Al Día Siguiente
Ha pasado el temporal y todo vuelve a serenarse. Los riachuelos llevan agua turbia y fangosa que corre impetuosa camino del mar. El cielo es de un gris brillante y monótono, que se desvanece en un titubeante veladura contra oscuros montes. Apenas hace frío y corre viento del norte. De vez en cuando se oye el rasgueo del canto de los gorriones, que se entremezcla con el ladrido de los perros. La tarde avanza con rapidez y una débil luz de desparrama sobre la mesa en que escribo. Estoy un poco distraído y me pregunto por qué han perdido los pueblos su memoria. No hay más que recorrer las calles y plazas para darse cuenta. Por qué se afean, en sucesivas reformas, los viejos edificios hasta hacerles perder todo su carácter, cuando no se destruyen. Qué queda de aquellas casas de marino y de indiano con su jardín enverjado y sus flamantes palmeras. ¿Es qué acaso no formaban parte del patrimonio cultural acrisolado por un pueblo a lo largo del tiempo? Está bien que en cada época se trate de amoldar la arquitectura a los gustos imperantes, pero no por ello haya que sacrificar otras arquitecturas ya consolidadas, y más pensando en las soluciones que caben para hacerlas compatibles.
Y qué decir del mobiliario y de los objetos que guardaban en sus casas, que en muchos casos se han vuelto objetos museísticos o de anticuario para sorpresa de algunos. Ayer mismo vi en un catálogo de un librero de viejo un diario de navegación, que para cuando quise hacerme con él estaba vendido. ¡Cuántos como éste han sido devorados por el fuego o por las ratas! ¿Qué es lo que ha ocurrido para no haber valorado y conservado a tiempo todo aquel rico patrimonio? Quizá nuestros antepasados - no tan lejanos - debieran habernos encargado su conservación mediante una cláusula testamentaria, aunque no creo que entonces se atisbara el triste final que iban a tener.

Resulta estremecedor arrancar un objeto del medio del que formaba parte, y recorrerlo con la vista y el tacto - conscientes de que la vida ha desaparecido de él. Es el caso de un viejo diario de navegación. Desgraciadamente se ha desvanecido la viva emoción que bulliría en quien transcribía a él su tensa relación con el mar. A pesar de todo es impresionante acercarse a una de aquellas singladuras:
Anocheció cielo y horizonte cerrados y el viento a más; a las 8 h. aferramos todo el menudeo y el viento cada vez a más; a las 10 h. una racha fuerte nos rompió la verga velacho bajo el centro; el viento cada vez más fuerte y mucha mar del mismo que le hace trabajar al buque con los golpes de mares que caen sobre cubierta y costados; sin más novedad pasamos la noche.
Parecidos a éste eran los vivos y colorísticos relatos e historias que contaban los viejos marinos retirados del mar. Siendo niño me fascinaba escuchar con reverencioso silencio a mi abuelo materno ya muy anciano, cuando contaba sus viajes por lejanos mares y grandes ríos, y las relaciones y tratos que establecía con los lugareños. Aún hoy conservo las confusas y desdibujadas imágenes de aquellos hermosos relatos que corrían por mi cabeza. Desearía vehementemente que también las tuvieran los niños de hoy, en vez de las amenazadoras y feas imágenes de monstruitos espaciales generadas por ordenador, y de consumo generalizado en todo el orbe.
Volviendo al viejo diario del buque Constancia, el verano pasado hice un viaje por Gales y Escocia, y de camino a Carneevon pasé rápidamente por la oscura e industriosa ciudad de Liverpool. Me acordé que hace más de un siglo partía de allí rumbo a La Habana el buque llamado Constancia capitaneado por un paisano mío. Y no tuve tiempo de localizar el antiguo 9 de Strand Stree en que estaba el establecimiento de Jorge D. Urquhart, donde mi paisano Cándido de Aurrecoechea compró el diario que nos ocupa. Cuántas millas recorrió desde entonces el diario, y cuánto tiempo ha transcurrido desde que fue condenado a deshacerse en un oscuro rincón del desván, hasta casi borrarse el testimonio de la vida en el mar de un hombre obligado a poner en juego sus conocimientos y su instinto para sobrevivir en un mundo aún no bien conocido.
Pocos son los datos que nos han llegado, a quienes hoy somos jóvenes, de aquellos viejos marinos. Y cuán difícil, si no imposible, su evocación, cuando un día cualquiera del invierno como el de hoy nos acercamos al mar, y escuchamos el incesante rumor de las verdosas olas, mientras el salitre que trae el viento se nos impregna en la cara. En este mar cambiante e incierto trazaban delebles derrotas hacia lejanas y desconocidas tierras aquellos hombres injustamente olvidados. Y el capitán de la Constancia daría término a uno de sus largos y accidentados viajes anotando en el diario de abordo que, amaneció a la vista del morro de La Habana y de varios buques; a las 21 h. 20 m. vino el práctico y vapor remolcador; a las 22 h. 20 m. fondeamos ene esta bahía sin ninguna novedad. Era un jueves quince de febrero de 1875. Aquí también es invierno y jueves día quince de febrero, y las mimosas que crecen junto a la playa comienzan a adornarse con llamativas flores amarillas.