Una nueva aventura del intrépido investigador Alberto Fernández
Una piscina en forma de barriga de cetáceo, como si fueran tirantes de corsés, le confirmó que esta vez sí había acertado aceptando el marrón. Ayudaba a esa sensación, las paredes acristaladas empañadas que confirmaban el frio exterior y un mullido albornoz de un blanco inmaculado y con una “M” árabe bordada en su bolsillo con babuchas a juego e igual de cómodas que llevaba puestos y que acababa de decidir que birlaría una vez acabado el bolo.
Se sentó en una silla de bambú y al pie de una mesa del mismo material y repleta de un suculento desayuno que quiso repasar mentalmente: “zumo de mango y menta, pomelo marinado, sopa de sandía y melón con sésamo, tostadas de pan de maíz con arbequina y tomate, huevos revueltos con trufa y café, una cafetera repleta de café bien caliente”. Sonrió satisfecho al acabar su cálculo mental. Llenó la primera taza y apartó en la silla contigua el informe que llevaba un rato leyendo.
—Ya veo que ha comenzado su trabajo. Conviene no demorar mucho su resolución, ¿lo comprende verdad?-. Un junco rasurado, engominado y perfumado había recogido el informe antes de que éste tocara la silla.
—Hola… No le había visto llegar, es usted muy sigiloso…Bueno supongo que ese es un talento imprescindible para un Jefe de Seguridad de un gran hotel ¿no?-. Aprovechó el desconcierto inicial del ejecutivo para acabar con el zumo y abordar el melón y el pomelo.
—Supongo que sí…pero no estoy aquí para hablar de mi sino de su plan de trabajo. ¿Ya se ha leído el informe del inspector de San Blas? ¿Alguna pista?-. Segunda taza de café.
—Bajo esa denominación solo recuerdo cordones, caramelos y rosquillas…Si se refiere al informe policial, sí comencé a leerlo antes de desayunar-.Se habían terminado los huevos-. Debo confesarle que me parece tremendamente aburrido y muy poco preciso, no merece la pena perder el tiempo con eso…
—Pero es capital que conozca todas las pesquisas policiacas. Como se descubrió el robo en la habitación, el empleado que se entregó y confesó…-. Fin del desayuno y tercera taza de café.
—Es mucho más detallada la información que aportó en el Hola-. Y le arrojó el colorín que llevaba en el bolsillo izquierdo del albornoz.
—Pero estas no son maneras de llevar una investigación seria, Señor Fernández. No me obligue a que le recuerde la cuantiosa cantidad de dinero negro que le vamos a abonar por su trabajo y con una prima importante si acaba satisfactoriamente y otra si lo hace en menos de 48 horas-. Acabó en un tono de voz algo más que elevado y atrajo la atención de los tres bañistas que estaban debajo del chorro de terapia.
—Ya. Bueno confíe en mi señor…
—Alvarado
—Eso,…confié en mí ya que no lo hace en la policía judicial. Supongo que si me llamaron con carácter de urgencia, me enviaron billetes de avión y me están alojando en una suite de lujo de este pedazo de hotel es porque alguien les ha dicho que soy de fiar, así que no se derrumbe tan fácilmente y déjeme hacer señor…
—Alvarado
—Eso.
El trajeado Jefe de Seguridad no reaccionaba y ojeaba nerviosamente la revista. Alberto Fernández se levantó, chasqueó la lengua, se desembarazó del albornoz y dirigió su mirada hacia la escalerilla de la pileta.
—Señor Álvarez necesito que me consiga una lista completa de los asistentes a la gala de los Goya que pudieron tener acceso a la habitación donde ocurrió el robo. Ah y en cuanto acabe mi baño quiero ver la habitación, que supongo que no se habrá tocado como le pedí por teléfono.
—Ssssiii…nadie la ha tocado. ¿A qué hora l..?
—A eso de las doce, pasaré por recepción-, le interrumpió. Y se zambulló en el agua azulverdosa.
---
El veteado mármol de Carrara del suelo del vestíbulo del Auditorium Marriott era fácil de pisar, incluso invitaba a resbalar y es lo que hizo Alberto Fernández para aproximarse a Alvarado que le esperaba desde hace algunos minutos con un cartapacio en las manos. El detective no contaba con la humedad de sus babuchas, calculó mal y se pasó de frenada. Con reflejos impropios de su edad y catadura se aferró al ejecutivo provocando una indeseada escena de amor.
—Disculpe Señor Álvarez, pero mis zapatillas están aún mojadas y si no fuera por usted me mato-, se explicó Fernández según componía su vestuario y figura y se separaba del cuello del guaperas.
—Alvarado, señor Fernández, me llamo Alvarado. Y déjeme que le advierta que no se puede circular por las zonas comunes del hotel en albornoz y babuchas. Está estr…
—Disculpe pero se me ha echado el tiempo encima-, volvió a interrumpirle.- Páseme por favor la lista de invitados y vayamos al lugar del delito-. Alvarado recompuso un gesto de ira contenida y le paso el cartapacio.
—Sígame señor Fernández, vamos a la habitación.
La estancia seguía tan desordenada como el día de autos. La luz de la avanzada mañana, de un blanco tamizado, encendía los caobas del mobiliario y los remates dorados de una cama inmensa desecha y sucia.
—Menuda leonera, Álvarez-, dijo Alberto abanicándose las narices y construyendo un mohín de asco deliberadamente exagerado.
—Sí, señor Fernández, comprenderá que no hemos tenido tiempo de limpiar nada y además usted nos exigió que no se tocara nada-, se justificó el ejecutivo.
—Ya pero un mínimo, digo yo. Que estamos en un hotel de lujo, Álvarez.
—¿Quiere hacer el favor de comenzar su…lo que sea que vaya a hacer?-, protestó Alvarado aguantándose la más que evidente irritación.
Alberto descubrió la cama de un tirón inmisericorde dejando a la vista la bajera y arrojando el edredón atigrado a los pies del Director de Seguridad del hotel. Empezó a hurgar entre los entresijos del colchón y las sabanas con esfuerzo, el tamaño megalítico del colchón no facilitaba la inspección. Ya llevaba una buena pieza con ello y Alvarado, atento en exceso, explotó.
—¿Se puede saber que está usted haciendo señor Fernández? – exclamó con un tono alejado de la cordialidad. El detective se giró y le miró socarrón.
—Pues ya ve Álvarez, buscando pruebas incriminatorias, que para eso me pagan, ¿no?
—¡¿En la cama!?- Empezaba a perder la paciencia.
—Mire usted, yo no sé cuál será su experiencia pero en lo que a mí respecta cuando veo una cama desecha y más en un hotel siempre pienso en lo mismo, asuntos de la ingle, amigo Álvarez. El fornicio que todo lo puede.
—Pero no diga usted disparates ¿Qué va a encontrar usted ahí? Seamos serios, señor Fernández, se trata de un robo, no de un amancebamiento-, gritaba fuera de sí. Alvarado había perdido el oremus.
Pero Fernández seguía con su tarea sin importarle los improperios de su guardaespaldas y cuando Alvarado se disponía a sacar su móvil inteligente para llamar a su jefe, Alberto extrajo de la esquina de la cama algo con chorreras. El ejecutivo sorprendido sustituyó el móvil por sus gafas de cerca y se acercó para observarlo en detalle
—¿Qué es esto?-, preguntó aturdido.
—Pues está claro, son unas bragas rotas, en concreto unas bragas negras, con encaje y toda la pesca. Yo diría, sin ser experto,- dijo sujetándolas con el pulgar y el índice y mirándolas a toda su mismidad-, que son unas bragas caras pertenecientes a alguna de las invitadas a la gala que llevaba puestas y que alguien, probablemente algún hombre también invitado y complaciente, destrozó enajenado por un deseo sexual brutal , esto es, fruto de un calentón.-, explicó el detective.
—Pero, ¿Cómo sabe todo eso? ¡Es imposible!-. Alvarado había perdido el control y la gomina y su pelo fue el primero en sufrirlo en forma de pequeña cresta gallinácea que indefectiblemente descubría su incipiente tonsura.
—Señor Álvarez, cálmese que todo tiene explicación. Es bien fácil.
—Pues ya me dirá usted,- imploró Alvarado presa de la desesperación, a cada momento más despeinado.
—Vamos a ver. Robaron unas joyas que se depositaron en esta habitación y que no se utilizaron para la gala, ¿no?
—Sssssi
—Las joyas las había robado un empelado eléctrico que una vez hecho público el caso las devolvió aduciendo que las cogió de recuerdo porque pensó que eran bisutería promocional, ¿es así?
—Si, así es-. Alvarado comenzaba a peinarse con ambas manos.
—Pero resulta que falta una, un pendiente de amatista que va y resulta ser la más cara del grupo. La policía ha presionado al pobre electricista, ha inspeccionado su casa y ha investigado sus movimientos y según consta en el informe policial están seguros de que no tiene el pendiente. Hasta ahí bien ¿no?
—Si
—No se ha querido dar publicidad a esta última circunstancia para no dejar en evidencia a la seguridad del hotel, o sea, usted. La policía ha accedido y les han concedido unos días en los que se mantendrá la discreción. ¿No?
—Exacto.
—Pues está claro que el electricista afanó las joyas después de que alguien hubiera hecho lo propio con el pendiente, alguien con un conocimiento de joyería importante. Además encontramos unas bragas fogosamente arrancadas en los repliegues de la cama. ¿Qué le sugiere todo esto, señor Álvarez?
—Pues si le soy sincero, no mucho señor Fernández. ¿Sería tan amable de aclarármelo?-, rogó lacrimoso el ejecutivo.
—Pues está claro. Alguna de las invitadas vestida probablemente de negro y con alcurnia en esto de la farándula, sino no sabría tanto de joyas, se vino hasta esta instancia acompañada por algún otro farandulero, galán de esos que no desaprovechan oportunidad, con intención de intercambiar fluidos. El galán, acaso ya veterano y por ello con una frecuencia menor que en sus buenos tiempos, se pasó de frenada en su ardor e hizo pedazos las bragas de la partener. Luego el movimiento del himeneo empujó los restos de la prenda a este rincón extraño de la cama. Seguramente la dama con prisa no tuvo tiempo de encontrarlas tras el polvo y salió sin ellas.
—Y ¿los pendientes?-, interrumpió un absorto Alvarado.
—En el cortejo previó, el galán vio las joyas se las ofreció a la bella como arras de la copulación. Ésta, experta en la materia, echó ojo a los pendientes, se los probó, decidió cambiar su propiedad y mientras el fogoso la desnudaba, los escabulló en su bolsito de fiesta. Y Voila.
—¿Usted cree?-, balbuceó el Director de Seguridad.
—Tal cual.
—Y ¿ahora?
—Niquelado. Estudiamos la lista. Elegimos candidatos y preguntamos. Pero por si no responden correctamente vamos despachándonos con algo más sutil.
—¿Lo qué?-, arruinó su colegio privado el ejecutivo.
—Por lo que se hay grabaciones de los asistentes del principio y final de la gala, ¿no?
—Si, las tenemos en las cámaras de seguridad.
—Pues nada, analizamos que invitada no llevaba bragas después. Y por si acaso, cotejamos que las llevara antes, nunca se sabe las costumbre se este tipo de ganado.
—Pero, eso no se puede saber con solo mirar las imágenes.
—Estoy seguro que la policía nos puede facilitar la tecnología que nos permita atisbar ese tipo de detalles. Pregúnteles por favor y verá.
---
La sala de lectura del hotel Auditorium Marriott presentaba la misma tendencia al lujo moderno que el resto de las instalaciones. Mobiliario minimalista pero en materiales nobles, luz indirecta natural en las zonas de ventanales y de puntos lumínicos en las zonas más sombrías invitaban a pasar el día leyendo en un edificio que proponía alternativas para todo lo contrario. Alvarado, con un trote gimnástico, se atrevió a romper el estudiado silencio de la sala. Abordó a un Alberto Fernández que leía con fruición un relato fantasmagórico de Henry James.
—Hombre señor Álvarez, parece usted un fantasma…por lo sigiloso digo-, contestó el detective ante el carraspeo reiterado del ejecutivo.
—Tenemos la video conferencia con Ítaca Cara en media hora en el salón de audio visuales, señor Fernández.
—Muy bien. ¿Ha avisado al comisario de San Blas?-. Todo sin levantar la vista de las páginas del librito.
—Le llamé pero ha declinado la invitación. Dice que todo esto es cosa nuestra y que la investigación le parece como mínimo irregular-, se justificó Alvarado.
—Peor para él, ya le dije que su informe me pareció aburridísimo.
—Señor Fernández, ¿dirigirá usted el inte…la entrevista o prefiere que lo hagamos nosotros?-, preguntó algo azorado el Director de Seguridad del hotel.
—No sé a quién se refiere con ese nosotros pero me temo lo peor así que sí, lo haré yo, descuide. Además no creo que ustedes supieran…no sé yo si estos dos niños van a ser rana al final…-, Fernández seguía enfrascado en su lectura.
—¿Cómo dice, señor Fernández? ¿A qué niños se refiere? ¿Tienen algo que ver con la investigación?-, ametralló Alvarado.
—Nada, nada, olvídelo Álvarez y vayamos hacia la sala esa. ¿Hay algo de beber allí?-, contestó Alberto guardándose el libro en el bolsillo trasero.
—Mandaré que lleven agua y café.
—Mejor cervezas y algunos montaditos…hmmmm…anchoa y tomate, berenjena y pepino, bonito y cebolla pochada, sobrasada y pimiento verde y uno de esos que he visto en la carta de pollo y curry…ah y también algo dulce una pantxineta, tocinillo y trufas. Así será suficiente-. Alvarado tomaba nota deprisa en la aplicación de su móvil inteligente.
Una vez acabado el trámite el ejecutivo salió de la sala bajo la atenta mirada del único lector de la misma y le seguía con aspecto risueño Alberto Fernández pensando en sus cosas.
---
Una pantalla gigante y al otro lado el rostro inexpresivo pero indudablemente bello de una famosa actriz pintada de rojo y negro.
—Hola señora Cara, creo que esta usted en Los Angeles, ¿es así?-, inició la conversación Fernández en tono neutro.
—Si, así es-. La respuesta denotaba una pizca de irritación.
—A este lado del océano estamos el señor Álvarez del Hotel Marriott y Alberto Fernández que es quien le habla y me dedico a resolver asuntos turbios como el que nos ocupa.
—Alvarado, señora Cara, me llamo Alvarado-, alcanzó a corregir en un hito de voz.
—¿Sabe por qué estamos manteniendo esta, digamos, entrevista, señora Cara?-, preguntó el detective.
—Si, bueno he recibido un correo electrónico del hotel algo confuso respecto a los incidentes de la gala de los Goya…y creo que será por eso ¿no? Les advierto que tengo una reunión importante en menos de una hora a la que no puedo faltar-, contestó autoritaria la actriz.
—Si le parece y para que todos hablemos el mismo idioma, paso a resumirle el estado de la cuestión y a partir de ahí le pediría que tuviera la bondad de contestarme algunas preguntas.
—De acuerdo, señor Fernández-. Bajó el diapasón Ítaca Cara.
—Bien. En la noche de la gala de los Goyas de este año a la que usted asistió con vestido negro despareció un pendiente de amatista muy valioso de la habitación que el hotel dispuso como guardarropía para los invitados vips. Tras algunas pesquisas que por su aburrido carácter técnico le vamos ahorrar, se nos ha revelado que hizo uso usted de la estancia para prácticas algo tórridas con un acompañante que desconocemos, que durante las mismas extravió parte de una prenda íntima inferior del mismo color que su vestido-. Ante los gestos más que ostensivos de la actriz para interrumpir al detective, este le hizo un gesto animándola a que espere al final del discurso-. Sigo entonces, teniendo en cuenta todo este contexto pensamos que acaso pueda usted darnos alguna pista de donde está el citado pendiente.
—Esto es un insulto, me están llamando ramera a la cara y por si esto fuera poco también ladrona, voy a llamar a mi bogado y…-. Ítaca desbordaba indignación amaestrada y fue inmediatamente interrumpida.
—No se sulfure, señora Cara, no se sulfure que estoy seguro que nos vamos a entender y que no va a hacer falta llamar a abogados, policías o periodistas. El asunto de las bragas está claro porque las tenemos en nuestro poder y no creo que sea muy difícil probar que son suyas. Lo digo porque hemos confirmado una circunstancia curiosa que usted llevaba la citada prenda antes de la gala y al salir ya no se encontraba entre su vestuario. No, no me interrumpa aun, por favor-. Más gestos de la actriz desatendidos-. Además la prenda en cuestión presentaba un grado de deterioro sospechoso, diría yo. Tampoco creo que nos fuera muy difícil encontrar a su acompañante y no quisiéramos tener que hacer acusaciones escabrosas-. Alberto se calló bruscamente y espero con paciencia la respuesta de la señora Cara que se demoró algunos segundos tras un semblante pétreo.
—Y ¿qué quiere de mí?-, preguntó la famosa con un atisbo de turbación en la voz.
—Muy sencillo, señora Cara que nos diga lo que sepa del pendiente de amatista.
---
En la mañana fría de febrero Carabanchel presentaba el aspecto habitual, ruido de tráfico desordenado, gentes de todas partes del mundo hormigueando por las calles, tiendas de colores exhibiendo impúdicamente sus mercancías abigarradas, bares tuneados compartiendo esquinas y chaflanes con otros de antiguo sabor. Entre estos la cervecería Gonmar ostentaba el discutido honor de ofrecer la mejor oreja a la plancha del país. En una esquina oscura Alberto Fernández estaba estimando esa distinción junto a una jarra enorme de cerveza bien espumada, sentado a una mesa bajita cerca de la grasienta barra del añejo local virgen aun de reguetones y té moruno.
—Señor Fernández, por fin, me ha costado una barbaridad localizar este…-, dudó unos segundos mientras rodeó la sala de una sola mirada,- establecimiento. Me parece un poco extraño que me haya citado aquí, tan lejos del hotel.
—Bienvenido a Carabanchel, señor Álvarez, siéntese y prueba esta maravilla del gorrino que aquí bordan-, ofreció Alberto, señalando una mediada ración de oreja a la plancha que presidia la mesita.
—No gracias, señor Fernández, no me encuentro con apetito para comer eso, gracias de todos modos-, respondió con una lejana mueca de asco.
—Pues usted se lo pierde, están imperiales. Pídase una birra y siéntese, ande.
—Me conformo con una Vichy, gracias.
Alvarado se sentó a la vera del detective con una botella de agua en la mano tras comprobar que en el local no sabían ni pretendían saber que podría ser una Vichy.
—¿Qué se cuenta Álvarez? ¿Todo solucionado?-, preguntó Alberto dando cuenta del ultimo bocado de oreja al mismo tiempo que levantaba la mano con el clásico ademan de dedos giratorios que solicita una rápida reposición del suministro.
—Sí, todo está claro ya, gracias a su actuación-, esta última palabra en un tono dos octavas menor que el resto-. La señora Cara ha reconocido su despiste a la hora de introducir el pendiente de amatista en su bolso. Alega que es muy distraída y que sus muchas obligaciones le impiden recabar en los detalles.
—Menuda cara tiene la Cara-, interrumpió el relato Fernández.
—Supongo que será sincera cuando habla de sus múltiples ocupaciones y yo sé por experiencia que cuando eso ocurre uno olv..
—Anda no sea ingenuo Álvarez, no me joda y siga con la historia-, volvió a interrumpirle mientras aproximaba la nueva ración de la barra a la mesa y observaba como Alvarado la examinaba con la misma aprensión que la primera.
—No hay mucho más. La señora Cara nos va a hacer llegar el pendiente en pocos días, de hecho ya me ha enviado copia del recibo del servicio de mensajería que así lo prueba. Que nos pide que destruyamos los restos de su prenda femenina y nos ruega discreción y que aquí tengo el sobre con sus honorarios incluyendo la prima.
—Las dos primas-, precisó el detective.
—Sí, las dos, no se preocupe que está todo y sino cuéntelo-, contestó el ejecutivo mientras sacaba un grueso sobre del bolsillo de la americana y seguidamente se lo alargaba a Fernández. Éste lo cogió, lo sopeso y se lo guardó en el bolsillo de su gabán mientras apuraba el último trago de su cerveza.
Alvarado lanzó una última mirada a su alrededor, se levantó apretando ruidosamente la banqueta en la que estaba sentado lo que convocó la atención de la parroquia, bastante numerosa esa hora del día.
—Por cierto señor Fernández tenía usted razón.
—¿Si? Dígame por favor en qué más señor Álvarez y no se vaya tan pronto que si no le gusta la oreja podemos pedir unas bravas que aquí son imperiales.
—No, no se moleste. Decía que tenía razón en lo del acompañante de la señora Cara, efectivamente se trataba de un galán trasnochado, Jose Coronilla. Ella misma nos lo hizo saber para que “influyéramos” en él y así evitar filtraciones.
—Os va a costar un dinero eso que pide la famosilla esa. Pero no entiendo cómo siendo ella quien es no elije mejor sus citas-. Comentario que coincidió con la llegada de la segunda jarra de cerveza.
—No, no nos va a costar nada, descuide, ella misma nos va a facilitar los medios en forma de influencia laboral. Eso sí quiere que seamos nosotros los mensajeros de tan dulce noticia. Siento no poder ser más explícito. Y respondiendo a su segunda pregunta parece ser que la señora Cara recreaba fantasías sexuales con el señor Coronilla cuando adolescente y parece ser asimismo que necesitaba resarcirse,- aclaró Alvarado casi desde la puerta del local.
—¡Qué cosas!
La mañana seguía fría y el bar despedía un agradable olor a fritanga.