Los pies en el suelo

Él era un figurín: llevaba ya la tercera vuelta por el circuito de terrazas de la zona de ambiente al volante de un lujoso Mercedes biplaza exhibiendo músculos y moreno Ibiza. Ella se las daba de “woman plus, Lady Gaga style”. Mostraba presuntuosa piernas y pechera sentada en primera línea del velador de moda. Se vieron. Un cuarto de hora después el petimetre se acercaba a la mesa donde la pelandusca lucía las galas. Dos sonrisas Profidén rompieron el hielo. Se repasaron de arriba abajo. “Menudo polvo que tiene la pava”. “Si pillo a este pijo tengo resuelto el futuro”. Se presentaron. “Armando Alas, director gerente de “Aviones Alas”. “Virginia Pendón, azafata de tierra”. Rieron por compromiso. Pidieron una botella de champán, cubitera y dos copas. Bebieron sin reserva y charlaron largo y tendido. Prolongaron la velada con una cena y una audición de música de jazz en un pub de Doctor Areilza. Y llegó el momento de la verdad. Ambos querían más. Se besaron. “Me la beneficio en la cama, sí o sí”. “Lo voy a poner caliente y a ver qué tajada saco”. Continuaron magreándose en el trayecto al aparcamiento. Abandonaron la ciudad a bordo del superdeportivo. En el reducido habitáculo se respiraba una tensa calma. “¿Vas bien? Te noto nerviosa”. “¿Dónde está tu empresa de aviones?”. La atmósfera se enrareció un tanto. “A pocos kilómetros de aquí”. “¿Por qué no me la enseñas? Ganarías muchos puntos”. No hablaron durante varios minutos. La chica hacía pucheritos. Se plegó a su capricho para no malograr la fiesta y tomó rumbo a la fábrica. Arribaron a un polígono industrial de Etxebarri. Improvisaron una milonga al guarda jurado del recinto para justificar aquella visita intempestiva. Descendieron del coche y se encaminaron al pabellón de la discordia. En su interior atravesaron varias estancias y terminaron en un almacén de mediano tamaño. “¡Ahí los tienes! Dos mil aviones listos para volar a París”. “¡Pero si son unas putas camillas de colgar la ropa!”. “Aviones, querida… Técnicamente se dice aviones”. “¡Y una mierda!”. “Ja, ja… como los sueños, preciosa... “¡Que te jodan, fantoche!”. La función tocaba a su fin. Enfilaron hacia la salida. Se miraron por última vez: sus ojos fulguraban decepción y rabia. El galán se montó en el auto y se marchó dejándola plantada. “¡Cómesela a Tony Ryan, zorra!”. El bombón se deshizo. “¡Vaya paquete! Y yo que creía que por lo menos sería ingeniero aeronáutico”. Trató de conseguir que un taxi viniera a recogerla. Pero ¿adónde? Si desconocía el lugar en el que se hallaba. Se resignó. El vigilante la localizó acurrucada entre unos palés de desechos. “No vuelan”. ¿Qué?”. “Los tenderetes…”. “¡Ah! Bueno… A flipar a otra parte. Cuánto mejor es tener los pies en el suelo”.

Nicolás Zimarro