Un hombre que iba de paso alcanzó a ver un jardín de rosas cuya visión lo conmovió. Admirado por ese mínimo paraíso en la tierra, quiso conocer al jardinero.
–¿Cómo hace para mantener un jardín de rosas tan maravilloso? –le preguntó.
–Cultivo estas rosas para mi amada –dijo el jardinero.
–Debe ser única –dijo alabanciosamente el caminante–, de otro modo nadie habría sido capaz de cultivar semejante edén.
–En realidad, la conozco muy poco, la conozco fundamentalmente en mis rosas. Ella, en cambio, me conoce totalmente, nada en mí está oculto para los ojos de ella.
Asombrado, el caminante preguntó:
–¿Y cómo es que sin conocer a su amada ha cultivado usted un jardín semejante en su honor?
El jardinero, con una sonrisa dulce y cantarina, preguntó a su vez:
–¿Ama usted este planeta?
–¿Y lo conoce?
–Bueno… no lo conozco totalmente…
–A los dos nos pasa lo mismo. Yo la amo por mis rosas, usted ama a la Tierra por su nación. Aquellas pocas cosas que de verdad pertenecen a nuestro corazón, nos hacen dueños del universo. Ella es mi sol, las rosas son las naciones de mi planeta, mi jardín es mi planeta.