Una etapa en el infierno

Una etapa en el infierno maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:19

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El avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina era versátil: podía llevar tropas, camillas, ayuda humanitaria pero en la primavera de 1976 les sirvió a los militares para trasladar a presos políticos. El 27 de septiembre de ese año, una de esas aeronaves partió desde El Plumerillo, el aeropuerto de la ciudad de Mendoza, y se dirigió hacia el este, a la provincia de Buenos Aires. Sus ocupantes, que habían sido detenidos durante los primeros meses del golpe militar, tuvieron un viaje a tono con lo que vivían por esos días: un viaje en el que sufrieron golpes y humillaciones. Allí estaba Di Benedetto. También llevaban al político y abogado Ángel Bustelo, que más tarde narraría en un libro todo lo sucedido y se referiría al escritor como Suetonio Da Bene. El silenciero cautivo, se llamaría su historia.

El avión hizo varios viajes a La Plata. En total, trasladó a unas 110 personas, 80 hombres y 30 mujeres, que serían alojadas en la Unidad N.º 9 del Servicio Penitenciario Bonaerense. Junto a figuras de la política mendocina, Di Benedetto fue identificado con una cinta azul. A los marcados, les reservaban los golpes más fuertes. Entre los presos estaba Alberto Muñoz que, tal vez, había sobrevivido porque aquel había publicado su foto en una tapa de El Andino, en esa época que, de pronto, parecía tan lejana.

Diez años después, el escritor recordó su llegada a La Plata y el inicio de una nueva temporada en el infierno. Se lo relató al periodista Jorge Urien Berri:

Al descender, no sé en qué lugar, porque no había ningún signo de identificación visible para nosotros, nos soltaron en conjunto, en multitud, a través de un patio no muy cuidado, pero tampoco muy polvoriento. Y allí, como era el estilo de esta gente tan humanitaria (Di Benedetto subrayaba ese «tan»), los subordinados militares nos hicieron atravesar una cierta extensión, yo lo llamaría un patio. Un patio muy terroso o arisco, con piedras, y a los que nos retrasábamos porque éramos más perezosos o lerdos mentalmente para avanzar, por lo menos con relación a sus órdenes imperiosas, nos daban golpes, golpes ya sin discriminación, en partes del cuerpo. Y a mí, en particular, [...] me dieron un golpe en la cabeza que es para mí una preocupación muy continua porque desde entonces tengo la impresión de que me afectó, en gran parte, mis capacidades mentales

En la Unidad N.º 9, la situación para Di Benedetto empeoró. En Mendoza, sus carceleros sabían quién era y a algunos les inspiraba cierto respeto. Todo cambió para él al arribar a la capital bonaerense. Los castigos se volvieron más fuertes y los caprichos de los guardias no hacían distinciones. Los detenidos llevaban un uniforme azul, que a veces les quedaba chico, a veces les quedaba grande, todo dependía de quién lo hubiera usado antes2. Un uniforme de lana azul. De lana para invierno. De lana para verano. Uniforme único que no se lavaba. Un depositario de sangre, lágrimas y sudores.

Los primeros días fueron de ablande. Lo ubicaron junto a Ángel Bustelo en los pabellones 9 y 10, destinados a quienes tenían una militancia de izquierda, pero no pertenecían a ninguna agrupación guerrillera. Fernando Rulé recuerda las primeras golpizas que sufrió Di Benedetto: «Le rompieron sus anteojos y lo visitaban una o dos veces por día. El viejo contaba, con más pena y asombro que rabia, que uno de los tres carceleros se subía a la cama y, desde allí, le pateaba el pecho con sus borceguíes casi más pesados que la endeble humanidad del gran maestro de la literatura latinoamericana».

Sobre la destrucción de sus anteojos, él le explicó a Silanes, años después, «Lo peor era andar sin anteojos, tocando la mugre, la propia y la del lugar, la humedad... Anduve descalzo mucho tiempo. Imagínese eso para un obsesivo de la higiene y la tranquilidad, como yo. Para colmo, lo peor en la cárcel son los ruidos. Antes de la cárcel -y aún hoy-, yo no me atrevía a salir a la calle sin corbata. ¡Imagínese, entonces, lo que fue para mí! Eso ellos lo sabían. Alguien les tiene que haber dado esos detalles».

El periodista y escritor Raúl Argemí también estuvo detenido en aquella prisión platense y compartió charlas con Di Benedetto, de la mano de Daniel Alcoba, también periodista y escritor. Por entonces, el trío se paseaba por el patio, en medio de diálogos sobre literatura. Algunos compañeros bromeaban con la idea: Alcoba era como el padre de Argemí y Di Benedetto, su abuelo.

Argemí coincide con Rulé. Había una especial saña con Di Benedetto: «Haber sido director de un diario y escritor lo convertía en "ideólogo", motivo suficiente para despertar las iras de los carceleros más bestias. Eso, estar expuesto a que el más ignorante le diera una paliza o lo castigara porque se le daba la gana, lo tenía muy mal. No podía entenderlo, y su ánimo subía y bajaba entre la casi normalidad y unas depresiones del carajo».

En las entrevistas que dio hasta poco antes de su muerte, él se refirió a los golpes y a los simulacros de fusilamiento que sufrió. Decía que no había declarado para la CONADEP solo porque no se lo habían pedido. En 1986, en su diálogo con Urien Berri, contó detalladamente uno de esos procedimientos.

Una mañana, una madrugada, nos llamaron. Hubo que levantarse precipitadamente del lecho, digamos del catre. Un catre miserable. Levantarse precipitadamente y vestirse. Yo no sabía lo que iba a suceder. Después me pregunté -cuando supe lo de después- por qué, para qué vestirse, para qué la exigencia de vestirse, si te van a matar desnudo o vestido. Y las órdenes inmediatas fueron vestirse y salir. «Rapidito, rapidito», como si uno fuera a la muerte ¡Qué ironía! Realmente íbamos a la muerte. A poco que hubieran subrayado el propósito, nos habríamos dado cuenta. Rapidito, rapidito hubo que salir por los pasillos. Atropellándonos el uno con el otro. Atropellándonos a tal punto que nos hacíamos mal; es decir, sin saber qué estaba por suceder. Por lo menos, yo no lo sabía. Quizás había otros que ya habían pasado por la experiencia y estaban al tanto. Quizás ésos podrían haberme resultado identificables a primera vista porque sí noté que, en el atropello final por los corredores, había algunos que lo tomaban con una resignación que podía ser altamente cristiana, pero también que podía tener el que ya había pasado por la experiencia y conocía cuál era el juego: que al final no lo mataban. Pero yo no sabía cómo funcionaba (Di Benedetto sonreía). El epílogo no lo contaron en ningún momento. (Daban) golpes en la cabeza, en los hombros [...]. O bien un golpe punzante, simplemente con una especie de bastón, cuando se lo hunden a uno en el pecho, ligeramente del costado izquierdo o en el centro del pecho (Di Benedetto se tocaba el pecho). Después alguien me dijo que ahí es donde está el corazón y uno siente realmente como que algo se dañó, un fuego interior. Pero la potencia de ese bastón es tan fuerte que todo el derrumbamiento se produce por ese toque, toque violento, pero sin necesidad de que uno estalle. [...] En cierto momento, nos pusieron en un patio grande. Nos hicieron agrupar a medida que salíamos de los pasillos o corredores. Y dieron la orden de desvestirse ahí inmediatamente. Desvestirse era desnudarse completamente y dar frente a otro grupo humano, supuestamente humano, que se agolpó hacia el fondo, con una especie de vergüenza (Di Benedetto remarcaba la palabra «vergüenza»), seguramente vergüenza por lo que estaban por hacer. Esa vergüenza no se manifestaba para nada, salvo en esa actitud cohibida. Y mientras estábamos ya amontonados en un sector, vimos que los otros se preparaban: golpeaban el arma, o le daban la posición de arma larga -todos tenían armas largas- y entre nosotros corrió la voz, no sé si de algunos de los que ya habían pasado por la experiencia o de los propios carceleros, que se gozaban en la contemplación de nuestro miedo, mal o desesperación. Corrió la voz de que nos iban a fusilar. La reacción mía, para evocarla, tengo que respirar hondo. No es que estoy reviviendo el momento. Estoy viviendo el recuerdo de aquel momento. No estoy recordando el momento en el que me dijeron: «Te vamos a fusilar», sino en el que me sentí ante la inminencia de que ahí se acababa todo. [...] Al mismo tiempo que corrió la voz de que iba a haber fusilamiento, al mismo tiempo corrió otra voz que decía: «No, éstos tiran pero sin balas». Pero en realidad no dispararon. Ni siquiera sin balas. En cierto momento, les ordenaron retirarse. Y se fueron mansamente.

En pleno preparativo del fusilamiento, ante «la inminencia de que ahí se acababa todo», tuvo un instante para pensar: «Pensé en todo lo que me faltaba. [...] Creo que la única preocupación que me asaltó la mente fue ésta: ¿si me daban en la cara, yo iba a quedar desfigurado? Vanidoso de mi rostro, pensé que sí. [...] Fue un aleteo fugaz [...] Cuando se armaban y tomaban la posición, pensé: «¿Cómo me va a quedar el rostro?».

Di Benedetto pasaba sus días solo, sometido, al decir de Bustelo, a los «gerundios imperativos» de los carceleros: andando, caminando, saliendo. También fue Bustelo quien hizo referencia a un episodio que, en cierta forma, parece una burla, una reiteración absurda de su vida. Desde su celda de «dos por tres», a la izquierda de un pasillo, el escritor vio cómo se colgaba y moría ahorcado uno de los presos. La visión de ese cuerpo con los pies hamacándose de un lado a otro lo perturbó y cayó enfermo.

Para entonces, su matrimonio estaba terminado. Cuando lo detuvieron, Luz Bono había ido a su escritorio, había abierto el cajón que él tenía bajo llave, y se había encontrado con una caja inesperada: allí guardaba las cartas de sus amantes, palabras de amor y devoción que volvían evidente lo que antes era sospecha: su infidelidad. Fue en ese momento en el que su matrimonio, que nunca había sido demasiado feliz, llegó a su fin. Bono y su hija siguieron en Mendoza. Trataron de salir adelante. El diario Los Andes nunca las ayudó. Sobre esa actitud del diario, Luci cuenta: «Pagaron su sueldo un tiempo que no puedo recordar, tal vez muy, muy corto. Luego lo abandonaron completamente. En mi familia se decía que el diario "se había lavado las manos" de todo el asunto y que nunca dio la cara por él». Los otros periodistas detenidos quedaron en la misma situación. El diario nunca los reincorporó.

Varios días pasaron sin visitas para el escritor, hasta que llegó la pintora y escultora Adelma Petroni. Ella viajaba desde Mendoza y, a partir de ese momento, comenzó una peregrinación con llamadas para pedir su libertad. En todo ese tiempo, solo una vez había sabido que afuera lo recordaban. En radio Colonia, de Uruguay, un día, una voz, la de Ariel Delgado, habló acerca de los tormentos de un escritor injustamente encarcelado en Argentina.

De a poco, comenzaron a difundirse las cartas de escritores de distintos países que reclamaban su libertad. El diario Buenos Aires Herald seguía de cerca la situación del mendocino. Petroni, incansable, visitaba Redacciones, a personalidades de la cultura, en procura de adhesiones. Juan José Saer y su esposa, Laurence Guéguen, visitaron a Ernesto Sabato para pedirle que bregara por la libertad de Di Benedetto. Para entonces, Sabato ya había presentado su caso en el famoso almuerzo con Videla del que también participaron Borges, Castellani y Ratti.

En octubre del 76, Di Benedetto escribió una circular para sus conocidos. Pedía libros que respetaran las indicaciones de los militares: ni pornográficos, ni políticos, ni con dedicatoria. Había más instrucciones:

No puedo conservarlos. Una vez leídos, debo darlos a leer a otros o donarlos a la biblioteca. Pueden ser libros usados, que hayan pasado por muchas manos y librerías de viejo, especialmente novelas, incluso las clásicas de ediciones baratas de otros tiempos, como por ejemplo las de Tor. Para mayor economía: franqueo simple, con la palabra IMPRESOS en el papel de envoltura. Aquí hay muchísimo tiempo vacío y prácticamente nada de material de lectura...

Y en la misma circular, volvía sobre su inocencia y sobre su perplejidad ante esa realidad que le tocaba vivir: pedía que tuvieran confianza en él y en su juramento de que de nada podía reconocerse imputable.

Que confiaran en él, pedía. Porque nunca hubo acusaciones formales y los rumores aludían a versiones que para él y quienes lo conocían eran disparatadas: versiones que lo señalaban como un emisario del ERP o de Montoneros. Esto era algo conjeturado a partir de los reiterados viajes que había realizado por el mundo: «En los interrogatorios querían conectarme con no sé qué gente de izquierda, nombres para mí prácticamente desconocidos -le contó a Silanes-. Me querían sacar declaraciones falsas, bajo presión. [...] Con los Montoneros fue la cosa más obsesiva. Sólo me acerqué a la izquierda cuando era joven. Fui socialista».

Sin embargo, en cierto punto, Di Benedetto reconocía que su lugar como subdirector de un diario tan importante como Los Andes lo volvía un actor político y que su accionar a cargo de este y El Andino podía haber sido la verdadera causa de su detención:

En el diario, siempre me negué a ocultar información; por eso creo que mi detención tuvo que ver con mi labor de periodista. Estoy convencido de ello, porque no le encuentro otro fundamento.

A mediados de 1976, se había dado a conocer la carta enviada por el premio Nobel de Literatura Heinrich Boll a Videla. Boll se mostraba preocupado por los desbordes de poder: «Excesos cuya dolorosa realidad se instaló en nuestro pueblo alemán, en una época en la que la palabra justicia se trocó en mentira», decía la carta.

En mayo de 1977, una nota en el diario La Prensa anunciaba: «El 11 de noviembre de 1976 el Ministerio del Interior informó que la comisión investigadora del Poder Ejecutivo había analizado el caso de Di Benedetto, sin hallar pruebas de lo que se le acusaba "considerando que pronto estaría en libertad"». Se informaba también que el 23 de noviembre de ese año, Di Benedetto había solicitado permiso para salir del país y que el 10 de marzo de 1977 le notificaron que le habían denegado el permiso para irse. Hasta el Instituto Internacional de Prensa se hacía eco de ese pedido.

Él trataba de entender. Pero no podía. Y hablaba de sí en tercera persona. Y sufría. Como nadie -al menos así sonaba su pena-. O como pocos. «¡Antonio, elegido por la fatalidad y arrollado por el absurdo! (al que tanto asediaba, no sin amargura y velado recelo, en mis ejercicios literarios)», decía, en cartas a su hermana Carmen.

En los meses de encierro platense, Di Benedetto logró escribir. Pese a que sus carceleros mantenían una vigilancia extrema para interceptar todos los papeles que salieran de prisión (las peligrosas palabras siempre asustaron a los tiranos y sus subalternos), el escritor encontró la manera de traspasar los barrotes. No fue fácil: en principio, destruían todo el material que él intentaba entregar. Hechas añicos se fueron algunas de sus palabras, hasta que encontró la manera de hacerlas circular.

Adelma Petroni se transformó en su mensajera, en la encargada de perpetuar las historias que en la cabeza de Di Benedetto empezaban a crecer en medio del infierno cotidiano. Absurdos, el libro de cuentos que luego publicaría en Barcelona la editorial Pomaire, fue gestado en la cárcel y filtrado a través de cartas que el mendocino escribía a su amiga. La capacidad para escribir le vino luego de meses de bloqueo, expresado por la imposibilidad de dormir y pensar con claridad. En una entrevista de 1991, Petroni reconoció que él llegó a pedirle cápsulas de veneno. Quería poner fin a sus pesadillas. Finalmente, la inspiración se hizo su espacio y las historias crecieron. «Después empezó a escribir y le rompían todo, entonces encontró un ardid: me mandaba cartas donde me decía: "Anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo" y transcribía el texto del cuento con letra microscópica (había que leerla con lupa)» contó Petroni.

La escultora también contribuyó para que comenzara a preparar otro libro, que no se publicó. El texto lo fueron armando, a dúo, Di Benedetto y Rodolfo Braceli. «Adelma, con el fervor de su amor por Antonio, se aprendía de memoria lo que él y yo oralmente íbamos tramando -cuenta Braceli-. Llevaba y traía, así el libro empezaba a corporizarse. Dilucidar el título produjo una flor de discusión que sería el primer capítulo. Di Benedetto me propuso: "Peligroso ser periodista". Yo en cambio preferí: "Peligroso ser humano". Él me retrucó: "Peligroso ser". Yo le devolví: "Peligroso nacer"... Después de ser liberado tuvimos varios encuentros, en Buenos Aires y en Madrid -él ya exiliado- destinados a esa conversación que amasaba el texto. El libro está pendiente; en nuestra última conversación Di Benedetto me dijo "queda en sus manos". Era su despedida».

Cuando creía que pasaría una segunda primavera en cautiverio, la libertad le llegó en forma de comunicado. El 26 de agosto de 1977, el Poder Ejecutivo dejó sin efecto la detención mediante el decreto N.º 2543. El 3 de septiembre de 1977 los diarios informaban sobre el fin del arresto de Di Benedetto y de otros cuarenta y cuatro presos. Un sinnúmero de personas había intercedido para que esa liberación se concretara.

Petroni había tocado muchas puertas. En paralelo, desde Alemania, también había trabajado la Federación para la Defensa Latinoamericana, de la que Osvaldo Bayer era integrante. Esta Federación había pedido por la libertad de varias figuras de la cultura, entre las que se contaba Haroldo Conti. Di Benedetto fue el primer caso de un escritor liberado.

«Por cómo se manejaban, no creo que le dieran importancia a los pedidos de libertad. Es una opinión personal. Yo no me atribuyo el mérito, pero hice el esfuerzo», dice Amadeo Frúgoli, quien, luego de ser senador por Mendoza, entre 1973 y marzo de 1976, fue Ministro de Justicia durante la presidencia de facto del teniente general Roberto Viola, en 1981, y Ministro de Defensa del sucesor, el teniente general Leopoldo Galtieri, en 1982. Según relata, trató de indagar en qué situación se encontraba Di Benedetto. A los diez días del golpe militar, recibió un llamado de Presidencia de La Nación. El General Antonio Villarreal, secretario general de Presidencia, quería verlo para hacerle unas preguntas sobre la provincia de Mendoza. Frúgoli explica que, luego de dos horas, le preguntó a Villarreal por Di Benedetto y que este le respondió: «No me va a creer, pero ese tema lo maneja un grupo reducido de personas y jefes de zona».

Mucho tiempo después, otro llamado convocó a Frúgoli a Buenos Aires. Esta vez era a pedido del teniente general Viola, entonces Comandante en Jefe del Ejército, que lo citaba para hablar nuevamente sobre la provincia andina. Frúgoli asegura que volvió a preguntar por Di Benedetto y que Viola, luego de anotar el nombre del escritor, le dijo que averiguaría y lo mantendría al tanto.

Días después de ese encuentro, Frúgoli recibió un nuevo llamado telefónico. Un teniente coronel le hablaba de parte de Viola y le avisaba que Di Benedetto saldría en libertad en unos días. Eso es lo que dice Frúgoli.

Hay otra versión. Raúl Silanes, que entrevistó a Frúgoli en la década del ochenta, afirma: «En aquella conversación discutimos sobre el tema del golpe y si él sabía que iba a ocurrir. Incluso si había "fogueado" esas noticias como sector civil de apoyo. De todas maneras, si él tenía tanta confianza como para que personalmente Viola le respondiera el teléfono en esos años... está todo dicho... Hoy cualquiera puede decir "ayudé a sacar del país a Di Benedetto". Los que ayudaron fueron poquitos y la mayoría del exterior (Günther Grass y Heinrich Boll, fueron fundamentales), mientras que aquí algo hicieron (Rodolfo) Braceli y (Ricardo) Casnati». Casnati, el arquitecto que había diseñado la casa de Di Benedetto, y el periodista Braceli son señalados por Silanes como los únicos mendocinos que se animaron a firmar un pedido por la libertad del escritor.

Por ayuda de unos o de otros. Por capricho o desidia de los militares. Por un golpe de suerte. Por lo que sea. Durante el invierno de 1977, Antonio Di Benedetto recuperó su libertad.

 

Natalia Gelós