El Entierro
Han transcurrido un par de semanas desde aquel atardecer en que pasé junto a la iglesia de un pueblecito cercano a la costa. Caía una fina lluvia que apenas rompía el silencio inmutable del caserío. Me detuve junto al cementerio y tuve ganas de entrar, pues allí tiene mi familia un panteón, pero de pronto las prolongadas y graves campanadas de la torre me hicieron volver la vista atrás. Por la cuesta bajaba un hombre portando una cruz grande, precedido de un coche fúnebre, tras él un grupo de hombres y tras los hombres las mujeres. Las campanas repicaron mezclándose su sonido con el del ruidoso riachuelo. El tráfico de vehículos se interrumpió hasta el momento en que el cortejo entró en el cementerio.
Crucé la carretera distraídamente, y me puse a mirar hacia la vega que se abre al frente. Me produjo una pasmosa sensación de quietud y soledad observar los dilatados prados de un verde grisáceo, que terminaban en un pinar envuelto en una esponjosa neblina. De allí llegaba el penetrante canto del misterioso kuku. Recordé que cuando era niño me dijo mi padre al oír al cuco, se triplicaría el dinero que pudiera tener en el bolsillo.
Al poco llegaron hasta mí el rumor de las conversaciones de la gente que salía del cementerio, y el lacerante ruido de los automóviles. Cada cual volvía a lo suyo: Presenciar la muerte de alguien a quien se conoce muy bien es una tremenda experiencia, porque es como ser testigo de la propia muerte (Gerald Brenan).
Imaginaba que la vida de aquel hombre habría transcurrido con pasmosa lentitud en medio de aquel aquietado pero renovado paisaje. Y con estas bagatelas andaba ocupada mi mente, cuando me encontré con un conocido que debía volver apresurado a la ciudad. Apenas nos dio tiempo a cruzarnos unas frases amables, y de enterarme de que el fallecido era un viejo marino. Imaginé su apacible retiro a pocos kilómetros del mar, descansando de los ajetreos y peligros, almacenando innúmeras imágenes de lejanos países se convertirían en relatos asombrosos para los que apenas habían rebasado los límites de la aldea.
Pienso que no era tan terrible morir en aquel silencioso lugar;donde aún las gentes se conocen y les unen diversos vínculos, que posibilitan unas relaciones más fluidas e íntimas, aunque no exentas tampoco de asperezas. En ese animado paisaje creo que se siente con más nitidez la pequeñez del hombre y su efímera existencia. Pero se contrapuntea con una vida más amable y complaciente y menos ridículamente vanidosa. Quizás allí un hombre reflexivo profesaría aquello de que la mejor vida me parece que es aquella que piensa con honestidad y siente profundamente las cosas humanas y que, además, contempla el mundo de la belleza y las verdades abstractas (Bertrand Russell).
Soplaba un aire fresco y las nubes de un gris oscuro y amenazador corrían hacia los bosques del fondo del valle envuelto en niebla. Aquella vaga luz desdibujaba el paisaje hasta convertirlo en una dilatada mancha grisácea salpicada de unas temblorosas pinceladas blanquecinas, que insinuaban la presencia de unos lejanos caseríos. Y fue entonces cuando recordé aquello que escribiera Dickens: Rincones solitarios y silvestres; pero la gente puede nacer, y casarse, y recibir sepultura en tales lugares, y puede vivir y amar, y ser amada, allí como en cualquier parte...