Devuélveme mis cosas

Don Pelayo proyectaba una sombra delgada aquel junio madrileño. Una mujer que lucía carnes y curvas paseaba alrededor del héroe astur gritando innecesariamente a través de un móvil plateado. “Quiero mis cosas”. Silencio ansioso. “Llámame la semana que viene cuando te salga de los cojones, y devuélveme mis cosas de una puta vez”. Se quedó observando al aparato con ira. Reparó en mi indiscreción con unos ojos negros grandes y empastados. Me regalo un gesto de desprecio que yo interpreté dirigido a todos los machos sapiens. Miró a su alrededor perdida, dirigió una última plegaria al vencedor de Covadonga implorando coraje y salió apresuradamente de los jardines de Oriente.

Seguramente no podía hacer nada diferente. El metro desde Opera nos llevó a Ciudad Lineal aunque sus ojos recordaban lugares más antiguos y lejanos. La peluquería Milvia en pleno barrio de San Blas nos esperaba repleta de razas y sonidos. Apoyado en la pared de una caseta de planta única me llené de cemento y me faltó cereal. Las gentes aturdidas se afanaban por orientarse en su nuevo paisaje. Pedí un cigarrillo a un criollo que fumaba y que me ayudó a encenderlo. A través del humo pude oír gritos procedentes de la puerta de la peluquería. Era ella que cerraba la puerta con una caja llena de objetos en una mano y una bata en la otra. “¡Ya sé que ha sido el cabrón de tu hermano, serás…!” Y cerró de un portazo y pude observar, ahora que la tenia de frente, un hematoma en el pómulo, una herida negra y dolorosa. Me vio y no se molestó en adivinar.

“Hoy mismo me traslado, tengo pocas cosas y las traigo rápido”. Hablaba con una trigueña tras de un par de cañas en La cocina de la Yaya en la calle Caunedo. Guardó en el bolso el juego de llaves que estaba sobre la barra, pagó, cogió su caja y su bata y salieron. Yo me quedé apurando el pepito sentado en una mesa de un rincón oscuro de la mugrienta taberna. Di el último trago a la caña de vino y salí a la luz sucia de la tarde en aquella calle seca. Un rato después la vi salir del portal, de prisa como siempre.

“Madre, ábrame que vengo a por mis cosas”. Alguien contestó. “Sí ya sé, ya me lo ha dicho muchas veces pero ábrame y déjeme coger mis cosas”. La puerta metálica crujió y cedió empujada por una mano ensortijada. Aluche se me antojaba otro país, muy lejos de San Blas. En un instante la puerta se volvió a abrir y apareció con otra caja no mucho más pesada que la primera.

Ya anochecía y por el portal de la calle Caucedo no había pasado nadie. Recorrí un par de calles cercanas fisgando en bares y tabernas. La vi en la barra de la cafetería Bayma, un local con un neón pretencioso y un estar sucio. Bebía algo de un vaso largo con prisa y sus ojos parecían más empastados aun. Decidí entrar.

Era aún más sucio una vez dentro. Pedí vino y un bocadillo de jamón y me senté en una mesa cerca del baño que despedía un olor picante. El camarero de condición risueña le intentaba sondear con preguntas que escurrían lentas. Rehusaba cada vez con gruñidos secos. Tres copas más tarde pagó, agarró su caja del suelo y salió. Me asomé y la vi entrar en un bingo próximo.

Salí, cruce la calle y me senté en un banco. La noche caliente y sin luna se pegaba a la piel y ensuciaba la ropa. En el bingo no entraba nadie. Por la calle pasaban gentes sin saber por qué y a veces se paraba a hablar con otras que tampoco lo sabían. Hablaban de cosas pequeñas mientras miraban alrededor y al primer silencio se dejaban. Otros paseaban perros sin ganas y se reunían con otros amos sin ganas y fumaban o hablaban de cosas de perros mientras miraban como se olfateaban los suyos. En un cajero del BBVA se acomodó un mendigo sobre unos cartones heredados. Se acodó, dio un último trago del brick y se tapó con algo vagamente parecido a una colcha. Un cliente de la entidad tuvo que sortearle sin éxito ya que como todo el mundo sabe los cajeros con inquilino se inhabilitan de noche. Un chino cerraba su local con cuidado, conectó la alarma y activó las tres cerraduras de la puerta blindada. Llevaba una cartera abultada y a otros cuatro compatriotas a su lado. Le acompañaron hasta su casa, cercana al establecimiento y luego se desperdigaron por el barrio con paso cansado. Uno, el más pequeño, entró en el Bayma y tras conversar brevemente con el camarero que realizaba labores de somera limpieza de final de jornada, se enfrascó con la tragaperras febrilmente. Una pareja con aspecto de matrimonio veterano paseaba, el por delante, ella tras él, el fumando, ella con la cabeza baja, llegaron al portal y entraron sin hablar.

Se apagaron las luces verdosas del bingo. Por fin salió con la caja y tras un gesto ebrio miro hacia los dos lados de la calle y caminó torpe hacia su derecha, hacia la casa de la calle Caucedo. De repente se detuvo, giró la cabeza y clavo su mirada en la mía, una mirada, a pesar de la distancia, turbia y vacía. Solo un instante y siguió su camino.

No he vuelto a los jardines de Oriente. Quiero olvidar lo poco que cabe en una caja.