Alberto Fernández apuró los posos de su taza de café y dejó un par de monedas sobre la mesita. Era la tercera vez que sonaba su móvil; su torturado superego le impedía continuar ignorando el nombre que aparecía en la pantalla. Su superego y la necesidad de pasarle la pensión a su exmujer, porque quien insistía en interrumpir su tiempo de descanso no era otro que su jefe, Jokin Etxeandia. Y si además le telefoneaba siete veces en tres minutos y medio exactos, con una cadencia inspirada en toda la perfidia de que era capaz, es que le iba a emplumar un marrón de esos que el muy sinvergüenza sabía esquivar con la elegancia y destreza de un recortador portugués. Como policía Jokin era un tarugo, pero dominaba el arte de camelar a sus superiores con charlas banales sobre asuntos cargados de insustancialidad como el omnipresente Athletic, sus salidas con cierto grupo ciclista y sus múltiples hermanos, tíos, primos, cuñados y demás familia, todos ellos directores de hotel, jefes de cocina, empresarios de éxito… Aunque su tema preferido siempre era su relación preferente con su cuñado, el Director General de la Ertzaintza, motivo principal y único de su éxito en el Cuerpo. Alberto también era cuñado de Jokin, estaba casado con su hermana, aunque sin duda él no era un tipo interesante.
Salió de la tasca donde solía refugiarse durante su tiempo de comida, encendió un pitillo, exhaló el humo desde lo más hondo de los pulmones y dejó que la llovizna le humedeciera la barba de tres días y arrastrara la poco sutil envidia que le amargaba la existencia. Envidia o necesidad de justicia pero, claro, eso siempre dependía del punto de vista y el suyo no era relevante cuando quien tomaba las decisiones era el tarugo de Jokin. La resolución del caso de Leticia Valle no había sido suficiente para sacarle del ostracismo al que le condenó el anterior Consejero de Interior, aunque sí para impulsar la carrera de su jefe. Seguro que ahora el desgraciado de Fernández podría ayudarle a progresar aún más.
Buscó las llamadas perdidas. Jokin: 7. Mertxe: 21. Aquello parecía el resultado de un partido de pelota. Su exmujer era mucho más pelma que su jefe, y también con peor mala hostia. Dio una última calada al cigarrillo y lo arrojó en una boca de alcantarilla imaginando que era un enorme ojo, lacrimoso, hinchado de tumores malolientes y bultos purulentos. Era la única forma que conocía de enfrentarse a una conversación con Mertxe, o con Jokin si a ello iba, crearse el estado de ánimo más oscuro posible. A partir de ahí todo iría mejor. O no.
―Hola, Mertxe. ¿Me has llamado, verdad?
Una pregunta retórica que tuvo como respuesta una retahíla de obscenidades e insultos a la que ya estaba acostumbrado, aunque no dejaba de sorprenderle aquel piquito en una chica bien de Indautxu educada en un colegio del Opus y socia de la ABAO desde la infancia. Ya, la pensión. Claro. A ella le daba lo mismo que su defenestración profesional fuera de la mano de una bajada de sueldo epopéyica; su único afán era amargarle aún más su ya amarga vida, porque le constaba que a la muy hija de puta no le hacía ninguna falta la miseria que conseguía apartar de su demacrado salario. Vale, Mertxe. Te he oído. Denúnciame. Que sí, todo lo que tu quieras, pero hasta fin de mes, imposible.
Alberto suspiró cuando su exmujer le colgó el teléfono en medio de sus disculpas. Se encogió de hombros y se encaminó hacia el puente del Arenal. Llovía más fuerte y no tenía paraguas. ¡Joder, qué día! Y ahora, el tarugo.
―Hola, Jokin. ¿Me has llamado, verdad?
―¿Dónde cojones te habías metido?
Sutil como un limaco en el pasillo de un hospital. ¿Por qué todo el mundo era tan maleducado? Valoró la posibilidad de dejar caer el teléfono en la Ría y subirse al primer tren que saliera de Abando, daba igual adónde fuera.
―¿Cagando, Jokin? ―respondió con el tono más fúnebre de que fue capaz. ―¿Qué pasa?
―Vete ahora mismo hasta el puente de la Merced y preséntate a Mentxaka. Él te lo explicará todo. Luego me llamas.
Lo que imaginaba, un marrón. Ahora sí que le estaban entrando ganas de cagar. ¡Joder, qué día!
Se acercó al puente bordeando por la ribera de la Ría el Arriaga. A medida que se aproximaba la aglomeración de paraguas era cada vez mayor. Y todos los curiosos dirigían sus miradas morbosas hacia un mismo punto en la otra orilla. Las luces de varios furgones le avisaron de adónde debía dirigirse.
Mentxaka era un tipo fornido, de hombros musculados, un vientre tan plano como su cerebro y cráneo pelado. En la comisaría apenas se dignaba saludarle con una ligera elevación del mentón y un desganado «epa» pringoso de saliva. En esta ocasión no fue mucho más efusivo.
―Llevamos un buen rato esperándote, Fernández. ¿Dónde hostias estabas?
Más preguntas retóricas, ahora cargadas de perdigones.
―Cagando, Mentxaka, cagando. Estoy estreñido, ¿sabes? Es mi dieta de sándwiches de jamón y queso que me está jodiendo el estómago.
El otro tensó la mandíbula y comenzó a mascar lo que a buen seguro imaginaba que eran sus sesos o alguna otra parte prescindible de su anatomía.
―¿Y tú qué has estado haciendo hasta ahora, bonito? Anda, deja de comer chicle y ponme al corriente. ¡Y que alguien me deje un chubasquero!
Mentxaka señaló hacia el pilar del puente, al bulto que flotaba arropado por un leve oleaje verdoso. Les habían avisado cuando el cuerpo pasaba a la altura de San Antón. Estaban a punto de sacarlo del agua. Descendieron por las escaleras hasta el borde del muelle y se aproximaron hasta los agentes vestidos de neopreno que lo estaban subiendo al muelle. Se miraron de reojo, Alberto supo que estaban pensando lo mismo. A pesar del abandono de aquel rincón bajo el puente, de la mugre y el olor a meados, del cielo plomizo dispuesto a ahogarles con una lluvia torrencial, de la muerte que se les enfrentaba en la forma del cadáver que tenían delante, la belleza de aquel cuerpo blanco era como una luminaria que dejaba en la penumbra toda la sordidez e impudicia del momento.
Fernández se miró las punteras de sus zapatos queriendo ocultar su congoja y el sollozo que le golpeaba el pecho. Respiró hondo para disimular las lágrimas que se mezclaban con la lluvia. El hilo de nuestros pensamientos suele ser errático, va y viene hasta enredarse en muchas ocasiones en un nudo imposible. Se sorprendió recordando el epitafio que había descubierto en las tumbas romanas en un viaje a Mérida. Sit Tibi Terra Levis. Que la tierra te sea leve. ¿Qué se puede desear a alguien a quien han arrojado al agua? Esa era la pregunta absurda que le revoloteaba delante de los ojos. ¿Se le puede desear que la tierra le sea leve? Meneó la cabeza y se inclinó sobre el cuerpo de la joven. Este mundo de mierda iba mal cuando alguien era capaz de asesinar la hermosura, la perfección, acaso la misma divinidad. La joven muerta parecía una diosa dormida, un beso en sus labios lívidos sería suficiente para volverla a la vida.
Mentxaka se encargó de quebrar el hechizo con su zafiedad de macho descerebrado.
―Joder, con lo buena que está, ¿quién se la habrá cargado? ―dijo mientras se ajustaba la cintura del pantalón ―. Quién la hubiera pillado…
Fernández lo miró atravesado, sin abrir la boca, imaginando el cráneo de aquel imbécil disuelto en una masa de sesos y cartílagos después de recibir un balazo. Su capacidad intelectual no disminuiría demasiado. Se agachó al lado de la chica y recorrió con la mirada su cuerpo. Ni una señal, rasguño o hematoma. Ni un tatuaje. Nada. Alabastro inmaculado.
―Coño, Fernández, parece que te tocan siempre las muertas en la Ría… ―volvió a la carga el gilipollas de Mentxaka.
En este caso tenía razón, Leticia Valle también apareció flotando en la Ría, y ahora Jokin le endosaba este nuevo caso. Como método de joderle la existencia no era demasiado sutil.
Se demoró en el lugar hasta que el juez ordenó el levantamiento del cadáver. Los periodistas ya habían aparecido al olor de la tragedia, alguno lo reconoció y quiso acercarle el micrófono. Esa tarde Fernández se ciscaba en la libertad de prensa.
Iban a llevar el cuerpo al depósito del Hospital de Basurto donde le practicarían la autopsia. Caminó hasta la parada del tranvía con el cuello encogido, como si sirviera de algo ocultar la cabeza entre los hombros, como si así pudiese esquivar los golpes de la realidad que en aquel momento estaban introduciendo en una ambulancia.
―¿Estás seguro, Alberto? La última vez echaste el alma…
―Ya, pero era diferente. Conocía a la chica, y además le habían arrancado los ojos… Tú haz lo que tengas que hacer…
Juanmari Ortola se cubrió la cara con la mascarilla, encendió la lámpara sobre la mesa acero inoxidable y dispuso el instrumental a su lado. Cerca de su cabeza colgaba un micrófono que iría registrando sus comentarios a medida que avanzara el proceso. Alberto no dejaba de sorprenderse de la rutinaria indiferencia de su amigo, incluso en este caso donde la perfección del cuerpo que reposaba en la camilla avisaba del pecado sin penitencia posible que significaría mancillar aquella piel con un bisturí. Y más aún hurgar en sus entrañas. Cerró los ojos y se limitó a escuchar la monótona voz del forense a medida que diseccionaba el cadáver y le privaba de su inmaculado primor. Al cabo de un rato Ortola carraspeó para llamarle la atención y le indicó que se aproximara.
―Aquí hay algo, Alberto.
El otro le miró sin comprender. ¿Dónde era aquí? La mano señalaba hacia la vagina de la chica.
―¿La han violado? ―preguntó aguardando la respuesta inexorable.
El médico negó con la cabeza. Sujeto con unas pinzas le extendió una pequeña bolsa de plástico con un papelito enrollado en su interior mientras se encogía de hombros.
―¿Quieres que aparezca en el informe, Alberto?
Mejor que no, Juanma, mejor que no. Se guardó el envoltorio en el bolsillo y le pidió que le hiciera llegar el resultado de la autopsia a él directamente.
―Tardará unas horas, pero casi con toda seguridad la chica ha muerto de sobredosis con alguna droga sintética. No hay en su cuerpo una sola marca que indique violencia, ni siquiera después de haber estado en el agua. Es extraño…
Todo lo era, el mundo, su vida, aquella muerte, su exmujer. ¿Qué más daba?
Decidió no regresar a la oficina. Puso en silencio el móvil y se dirigió hacia la parada de metro de Sabino Arana. Media hora después estaba tumbado en su cama, o más bien la cama que había en la habitación alquilada que era su hogar desde el divorcio. Conectó el televisor, habían comenzado las noticias en la ETB2 con el hallazgo del cadáver. Pudo verse a sí mismo hablando con Mentxaka mientras ambos miraban hacia la camilla que subían a una ambulancia. Jokin ya estaría satisfecho, el pringado de Fernández ya le iba a hacer el trabajo sucio. Como siempre. Cerró los ojos unos instantes antes de llevarse la mano al bolsillo de la chaqueta. Dejó la bolsa de plástico sin abrir sobre la mesilla y sacó de la cómoda una botella de vodka. Estaba seguro de que le iba a hacer falta. Sabía que se estaba cargando todo el procedimiento de custodia de pruebas, pero Ortola no diría nada y a él quizá le permitiera librarse de toda aquella mierda lo antes posible. Joder, en Bilbao no había asesinos en serie que iban matando jovencitas y ocultando mensajes en sus partes íntimas. Dio un trago y sin pensarlo más extrajo el papelito y lo desenrolló. Dos frases en latín, escritas a mano, una debajo de la otra:
Natura nihil frustra facit
Mortui vivos docent
Reprimió una blasfemia. ¿De qué iba aquello? La segunda frase estaba clara: Los muertos enseñan a los vivos. La otra se le hacía más cuesta arriba, sus días de bachillerato estaban demasiado lejanos como para descifrar el latinajo por completo. Se llevó las manos a la cabeza y se apretó las sienes. Así estaba cuando el teléfono comenzó a sonar.
Media hora más tarde entraba por la puerta de la comisaría. No le hizo falta preguntar nada, con un gesto de la cabeza, le señalaron la sala donde le aguardaban. Cuando le había llamado Izaskun, la única en la oficina que no le hacía el vacío y explicado el motivo, su primera reacción fue expulsar por la boca todas las barbaridades que llevaba reteniendo en su interior desde unas horas antes.
―Vale, Alberto. ¿Ya te has desahogado, majo?
―Manda al imbécil ese a la mierda, no estamos para atender a chalados. Y si no se lo pasas a Mentxaka.
―Como quieras, majo. Lo que tú me ordenes. De todas formas, ha insistido en que solo quería hablar contigo… Bueno, no sabía tu nombre, pero te ha descrito a la perfección.
―Me habrá visto en las noticias. Lo que yo decía, un chalado que quiere su minuto de gloria.
―Seguramente. Un poco ido sí que parece. Me ha dicho que te transmitiera un mensaje… Espera, que te lo leo, creo que es latín…
Apenas oyó la primera frase del papelito, le gritó a Izaskun que retuviera al tipo y salió corriendo hacia allí. El repertorio de blasfemias que fue desgranando durante el camino le impidió que su cerebro se transformase en una batidora.
Entró como una tromba en el cuarto que le habían indicado. Sentado, con os brazos sobre una mesa, el anciano se miraba las uñas distraído. Alberto se sentó delante de él, solo entonces el tipo levantó la mirada. Gerardo López Amancio, natural de Bilbao, 73 años, viudo, antiguo profesor en un instituto de La Peña. Por Dios, ¿quién era aquel hombre? Como se atreva a sonreír le parto la cara aquí mismo, rumió entre dientes. El tipo se limitó a mirarle atento, pendiente de lo que pudiera preguntarle.
―¿Qué cojones significa el latinajo? ―le espetó sin demasiadas contemplaciones. Lo sabía, estaba dejando a un lado su profesionalidad, pero tampoco le había llevado a ningún lugar glorioso en el pasado.
El otro parpadeó un par de veces antes de agitarse encima de la silla. La respuesta era sencilla, entonó, pero no era la pregunta adecuada. No, claro, la pregunta adecuada era por qué había asesinado a la chica, y como se llamaba Alberto Fernández que se la iba a sacar a hostias como no colaborase. La ira debía brillar de una forma tan patente en las pupilas de Alberto que el hombre levantó la mano derecha en el gesto universal de paz, de alguna manera también solicitando permiso para hablar. Tosió un par de veces y sonrió con timidez.
Natura nihil frustra facit, recitó en voz alta. La Naturaleza no hace nada en vano, esa era la traducción exacta. Y él, con su acto, solo había pretendido demostrar la existencia de Dios. Mortui vivos docent… ¿No estaba de acuerdo el señor policía?
Alberto se puso en pie de un salto y apretó los puños. Lo que le faltaba, un psicópata asesino atiborrado de ideales mesiánicos. Su primera intención fue telefonear a Jokin y que se ocupara él de todo el asunto, las medallas se las iba a plantar en el pecho de todas formas. Pero aquel tipo le estaba retorciendo las tripas. Cuanto más le observaba más asco le daba, más aún cuando recordaba la belleza de la chica muerta y lo gratuito de todo aquello. Respiró hondo un par de veces y regresó a la silla. Con gesto de la mano le invitó a que se explicase. Abrió el cuaderno de notas y apuntó lo que el otro iba narrando, una forma de mantener la atención y la calma.
«La Naturaleza no hace nada en vano. Ese es el punto de partida de toda esta historia, señor Fernández. La Naturaleza, Dios, llámelo como quiera. Yo prefiero la segunda palabra, y creo que no me he equivocado al hacerlo así. La joven se llama, se llamaba Ainhoa Odriozola Urrutia. Creo que tenía quince o dieciséis años, seguro que sus especialistas encontrarán sin problemas su filiación. Estará de acuerdo conmigo en que es la criatura más hermosa que han contemplado sus ojos. Jamás vi a una mujer tan bella y tan perfecta, la Naturaleza vertió en ella todos sus dones. Cada vez que me la cruzaba y veía sus rasgos, la armonía que los delineaba, anhelaba saber si todo su cuerpo resonaba con la misma cadencia. Y si era así, aquella obra había de tener una razón de existir, no podía ser que su único fin fuese…, fuese lo que hacen las quinceañeras de hoy en día, usted me entiende. Si Dios existiera, Él habría creado aquella mujer para dar testimonio de Su poder. Si Dios no hace nada en vano, Ainhoa tenía que ser esa prueba. Pero no era suficiente con contemplarla al salir del instituto, bromeando con sus amigas, tonteando con los chicos que la rondaban infatigables como polillas en torno a la luz. Toda ella había de ser perfecta e inmaculada, y esa perfección tenía que superar la prueba más terrible.»
«No me costó demasiado trabajo ganarme su confianza y la de su familia, era una muchacha estudiosa y aplicada; unas clases particulares no le irían mal. Imagino que en ese expediente que ha dejado sobre la mesa dice que fui profesor de Literatura durante muchos años. No quiero aburrirle, seguro que más adelante me exigirán detalles más concretos para contrastar mi declaración. Los aportaré con gusto. El caso, señor Fernández, es que cuando por fin pude contemplar su cuerpo desnudo, no me cupo duda, ella era la elegida.»
«Señor mío, no se imagina usted lo sencillo que resulta fabricar cianuro hoy en día. No soy un sádico, no me mire así. Se lo di a beber cuando aún estaba inconsciente. No sufrió, su muerte fue inmediata. Lo más difícil fue separarme de ella; jamás he llorado tanto como cuando dejé que la corriente arrastrara su cuerpo. Era necesario. Si ella era la prueba, su belleza no sería mancillada por la inclemencia de las aguas. Si un milímetro de su piel acabara rasgado, todo habría sido en vano, Dios no estaría ahí por tanto. Sin embargo leo en su expresión lo que quería saber, usted también ha llorado al verla, fascinado por su virginal hermosura a pesar de la muerte. Sí, los muertos nos enseñan a los vivos la verdad.»
Apenas terminó de hablar, el hombre trató de ingerir el contenido de una botellita que en algún momento había ocultado en su puño. Alberto se lo impidió de un manotazo, sin tener muy claro si había sido buena idea. ¡Dios bendito! Aquel loco había matado a la pobre chiquilla para demostrar una teoría demencial. Mientras lo esposaba le oyó musitar el Padre Nuestro. Se quedó allí un rato, apoyado en la puerta, observando la figura del hombre, ahora encorvada, con los ojos desorbitados, sin ver nada más que lo que fuese que flotase dentro de su cabeza. Con todo, una punzada de inquietud le perforaba el pecho, una duda horrible que prefería no permitir que germinase del todo le martilleaba las sienes. Cerró los ojos y abandonó la sala. La Naturaleza no hace nada en vano, quizá fuese así, pero ellos no eran más que hombres, ellos se equivocaban. Nadie tenía derecho a hacer lo que aquel loco, ni aunque Dios existiera, sobre todo si era así. Errare humanum est, sí recordaba ese latinajo. Y su continuación: sed perseverare diabolicum. Pero perseverar es diabólico. Era el momento de llamar a su jefe y que se encargara del resto. Él prefería volver a su cuarto en la pensión y acabar con la botella de vodka.