Feroces

Feroces maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:25

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Es un día del medio invierno, bondadoso de sol.
Carlitos, que tiene su coche propio, sus ideas propias y sus placeres personales, se aconseja: "Limpiecito para correr", en cuanto se libera del tránsito suburbano de San Rafael.
Carlitos lleva. su plan: a las seis de la tarde estará. en Mendoza, a las siete cumplirá con gusto el ritual del noviazgo oficial y a medianoche ... "¡la vida!", se regocija. Mañana a las doce se hallará de nuevo en San Rafael, sentado a la mesa familiar, con pesadumbre en los párpados, tal vez, pero también con un gozo secreto impregnado en todo el cuerpo.
Don Pedro hace el trayecto de Mendoza. a San Rafael con pausas recuperativas: a las once tomó la comida en Tunuyán; más adelante se detuvo en Campo Los Andes a beber un té digestivo bien caliente con la familia de un oficial amigo. Ahora se cubre las piernas con una manta. El sol dora el aire, pero don Pedro debe prevenirse de dos fríos: el natural de julio, que se cuela en el automóvil como en una cueva húmeda, y el propio de su edad, que se le suele recostar en los huesos.
Don Pedro compara el color de la atmósfera con el de sus vinos blancos de reserva y la mirada, trasladada un tanto a la comba azul, subyugada por este color, se entrega como a la meditación del vasto cielo.
Don Pedro queda pensando en el cielo. Se le ocurre que este momento es como un anticipo que se le ha concedido.
El automóvil rueda, sin urgencia, sin excesiva prisa, mantenido en una velocidad de crucero.
Entonces revienta un neumático delantero y el auto, como aturdido por el estallido, enloquece. Vibra, brinca y se retuerce. Otro coche, a unos metros, en dirección contraria, acude como al asalto.

Pero el coche de don Pedro, desbocado, supera. las energías del volante, domina al conductor, gira y corta el camino. El vehículo de Carlitos, desatado en la carrera, no se puede detener, desacata el freno e hinca profundamente sus fauces calientes en el automóvil accidentado.
El chofer de don Pedro ha muerto en el asiento. Don Pedro no lo sabe Él ha caído en el piso del coche, con algo muy desgarrado, que no quiere mirar, porque siente las brasas de la carne en sangre.
Llama: "¡José! ¡José!", pero advierte que el auto puede incendiarse y no espera. Repta con impulsos de la pierna que todavía le responde y apoyándose en el codo izquierdo, pero lo mismo se hace crueldad
en el costado abierto y purpúreo. Consigue apartarse y arrojarse al suelo de la carretera. Cree haber llegado muy lejos y estar ya fuera del peligro de la explosión y de las llamas. Ahora puede gritar.
Grita, grita, llamando a José, nombrando sus brutales dolores y también la muerte, como recurso para conmover tamo silencio tendido en el largo camino sin tránsito de ninguna especie. Porque don Pedro oye sus gritos, sus gritos nada más y se aterra. Está en la pampa, a muchos kilómetros de donde viven las gentes, y está solo, despiadadamente solo, porque José su servidor no le responde y tampoco aparece quien sea que los embistió.
Sin embargo ... una sombra lenta se expande sobre sus ojos. Alza la mirada, con un súbito recelo, como si temiera un atraco o un golpe de gracia.
Ante él está Carlitos, el abrigo abierto, doblado el cuerpo sobre un brazo que le contiene el vientre.
No habla, mira no más, con curiosidad y un poco de espanto, como si considerara su obra, algo que hizo sin querer hacerlo y le salió monstruoso.
Don Pedro, de verlo tan callado y tan quieto, le pierde la desconfianza. Le ruega, aunque con vehemencia:
"¡Ayúdeme! ¡Sálveme! llame a alguien. Busque a un médico".
Carlitos sonríe extrañamente, entresacando la sonrisa de su propio estupor.
Don Pedro se asusta de verle esa cara, pero aparta el temor porque necesita su socorro. No hay más nadie a quien recurrir. Le implora, le ofrece dinero para seducirlo, cualquier cosa de valor que desee, con tal que consiga o le preste auxilio.
Carlitos sonríe, ahora con bondad, compadecido de la ingenuidad del caído, y le dice, apenás:
  -Yo también, viejito ...¿No ve? ...
E intenta. un ademán para mostrar lo que tapa con el brazo cruzado, pero esa acción, o la conciencia de su estado, de súbito le afloja las energías. Parece que se desploma, que caerá encima de don Pedro. Entonces a Carlitos le viene el miedo, un miedo toral y espasmódico.
Cuando llega otro automóvil, un coche cualquiera, con gente de viaje, a don Pedro sólo le quedan sus propias convulsiones y un cacho de vida.
Se han apeado eres hombres. Dos se ocupan de los tumbados en la carretera y el tercero revuelve las entrañas de los coches entreverados. Muy pronto comunica en voz alta a sus compañeros:
  -Aquí hay otro, muerto también.
Esto escucha don Pedro. La voz lo despierta y le revela sobre su cabeza dos rostros preocupados e indecisos.
  -¿Qué podemos hacer por usted?
La pregunta suena tan inútil a los tres ...
Don Pedro parece acatar lo que esa pregunta significa. Suavemente, responde:
  - Nada ... Ya nada. ¿Qué podrían? ...
Pero de súbito se rebela. Concita todas sus fuerzas para un impulso final. Pretende tomar de las solapas al hombre que está inclinado sobre él. Sólo le obedece una mano y apenas alcanza el borde de una solapa. Pero ruge:
  -¡Se me acaba la vida! ¡Se me acaba!
El atrapado padece el terror de ese puño anormalmente fuerte que lo retiene tan cerca del rostro pálido y furioso. No busca lidiarlo ni excitarlo, mas no acierta a darle un consuelo:
  -No importa. Tendrá otra vida, de eterno sosiego.
Don Pedro niega con un alarido:
  -¡No! ¡Ésta es !a vida!
El esfuerzo le hace chorrear sangre de la nariz.

El hombre. de la solapa siente encimarse esa sangre a las palabras con que el herido está rasguñando su piedad y su fe. Siente que le nace una náusea y que puede descomponerse sobre el hombre mayor.
Don Pedro sigue gritando:
  -¡No hay cielo! ¡No hay cielo!
Es el momento en que la voz. se le extingue, epílogo que no alcanza a conmover al otro, que se sacude arrancarse de la mano y le escupe: "¡Blasfemo! ¡Maldito!,.
Los otros dos viajeros se dicen así mismos que ya está, pero ninguno de ellos, todavía, alentará un gesto ni una voz..
En sus mentes, subordinadas a la disciplina del respeto ante los muertos, habrá un largo momento lechoso.
Al surgir de esa nada, uno mirará hacia el campo, adonde está el otro con vómito, y el que aún ha de guardar la actitud recogida reactivará su mente con la memoria de cada párrafo del diálogo feroz, y se dirá con energía: "Esas cuestiones para mí no existen. Todo lo que aquí se ha dicho, ni se ha dicho ni se ha oído".
El coche de viajeros que iba. de paso por el campo de jarillas, vuelve hacia el norte, a llevar aviso y movilizar gente.
Al cuidado de todo lo destruido, cuerpos y máquinas, queda uno de ellos.
Permanece de pie; entre todo eso tan cruel que ha estado ante sus ojos un cuarto de hora. Necesita depurar sus imágenes. Recoge la mirada del árido suelo circundante y se da con la plenitud de la tarde. El sol, aunque ya más débil, todavía tibio, se entrega pródigamente a la tierra. El espacio es inagotable y está diáfanamente cargado de serenidad.