Aquel Machado

Estos días azules y este sol de la infancia...

 

Érase una vez un país que, quizá inevitablemente, entró en una guerra fratricida. Acabada la guerra, los vencedores de la contienda nos fueron contando una y otra vez con ligeras variaciones la historia tal como querían que figurase en los anales; pero siempre siempre se nos ocultaba la trastienda donde se gestó la calamidad y la verdad de los hombres que diseñaron el gran genocidio. Aun hoy día hay errores de apreciación que siguen vigentes quizá de forma inexplicable siendo como es un asunto que tanta tinta hizo, hace y hará correr. Entre muertos y exiliados se fue lo mejor que el país tenía: intelectuales, escritores, pintores, filósofos, maestros, pedagogos…, la increíble fuerza cultural que dio sus mejores frutos en el exilio.

Y en el principio de este absurdo enfrentamiento cainita nacieron dos bandos aunque uno de ellos ya estuviera presto y armado: era el ejército que debía defender a dicho país pero que lo acabó abriendo en canal, en bien precisamente del país tal como no siguen recordando tantos y tantos. Así como una célula ataca al propio organismo vivo, aquella armada se empleó a fondo contra sus propios ciudadanos. Pasado a limpio en los cuadernos de la Historia quedará el rimbombante las tropas azules se enfrentaron durante casi cuatro años a las hordas rojas y los adjetivos ya por sí solos delatan la versión que querían perdurase; incluso hoy día, en gentes que no vivieron el desastre, sobrevive misteriosamente la consigna de los vencedores de aquella guerra necesaria escrita a sangre y fuego en sus volátiles mentes.
 

No hay que olvidar que por detrás y debajo del conflicto bélico estaban los ciudadanos de a pie, pobres almas porque debían sumarse – sin saber ni cómo ni por qué– a uno de los dos contendientes. Algunos dicen que el color de la sangre era definitorio para resolver esta disyuntiva; otros opinaban que lo que realmente enmarcaba la elección era el matiz cordial de cada ciudadano. Finalmente, parece ser, que lo que hacía tomar partido en los bandos azul y rojo eran los parcos pensamientos que portaran en sus caletres.
 

En medio del marasmo bélico, había un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno, que regentaba una tienda de ultramarinos en un barrio florido y criaba a tres hijas y un hijo con otro más recién nacido. Este hombre había recalado en la localidad de Algorta desde su tierra natal más al sur, y en el horizonte no parecía haber ningún nubarrón que se cerniese sobre la bonanza vital.

El pequeño estratega al mando de la asonada comienza su carrera contrarreloj y toma un avión bautizado como el Dragón Rápido que a los efectos ha sido contratado con dinero de un conocido potentado mallorquín. Para no despertar sospechas, asiste en Tenerife al funeral de un militar muerto fortuitamente en unas prácticas de tiro. Que el general Amado Balmes, que no está en las filas azules, se quite la vida versado como está en el manejo de armas, no escapa a la sospecha de las abigarradas tramoyas de la Historia. El pequeño estratega, ya en la barriga de la aeronave, viaja a Tetuán para ponerse el mando del Ejército de África.

La guerra es cosa hecha pues se decide armar al pueblo quedando éste convencido de que puede hacer frente al ejercito azul con posibilidades de victoria. El alzamiento de julio prende la mecha que arde a lo largo de la piel de toro.

Y como era una guerra de verdad, a primeros de septiembre, el pequeño comerciante de ultramarinos es denunciado y prendido en su negocio. El hombre es puesto en jaque. Le llevan a un barco convertido en prisión fondeado en la Ría cuyo nombre ya en sí es siniestro: fue bautizado como Cabo Quilates y reconvertido en barco prisión.

Los oscuros engranajes de la Guerra y la condición humana hacen que el hombre anónimo pase al dominio público sin elección posible. Lo hacen culpable de algo que él desconoce, como ya recreó Kafka en la atmósfera de El proceso. A partir de este momento, el día se transmuta en noche perpetua y la angustia es el traje que viste el hombre señalado por un índice desconocido. Como recordaba Max Aub en su Laberinto mágico: la muerte en las calles segando la vida de cualquier hombre que se ponga delante de ella.

La situación en el área del gran Bilbao era la siguiente: había bombardeos rebeldes sobre Bilbao que eran contestados con asalto a prisiones para ajusticiar a los del otro bando. El consejero de la Gobernación, don Telesforo, creó una crisis por no ser capaz de proteger a hombres encarcelados y desarmados ante los milicianos que venían de Asturias.

Así, en la tarde del dos de octubre del 36, los milicianos que hacían guardia en la cubierta del Cabo Quilates, fondeado en la dársena de Altos Hornos, vivieron un momento de inquietud. A lo lejos vieron las siluetas de varios buques de guerra y dudaron de si eran leales a la República. Con los prismáticos probaron a desentrañar de entre la bruma la identidad de aquellas grandes sombras aproximándose. Un cabo, de suyo sereno ante la muerte, se sintió intranquilo y comenzó a proferir blasfemias.

Sus rostros abandonaron la lividez al ver que eran navíos de la flota roja. Pero a bordo venían hombres enfermos de ira. Habían asesinado a sus jefes y oficiales y habían arrojado sus cadáveres por la borda. Eran las últimas horas del atardecer cuando desembarcaron al costado de la prisión flotante Altuna-Mendi. Buscaban presos para pasearlos por la Ría. Los guardias se negaron enérgicamente a descolgar la escalera principal y salvaron así la vida de los custodiados.

Entonces, se dirigieron en botes al Cabo Quilates, fondeado en la dársena de Luchana, gritando amenazas constantemente. En este caso, les facilitaron el acceso por la pasarela. Eran las once y media cuando comenzaron a llegar a la bodega los gritos de los marineros embarcados procedentes del Jaime I. El desfile de encarcelados, en medio de chanzas y humillaciones, comenzó. Algunos se negaron a subir y alguno que otro se quedó dormido: estos afortunados salvaron la vida. Pero los que osaron atender la llamada de aquellos hombres enloquecidos, sin duda, caminaban al improvisado patíbulo.

Uno de ellos, Cándido Rosáenz, por cuyas venas corría sangre de veteranos carlistas, se cuadró al pie de la escalera y, volviéndose hacia sus compañeros, con un gesto de gallardía, gritó heroicamente:

- Sé a qué voy. ¡Viva España!, ¡Viva España! y ¡Viva siempre España!

Con serenidad y con mucho valor, enfiló la escalerilla y, cuando subió el último peldaño y puso el pie sobre las planchas de cubierta, quiso desahogarse, y girándose rápidamente hacia su pueblo, y mirándolo, exclamó:

-Antes de morir, quiero enviar un beso a mis hijos y a mi mujer.

Exasperado por ello un bárbaro, se abalanzó sobre él y de un hachazo brutal le destrozó la cabeza.

 

 

CUATRO PEQUEÑOS RETRATOS

 

El pequeño estratega: Francisco Franco Bahamonde, militar y dictador español, integrante del grupo de altos cargos de la cúpula militar que dio el golpe de Estado de 1936 contra el Gobierno democrático de la Segunda República. Victorioso en la guerra de África, le fue encomendada la represión de los mineros en Asturias el año 1934.

Después de muchas indecisiones, se une al golpe de Estado liderado por los generales José Sanjurjo y Emilio Mola. Tras la muerte de Sanjurjo en un accidente aéreo pocos días después del golpe, ayudado por el prestigio que cosechó con el rápido avance de sus tropas y la toma del Alcázar de Toledo, Franco ve el camino libre para convertirse en líder indiscutible de los sublevados y, siendo designado su jefe de Gobierno el 28 de septiembre de 1936, se autoproclama jefe de Estado.

Cuarenta y tres años después de su entierro en el Valle de los Caídos y a seis días de la fecha prevista para su exhumación - 5 de junio de 2019 -, un tribunal paraliza el traslado de sus restos del monumento de su victoria en la Guerra Civil en el que se halla desde 1975 a un panteón del cementerio de El Pardo, donde yace su esposa.

El Tribunal Supremo considera que no acceder a la petición de la familia para suspender cautelarmente la exhumación mientras no hay una sentencia firme sobre el fondo del asunto podría ser extraordinariamente perjudicial no sólo para los recurrentes, sino también para el interés público por las singulares y únicas circunstancias que concurren en este caso. A juicio del tribunal, eso provocaría un grave trastorno para los intereses públicos encarnados en el Estado y en sus instituciones constitucionales, habida cuenta de la significación de don Francisco Franco. Argumentan los magistrados que el hecho de que fuera jefe del Estado desde el 1 de octubre de 1936 hasta su fallecimiento el 20 de noviembre de 1975 atribuye a toda la controversia unos rasgos especiales que no se pueden ignorar y que permiten atribuir un perjuicio irreversible a la ejecución de la decisión del Consejo de Ministros de exhumar sus restos si ésta, después, fuere considerada contraria a Derecho.

El potentado mallorquín: Juan March Ordinas, natural de Santa Margalida (Mallorca) fue un contrabandista de tabaco y armas, empresario y financiero español. Su financiación del golpe de Estado de 1936 contra el gobierno de la República fue clave para el éxito de los sublevados.

En 1916 creó la Compañía Transmediterranea, que con un capital inicial de cien millones de pesetas integraba varias navieras, y controlaba las comunicaciones entre Baleares y Marruecos y el tráfico de cabotaje en Levante. Juan March fue por entonces sospechoso en el asesinato de Rafael Garau el 29 de septiembre de 1916, un apuesto joven de una familia contrabandista rival, amante de su mujer. El sumario del caso estuvo envuelto en todo tipo de irregularidades: cuando un juez estaba a punto de procesar a Juan March, se le destituía o se le trasladaba, y numerosos documentos del atestado terminaron por desaparecer. No hubo forma humana de esclarecer el asunto. Pero el pueblo lo acusó del crimen y la figura de March suscitó tanto odio en el pueblo que ya no pudo volver a pisar el lugar.

Establecida la Segunda República en 1931, se inició una investigación de un año sobre sus actividades irregulares. El ministro de Hacienda Jaime Carner llegó a la conclusión siguiente en un famoso discurso:
 

O la República somete a March, o March someterá a la República

 

El Consejero de Gobernación: Telesforo de Monzón y Ortiz de Urruela nacido en Vergara (Gipuzkoa), en el seno de una rica familia de la aristocracia.

En calidad de presidente del PNV en Guipúzcoa, durante la primavera de 1936 llegó a asistir a una reunión secreta que se celebró en San Sebastián con representantes de Renovación Española, la CEDA o Falange en la que aceptó colaborar en la conspiración cívico-militar contra el gobierno del Frente Popular que estaba en marcha, si bien precisó que disponían de hombres, pero no armas. En una reunión posterior don Telesforo señalaría que si la sublevación era dirigida por los carlistas, el PNV se uniría a ellos y lucharían hasta el final.

Cuando se constituyó el Gobierno Autónomo Vasco fue nombrado consejero de Gobernación y de Seguridad Ciudadana por el Lehendakari José Antonio Aguirre.

Don Telesforo evitó que se tomaran represalias políticas en la zona, aunque no pudo impedir el asalto de las cárceles flotantes, en octubre de 1936, y de la cárcel de Bilbao el 4 de enero de 1937, que se produjo tras un bombardeo franquista y que se saldó con la matanza de más de 230 prisioneros. Ese grave incidente puso su papel en tela de juicio desde ciertos ámbitos de su partido, al punto en que Juan de Ajuriaguerra pidió su cabeza. Sin embargo, Aguirre, que le tenía como uno de sus hombres de confianza, le confirmó en el cargo. Si ceso a Monzón, los comunistas exigirán que les entregue esa cartera, fue su excusa

El pequeño comerciante: Cándido Rosáenz natural de Ollauri (La Rioja) que da palabra de futuro a Teresa Vítores natural de Algorta. Entonces pasa a regentar la tienda de Ultramarinos con su esposa en la frontera entre este barrio y Neguri donde termina la cuesta de Txomintxu – que nace en la conocida playa de Ereaga. El nombre elegido para la corta pero poderosa pendiente le viene del sobrenombre en vascuence del abuelo materno de su esposa, Domingo Aurrecoechea.

 

Familia Rosaenz​

 

Hay un rumor no confirmado en la zona que adscribe la denuncia fatídica al anterior inquilino del comercio, el cual tuvo que abandonarlo en favor de la hija de los Vítores tras las nupcias con el hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno.

 

El maestresala