Entrevista (mayo 1976)

Entrevista (mayo 1976) maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:17

Tocando barbilla

 

- Desde hace muchos años vengo leyendo y releyendo Zama, sin duda, mi novela preferida en español, Pero muy recientemente cayó en mis manos el volumen de sus Cuentos claros y ha sido un deslumbramiento y mi gran sorpresa. Ahora no puedo despegarme de sus cuentos. ¿Qué pasa o qué me pasa, Antonio Di Benedetto?¿Cómo es su relación con la novela y el cuento?

- Bueno, yo tengo que escribir tal novela para la que he construido un meollo que me nació de adentro, porque es mi falla. Entonces lo que me falla le falla a la humanidad y yo tengo que corregirla de modo ideal escribiendo una novela. Ahí está la cosa: el salvador, el creador, el omnipotente,  a través de las palabras. Luego, un ser desdichado que tiene que luchar contra las palabras para encontrar siquiera un rasgo de perfeccionismo, aunque sea un adjetivo, un más allá... Y lo mejor uno no avanza en un montón de páginas. Estas miserias, sin embargo, van construyendo en uno la suposición de que va a escribir una novela donde aplicará toda su aptitud para hacer algo redondeado, perfecto y decisivo.
A veces se cree que eso va a ser decisivo para la humanidad, para la literatura, pero más a menudo se piensa que eso será decisivo para sacarlo a uno, aunque sea fugazmente, de su mediocridad. Para darle presencia, siquiera eso, ante la mirada de otro ser.

- ¿Un problema de afirmación tal vez?

No sé. Es una manera de ayudarse a existir o de convalidar la existencia. Justificar la duración. Es decir, lo hacemos sin  plazo... Cuando se supone que uno tiene imaginación, aptitud de construcción, uno se siente habilitado para el largo esfuerzo que representa escribir una novela, lo hace por ella. Y como es natural uno se convierte en el centro de la novela y se asigna un rol. Y si ese rol es secundario como el de Polanski en sus películas, consiste en funcionar un ratito. De todas maneras, el autor se saber centro y representación de un universo en el que está incluido. Me parece que un novelista - siempre asediado por la pregunta: ¿ese libro que usted escribe es autobiográfico?- está recibiendo sucesivas deposiciones de los desconocedores de qué es lo que entrega un autor, un creador a su narrativa. Si juzgo mi caso como una generalización, diría que es inconcebible que yo sea Zama y El silenciero y Caballo en el salitral, al mismo tiempo.Yo no soy todo eso. Sí podría decir: no he sido todo eso, no he vivido todo eso, pero son formas asumidas al escribir, de lo que hubiera sido, de lo que hubiera querido o necesitado ser. En todo caso, si eso aún no sucedió - y lo estoy concibiendo cuando me encuentro en la profunda soledad del escribir-, lo que estoy haciendo es configurar un pasado o un presente o un futuro donde yo tenga un acto de presencia o pueda hacer tal o cual cosa para asumir otra vida, ya que mi vida es tan mezquina como esta que tengo y nada más...¿Y cómo construirla si no es con la imaginación y la escritura? Otra alternativa:¿cómo de dejar de ser la vulgaridad que soy y que me reconozco? Mis suposiciones son válidas para edificarme cada día. Y esa edificación de cada día, si la escribo, con método y con concepción artística, de a poquito va formando el libro. Ese día me salvo para salir a la calle sin demasiada humillación de convivir con gente más brillante, más valiosa, más apuesta, mejor dotada. Entonce me animo a salir. Y me salvo un poquito teniendo en cuenta que en mi casa dejé escrita en alguna cuartilla algún residuo  de mi ambición de ser diferente ante los ojos de alguien, por lo común innominado, por lo común el ser que no me mira, por  lo común el ser imaginado que me tomará en cuenta alguna vez. Desde luego, el transcurso  del tiempo me va demostrando la inoperancia de estas suposiciones, la esterilidad de imaginar tanto. Pero se van formando esas pequeñas acumulaciones que al cabo de un tiempo se llaman novela. Y eso cuando la cosa empieza como una novela.
- Mi proyección de identificarme para vivir lo que no puedo vivir con todo el coraje de existir mil vidas, ni que mi cuerpo se anime a ser muchos cuerpos y mutiplicarse en mil aventuras, hace que yo trate de construirme de un modo total, integral, imponente, con ese cebo que me ha creado Zama: uno se impone fuertemente cuando escribe una novela mágica, larga, que aquerencia a un lector y lo fuerza a plegarse a un autor por la constancia de una cantidad de páginas. El cuento puede impactar al lector, pero hay otros cuentos y otros cuentos y otros cuentos que se sobreponen y apabullan al cuento inicial que lo impresionó. Una novela, cuanto más larga mejor, dicen. Se posesiona de un individuo y, según su capacidad de lectura, le toma meses, semanas o muchos días al menos, con muchas intensidades. De modo que ese individuo queda fecundado por la pertinacia de uno. Una pertinacia innoble que uno ejerce a través de la cantidad. Me creo salvado de eso porque trato de no ser jamás larguero, de usar un lenguaje sintético, de no subdesarrollar las situaciones y de conferirle al lector su rol. Él me tiene ayudar porque aunque este señor lector no tenga mi imaginación tiene otras imaginaciones. Y como una obra literaria se escribe con múltiples y anónimos destinatarios, todo el conjunto va a formar una obra que, de la mía, va a hacer una más imaginativa, más rica, más fantasiosa, más construida. Entretanto, estos devaneos sustentan la cronología de todos los días, tan repetida, a veces gustosa, a veces con el margen nocturno de la improvisación y la aventura que se puede resolver en episodios eminentemente románticos y solitarios. Estoy hablando de una vida no compartida, no porque sea una vida no compartida, no porque sea individualista, una vida que seguramente poseo, seguramente por nacer a destiempo, no digo adelantado sino con atraso.

- El pan es la valoración de sí mismo y hay que conquistarlo todos los días porque, por más reserva que uno tenga, en alguna medida tiene que ofrendar a los dioses del poder que son los dioses de la calle, que son los amos de la ciudad o del ambiente en que convive o los seres con más carácter. (Fíjese qué miseria: ¡los seres con más carácter!) Situándome yo en el otro bando, uno tiene que ingresar allí y pedirles permiso de vivir ese día. Mi imaginación, la satisfacción de que la noche anterior inventé algo que alguna vez va a ser un cuento tendrá validez y que a la mañana siguiente lo escribí. Ese cuento no existe todavía para nadie: existirá cuando sea impreso. Pero ¿cuando será  impreso? Y cuando sea impreso, ¿será aprobado? Y cuando sea aprobado ¿tendrá validez? ¿o qué amplitud tendrá  para la historia local y mezquina de lo que va muriendo y ya no se a  saber quién es el autor que lo escribió? Yo tengo que convalidarme cotidianamente a los que coexisten conmigo.

- Todo esto sería una serie de apuntes sobre la justificación de escribir una novela. Porque los hechos han demostrado que los editores piden novelas. Por un instinto que yo diría que es más importante que el producto meramente negociador que es el libro: el del hombre perfectamente identificado con el ser primitivo que dice que lo más convincente es un mazazo, un buen golpe en la nuca. Y la novela suele ser un tamaño y un peso y a quien agarra lo golpea en la cabeza definitivamente, si realmente lo convence. Aparte, hay un factor que dice que la larga duración termina por acostumbrar al lector - aunque se trate se trate de los seres más miserables en la compra de un libro - que quiere terminarlo porque lo compró, aunque le resulte largo y aburrido; pero  a lo mejor algún pasaje o al final lo convencen. La novela vuelve a ser lo decisivo. Digo esto en términos en que naturalmente hago una tremenda burla de mí mismo o de mis esperanzas porque si me sintiera capaz de escribir ahora la gran novela ni siquiera me sonreiría de ello.

- Perdón, pero no podía menos que decirle, un poco crudamente es cierto, mi opinión acerca de la literatura.

- Me parece bastante natural que usted, cuando se dirigió a mí, apostara al cuentista que había entrevisto de un modo favorable, así como yo vengo apostando al novelista que quiero ser y que ha cometido el traspié de editar sus novelas, los traductores el traspié de traducirlas, han creado un círculo de infierno para que yo me confunda y entregue mi alma de narrador a los infiernos de ese paraíso casi imposible que es la novela. Mi delectación, mi edén, podrían estar en un lugar que parece que me va a ser negado. Esta suposición dramática se debe a un cálculo estadístico que tiene que ver con mi edad.

- Pero, de todos modos, usted está reconocido como novelista más que como cuentista.

- Según de dónde sople el viento.

- Yo quedé asombrado cuando leí sus cuentos. Después llegué a la conclusión de que muy pocos lo habían leído. Para Buenos Aires Di Benedetto es Zama.

- Paso por alto algunas cosas que son de mi más honda y escondida sensibilidad. Yo me concibo como un tubo; como un aparato lleno de tubos, una cantidad de tubos, pero no metálicos. Cuando se piensa en tubos siempre se los equipara a caños. Pueden ser incluso los tubos de un órgano, algo duros. Es cuestión de saber hacerlo sonar. El problema es doble. Uno es: la gente a la cual me acerco, ¿tiene vocación musical para sacar de mí los mejores sonidos? El otro es: cuando yo me sueno, ¿soy  un buen sonador o tengo la tendencia a hacer sonar los registros más graves de mi tubo? Sin embargo, no sé bien si esos tubos tienen o no tienen algo. Por lo común no tienen nada. La comprobación frecuente es el vacío. Y cuando tienen algo,  me pregunto antes de asomarme a ellos: si los hago sonar ¿encontraré algún sonido que me haga por su estridencia o un insulto o un rechazo?  Y si meto la mano, ¿no morderá un animal que está en el otro extremo o adentro y que soy yo? Tengo una gran confusión sobre la naturaleza de mi cuerpo y de mi interior, que no tiene nombre, desde luego. Y cuando trato de pasar ciertos límites... el límite es éste: uno anda por el mundo y funciona hacia fuera porque tiene que entenderse con los demás. El problema es cuando  uno regresa. El regreso se puede producir en la soledad de la noche, en el silencio del escritorio del domingo o también en el instante en que uno acaba de pasar un desengaño, un fracaso, un rechazo y de golpe se queda solito con uno mismo. O en esos momentos que por suerte no se producen mucho en la historia del hombre: la muerte de la madre, el rechazo de un ser que uno ama, el fracaso de la unión matrimonial - que significa elección, abono, contrato, dedicación-, el fracaso del voto que uno consagró a alguien, la devoción y la adhesión consagradas a los hijos. En este momento uno se queda solito de golpe con sus tubos. ¿Cuál elegir para esconderse?  Y cuando uno sale del escondite - porque adentro sí se está solo-, con todas las fauces abiertas uno se siente devorado por sí mismo y roído en sus órganos más sensibles. Y parece que no son ni el hígado, que tiene que ver con la alimentación material, ni el corazón, que simbólicamente funciona en otra dimensión. Algo se le come a uno que va marcando las disminuciones categóricas suficientes para que uno diga: No morir. Pero estoy muriendo y mi porcentaje de existencia ha decrecido de tal manera en ese momento que mi vida real, efectiva, se sostiene solamente en tal puntaje y eso ya no vale para ser alguien antes los demás. Y sobre todo para el desdichadísimo individuo que se cree facultado para crear algo, aunque sea una adjetivo. Es lo que Borges logra con mucha facilidad y fertilidad. Pero los seres que formamos su cosntelación en el universo literario nos empeñamos, como golpeándonos la frente contra la pared de la escuelita de Peanuts, en obtener por lo menos la respuesta  a un epíteto bien puesto, si es que consideramos que ese epíteto es la cifra de nuestra existencia o la justificación para seguir existiendo.

- No se si usted lo ha  notado. Nadie nos quiere, ¿se fijó? Nadie nos ama perfectamente bien. Somos contradictores y enemigos. Padecemos la existencia de los demás... Me resulta difícil creer en la solidez de las afirmaciones de los seres que tengo más cerca: del prójimo inmediato de la calle. Muchísimo menos en los sentimientos que me causan y, aún así, tengo que dudar de los míos propios porque veo que para entenderme con alguien tengo que acondicionarme a la circunstancia y a la atmósfera que me crea el otro; so pena de ser no sólo expatriado de esa circunstancia, sino de ser inmediatamente sorprendido y agredido. Este mundo es absolutamente defectuoso  desde un punto de vista político, moral y humano. Porque yo no puedo reivindicar lo humano diciendo que para vivir hay que ser falaz, descreído, mentiroso, agresivo y que triunfe el más duro. Eso sería muy humano en los albores de la humanidad. Sí; estamos en la devoración. Incluso en el mismo universo que es el hogar, la devoración, la agresión, el insulto, el descubrimiento, la revelación y aplicación de la ofensa es tan constante que sólo puedo aceptarlos y entenderlos como una necesidad de sobrevivencia que tiene dos factores. El elemental, pragmático: la comida, el techo, etcétera. Y otra más grave: el de representar en su hogar la contienda que se tiene con el universo.

El lunes siguiente Di Benedetto me dice:

- Para mí el cuento es mi hobby de novelista, y a veces me apesadumbra la incertidumbre de que la novela puede ser mi hobby de cuentista. Yo trato de decir mis confidencias a la palabra escrita. Ayer domingo he leído mi último cuento y estoy satisfecho porque ha resistido la lectura. Me siento justificado como escritor al haber escrito ese cuento: Málaga paloma, que parece un altar porque es la consagración del amor.

En seguida me entrega un final escrito para la entrevista:

Ahora bien, a esta altura tengo que hacerle una revelación (o confesión, o confidencia). Usted no debe tomar al pie de la letra todo lo que le he susurrado, aunque me haya confiado en primera persona, reniego de haberle hablado de mí, o no abjuro: simplemente le aclaro lo que puede suscitar confusiones de identidad: no soy el que dije y narró, sino, modestamente, el personaje de una novela no escrita de la que soy protagonista.

Pero al despedirme la mañana siguiente, me entrega otro final escrito:

(- Ponga éste; no el que le di ayer):
Como usted ve, soy un tipo simple. Vulgar, póngale.

 

Ricardo Zelarayán