Escribo estas palabras entre bocanadas de desencanto. Se antojan de recorrido corto, de ida y vuelta a lo ordinario. Rasgan la pantalla con sus trazos gruesos embarullados en armonía imperfecta; se retuercen entre líneas laceradas de plomo y vinagre. Resultan tan necesarias como ingratas, tan cercanas como terribles, tan efímeras como auténticas. Están ligadas con manos limpias, prestas a cogerse a otras cualesquiera. Dibujan un presente sombrío esbozado en incertidumbres. Y son un cheque en blanco para ti a cobrar en mi cuenta de angustia.
Compréndelo… Sufro de abandono, bullo en una telaraña de sombras: los deseos se me abortan, los recuerdos se enrocan en la memoria, los instantes del ayer supuran náusea, los sueños se me escurren entre los dedos, cientos de naufragios refractan en mis retinas, todas las notas se apagan en mis labios y solo hallo alivio en la escritura. No me lamento. Únicamente describo la derrota.
Y es que soy el sujeto más patético del mundo. Pretendí llenar el vacío que somos en esencia, el abismo que se abría a nuestros pies, y a este anhelo le llamé amor. Viví la locura de abordar la barrera de un embrujo, el desatino de deshojar pétalos de flor de un día. Canté las mañanas de una primavera prohibida. Probé el sabor agridulce de unos besos furtivos. Sucumbí a la tentación de los ensueños: reinventé madrugadas, orquesté atardeceres, desplegué plenilunios, bosquejé la eternidad… Y fracasé… Todo se acabó con un “adiós” sucinto escrito en un “post-it” adosado al frigorífico. Y comenzó el tiempo muerto que me envuelve en un bucle de nostalgia.
Cómo decírtelo… Me creía invulnerable, un dios forjado en hierro y fuego… Adornaba con relámpagos las tardes de tormenta… Acopiaba años bisiestos para estirar el calendario al máximo y compartir con ella hasta el último segundo… Guardaba lunas llenas en el bolsillo para regalarle una cada noche… Multiplicaba por cientos los besos… Contaba por victorias los sueños… Y aposté todo a “nosotros”. Pero la mala suerte estaba echada: uno más uno no siempre suman dos. El batacazo fue sideral, caí fulminado en lluvia de meteoritos, enajenado en un enano de barro. Sí, me estrellé a sus pies. Nunca lo olvidaré.
Ocurrió cuando existía aen el futuro, cuando me despertaba con el canto de los pájaros. Pero estos migraron del parque y ya no abro las ventanas. Lo propio es hibernar en duermevela. No tiene sentido desperezar sueños y transitar los itinerarios del viento para hallar un soplo de vida. No me reconforta surcar mares recónditos en pos de la métrica de las mareas para intuir el pálpito de un corazón distante. No compensa cabalgar las olas para estrellarse en las rocas o morir en la arena lamiendo los pies de un extraño. Así que me revuelvo desabrido cuando atisbo un destello de luz. Rompo a pedradas de improperios los espejos en los que podría mirarme. Arranco los capullos que germinan en mi pecho. Y sigo durmiendo en mi lecho de idiota.
No es ninguna novedad, estás al corriente de mis carencias, y sabes que la ciudad me asfixia. Sobrevivo en este espacio nebuloso entre escombros de desahuciados. Soy uno más en discordia en la vorágine de solitarios postrados en el muro de las lamentaciones. Me descubro como una alondra errática en un desierto alquitranado de desprecio. La incomunicación es absoluta. Desconozco el lenguaje del asfalto y la cifra de las aceras. El silencio es la ley tácita impuesta por los adoquines. No quiero someterme a su dictadura. Trato de huir, de sortear el horizonte columpiándome en una nube que se desgarra del cielo. Pero me precipito en caída libre a las cloacas del arrabal. Y aquí me pudro en un callejón sin salida, en hervidero de parias.
Seguro que piensas que atufo al perdedor de siempre. Quiza… Mas dónde está la medida del fracaso… Cómo sacudirse el asco a uno mismo… Por qué quitarse la máscara de la hipocresía… Quién acepta brindar con una copa de lágrimas… Para qué romper el misterio que nos disculpa… Cuándo soltar las amarras que nos atan a la esperanza… Que nadie me lo diga, no quiero saberlo. Prefiero perseverar en el desastre. Es tan obsceno reconocerme culpable, tan humano esgrimir mil excusas… Niego pues a la mayor la evidencia de que el amor es un juego sucio en el que siempre pierde quien más ama.
En fin, Adriano, me desnudo ante ti porque deseo aprehender la vida en pálpitos y atraparla en trazos indelebles sobre la superficie del plasma, deseo liberarme en un paroxismo de certitudes y obrar el prodigio de alquitarar el tiempo en estas líneas. Aunque es un equilibrio imposible entre el fingimiento y la franqueza, una dialéctica quimérica entre el consciente y el subconsciente. Lo sé… Resulta un ejercicio baldío de funambulismo, un trino desgarrado de aprendiz de ruiseñor que me delata como cronista de una muerte anunciada.
Por eso te envío esta epístola triste. He vertido al texto vida hecha añicos. En el centro he garabateado frases dolientes. A los márgenes he arrojado mis muertos en tinta. Entre párrafos he trazado surcos repletos de traumas. En los renglones he escondido las mentiras. A pie de página he explicado el desorden de las cosas. Y he firmado el texto con un haz de sueños rotos. Como ves, el resultado es un cadáver exquisito en avanzado estado de descomposición.
Nicolas Zimárro