Longinos

—Longinos, eres un fracasado. Ya lo decía mi suegro, que en paz descanse, este hijo mío, mucho estudiar, mucho estudiar pero no tiene fuste. Y tenía razón el buen hombre, tenía mucha razón…

De esta manera se despachaba Cova con su eternamente sorprendido marido que solo pudo balbucear como excusa un empalagoso “pero tengo un negocio” que no sirvió nada más que para arrancar una sonrisa irónica y un certero “otro fracaso” en su mujer.

Era una mañana de tantas en una semana cualquiera de un verano como otros tras barajar los conocidos escasos destinos vacacionales al alcance de la pareja y su hija Teresa. Y fue el acostumbrado resultado de la operación, “unos días en casa de mis padres en Lugo, un fin de semana con musical en Madrid”, lo que precipitó la sentencia en aquel domingo caluroso del remate de julio. Sentencia esta que aunque Teresa trataba de mitigar sin éxito con un “pues parece un buen plan” a Longinos se le quedaba atornillada a su hemisferio derecho cerebral.

Tanto era así que ante versiones anteriores del dictamen de su esposa, Longinos había intentado reenderezar su vida con iniciativas variopintas: comenzó y terminó un master de gestión de empresas que pensó le serviría para darle un impulso a su negocio que daba muestras de agotamiento pero “sin haber arrancado nunca” como matizaba su esposa cuando Longinos trataba de explicar las ventajas de su especialización académica; emprendió un negocio que pregonaba la organización de los mejores cumpleaños para niños para el que , junto a un socio y amigo –“con Angel, el amigo de los taberneros”-, alquiló un local en el mejor emplazamiento de su barrio, leyó todo lo relacionado con la psicología infantil y el tipo de diversiones que se adaptan a los gustos infantiles, contrató payasos y monitoras pero sobrevino la crisis y negocio, local y payasos se fueron al garete –“ a quien se le ocurre abrir un negocio de payasos en plena crisis”-; se pluriempleó como autónomo en varias empresas de administración de fincas para llevar la gestión de una centena de comunidades de vecinos, la experiencia terminó como el rosario de la aurora , vecinos descontentos quejándose sin parar, Longinos desbordado y estresado y Cova corroborando su juicio sobre su marido; se lanzó por calles, plazas, carreteras, ciudades y pueblos para acopiar sin licencia toda la chatarra que se tropezaba en su camino y cualquier objeto con aspecto de poder ser revendido, un número de la guardia civil de la zona que le conocía y sabia de su negocio se extrañó al verle conducir una furgoneta y detenerse en un punto limpio a husmear, le dio el alto y todo terminó discretamente en denuncia administrativa y quinientos cincuenta euros de multa; se propuso crear un blog de internet sobre historia medieval de la que era gran aficionado y lector asiduo, imaginó cientos de seguidores e importantes ingresos por publicidad, creyó descifrar que la historia medieval sería una vaca lechera de ubres repletas y se las encontró vacías y secas; se interesaba por cualquier oferta analógica o digital en la que se ofreciera un negocio floreciente a poco que aportes unos pocos euros; incluyó anuncios en todas las páginas de compra venta que encontró donde ofrecía todo el portfolio de productos de su trastero y altillos con poco éxito a la hora de hacer dinero y mucho descubriendo obsesos.

Todos estos fracasos asumidos por él y cantados por el corifeo de Cova le permitieron profundizar en su autoconocimiento y alcanzó a corroborar lo que ya sospechaba desde que terminó Económicas, que le faltaba carácter para convertirse en lo que se considera un triunfador o en su defecto, pertenecer un estrato social respetable. Además la suerte no le sonreía y en consecuencia sus menguados capitales de su escaso negocio le permitían pocas licencias lo que frustraba sobremanera a su mujer y por ende a él mismo.

—Angel, necesito que me hagas…que nos hagas un favor muy grande…

—¿A quiénes?

—A ti y a mí, a nosotros, leñe.

Era un miércoles ventoso y lluvioso de un mes de noviembre sorprendentemente suave y claro. La taberna de Yago donde los dos amigos se habían citado, lucía un nuevo mobiliario “ya iba siendo hora, tacaño”, Angel bebía una caña de vino, Longinos un inusual gin tonic.

—Un favor, dices y encima grande. Miedo me das, Longi y además con trago largo. Tienes más peligro que una piraña en un bidet, amigo. La última vez que me liaste nos costó un pico…-. Sin dar casi tiempo a su amigo a terminar su lamento, Longinos le plantó delante de los ojos un pequeño papel mientras lo agitaba como si fuese un bálsamo.

Me dio siete resguardos y comprobé el primero, nada y en el segundo vi aquello, no lo podía creer, miré un instante al tipo, estaba distraído con su móvil, apagué el terminal, doblé el papel y lo aparté, encendí y continué con el resto, seguía distraído…

—Joder Longi, no te creía yo capaz de semejantes aventuras. No sé, me da un poco de canguelo, la verdad.

—Coño, Angelito, que siempre te has quejado de la vida de mierda que llevas, soltero, sin perrito que te ladre. Ya sabes que no hay rico feo…

Fue todo muy rápido, fui capaz de decidirlo y ejecutarlo en menos de un par de segundos. Nadie allí se percató de nada y menos aquel tipo del móvil. Cuando se fue me sudaban las manos, me las sequé disimuladamente antes de atender al siguiente pero estaba feliz, me sentía sorprendentemente en paz conmigo…

Un jueves de escarcha de Diciembre, se acercaba la Navidad y Longinos y Cova se afanaban en completar una extensa lista de compras, regalos y planes navideños que incluían un fin de año en el mar. En la ventana el reflejo de la luces de dentro y la invasión de las de fuera.

—Papa, un señor que dice que es de la policía judicial. Pregunta por no sé qué de un resguardo de bonoloto premiado-, anuncia Teresa tapando el auricular del teléfono mientras se escucha a un bombo mover cientos de bolas en la televisión.

 

Joseba Molinero