Suburbios de pasión

Matías cuidaba su imagen exterior con esmero. Una americana entallada, camisas de seda y pañuelos de dibujos extravagantes al cuello, pantalones de lino y zapatos de cordones, nunca mocasines, casi siempre de ante y colores chillones. Esas eran sus señas de presentación. Matías era un escritor de cierto renombre, si bien es cierto que escribía con seudónimo. Matías Caralt se transformaba en las portadas de sus libros en Lucas Pacheco. Durante las entrevistas que concedía en periódicos y magazines (revista le parecía un término vulgar) tenía buen cuidado de que su rostro apareciera en tales ángulos o escorzos (esta palabra era más chic) que en la vida real fuese difícil de reconocer. Por supuesto ferias del libro y actos editoriales eran terrenos vedados para él. Su ego se resentía, para qué negarlo, pero había de sacrificarlo a un bien superior, pues no otra cosa era su obra. Y es que las historias, tramas, personajes de Matías Caralt surgían de lo auténtico, de la calle. Él era un observador conspicuo del mundo y de lo que en él acontecía. Era un ser superior que transformaba a aquellos seres anodinos, vulgares, sin objetivos en su devenir diario en protagonistas de unas novelas sugerentes repletas de vida, color, olor, aventuras, amor y sexo, mucho sexo. Su público, mayoritariamente femenino, valoraba la perversa lubricidad con que adornaba sus escenas románticas. Como tal observador que era, y para no perturbar en exceso lo observado, según decía un tal Heisenberg, él mismo debía convertirse en un individuo anónimo más. De ahí su indumentaria, la cual le permitía mostrarse como un gentleman bien parecido y no exento de atractivo para las mujeres.

Su técnica era simple. Se apostaba, y el término cinegético ya era indicio suficiente de cómo actuaba, y ojeaba su presa. Dependiendo de la idea general que tuviese para su nueva obra, las características de la mujer podían cambiar. En ocasiones necesitaba una jovencita inocente y virginal, esas eran las más difíciles de capturar, aunque las más fecundas. Se sonrió Matías al recordar a la protagonista de su última novela, “Profundamente tuya”. Aún le llamaba cada día al teléfono de prepago que guardaba en un cajón oculto en su casa.

Ahora, para su nueva creación, necesitaba a una mujer no tan joven, pero que aún no hubiese entrado en la madurez, en torno a la cuarentena, quizá algo menos. Los terrenos de caza eran diferentes en cada caso, él era un depredador nómada. Esa mañana había trasladado su campamento a uno de los barrios obreros de la periferia de la ciudad. Su protagonista debía tener un trabajo sencillo: camarera, dependienta de supermercado, peluquera. Un ama de casa también le serviría. A partir de ahí desplegaría sus artes de seducción hasta que la mujer le abriese su alma y le mostrara sus deseos, frustraciones, recuerdos, amores, infidelidades. Esa era la materia primigenia con la que iba a nutrir a su heroína.

Se había acomodado Matías en una mesita en un rincón del local. Desde allí, agazapado entre la floresta de vasos, botellines, servilleteros de cerveza Mahou y demás parafernalia, atisbaba al grupo humano que solía frecuentar aquella charca. La afluencia de posibles candidatas era mayor hacia las siete de la tarde, esa era la hora a la que llegaba habitualmente su posible presa. Entrada en la treintena, con un ligero sobrepeso, aunque bien distribuido y que aún no le había estropeado la figura, sin ser una belleza tenía unos rasgos agradables que invitaban a contemplarla con ojos tiernos. Como él, la mujer se sentaba siempre en el mismo sitio y permanecía allí algo más de una hora cada tarde, a ratos enfrascada en un libro, otras veces tecleando mensajes apresurados en su móvil. La calificó de divorciada hambrienta y comprobó que no se había equivocado cuando unos días más tarde fue ella la que terminó por abordarle con la disculpa poco creíble de interesarse por la marca de su chaqueta. Era cierto que esa tarde vestía una prenda de Paul Harden, arrugada con un esmero artesano y de un acabado perfectamente imperfecto. Era una ropa única, de coleccionista. Tres mil euros bien invertidos y que estaban a punto de fructificar. No le gustaba mucho que ella hubiese tomado la iniciativa en el acercamiento, pero ya no importaba demasiado. No le había hecho falta abalanzarse sobre ella, la muy inocente había sucumbido a su natural encanto de hombre de mundo. Almudena, así se llamaba su captura, demostró ser una mujer del pueblo, sencilla aunque perspicaz y observadora, con un buen gusto por el vestir, masculino se entiende, y llena de curiosidad. Cuando se despidieron, apenas sabía su nombre. Ella, en cambio, conocía su guardarropa mejor que él mismo.

La tarde siguiente, Almudena le saludó con una sonrisa sincera y, se atrevió a confesarse, cautivadora. Al menos así pensaba describirla en su novela. La mujer no lo dudó, ordenó su consumición y se sentó a su lado dando por supuesto que aquello era lo convenido. Al finalizar esta casi primera cita, Matías había logrado adivinar algo de la juventud de ella, que estaba, en efecto, divorciada y que, según le confesó, pasaba mucha hambre (esas fueron las palabras de la mujer). Matías se felicitó por su buen ojo. Almudena era idónea para su creación literaria: treintaañera ansiosa de sexo y a la búsqueda del macho copulador que pudiese satisfacerla. A cambio, halagado en su autoestima, él le contó de sus muchas conquistas sin confesar que la gran mayoría solo lo había sido en las páginas de sus novelas, salvo unas pocas. En realidad, dos o tres, no estaba seguro.

Almudena era fantástica, un diamante en bruto, por emplear la tan manida expresión, y él sabría cómo pulir cada una de sus facetas en las páginas de su obra. Ya tenía casi decidido el título: “Ansia de amor” o “Suburbios de pasión”, y también perfilaba ya la primera escena: Almudena desnuda en la cama después de haber hecho el amor por última vez con el hombre, su esposo, que está a punto de abandonarla por otra más joven, más bella y más universitaria. Ella no puede evitarlo y entre lágrimas se masturba pensando en el desconocido a quien ve cada tarde en el mismo café y a la misma hora.

En efecto, Almudena era una hembra muy necesitada de cariño. Y sexo. En su tercera cita, con una soltura que le sorprendió en una ama de casa divorciada, poco experimentada en el mundo de las citas más o menos secretas y los amantes de una noche casi desconocidos, según su propia confesión, le propuso que se acostaran. La autoestima de Matías subió muchos puntos cuando la mujer, con sus mejillas como la grana, le aseguró que esa aparente desenvoltura era puro artificio. Lucas Pacheco y sus novelas eran sus maestros, en realidad. Las protagonistas del escritor le habían enseñado cómo comportarse en aquellas situaciones. Él le aseguró que las lecciones le habían cundido, aunque negó conocer al escritor. Él estaba por encima de aquella clase de literatura.

En su nueva novela, el ama de casa debía caer en los brazos de un galán de posibles, era necesario que quedara cegada por el glamour del amante. Tenía que hacerla entrever el mundo de lujo y bienestar al que podría tener acceso si a su vez ella permitía el acceso del hombre a ciertos recovecos poco accesibles de su anatomía. Ella, por supuesto, acababa aceptando obnubilada por la arrasadora personalidad del personaje. Después de una noche de placer, lujuria y desenfreno, ya no podría sino ser suya para siempre. Hasta que él decidiera abandonarla, claro. Este era un punto que aún tenía que definir en el desarrollo de su argumento.

Matías concertó el encuentro con Almudena para la tarde siguiente; por desgracia el Ritz estaba de reformas, pero el hotel Palace sería lo bastante lujoso como para captar a la perfección las reacciones de aquella infeliz al penetrar en una galaxia muy alejada de lo que solían ser sus territorios cotidianos.

Almudena resultó ser en la cama tan fogosa como él había supuesto. Entendía ahora que con mujeres así las clases bajas procreasen sin parar. Tres críos tenía ella, le aseguró. Pocos le parecían, pensó Matías, aunque se abstuvo de decírselo. Más frío y distante hubo de mostrarse en las citas siguientes cuando la mujer se empeñó en que tenía que venir un día a su casa a conocer a los tres pipiolos. La protagonista de su novela no era madre, así que esa faceta le resultaba innecesaria en su investigación.

Sí hubo Matías de esforzarse en elaborar una biografía que se le acomodara sin descubrir la esencia de su trabajo. Se confesó amante de la lectura y un diletante en el mundo de las letras. El resto de los datos que le dio eran casi auténticos. Matías era un enamorado de barrios como aquél, donde había vivido en su infancia hasta que su padre progresó en su negocio de restauración y se fueron a vivir a un chalet con piscina en Torrelodones. Estaba soltero por vocación y ahora, heredero universal de los negocios de su progenitor, se dedicaba a vivir la vida. Había tenido muchas amantes, pero ninguna como ella. Esto era casi cierto, ninguna de sus escasas amantes le había hecho lo que ella le hizo. Durante unos segundos su mente regresó a la otra noche y se volvió a sorprender ante el conocimiento de Almudena de ciertas prácticas sexuales difíciles de describir sin recurrir a complicadas perífrasis. En ese punto ella le puso la mano en la pierna y le interrogó sobre qué era lo que más le gustaba en la cama. Él solo pudo balbucear y decir que lo que hizo le había gustado mucho. La mujer le acercó los labios al oído y le susurró su propuesta. El tragó saliva y se limitó a sentir con la cabeza.

En realidad Matías solo había planificado una noche de hotel, eso le iba a bastar para hacerse una idea de cómo era Almudena en la cama. Al cabo de dos semanas, el recepcionista le saludaba ya por su nombre y con un deje de admiración en su voz. No era para menos, jamás había follado tanto y con tantas mujeres. Almudena era una experta en organizar tríos con las madres de los compañeros del colegio de sus hijos. A aquel ritmo, su novela se tendría que titular algo así como “Orgías de barrio”, aunque no creía que todo aquello tuviera ya nada que ver con el argumento que tenía en la cabeza.

Una tarde Almudena no apareció en la cafetería donde siempre concertaban sus encuentros. Le pareció extraño que no le hubiese avisado. Fue entonces cuando se percató de que no conocía su número de teléfono ni su dirección. De hecho, aquel lugar era su único nexo. Había quedado tan subyugado por la personalidad resuelta de la mujer y el torbellino de lujuria en el que se habían precipitado que ni siquiera se había dado cuenta de que siempre era ella la que tomaba la iniciativa a la hora de fijar las citas.

Al día siguiente tampoco acudió, ni ninguno más. Durante varias semanas Matías siguió visitando a diario al local sin resultado. Para el avance de su novela era ya innecesaria la presencia de Almudena, pero le molestaba que hubiese sido ella quien cortara el lazo. Esa era una dignidad que le correspondía a él. Siempre era Matías Caralt quien decidía cuándo, cómo y dónde se terminaba una relación.

Durante las siguientes semanas y meses Matías se convirtió en Lucas Pacheco; se concentró en la redacción de su novela y donde antes su vida había sido un ajetreo constante de la mano de Almudena, ahora solo era en la de un ermitaño que apenas salía de su estudio. Lo que no pudo impedir durante aquel tiempo es que el recuerdo de la mujer le asaltara a cada instante. Además el sueño no era una escapatoria, más bien sucedía lo contrario; por las mañanas se levantaba con unas tremendas erecciones fruto de las aventuras oníricas a las que le conducía Almudena y aquello no le ayudaba a embeberse en su creación. Su trabajo avanzaba despacio, se transformaba día a día en un infierno donde las llamas voraces del recuerdo de lo que había vivido con aquella mujer le agostaban la imaginación. Su argumento se había ido al garete, le resultaba imposible urdir una nueva trama con algo de coherencia. Por fin se resignó y aceptó su derrota. Con un par de golpes de tecla envió las cien páginas del borrador que a duras penas había hilvanado a la papelera. Se acabó Almudena, nunca sería la protagonista de una novela de Lucas Pacheco. Que se joda.

Unas semanas más tarde, ya recuperado su habitual aspecto de figurín, decidió comprobar su fortaleza interior. Se encaminó al hotel Palace, epicentro de sus orgías suburbiales, a tomar un gin tonic en el bar. El portero le saludó con una ceremoniosa inclinación de cabeza que Matías ignoró. Toda su atención había quedado prendida y luego desgarrada en el cartelón anunciador de un evento literario. La escritora Leticia Valdano presentaba su nueva novela, “Madres de barrio”, un éxito de crítica, una apología de las mujeres sencillas, humildes e invisibles que desperdician sus existencias en los suburbios de nuestras grandes ciudades; una reivindicación de su derecho a la felicidad… Matías no fue capaz de seguir leyendo más estupideces editoriales. Sus ojos permanecían atrapados en la fotografía de la autora. Leticia era Almudena y se temía lo peor. En la mesa de entrada compró un ejemplar, no quiso ni mirar hacia el interior de la sala atestado de seguidores de la escritora. Se refugió en el Starbucks de la plaza de Neptuno y empezó a pasar las páginas con manos temblorosas. La muy hija de puta había bautizado a uno de sus personajes como Matías Pacheco, un tipo de dudoso gusto en el vestir al que definía como petimetre, lechuguino, pisaverde y otras lindezas, pero eso sí, con la cartera bien abultada. Lo único abultado que tenía aquel capullo pichacorta, de paquete escaso y que follaba como un seminarista pajillero. Y así continuaba durante varias páginas hasta conseguir que cualquiera que conociera a Matías Caralt o a Lucas Pacheco terminase por identificarlo en aquel pobre idiota. Y esto solo era el comienzo de la novela. A medida que pasaba las páginas iba descubriendo el planeado proceso de burla del que era objeto el patético personaje hasta llegar al momento del chantaje. Aquí el corazón le dio un vuelco, ¿era posible que Almudena, o mejor dicho Leticia, hubiese grabado sus citas sexuales? Levantó los ojos del libro, no era capaz de seguir leyendo aquella bazofia. A su alrededor los camareros habían empezado a recoger las sillas del local. El teléfono comenzó a emitir los tonos que correspondían al número de Almudena. Eran tres whatsapp con otros tantos vídeos. No se atrevió a abrirlos. Su rostro se fue alargando hasta convertirse en la mueca de un payaso triste. Un camarero se acercó a informarle de que iban a cerrar en diez minutos.

Roberto Sánchez