
El constitucionalismo inglés, u otra teoría social cualquiera, es por lo tanto inaplicable a la generalidad de los pueblos; conviniendo sólo, por ventura, al pueblo donde apareció y donde, por lo tanto, es en cierto modo natural. No obstante, lo que falta saber es si en el propio pueblo inglés el constitucionalismo inglés da buen resultado. Si no lo diera, las dos tesis se derrumban, puesto que lo que es malo donde es natural -aunque viable por ser natural- será dos veces malo donde sea artificial, pues ahí ni siquiera viable será. Esto nos lleva, pues, al examen de la segunda creencia de la superstición constitucional: la de que el constitucionalismo inglés realmente representa la proyección política de la opinión pública.
Esa creencia la va a desmentir por nosotros, y mejor de lo que nosotros lo haríamos, un inglés moderno, hombre culto y experimentado, político por herencia y por vocación. Así dice Lord Hugh Cecil, hijo del Marqués de Salisbury, en las páginas 235 y siguientes de su libro titulado Conservadurismo:
[...]
Estas palabras tienen ya quince años, sin embargo valen hoy como entonces; nada, salvo el crecimiento del Partido Laborista, existe de nuevo en la situación que ellas describen, y ese crecimiento no pesa sino en cambiar por "tres" la palabra "dos" al final del texto. Y estas palabras son, no sólo las del político experto, por herencia y vocación, como describimos a su autor, sino las de un hombre que es, él mismo, político de partido. Es uno de los casos en que, contra la norma jurídica, la confesión del reo tiene validez.
El reo, sin embargo, no confesó todo. Una polémica reciente y episódica, entre jefes liberales ingleses, trajo a la atención pública uno de los puntos de la vida partidaria en que ordinariamente no se reparaba. Es el de que los fondos del partido son secretos, secretos los nombres de los individuos que frecuentemente contribuyen con grandes sumas a las arcas del partido. Esto complica el asunto y la Guardia Pretoriana. Quien contribuye con grandes sumas al cofre partidario raras veces lo hará por convicción teórica. Lo hará, generalmente, con otras miras. Y, puesto que dio, buscará que se haga aquello por lo que dio. El partido, o su Guardia Pretoriana, hará, puesto que recibió, por merecer lo que recibió. Así, en esta noche moral, pueden sutilmente esbozarse, y sutilmente infiltrarse en la sustancia política, orientaciones enteramente antinacionales; pues, como a este propósito se observó, no sabiendo nadie quiénes son los principales financiadores de los partidos, nadie tiene la certeza de que no estén vinculados a elementos extranjeros, que impongan secretamente su política. No se alegue que este estado de cosas nada tiene que ver con el constitucionalismo propiamente dicho. El constitucionalismo comprende y propicia la existencia de partidos; estos partidos se hacen los unos a los otros una guerra política; y la guerra política, como toda guerra, se asienta en dos bases: dinero y secreto.
Interregno (1928) Fernando Pessoa