Por alguna razón siempre le daba el ataque después de comer; cuando empezábamos a dormitar por los sillones, mecidos por el silencio de las tardes de domingo, aparecía él y nos fastidiaba la siesta. Y hoy es el día en que sigue jodiéndonos el reposo con sus ruedas de prensa a las tres de la tarde. Ahora solo le faltan los calzoncillos colorados.
Tacto
Tláloc lloraba lastimero sobre los campos de Tenochtitlán cuando se le acercó San Isidro marcándose unos pasos de chotis con su chulona.
―¿Qué pasa, pichi?
―Estoy triste, Isi. Estos aztecas se empeñan en sacrificarme niños para que les conceda la lluvia, y eso me apena mucho.
―¡Vaya movida, tronco!
―Ya ves… Y en tu tierra, ¿cómo hacéis esto de llover?
―Pues el menda los tiene más controlados que tú, compadre. Ordeno a mis sacerdotes que saquen un muñeco parecido a mí de paseo y con eso dabuten. Se dan unas vueltas, luego regresan p’al keli y nos tomamos un vermut…
Ufanía
«¡Una de seis!» La chica de la administración da saltos de alegría al otro lado del cristal. Estoy tan alelado que apenas acierto a preguntar cuánto me ha tocado. ¡Jope! Me siento... ¿Ufano? ¿Qué coño es ufano? Tiene dos acepciones, me dice San Google: Engreído o alegre. Reflexiono sobre ello mientras la lotera me planta un beso en los morros. Pues ambas. Primero, le devuelvo el beso a la joven; segundo, hoy he quedado con el imbécil de mi jefe para comer. Le encanta la comida oriental. A mí no. Voy a aclararle por dónde puede meterse su puto tofu.
Vorágine
¡Victoria!, grito, y mi voz se quiebra en una oscuridad absoluta. Recuerdos que ya no serán. Detrás de mis ojos veo una terrible ventisca en Novgorod, el ataque de las tropas soviéticas, la lucha en las trincheras, la sangre helándose sobre sobre mi uniforme. Y muero. Estoy en el interior de un tanque, sumergido en la anarquía de una terrible batalla en la estepa rusa. El eco sordo de una explosión, las llamas que me devoran. Y muero. Y muero, siempre muero, ahora con mi cráneo partido por la bala de un francotirador, abandonado en una calle nevada de Kiev.
Week end
Wagner, otra vez Wagner, desde 1933 con el puto Wagner. Las bombas caen noche y día, Berlín es un campo de escombros y a Hitler se le ocurre que hoy la Filarmónica interprete la ópera Götterdämmerung. Después nos evacuarán hacia el frente occidental. Goebbels cuenta a quien quiera oírle que los rusos llegarán en pocos días, que van a resistir el asedio en el búnker con el Führer. A mí me parece bien; además, espero que mueran todos allí. Yo solo ansío que los americanos me hagan prisionero, viajar a Broadway y poder tocar en Oklahoma! ¡Qué gran show!
Xanadu
X-Men: Bestia, Cíclope…, pero sobre todos la Chica Maravillosa con sus poderes telequinéticos. ¡Qué guapa era! Había algo en aquellos dibujos a tinta que me inundaba el pecho con un ardor que no acertaba a entender. Era yo muy niño aún. En 1980 llegó el momento de mi epifanía. Allí estaba Olivia Newton-John cantando Xanadu. Me enamoré de inmediato; entonces comprendí lo de la telequinesia: Olivia era capaz elevar cierta parte de mi anatomía con solo mirarme desde la pantalla. A mi primera novia le propuse que me hiciese algo así. Una tía rancia; pronto pasó a ser mi primera ex.
Yerro
«Yogurcito», así empezó a decirme nada más conocernos. Se me arrimó, notaba el calor de su cuerpo sobre mi piel. Me devoraba con los ojos; se mordía los labios de continuo mientras le contaba acerca de mi vida; antes de hablar ella se humedecía los suyos con la lengua de una forma más que insinuante, lúbrica.
―Me pone tu acento, yogurcito.
―En realidad me «shamo» Armando, boluda…
―Como todos los argentinos, yogurcito.
―¡Che…, no soy argentino…!
―¡Ah! ¿No? ¿Me estás engañando? Eres un puto imbécil, ¿lo sabes?
Y me dejó plantado sin darme tiempo a decirle que soy de Uruguay.
Zarpar
Zarpar. Nave. Puerto. Tres palabras unidas desde el comienzo de la Historia. Por las noches contemplo el cielo, el parpadeo de las estrellas; imagino la palidez de la Luna rielando sobre la superficie de los océanos; pienso en los marinos que partían hacia la insondable eternidad del horizonte ignorantes del fin de su singladura. Hoy nuestro mar es el espacio, las naves espaciales también son naves y también zarpan de un puerto. Viajan hacia donde nadie ha estado antes y sé que allí está mi destino. Quiero zarpar pronto y morir algún día allí donde nace la luz.
Amarillo – Lejos de África (Isaak Dinesen)
Papá siempre fue un valiente (un bocazas, según mamá). Hizo la mili en Nador; «en dos años solo volví a casa una vez, para ver a esta, a tu madre». Mi abuela le compró «una camisa amarilla como el sol, todavía me acuerdo» para el viaje. «¡Qué guapetón estaba!». En el cuartel les raparon, fumigaron y uniformaron; sus ropas civiles las enviaron a la lavandería. Al día siguiente, formados en el patio, el sargento gritó: «¿Alguna pregunta, reclutas?». «Oiga, que no me han devuelto la camisa. Me la han robado». «¡Qué hostia me dio! Y la camisa no la volví a ver». «Lo que yo decía, un bocazas».
Ámbar – Lo que el viento se llevó (Margaret Mitchell)
−Francamente, querida…
No, no será capaz de decirlo… No puede ser tan simple… Y mira que está bueno. Esos ojos de color turquesa me ponen como loca al mirarme; cuando parpadea, el viento de sus pestañas hace que mi cordura salga volando. Y ese pelazo rubio, largo y ondulado como de ángel. Y la piel… Dios, se me eriza el vello al recordar su tacto suave, su color dorado, ese delicado perfume a ámbar… Toda ella… Hasta la de… ¡Ay! No, no será capaz…
−… Me importa un bledo…
Pues sí, sí que lo fue. Menudo cretino…
Arena – El libro de arena (Jorge Luis Borges)
Nadie supo nunca cuál fue el origen de nuestra desmemoria. Solo puedo hablar de mi primera vez. Había terminado de leer «El Aleph», de Borges y quise revisar un pasaje del texto. Al principio fueron estupor e incredulidad. Cuando comprobé que sucedía igual con todos los volúmenes de mi biblioteca, miedo. Las letras, palabras, frases, párrafos se deslizaban por la página como si fuesen arena. En unos segundos el ejemplar se había transformado en cuaderno en blanco y sin recuerdos. Ahora, cada mañana, descubro un montón de polvo derrotado junto a uno de mis libros y un mundo más desierto.
Avaricia – El jugador (Fiodor Dostoievsky)
La avaricia rompe el saco, nos cuenta el dicho. La Iglesia asegura que es un pecado. El diccionario aclara que la avaricia es un afán desmedido de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas. Riqueza, en su tercera acepción, significa abundancia relativa de cualquier cosa. Si aceptamos que cosa es todo lo que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, concreta, abstracta o virtual, entonces el amor es una cosa. Por tanto me acuso del pecado de avaricia; estoy invadido de un intenso deseo de amor, del tuyo, y quiero reunirlo en este saco que es mi corazón. Nunca se romperá.
Azul – En busca del tiempo perdido (Marcel Proust)
Martina avanzaba como si fuese una división pánzer. Era la Comisaria de la Exposición del centenario de Proust y estaba empeñada en que él, el Ministro de Cultura, leyera “En busca… del nosequé perdido”; fundamental, señor Ministro, es fun-da-men-tal que usted viva las mismas experiencias que Marcel, Odette… Y toda la parentela. Joder, eran miles de páginas... Además, el tío era francés, ¿por qué tenían que conmemorar nada? La otra le describió el cartel anunciador. No lo entendía, ¿una magdalena azul? Sí, Proust era un triste (blue, según Martina), azul en inglés. Hasta ahí llegaba, pero… ¿una magdalena?
Blanco – La dama del perrito (Anton Chejov)
Leí «La dama de blanco», de Wilkie Collins, en mi adolescencia. Dos aspectos de la novela me enamoraron: los diarios personales y las cartas. Copié ambas ideas de manera casi obsesiva. Inicié mi diario, cada día anotaba las banalidades que me sucedían o pasaban por mi cabeza. Redactaba cartas a amigos y familiares; seguía con minuciosidad su itinerario; demandaba a sus destinatarios que me informaran de cuándo las habían recibido y de la fecha de su respuesta. Hoy solo llegan facturas y liquidaciones de Hacienda a mi buzón y mi diario se reduce a los apuntes en la cartilla del banco.
Caridad – Matar a un ruiseñor (Harper Lee)
«¿Cómo prefieres que lo hagamos?». El semblante de los soldados era inexpresivo, no podían dejarlo en libertad, ni arrastrarlo con ellos. Había oído hablar de esa extraña caridad que practicaban con sus prisioneros. Ellos, los de su propio bando, no eran así. Él no lo era. Jamás hubiera preguntado, y desde luego les habría practicado las torturas más brutales antes de ejecutarlos. Era lo que merecían por no haber aceptado su lugar, por haberse rebelado contra sus amos naturales. Los inocentes ruiseñores se habían transformado en… en cuervos, sí, en cuervos que ahora se cebaban en el padre. Les escupió. «Sacadme los ojos, negros».
Castidad – Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes)
−¡Fíjateeeee, Sixto, fíjateee cómo nos está mirando la morena!
Sixto se fijó.
−Yo creo que te equivocas, Fonsi. Me parece que es bizca…
−¡Coño! Siempre poniendo pegas… Y tú eres un puto enano… La tía está tremenda. Anda, vamos.
Fueron. Sixto Parra, metroymedio, tipo pícnico y amigo del alma de Alfonso Potes, unochenta largo, flaco y de rostro más bien caballuno, ambos mozos viejos naturales de Escalona del Alberche.
La tremenda, que resultó no ser estrábica, les dio un repaso sin apartar el gin-tonic de los labios. Chasqueó la lengua y casi olvidándose de ellos les espetó:
−¿Qué? ¿Haciendo oposiciones de castidad…?
Diligencia – Las aventuras de Huckleberry Finn (Mark Twain)
«Oye, negro de mierda, ¿qué haces tú aquí…?». Aquí era una próspera calle de la capital rojigualda. Quien de tal forma se expresaba atendía por Cayetano; al formular la antedicha pregunta gesticulaba hosco con un palo de golf. El movimiento de su brazo permitía vislumbrar una pulsera con los colores de la bandera. El negro de mierda elevó ligeramente una ceja y continuó su camino. No fue mucho más allá. Cayetano, siempre diligente en la salvaguarda de la patria, le rompió el driver en la cabeza. El negro de mierda resultó ser el embajador americano. La derrota fue rápida. Hoy los marines devoran relaxing squid sandwichs in Plaza Mayor.
Envidia – El baile (Irene Nemirovsky)
Los días de primavera pasan, las semanas se deslizan hacia el verano. Es un tiempo mágico durante el que la naturaleza eclosiona en toda su vitalidad. Cada semana viajaba de Burgos a Madrid. Ida y vuelta. Durante los trayectos me deleitaba contemplando el color de los campos de Castilla, el tránsito del marrón invernal hacia el verde de los océanos de cereales cimbreando sus espigas al ritmo de la música del viento. Este año no lo veré, cuando regrese a los caminos, la siega habrá pasado y todo será ocre. Hoy siento envidia del vuelo de los pájaros.
Esperanza – Somewhere over the rainbow (canción escrita por Harold Arlen –música- y Yip Harburg –letra- para la película El Mago de Oz)
Esperanza Hope Escudero, así se llamaba. Esperanza al cuadrado, le decían. Su nombre fue su condena y su perdición. Desde pequeña la embromaron con aquello de que la esperanza es lo último que se pierde; por ese espíritu de rebeldía adolescente decidió que en su caso sería lo primero. Y Esperanza se perdió. Amistades inconvenientes, lugares inadecuados, alcohol, drogas, fue descendiendo por los escalones de la degradación con paso tambaleantemente firme hasta llegar al sótano infecto de la prostitución por las esquinas de Malasaña. Un mal día desapareció, nadie volvió a verla más, y de esa manera se cumplió por fin el refrán.
Generosidad - ¡Qué bello es vivir! (película de Frank Capra)
A Martín le gusta compararse con Superman; simula con los labios el sonido de un avión, extiende los brazos y corre de acá para allá por toda plaza como si volase. A modo de capa usa una camiseta del Real Madrid firmada hace muchos años por alguna estrella ya apagada. Y es que Martín hace tiempo que tiene el pelo gris, rondará los cincuenta años. Luis siempre lo acompaña, vigila y protege en sus vuelos. No es su padre, solo es aquel a quien Martín salvó cuando era niño. Un mal golpe, y Martín recibió una infancia eterna por su generosidad. Luis, una vida.
Gris – Todo se desmorona (Chinua Achebe)
Nadie recuerda cuando los cielos no eran siempre grises; dicen que más allá de la capa líquida que nos envuelve hay algo más. Los jóvenes creemos que son leyendas. Miro hacia los edificios velados al otro lado de la ventana, al río que corre abajo. Siempre ha sido así. Sin embargo, mi abuelo niega con la cabeza, recuerda ese tiempo; él vivió en un mundo donde la lluvia no era constante, donde las nubes blancas viajaban por un cielo azul y el sol te acariciaba con amor infinito. Quizá sea cierto; él tiene los ojos azules, y llueven.
Gula – La niña gorda (Mercedes Abad)
Fui un niño cegato, torpe y… gordito no, gordo. Complejo no tenía, eso es cierto, y de gula no sé si pecaba, pero me encantaba comer. Además mis tías siempre me alababan dándome pellizcos en los papos. «¡Qué niño más lustroso!». Menos tía Lore; era una castradora profesional de la inocencia infantil. Mi madre aseguraba que era muy listo y que de mayor llegaría a juez. «Sí, puede que sí, pero le van a tener que poner dos sillones; no le va a caber el culo en uno solo». Soy mayor, juez, gordo y prevarico contra los flacos. ¿Jódete, tía Lore?
Ira – Un mundo feliz (Aldous Huxley)
La perfección siempre oculta el esfuerzo denodado por alcanzarla, la tensión acumulada por mantenerla, el delicado equilibrio en el que se soporta un edificio cuyo destino inevitable es el caos; entonces el pecado de la ira entra en la escena, acrecienta la confusión hasta que la energía se consume tras alimentar un fuego que acabará por carbonizarlo todo. Porque la perfección no es un concepto absoluto; la perfección existe, es cierto, pero solo por contraste con otras realidades que no lo son para la primera y que sin embargo terminan por acelerar la contradicción interna de lo perfecto.
Ahora tengo que pasar la aspiradora.
Lujuria – Nada se opone a la noche (Delphine De Vigan)
Nos miramos perforando la oscuridad del local; los focos arrancaron de nuestras pupilas destellos que prometían algo más, quizá mucho más. Guapa sin ser espectacular, pelirroja de piel pálida y pecosa, la chica estaba dotada de unas turgencias tales que su bamboleo al ritmo de la música provocó turgencias equivalentes en mi propia anatomía. Me aproximé hacia ella sin que dejáramos de comernos con los ojos. Amartillé una pose de perdonavidas y le metí el morro entre la melena.
−Nada se opone a una noche de lujuria…
−Ezo, ezo, lujudia y dezenfdeno… −gritó entre dientes rubios y huecos morenos.
−¡Camarero! ¡Otro gin-tonic!
Magenta – Quién me ha robado el mes de abril (Joaquín Sabina)
El general Ferenc Gyulai ordenó la retirada de las tropas. Unas semanas antes Montebello, ahora Magenta. Los aliados franceses e italianos habían masacrado a miles de sus hombres en aquellas dos batallas. Desde el altozano vio los restos del combate, las colinas atestadas de muertos y heridos, el campo teñido de sangre de un color rojo que ya empezaba a oscurecerse, a tornarse casi de un morado muy parecido al que se pintaba en los cielos de su amada Pest durante los lentos atardeceres del verano. Qué pena nos disponer en ese momento de un lienzo y sus pinceles.
Marrón – La piedra angular (Emilia Pardo Bazán)
La han vestido con hábito marrón, de estameña basta. Debajo le han permitido llevar unas bragas, aunque ni siquiera sabe de quién fueron alguna vez. Los pies desnudos pisan los tablones sin desbastar de la tarima. Enfrente, apenas una docena de espectadores; unos le rehúyen la mirada, en otros ojos ve curiosidad. Compasión no, ninguna. Tampoco se la merece. Su crimen es el único que no es posible perdonar a una madre. Y no lo han hecho. A su espalda oye unos pasos, alguien le desliza sobre la cabeza una capucha. Huele a vómito, pero ya qué más da.
Naranja – Casa de verano con piscina (Herman Koch)
La mesa para el desayuno ya estaba dispuesta en el porche que se abría hacia la piscina. Tostadas, mermeladas, pasteles, café humeante… Un jarroncito con gerberas naranja a juego con el color de una jarra de zumo presidía la composición. Una joven braceaba sin levantar apenas salpicaduras. Abandonó el agua con un solo impulso; mi mano quedó suspendida con un bollo de mantequilla a medio camino de la boca. Se aproximó con un caminar cimbreante, me hizo ponerme en pie y de un tirón me arrancó el albornoz. Su piel húmeda se apretó sobre la mía…
Puto despertador.
Negro – Tiempos difíciles (Charles Dickens)
Era una mentira tan negra como la sedosa piel del oficiante que les casaba. No, él no deseaba a aquella mujer como esposa, ni tenía intención de serle fiel en ninguna circunstancia. Ya se las compondría con ella, lo importante era que nadie sospechase nada. Sí, sí a todo, y que esa farsa acabase pronto. Era guapa, eso era cierto, pero lo que más le gustaba de ella eran sus largas pestañas. Le encantaría tener unas así. Puedes besar a la novia, dijo el sacerdote, mientras le guiñaba un ojo y le hacía un mohín con los labios.
Paciencia – Almas grises (Philippe Claudel)
«Los muertos no se hallan tan lejos de nosotros, están al otro lado de la pared». No entendió aquellas palabras ni le proporcionaron ningún consuelo, más al contrario, le dejaron un regusto a frustración y estafa. Solo había querido hablar con él, allá dónde estuviese. El ansia por ver su rostro, oír de nuevo su voz era tanta que la paciencia y la oración que le aconsejaba a diario don Marcelo no le servían. Tampoco las palabras de la médium. «¿Qué pared es esa? ¿Dónde está?». Los ojos de la otra se clavaron en los suyos. Sí, ahora lo comprendía. El camino siempre estuvo ahí.
Rojo – Una letra femenina azul pálido (Franz Werfel)
El sol invadía la estancia, intenso y bruñido, apenas velado por el leve ondular de unas cortinas. Acariciaba tu piel desnuda, la difuminaba en un blanco terso y vívido. Con la lengua dibujé el camino de tus venas azules, ríos palpitantes bajo la nieve cálida. Navegué desde tu cadera, ascendí por el mar de tu vientre y deseé sucumbir en la tentación de tu ombligo. Alcancé la cascada de tus pechos y me deslicé por la curva de tu cuello. Pronto llegué a tu mentón. Con un jadeo me rendí y posé mis labios sobre el rojo de los tuyos.
Rosa – Es caprichoso el azar (Joan Manuel Serrat)
El chaval es un catedrático de la ignorancia, tiene veinticinco años y nos da lecciones sobre cualquier tema que surja durante nuestras reuniones familiares. Su vida es de color de rosa: cervezas, tabaco, chavalas. Papá lo paga todo. Bien pensado, quizá no sea tan ignorante, vivir sin dar ni golpe tiene mucho mérito. El otro día se sintió filósofo, el azar es caprichoso, nos soltó con voz engolada. Claro, pensé yo, por eso es azar, memo. Suelo estar callado, pero me pudo mi lado perverso. Nuestra existencia es pura estocástica, le contesté. Hace dos semanas que no me dirige la palabra.
Siena – El lector (Bernhard Schlink)
Apenas te hice un gesto desvaído de despedida cuando nos obligaron a bajar de los vagones. El presagio de tu mirada se disolvió en el miedo que crecía en mi espíritu, en el absurdo de la incomprensión. Fue un instante, un rayo fugaz, y los portones te separaron de mí para siempre. No sé adónde te llevaron. Solo me queda el recuerdo de tu piel tostada por el sol, de color siena, decías, algún día iremos allí. En este lugar todo es gris, hasta la hierba que ahora roza mi mejilla. Otro disparo. Ya llegan. Es tiempo de cerrar los ojos.
Templanza – La Metamorfosis (Franz Kafka)
El padre Mendo llevaba pocas semanas destinado en su primera parroquia. Joven y bien parecido, algunas de las feligresas pecaban contra el noveno mandamiento con él como icono. El momento de las confesiones requería de una enorme dosis de control por parte del joven cura; don Mendo se reconocía en las narraciones de algunas de aquellas mujeres. Las de Inés Zaldúa eran las peores, se deleitaba en detalles que él, recién egresado del seminario, era incapaz de interpretar. Viuda y en la treintena, la hermosura de Inés no pasó desapercibida para el párroco; su templanza se disolvió en la oscuridad del confesionario. «Hija mía, conversemos». Y conversaron.
Turquesa – Misericordia (Benito Pérez Galdós)
−¿Eso de turquesa qué es? ¿La mujer del turco?
−Jolines, cuando no quieres, no quieres, ¿eh? Es un color, y lo sabes perfectamente.
−Es que es verdad, coño, yo qué sé cuál es… Turquesa…
−Azul turquesa, el tapizado es azul turquesa…
−Azul.
−Turquesa, concho, es un azul verdoso…
−¿Y eso no es lo mismo que un verde azuloso?
−Mira, Fermín, ¿sabes lo que te digo? Que te vayas a la mierda. Voy yo a comprar la tela y ya está, que te pones insoportable.
Fermín sonrió para sus adentros. Sin misericordia. A él no le fastidiaba el partido de futbol ninguna turquesa.
Verde – La condición humana (André Malroux)
La llamé poco después de comenzar todo. Hacía tiempo que no nos veíamos y nuestros contactos por otros medios habían sido breves y esporádicos hasta entonces. Supongo que quería ser amable, pero me he percatado de que el egoísmo está venciéndonos. Se sentía harta de las paredes verdes de su habitación; había tenido que renunciar a su vida (gin-tonics y fiesta los fines de semana); el trabajo sí, bien, gracias, pertenecía al grupo de esenciales. Y me colgó sin preguntar nada de mí y sin decir siquiera adiós. Aún tengo el tono del teléfono clavado en mi empatía.
Violeta – El mundo de ayer (Stefan Zweig)
¿Quién te mandaba un ramito de violetas, cada nueve de noviembre, como siempre sin tarjeta? Eso cantaba Perales, ¿recuerdas aquel día de invierno en Cuenca, en el restaurante que fue la casa del compositor? Cenamos morteruelo y más tarde nos tomamos un carajillo en la cafetería del parador. Nunca he disfrutado tanto del frío como durante esos días. Un frío que disolvimos con un buen fuego en la chimenea de nuestra habitación en Hervás, una noche, otro invierno. Volverá a ser nueve de noviembre, nuestro mundo de ayer no se perderá en la niebla. Volverá a ser. Pronto.
Roberto Sánchez