Parásitos

Yo viví el comienzo, tuve ese extraño privilegio, aunque entonces ni yo ni nadie supimos que aquel suceso iba a ser el principio del final, de un final que pronto nos alcanzaría a todos.

Ya nada tiene sentido en mi vida, he perdido a los que amaba y no deseo un nuevo comienzo, no sería capaz de afrontarlo. Si escribo estas páginas es porque prefiero enfrentarme a mis recuerdos por muy amargos que sean en ocasiones; lo que nos aguarda es mejor dejarlo a un lado, no preocuparse por ello. Ya no me interesa.

Quedamos pocos, estamos aislados y no sabemos casi nada del resto del mundo. En los escasos momentos de optimismo que a veces aún nos asaltan quebrando cualquier lógica, queremos pensar que no somos los únicos y por eso resistimos hasta ahora, pero es solo cuestión de tiempo que las fuerzas nos abandonen y que nuestro espíritu acabe por extinguirse. No sabemos si hemos de esperar algún auxilio o valernos por nosotros mismos; nos hemos convertido en un islote a punto de quedar sumergido en el océano del olvido. Si es así nos ahogaremos en la oscuridad con la vana esperanza de que acaso no seamos los últimos y nuestra raza siga existiendo en algún lugar de la Tierra.

Han pasado apenas tres años desde que subí al vuelo 449 con destino a Madrid un domingo por la noche, un trayecto de apenas una hora que había hecho docenas de veces. Ocupaba un asiento de ventanilla a la altura del ala de estribor así que sé muy bien lo que vi, aunque yo mismo tuviera dudas al principio; la cordura y lo razonable se sublevaron contra la posibilidad de que pudiese suceder lo que realmente había sucedido. La mayor parte del pasaje dormitaba; las luces de la cabina permanecían en penumbra, lo que facilitaba la visión del exterior de la aeronave. Habría transcurrido ya la mitad del vuelo, estaba cansado de leer y había apagado la lámpara de cortesía; supongo que en ese momento me limitaba a dejar vagar mi mente casi hipnotizado por la luz estroboscópica del extremo del ala. No fue el impacto de un pájaro, un pequeño meteorito, un rayo ni nada similar lo que perforó la estructura del avión. Ahora sé que no fue ninguna de esas la causa del accidente, aunque durante unos minutos yo mismo quise convencerme de que el hilo de luz que atravesó el motor había sido un rayo. No, no fue de esa manera. Un fogonazo me sacó de mi estupor casi onírico y algo que parecía una barra luminosa se materializó sobre la turbina, perpendicular a ella. No existía movimiento relativo entre ambos. Los pilotos declararon que no vieron nada, tampoco las cámaras exteriores del aparato grabaron ningún hecho anómalo; sin embargo durante un largo minuto el haz de luz se estuvo moviendo junto a la nave a casi 900 km/h. Miré a mi alrededor; un rápido vistazo me confirmó que nadie más se había percatado de aquel extraño fenómeno. No supe qué hacer, aunque al final tampoco tuve oportunidad de tomar ninguna decisión, de avisar a alguien de lo que estaba viendo. De pronto la luz se acercó al motor hasta entrar en contacto con él, entonces el haz pareció disminuir de longitud hasta desaparecer por completo. Antes de que todo se transformara en caos y pánico pude ver el agujero que había perforado en la carcasa metálica. Después la turbina estalló en pedazos y el avión empezó a caer.

El tiempo se detuvo; el miedo se expandió hasta ocupar la cabina entera, sus zarcillos alargándose y reptando hasta penetrar en los corazones de los pasajeros. Sin embargo, de alguna manera permanecí ajeno a la locura que se desató a mi alrededor: los gritos, los lloros, los rezos, el agitar brazos e invocar al Señor o a la puta que les parió, todo quedó más allá de la burbuja que me rodeaba y donde mi entendimiento trataba de comprender qué era aquello que había visto. Más tarde me dijeron que la caída duró menos de dos minutos hasta que el piloto consiguió estabilizar la nave y realizar un aterrizaje de emergencia. Solo salí de mi embotamiento cuando el avión se detuvo y los tripulantes nos conminaron a abandonarlo a través de las rampas evacuación. Todo estaba bien, nos palmearon la espalda mientras nos alejaban del lugar y cubrían con unas mantas térmicas. Pero no, nada estaba bien. La prueba la tuve cuando unos días más tarde me llamaron de una agencia gubernamental de nombre enrevesado ligada a la Agencia Estatal de Seguridad Aérea.

En la confusión de los primeros instantes yo mismo me dije que había sido un rayo, pronuncié en voz alta esas palabras más para convencerme que para hacerlo con los demás. Pero cuando estuve de regreso en mi casa la imagen de la barra de luz penetrando en la turbina regresó nítida e irrebatible. Sabía lo que había visto aunque no comprendiera el origen de aquel hecho. Pensé en acudir a las autoridades, pero no fue necesario, ellas se me adelantaron. Varias cámaras grababan el interior de la cabina en cada vuelo de modo que a los investigadores les había llamado la atención mi actitud durante el episodio, mi hieratismo, mi aparente ausencia ante lo que acontecía alrededor. Por lo visto mi reacción no les parecía normal ―no lo era en absoluto―, de ahí su interés en interrogarme. Acaso pensaran que yo tenía algo que ver en el suceso, así de ridícula es a veces la burocracia. Fueron directos al asunto, me pusieron las imágenes donde yo aparecía con la vista clavada en el exterior del avión, sin parpadear y ajeno a los gritos del resto del pasaje. ¿Era el pánico el que me había paralizado o había algo más? El tono de la pregunta, el aspecto de quien la efectuaba me hicieron patente que aquel individuo no pertenecía a un departamento inocuo de la administración y que de alguna manera yo era sospechoso de algo, ignoraba de qué.

No tenía ninguna razón para decir otra cosa que no fuese la verdad de lo que vi o creí ver, y eso hice. Mientras narraba lo acontecido pensé que me tacharían de loco o de embustero, sin embargo se limitaron a escucharme con atención sin hacer ningún comentario. Cuando terminé cruzaron sus miradas y me agradecieron mis explicaciones, no me hicieron ninguna pregunta ni demandaron mayores detalles. Era como si descartaran por completo mi testimonio o bien como si ya supieran todo aquello.

La segunda opción, mucho más inquietante, resultó ser la correcta. Un tipo bien trajeado, en torno a la cincuentena, corte de pelo impecable y modales aristocráticos sustituyó a los anteriores funcionarios. Se sentó en un sillón próximo al mío, se cruzó de piernas con un gesto elegante y pausado y me observó con unos ojos casi transparentes de tan azules como eran. Se presentó, aunque su nombre no me dijo nada, sin embargo su cargo me dejó desconcertado. Aquel hombre era el Director General del CNI; si en aquel instante llegué a dudarlo, pronto supe que no era ningún figurante. El brillo inicial de su mirada se fue apagando a medida que desgranaba la historia que había venido a contarme.

–Señor Olite, lo que voy a decirle es un secreto de Estado, estoy quebrando las normas más elementales de mi agencia al hablar con usted –levantó la mano para interrumpir mi queja–. Es una decisión personal, cuando acabe la entenderá.

»Verá, señor, lo sucedido en su vuelo hace tres días no ha sido un hecho excepcional… O tal vez sí, porque fue el primero. En cualquier caso, desde el pasado domingo se han producido más de cien incidentes como el que usted experimentó, por desgracia no todos los pilotos han sido tan hábiles como los de su vuelo. Tenemos exactamente 89 accidentes con casi 2.000 fallecidos en diferentes lugares del mundo y 22 vuelos que consiguieron aterrizar. Los noticiarios no han publicado nada aún, todas las agencias de seguridad de los países afectados han estado tratando de ocultar lo sucedido hasta ahora. Los testigos de los vuelos aterrizados describieron en todos los casos lo mismo que usted, eso quiere decir que casi con toda seguridad ocurrió algo similar en los aviones que no consiguieron salvarse. Como comprenderá, se trata de un ataque global con algún tipo de arma que no hemos sido capaces de comprender aún.

»Lo que le he contado hasta este momento podría ajustarse a una acción terrorista, así lo vamos a informar a la opinión pública; un ataque extraordinario por su magnitud, coordinación y capacidad técnica, no obstante, y a pesar de todo, algo contra lo que podríamos enfrentarnos. Sin embargo… La mayor parte de los aviones de combate de los ejércitos del aire de todos los países han sufrido la misma suerte, incluidos los bombarderos Stealth americanos. Cientos de naves de guerra han sido abatidas de un simple manotazo, como si fuesen un enjambre de moscas molestas, y eso es algo que está más allá de cualquier potencia en la Tierra. Lo que le voy a contar a continuación puede usarlo como mejor le parezca, pero le aconsejo que no pierda el tiempo hablando con los medios de comunicación, ocúpese de sí mismo y de su familia.

»Como tal vez sepa, China consiguió hace unos años colocar un módulo espacial en la cara oculta de la Luna. La semana pasada perdieron la comunicación con el aparato y los satélites que la orbitan se estrellaron contra la superficie lunar. Sin embargo, unas últimas imágenes extrañas llegaron al centro de control de Shangai. Sé que le sonará ridículo, y en otras circunstancias así lo sería pero, en resumen, tenemos razones para creer que algo o alguien nos está sometiendo a algún tipo de ataque. Sus intenciones no son pacíficas e ignoramos lo que puede suceder a partir de ahora. USA y Rusia están coordinando una posible defensa, sus misiles ICBM están siendo direccionados hacia la Luna, aunque las expectativas de éxito son casi nulas. Las lanzaderas con los satélites imprescindibles para atacar la cara oculta también han sido atacadas.

»Ahora mismo los Gobiernos están abandonando las capitales mundiales. Le ruego que haga lo mismo, trate de encontrar un refugio fuera de la ciudad y aguarde allí lo que sea que vaya a suceder».

El hombre se interrumpió y observó la pantalla de su móvil, su piel bronceada perdió su brillo de golpe y se tornó gris. Se puso de pie con un suspiro y me miró con un destello de algo que identifiqué con la envidia.

–Tengo que dejarle, señor Olite. Hágame caso, abandone la ciudad lo antes posible, ocúltese lo mejor que pueda… Le deseo suerte…

Me dejó solo, sin darme tiempo a incorporarme, sumido en la confusión. Nadie me impidió abandonar el edificio y cuando estuve en la calle, los escasos viandantes caminaban apresurados y con gestos de temor en sus semblantes. Las noticias hablaban de atentados coordinados, de un estado de alarma mundial y llamaban a la población a la calma. Apenas circulaban vehículos, la gente había optado por atrincherarse en sus hogares así que me resultó sencillo abandonar la zona y más tarde la ciudad, según me había aconsejado mi interlocutor, aunque no dejaba de tener una vaga sensación de ridículo y cobardía. Dos horas de carreteras sin tráfico me llevaron hasta un pueblecito en la sierra de Gredos donde la casa familiar siempre estaba dispuesta para ser ocupada. Durante el camino había tratado de ponerme en contacto con mi esposa, lejos de Madrid en aquellos días, y así trasladarle los consejos que había recibido. Aún no entendía por qué me había contado todo aquello, por qué a mí, qué ganaba con hacerlo. Nada, a buen seguro. Acaso solo fuese un último gesto de compasión, ese último cachorro que no es introducido en el saco y ahogado, y al que se le deja abandonado en la ribera del río para que se viva. Si puede.

Si no hubiera sido por algunas de las noticias que logré sintonizar y la anormal situación del tráfico, habría pensado que todo era una broma grosera. Sin embargo algo estaba sucediendo, las comunicaciones telefónicas me resultaron imposibles y pronto las emisoras habituales dejaron de escucharse en la radio del vehículo. Todo se aceleraba.

El cielo despejado de esa noche nos permitió contemplar el ataque con misiles nucleares a la Luna, aunque nadie supo en realidad qué fueron aquellos destellos silenciosos que intensificaban durante unos segundos la luz fría del satélite. Solo yo era consciente de lo que estaba sucediendo; cientos de luces que suponían la cumbre del poder destructivo de la Humanidad se extinguieron en unas horas. Cuando llegó el amanecer el mundo entero contuvo la respiración e intuyó lo que le aguardaba. Las emisoras de televisión habían dejado de emitir, Internet ya no existía, pero todos pudimos ver la nube de haces de luz que surgió de detrás de nuestro satélite y avanzó hacia la Tierra. Meses más tarde, algunos supervivientes aseguraron que los tubos luminiscentes no eran indestructibles, algunos de los escasos cazas que aún volaban, habían conseguido acabar con ellos en varios ataques suicidas. Picotazos en la piel del elefante, triste consuelo que podría haberse convertido en una hermosa leyenda si hubiésemos conseguido ganar o tan solo sobrevivir.

Los haces de luz se situaron sobre las grandes ciudades del mundo adaptándose en cada caso a su superficie, después descendieron y se sumergieron en la tierra. Cuando se apagaron, allí donde había habido una urbe con millones de habitantes solo quedaba un pozo negro perfectamente plano en su base y con las paredes pulidas. En unos minutos miles de millones de seres humanos se disolvieron en la nada y sus creaciones quedaron convertidas en una masa vitrificada de rocas, acero y sangre. Cuando recuerdo aquel día me viene a la mente la imagen del planeta vista desde un avión. Éramos insignificantes y solo nuestra vanidad infinita nos había llevado a creer que el destino estaba gobernado por nuestros deseos e impulsos, que el futuro estaba al alcance de la mano y que era nuestro. Éramos insignificantes, cuando contemplaba la superficie desde la altitud de vuelo de un reactor comercial la vida humana era casi inapreciable, las ciudades más grandes se convertían apenas en unos cuantos estrechos filamentos luminosos; desde allá arriba las Pirámides de Egipto, el Louvre de París, el Empire State de Nueva York eran invisibles. Como nosotros. Los enormes pozos que han sustituido a la Humanidad apenas sí son unos breves puntos negros. Visto desde la Luna, en realidad nada parecería haber cambiado sobre la Tierra, una ridícula y engreída especie se había extinguido. Nada más.

Todo esto sucedió hace algo más de tres años. Después de la primera oleada cada amanecer surgían nuevos haces desde la Luna, su luz tan intensa que el sol apenas lograba difuminar su avance mortal. Primero las grandes urbes, a continuación las de tamaño medio; en pocos días no quedó ninguna ciudad en el mundo con más allá de unos pocos centenares de habitantes, aunque esto no es más que una suposición. El hecho es que la cercana ciudad de Ávila es un pozo de unos cincuenta metros de profundidad, y poblaciones más pequeñas de la provincia han sufrido el mismo destino. Aquí apenas sobrevivimos unas pocas docenas de refugiados; no sabemos lo que hay ahí fuera, en realidad. Debemos suponer que lo mismo ha sucedido en todas partes y que los supervivientes habrán optado por agruparse en pequeñas comunidades como la nuestra. Entre ellas seguramente solo imperan el vacío y el salvajismo. El mundo se ha transformado en un lugar desierto, oscuro y terrible, aunque hay quienes sostienen que ahora hemos regresado al paraíso, al Edén, que hemos vivido el Juicio Final. Una nueva oportunidad para los que quedamos. Durante los últimos meses no hemos visto haces de luz y lo cierto es que ninguna nave extraterrestre ha aterrizado para exterminarnos. Ha sido un tiempo extraño. Aún lo es. Hace una semana vimos un globo aerostático sobrevolando las estribaciones de Gredos; ayer una avioneta cruzó el horizonte sin que sufriera ningún ataque. Es como si el planeta se hubiera sacudido de encima la mugre y regresado de nuevo a un sueño tranquilo, ajeno a esos diminutos parásitos que lo habían arrancado de su plácido descanso.

Ahora nos damos cuenta de que nadie quiso arrebatárnoslo, disponemos de un mundo entero para los pocos que no hemos muerto. Con los siglos los pozos donde hoy yace la Humanidad se llenarán de tierra y volverán a ser fértiles pastos. Quizás esta vez no nos equivoquemos.

 

Roberto Sánchez