No hay nada después

El cielo y la mar se confundían en las tinieblas. Un hombre escrutaba el crespón vaporoso del horizonte sentado sobre la hierba al borde de un acantilado. Las ráfagas de aire agitaban la bufanda que enroscaba al cuello y sus extremos danzaban como flecos de las sombras. A lo lejos, las luminarias de la refinería de “Petronor” salpicaban tenuamente la negrura. A su espalda se perfilaba desvaído el molino de viento de Haizerrota. Bruma… Por todas partes bruma… Qué bien definía esta atmósfera su vida. Quizá por esa razón le agradaba tanto aquel paraje abrupto y desolado en consonancia con su carácter huraño y su espíritu atribulado. Se tenía por un desgraciado renglón torcido de la naturaleza. Y rehuía a la gente. Ya en la infancia se refugiaba en los rincones más recónditos. Estaba traumatizado por su físico. Nació marcado. Una rubéola a mitad del embarazo materno le dejo de herencia el Síndrome de Guillan―Barré, causándole una parálisis facial. Su afectividad se escondió para siempre tras un embozo de carne inerte. Únicamente en el seno parental halló cariño. Pero fue efímero. Sus padres murieron en un accidente aéreo un mes antes de su ingreso en la Facultad de Medicina y su hermana se malogró en la pubertad. Para entonces había ingerido a garrafones el vinagre de la soledad. No llegó a degustar el amor, lo más similar podría ser una experiencia de juventud que se abortó con el más espantoso de los ridículos. Tenía nombre propio: Lucía, una compinche de su hermana Susana. Desde que levantaba cuatro palmos la veía un día sí y otro también ir y venir en su compañía. De buenas a primeras, sintió la urgencia de saludarla a diario, de tenerla cerca, de oír su voz y oler su fragancia a vainilla y mora. Ignoraba cómo larvarse en su corazón, y se mantuvo a la expectativa, guardando las debidas distancias y adoptando un aire de chico que venía de vuelta de todo. La estrategia funcionó mal. Lo comprobó el día de San Valentín cuando le leyó un soneto que había compuesto en conmemoración de la festividad de los enamorados. Vertió a las estrofas todo el caudal de emociones que lo embargaba. Sus versos calaron hondo en ella. Lo advirtió en su semblante transfigurado. Cupido había hecho su trabajo, pero erró la diana. Su flecha impactó en otro, como quedó patente el sábado que las pavitas trajeron a casa a dos gandules del barrio. Un látigo le sacudió las entrañas. Se revelaron como unos tipos con gracejo y chispa sobresalientes. Lucía jaleaba embobada las palabras del más molón. No podía consentirlo, y pasó a la ofensiva tildando de cuchufletas sus chistes y de charlatanería sus comentarios. Quiso deslumbrarlos haciendo alarde de su erudición. Pero Lucía interrumpió la perorata soltándole a bocajarro un torpedo bilioso. Le preguntó con descarnada perfidia si le iban los tíos o las tías. Zozobró. Y otra vez, una de tantas en su inventario de descalabros, a enmudecer, a rumiar las carcajadas a su costa, a huír de manera bochornosa y a morder tierra. Susana selló el agravio: “Eres un “papapa”: un panoli, un pazguato y un pardillo”. No esperaba algo así de la mocosa. ¿A qué tanta ponzoña? El hachazo le abrió una honda herida imposible de restañar. Un “papapa”: un payaso, un patán y un papanatas… Qué despiadada síntesis de una adolescencia frustrada. Sí, en la paleta de sus recuerdos predominaban los pigmentos funestos: burlas de los compañeros, muestras de pena de los mayores, desprecios de las chicas, abusos de toda índole y varapalos gratuitos por doquier. Nunca más mantuvo pulso amoroso alguno con una fémina. Las abominaba. Las consideraba un mal necesario para la reproducción de la especie. Por lo demás, las calificaba como pura basura. En la baharrina incluía también a su hermana, desde que le fisgó en su dietario y supo de sus perversiones eróticas. Se le quedaron grabadas un sinfín de escenas expuestas en aquellos textos infames. Contaba que se aficionó al sexo una tarde que sorprendió al padre de Lucía masturbándose... Estaban resolviendo problemas de matemáticas, cuando oyeron unos extraños ruidos procedentes del salón. En la pantalla del televisor unos amantes desnudos se besaban entrelazando sus lenguas, se manoseaban todo el cuerpo, el hombre le lamía las tetas y le mordisqueaba los pezones a la mujer, y esta, con aspecto de loca, gritaba y jugueteaba con las uñas en su cabello. El padre de Lucía tenía un miembro grande y tieso como el actor de la tele cogido con la mano derecha y jadeaba de placer. La estampa le maravilló. Al de pocas semanas hacía esas cosas y mas con el novio de turno. Y luego con todo cristo. ¡Qué putón de saldo! Como la mayoría… No cabía duda: las hembras eran unas asquerosas viciosas, alimañas con vulvas sedientas de semen. Cómo no iba a acabar formando parte de una bazofia de sátiros y ninfómanas. Maldita golfa… Tuvo noticia de la existencia del putiferio gracias a una paciente, Teresa Donovan, que le aseguró ser la alcahueta de una manada de lúbricas manejada por un viejo conocido suyo, la peor sabandija que jamás pariera ser viviente alguno. La infeliz estaba enamorada de aquel miserable y se obcecó en rescatarlo para ella solita. Él se ofreció para ayudarle a desarbolar el contubernio. y la incauta le facilitó la nómina de las integrantes de la recua. Allí figuraba el nombre de Susana Maturana. ¡Qué ignominia! Sus desvelos por reconducir la frenética carrera de cama en cama de su promiscua hermanita no obtuvieron ningún fruto. Y este fracaso constituía su más íntimo tormento. No concebía su atolondramiento. ¿Cuándo renegó de la dignidad del apellido del padre? ¿Cuándo olvidó las enseñanzas de su piadosa madre? Si cualquiera de los dos hubiera resucitado, se habría arrepentido de hacerlo ante el panorama de aquella farandulera. Y no sería porque había crecido abandonada a su albedrío. No. A los catorce años la ingresaron en el prestigioso internado para señoritas del Colegio de la Veracruz de las Madres Mercedarias de Markina. ¿Qué calvario! La de ocasiones que tuvo que apechugar ante la directora por sus innumerables faltas, infracciones y escapadas del centro. ¿Insatisfacción? ¿Indisciplina? ¿Rebeldía? Para nada… No cabían las medias tintas. Se trataba llanamente de sinvergonzonería y degeneración. Y fue el principio de un periplo de escándalos sin parangón que continuó durante su estancia en Berlín mientras cursaba Arte Dramático. Mejor hacer tabla rasa de las barbaridades que perpetró. Cuando le insinuó su intención de irse a estudiar al extranjero, le pareció una excentricidad de niñata novelera, pero se alegró de la quijotada. Era la forma más discreta de quitársela de la vista y de desprenderla de las sinhuesos de las comadres. Por qué no la retendría… La lunática se echó a perder definitivamente. Lo ratificó las primeras navidades que volvió a Bilbao hecha un adefesio. Alucinó. El buzo en imitación a cuero claveteado con estrellitas de chapa en la pechera, adornado con varias cadenillas metálicas y rematado con un fajín en cromo y unos botines plateados a juego, junto a su maquillaje pistacho y el pelo rapado a cepillo teñido en color turquesa a tono con la montura de unas gafas romboides de adorno, traspasaban la línea roja de la estética y de la decencia. ¿Vanguardia? ¿Cosmopolitismo? Qué va… Parafernalia de monigote. En ella todo adquiría visos teatrales. La gesticulación, las poses, los movimientos y su apariencia de alienígena evidenciaban más bien un desvarío en ciernes. No decía más que sandeces. Tuvo que escuchar hasta la saciedad el estribillo que repetía como un mantra: “¡Ay pobre gazmoño!,/ el dulce retoño/ es dueño del moño/ y juez de su coño”. Patética donde las hubiera… ¿Adónde iba la aprendiz de diablesa? Evocó sus ademanes de diva y la expresión hierática de su rostro artificialmente cetrino. El retrato le repugnó. El desapego de la chalada era manifiesto. No lo negaba, llegado el momento, se desentendió por completo del angelito, no por dejación de sus responsabilidades, sino por propia salud mental. Inevitablemente, las habladurías se propalaron insidiosas en el cotarro de la “jet” capitalina. ¿Qué pasaba con la joyita de los Maturana? ¿En qué burbuja se evadía del mundo? Los chismes, las suposiciones y los recelos se dispararon. Por mucho que fueran burdas conjeturas o meras calumnias, estaba inhabilitado para acallarlas. Susana había sido arrastrada por una torrentera de dislates que recreaba en una ridícula pantomima. Alcanzó el cenit del esperpento cuando a su regreso de Alemania se estableció en Arrigorriaga, en un caserío propiedad de los abuelos. La prensa local se hizo eco en varias oportunidades de los sonados aquelarres que protagonizó con sus afines. La maledicencia se convirtió en una letanía machacona y fatal. Y no lo soportó más. Intentó ponerse en contacto con ella. Patinazo… Lo mandó a desvestir vírgenes. Pero su arrogancia duró lo que el saldo de la cuenta bancaria, y la loba devino en corderillo cuando se hundió en la ruina. Le pidió auxilio. Coincidió en el tiempo con la adquisición de la lista de barraganas que le proporcionó Teresa Donovan. Por fin podía atarla en corto. Ni drogas, ni fornicio, ni jolgorios, la recluyó en su ático de la Gran Vía. A ver si, de una vez por todas, dejaba de ser el hazmerreir de los Maturana. El primer hito sería invertir su imagen social presentándola como la víctima de una logia sitalíptica. La coaccionó a confesar en entrevista televisiva haber sido captada por una secta con fines de explotación sexual en la que estaban implicados peces gordos de la provincia. La primicia cayó como un misil en los círculos carcas de la villa. Ese mismo día yuguló en su domicilio a Teresa Donovan, la cobertera del clan. Su ejecución se antojaba fundamental para apantallar a su hermana y teñir de misterio el asunto. Nadie más debía estar al corriente de lospormenores de la mecánica de la red de libidinosos y erotómanas. No le resultó sencillo capear las embestidas de los allegados y el acoso de los medios de comunicación. Unos, espoleados por el morbo, y otros, ávidos de carnaza mediática, lo hostigaron hasta el hartazgo. Reclamaban a Susana, sabedores de que se había atrincherado en su vivienda. A todos les vomitó bilis. Pero la situación se complicó cuando se las tuvo que arreglar con la policía. Fue horrible. Entre un sinfín de digresiones, lo interrogaron acerca de sus lazos con Teresa Donovan. ¿Cómo lo habían relacionado con ella? Alguien había cantado. Ysolo podía ser el primate del lupanar, la babaza de Germán Aperribai. ¿Quién si no? Ninguna otra persona disponía de información sobre el particular. Al menos eso afirmaba Susana. Le relató que las orgías tenían lugar en un chalé de La Salve y que se llevaban a término a cara cubierta. La norma impuesta era “hermetismo y anonimato”. O sea, la mojiganga consistía en una mascarada de guarros y cochinas en un folla que folla a tutiplén y no mires con quien. La cerda reina y el puerco rey habían tejido una red de compartimentos estancos que nada más ellos podían desentrañar. Un plan casi perfecto, si no fuera porque los traicionó la soberbia. Con qué impudicia se exhibían en público… ¿Por qué no mantuvieron en secreto su vínculo y se prodigaron en toda suerte de saraos? Que fácil se lo pusieron a los detectives. Hasta el más zopenco investigaría al palo suelto de la parejita de moda. Seguro que lo acorralaron y largó lo habido y por haber. ¿Estaría al tanto de las visitas al psiquiatra de su amiguita? Probablemente sí…La cuestión era que dos inspectores lo abordaron en la consulta y lo atosigaron de lo lindo. Los despachó con mucha flema, firme en su papel de señorón sin tacha. Pero no tragaron el cebo, y lo incordiaron sin cuartel. Sobre todo, a raíz de la aparición del cadáver de Germán Aperribai en una casona de Iralabarri. Como a todo gorrino, le había llegado su San Martín. Él fue el matarife. Hacerlo desaparecer del mapa era una deuda que contrajo consigo mismo allá por su paso por los “Padres Escolapios”. Se hizo perentoria cuando descubrió que su hermana lo engañó y se había citado con el cocho mayor. Valiente perra… Que él tuviera interés en verla entraba dentro de sus previsiones. Querría reprenderla por haber denunciado las prácticas de la mancebía. Pero ella… ¿Cómo se atrevió? Si se lo prohibió de manera expresa. Fue el detonante del fin de una campaña de desquite iniciada unos meses atrás. Empezó a zanjar sus cuentas con el pasado matando al pederasta que se ensañó con él en los vestuarios del colegio en los descansos de las actividades de ocio. Le siguió la ramera que engatusó a Susana y la condujo al precipicio. Luego le tocó al hijo de puta que lo llevó durante décadas por la calle de la amargura. Y finalmente, a Su hermanísima. Los cuatro degollados. Por distintos motivos, unos y otras le infligieron un gran sufrimiento: el santurrón de Don Simón, monitor de extraescolares, le obligó a realizar mil y una marranadas cuando aún cursaba la “EGB”, que con la edad aprendió que se llamaban “estupro”, “felación” y “sodomía”; Teresa Donovan, la paranoide que requirió sus servicios angustiada por la deriva del macroburdel que gestionaba, cometió la torpeza de participarle los pormenores de la trama y destapar la caja de Pandora; Germán Aperribai, un camorrista de los “Escolapios”, el reptil de los reptiles, aprovechó su liderazgo para mortificarlo con todo tipo de vilezas y, casualidades del destino, ejercía de macho cabrío supremo en el redil donde su hermana se denigraba como una oveja lujuriosa; y Susana, la ilusa descarriada, forjó la deshonra de la familia y la extinción de la estirpe. Hacía pocas horas que la había abandonado chorreando sangre en la finca de Arrigorriaga. Ya estaba todo finiquitado. Misión cumplida… Escribió con un dedo la palabra “venganza” en la niebla. Lástima que no pudiera reír. Se incorporó y oteó el confín. Oscuridad… ¿No habríaa nada después del abismo? Vaciló. En el lapso vislumbró el pálpito de la libertad. Era la respuesta. Y ahora sí… Introdujo los índices en la boca, estiró los labios hacia las orejas a modo de sonrisa macabra y se arrojó al vacío.