Alma de Silenciero
Alma de Silenciero maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:07
Antonio Di Benedetto
AUTOBIOGRAFIA
He leído y he escrito. Más leo que escribo, como es narural, leo mejor que escribo.
He viajado. Preferiría que mis libros viajen más que yo.
He trabajado, trabajo. Carezco de bienes materiales (excepto la vivienda que tendré).
Una vez, por algo que escribí, gané, un premio, y después otro y después ... hasta unos 20 de literatura, uno de periodismo y otro de argumentos de cine.
Una vez tuve una beca, que me dio el Gobierno de Francia, y pude estudiar algo en París.
Un tiempo quise ser abogado. y no me quedé en querer serlo, estudié mucho, aunque nunca lo suficiente.
Después quise ser periodista. Conseguí ser periodista. Persevero.
Una época anduve de corresponsal extranjero (por ejemplo, revolución de Bolivia, la que llevó al poder a René Barrientos).
Yo quería escribir para el cine. Pero en general no soy más que un espectador de cine, y también periodista de cine. Una vez fui al Festival de Berlín, y otra al de Cannes, y otra a Hollywood, el día de los Oscar, y otra ...Bueno, en el Festival de Mar del Plata un año me pusieron en el jurado internacional de la Crítica.
Soy argentino, pero no he nacido en Buenos Aires.
Nací el Día de los Muertos del año 22.
Música, para mí; la de Bach y la de Beethoven. Y el "cante jondo".
Bailar no sé, nadar no sé, beber sí sé. Coche no tengo.
Prefiero la noche. Prefiero el silencio.
A FONDO con Joaquin Soler Serrano
Entrevista (mayo 1976)
Entrevista (mayo 1976) maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:17
- Desde hace muchos años vengo leyendo y releyendo Zama, sin duda, mi novela preferida en español, Pero muy recientemente cayó en mis manos el volumen de sus Cuentos claros y ha sido un deslumbramiento y mi gran sorpresa. Ahora no puedo despegarme de sus cuentos. ¿Qué pasa o qué me pasa, Antonio Di Benedetto?¿Cómo es su relación con la novela y el cuento?
- Bueno, yo tengo que escribir tal novela para la que he construido un meollo que me nació de adentro, porque es mi falla. Entonces lo que me falla le falla a la humanidad y yo tengo que corregirla de modo ideal escribiendo una novela. Ahí está la cosa: el salvador, el creador, el omnipotente, a través de las palabras. Luego, un ser desdichado que tiene que luchar contra las palabras para encontrar siquiera un rasgo de perfeccionismo, aunque sea un adjetivo, un más allá... Y lo mejor uno no avanza en un montón de páginas. Estas miserias, sin embargo, van construyendo en uno la suposición de que va a escribir una novela donde aplicará toda su aptitud para hacer algo redondeado, perfecto y decisivo.
A veces se cree que eso va a ser decisivo para la humanidad, para la literatura, pero más a menudo se piensa que eso será decisivo para sacarlo a uno, aunque sea fugazmente, de su mediocridad. Para darle presencia, siquiera eso, ante la mirada de otro ser.
- ¿Un problema de afirmación tal vez?
No sé. Es una manera de ayudarse a existir o de convalidar la existencia. Justificar la duración. Es decir, lo hacemos sin plazo... Cuando se supone que uno tiene imaginación, aptitud de construcción, uno se siente habilitado para el largo esfuerzo que representa escribir una novela, lo hace por ella. Y como es natural uno se convierte en el centro de la novela y se asigna un rol. Y si ese rol es secundario como el de Polanski en sus películas, consiste en funcionar un ratito. De todas maneras, el autor se saber centro y representación de un universo en el que está incluido. Me parece que un novelista - siempre asediado por la pregunta: ¿ese libro que usted escribe es autobiográfico?- está recibiendo sucesivas deposiciones de los desconocedores de qué es lo que entrega un autor, un creador a su narrativa. Si juzgo mi caso como una generalización, diría que es inconcebible que yo sea Zama y El silenciero y Caballo en el salitral, al mismo tiempo.Yo no soy todo eso. Sí podría decir: no he sido todo eso, no he vivido todo eso, pero son formas asumidas al escribir, de lo que hubiera sido, de lo que hubiera querido o necesitado ser. En todo caso, si eso aún no sucedió - y lo estoy concibiendo cuando me encuentro en la profunda soledad del escribir-, lo que estoy haciendo es configurar un pasado o un presente o un futuro donde yo tenga un acto de presencia o pueda hacer tal o cual cosa para asumir otra vida, ya que mi vida es tan mezquina como esta que tengo y nada más...¿Y cómo construirla si no es con la imaginación y la escritura? Otra alternativa:¿cómo de dejar de ser la vulgaridad que soy y que me reconozco? Mis suposiciones son válidas para edificarme cada día. Y esa edificación de cada día, si la escribo, con método y con concepción artística, de a poquito va formando el libro. Ese día me salvo para salir a la calle sin demasiada humillación de convivir con gente más brillante, más valiosa, más apuesta, mejor dotada. Entonce me animo a salir. Y me salvo un poquito teniendo en cuenta que en mi casa dejé escrita en alguna cuartilla algún residuo de mi ambición de ser diferente ante los ojos de alguien, por lo común innominado, por lo común el ser que no me mira, por lo común el ser imaginado que me tomará en cuenta alguna vez. Desde luego, el transcurso del tiempo me va demostrando la inoperancia de estas suposiciones, la esterilidad de imaginar tanto. Pero se van formando esas pequeñas acumulaciones que al cabo de un tiempo se llaman novela. Y eso cuando la cosa empieza como una novela.
- Mi proyección de identificarme para vivir lo que no puedo vivir con todo el coraje de existir mil vidas, ni que mi cuerpo se anime a ser muchos cuerpos y mutiplicarse en mil aventuras, hace que yo trate de construirme de un modo total, integral, imponente, con ese cebo que me ha creado Zama: uno se impone fuertemente cuando escribe una novela mágica, larga, que aquerencia a un lector y lo fuerza a plegarse a un autor por la constancia de una cantidad de páginas. El cuento puede impactar al lector, pero hay otros cuentos y otros cuentos y otros cuentos que se sobreponen y apabullan al cuento inicial que lo impresionó. Una novela, cuanto más larga mejor, dicen. Se posesiona de un individuo y, según su capacidad de lectura, le toma meses, semanas o muchos días al menos, con muchas intensidades. De modo que ese individuo queda fecundado por la pertinacia de uno. Una pertinacia innoble que uno ejerce a través de la cantidad. Me creo salvado de eso porque trato de no ser jamás larguero, de usar un lenguaje sintético, de no subdesarrollar las situaciones y de conferirle al lector su rol. Él me tiene ayudar porque aunque este señor lector no tenga mi imaginación tiene otras imaginaciones. Y como una obra literaria se escribe con múltiples y anónimos destinatarios, todo el conjunto va a formar una obra que, de la mía, va a hacer una más imaginativa, más rica, más fantasiosa, más construida. Entretanto, estos devaneos sustentan la cronología de todos los días, tan repetida, a veces gustosa, a veces con el margen nocturno de la improvisación y la aventura que se puede resolver en episodios eminentemente románticos y solitarios. Estoy hablando de una vida no compartida, no porque sea una vida no compartida, no porque sea individualista, una vida que seguramente poseo, seguramente por nacer a destiempo, no digo adelantado sino con atraso.
- El pan es la valoración de sí mismo y hay que conquistarlo todos los días porque, por más reserva que uno tenga, en alguna medida tiene que ofrendar a los dioses del poder que son los dioses de la calle, que son los amos de la ciudad o del ambiente en que convive o los seres con más carácter. (Fíjese qué miseria: ¡los seres con más carácter!) Situándome yo en el otro bando, uno tiene que ingresar allí y pedirles permiso de vivir ese día. Mi imaginación, la satisfacción de que la noche anterior inventé algo que alguna vez va a ser un cuento tendrá validez y que a la mañana siguiente lo escribí. Ese cuento no existe todavía para nadie: existirá cuando sea impreso. Pero ¿cuando será impreso? Y cuando sea impreso, ¿será aprobado? Y cuando sea aprobado ¿tendrá validez? ¿o qué amplitud tendrá para la historia local y mezquina de lo que va muriendo y ya no se a saber quién es el autor que lo escribió? Yo tengo que convalidarme cotidianamente a los que coexisten conmigo.
- Todo esto sería una serie de apuntes sobre la justificación de escribir una novela. Porque los hechos han demostrado que los editores piden novelas. Por un instinto que yo diría que es más importante que el producto meramente negociador que es el libro: el del hombre perfectamente identificado con el ser primitivo que dice que lo más convincente es un mazazo, un buen golpe en la nuca. Y la novela suele ser un tamaño y un peso y a quien agarra lo golpea en la cabeza definitivamente, si realmente lo convence. Aparte, hay un factor que dice que la larga duración termina por acostumbrar al lector - aunque se trate se trate de los seres más miserables en la compra de un libro - que quiere terminarlo porque lo compró, aunque le resulte largo y aburrido; pero a lo mejor algún pasaje o al final lo convencen. La novela vuelve a ser lo decisivo. Digo esto en términos en que naturalmente hago una tremenda burla de mí mismo o de mis esperanzas porque si me sintiera capaz de escribir ahora la gran novela ni siquiera me sonreiría de ello.
- Perdón, pero no podía menos que decirle, un poco crudamente es cierto, mi opinión acerca de la literatura.
- Me parece bastante natural que usted, cuando se dirigió a mí, apostara al cuentista que había entrevisto de un modo favorable, así como yo vengo apostando al novelista que quiero ser y que ha cometido el traspié de editar sus novelas, los traductores el traspié de traducirlas, han creado un círculo de infierno para que yo me confunda y entregue mi alma de narrador a los infiernos de ese paraíso casi imposible que es la novela. Mi delectación, mi edén, podrían estar en un lugar que parece que me va a ser negado. Esta suposición dramática se debe a un cálculo estadístico que tiene que ver con mi edad.
- Pero, de todos modos, usted está reconocido como novelista más que como cuentista.
- Según de dónde sople el viento.
- Yo quedé asombrado cuando leí sus cuentos. Después llegué a la conclusión de que muy pocos lo habían leído. Para Buenos Aires Di Benedetto es Zama.
- Paso por alto algunas cosas que son de mi más honda y escondida sensibilidad. Yo me concibo como un tubo; como un aparato lleno de tubos, una cantidad de tubos, pero no metálicos. Cuando se piensa en tubos siempre se los equipara a caños. Pueden ser incluso los tubos de un órgano, algo duros. Es cuestión de saber hacerlo sonar. El problema es doble. Uno es: la gente a la cual me acerco, ¿tiene vocación musical para sacar de mí los mejores sonidos? El otro es: cuando yo me sueno, ¿soy un buen sonador o tengo la tendencia a hacer sonar los registros más graves de mi tubo? Sin embargo, no sé bien si esos tubos tienen o no tienen algo. Por lo común no tienen nada. La comprobación frecuente es el vacío. Y cuando tienen algo, me pregunto antes de asomarme a ellos: si los hago sonar ¿encontraré algún sonido que me haga por su estridencia o un insulto o un rechazo? Y si meto la mano, ¿no morderá un animal que está en el otro extremo o adentro y que soy yo? Tengo una gran confusión sobre la naturaleza de mi cuerpo y de mi interior, que no tiene nombre, desde luego. Y cuando trato de pasar ciertos límites... el límite es éste: uno anda por el mundo y funciona hacia fuera porque tiene que entenderse con los demás. El problema es cuando uno regresa. El regreso se puede producir en la soledad de la noche, en el silencio del escritorio del domingo o también en el instante en que uno acaba de pasar un desengaño, un fracaso, un rechazo y de golpe se queda solito con uno mismo. O en esos momentos que por suerte no se producen mucho en la historia del hombre: la muerte de la madre, el rechazo de un ser que uno ama, el fracaso de la unión matrimonial - que significa elección, abono, contrato, dedicación-, el fracaso del voto que uno consagró a alguien, la devoción y la adhesión consagradas a los hijos. En este momento uno se queda solito de golpe con sus tubos. ¿Cuál elegir para esconderse? Y cuando uno sale del escondite - porque adentro sí se está solo-, con todas las fauces abiertas uno se siente devorado por sí mismo y roído en sus órganos más sensibles. Y parece que no son ni el hígado, que tiene que ver con la alimentación material, ni el corazón, que simbólicamente funciona en otra dimensión. Algo se le come a uno que va marcando las disminuciones categóricas suficientes para que uno diga: No morir. Pero estoy muriendo y mi porcentaje de existencia ha decrecido de tal manera en ese momento que mi vida real, efectiva, se sostiene solamente en tal puntaje y eso ya no vale para ser alguien antes los demás. Y sobre todo para el desdichadísimo individuo que se cree facultado para crear algo, aunque sea una adjetivo. Es lo que Borges logra con mucha facilidad y fertilidad. Pero los seres que formamos su cosntelación en el universo literario nos empeñamos, como golpeándonos la frente contra la pared de la escuelita de Peanuts, en obtener por lo menos la respuesta a un epíteto bien puesto, si es que consideramos que ese epíteto es la cifra de nuestra existencia o la justificación para seguir existiendo.
- No se si usted lo ha notado. Nadie nos quiere, ¿se fijó? Nadie nos ama perfectamente bien. Somos contradictores y enemigos. Padecemos la existencia de los demás... Me resulta difícil creer en la solidez de las afirmaciones de los seres que tengo más cerca: del prójimo inmediato de la calle. Muchísimo menos en los sentimientos que me causan y, aún así, tengo que dudar de los míos propios porque veo que para entenderme con alguien tengo que acondicionarme a la circunstancia y a la atmósfera que me crea el otro; so pena de ser no sólo expatriado de esa circunstancia, sino de ser inmediatamente sorprendido y agredido. Este mundo es absolutamente defectuoso desde un punto de vista político, moral y humano. Porque yo no puedo reivindicar lo humano diciendo que para vivir hay que ser falaz, descreído, mentiroso, agresivo y que triunfe el más duro. Eso sería muy humano en los albores de la humanidad. Sí; estamos en la devoración. Incluso en el mismo universo que es el hogar, la devoración, la agresión, el insulto, el descubrimiento, la revelación y aplicación de la ofensa es tan constante que sólo puedo aceptarlos y entenderlos como una necesidad de sobrevivencia que tiene dos factores. El elemental, pragmático: la comida, el techo, etcétera. Y otra más grave: el de representar en su hogar la contienda que se tiene con el universo.
El lunes siguiente Di Benedetto me dice:
- Para mí el cuento es mi hobby de novelista, y a veces me apesadumbra la incertidumbre de que la novela puede ser mi hobby de cuentista. Yo trato de decir mis confidencias a la palabra escrita. Ayer domingo he leído mi último cuento y estoy satisfecho porque ha resistido la lectura. Me siento justificado como escritor al haber escrito ese cuento: Málaga paloma, que parece un altar porque es la consagración del amor.
En seguida me entrega un final escrito para la entrevista:
Ahora bien, a esta altura tengo que hacerle una revelación (o confesión, o confidencia). Usted no debe tomar al pie de la letra todo lo que le he susurrado, aunque me haya confiado en primera persona, reniego de haberle hablado de mí, o no abjuro: simplemente le aclaro lo que puede suscitar confusiones de identidad: no soy el que dije y narró, sino, modestamente, el personaje de una novela no escrita de la que soy protagonista.
Pero al despedirme la mañana siguiente, me entrega otro final escrito:
(- Ponga éste; no el que le di ayer):
Como usted ve, soy un tipo simple. Vulgar, póngale.
Ricardo Zelarayán
La obra completa
La obra completa maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:18
Si nos permitimos ser un poco laxos en la definición del término “experimental”, podemos asumir que toda escritura literaria es de alguna manera escritura experimental. Desde esa amplitud del concepto, que implicaría que todo proyecto de escritura está, al menos en algún momento del proceso de creación, buscando y poniendo a prueba distintas voces y puntos de vista, estructuras, tonos, sistemas de signos, gramáticas y sintaxis del sentido, etc., el argentino Antonio Di Benedetto (1922-1986) fue un destacado escritor experimental. Cada una de sus cinco novelas y cada uno de sus muchos cuentos es un ente narrativo autónomo, pero a la vez todos esos textos componen una red cuya densidad formal es uniforme. Exploró con ellos la cáscara de apariencias y el carozo sustancial del mundo, con la convicción de que el conocimiento es fruto, como quería Simone Weil, de la “profundización continua de lo mismo”.
La mirada artística de Di Benedetto se pasea por el gran bazar de lo real hasta que se posa en un objeto. El objeto puede parecer azaroso, pero ha sido seleccionado por la intuición estética para actuar como talismán. Ahí detiene su deriva, enfoca y se acerca hasta que la capacidad de aumento de la lente se hace insoportable. Algo así. Pero no exactamente, porque el instrumento de observación de Di Benedetto no es la cámara cinematográfica, sino el lenguaje. Pero tampoco es así, no del todo así. El lenguaje no sería un instrumento de observación de algo exterior a él; se trataría, más bien, que de la atención sostenida brota una forma de lenguaje que crea la percepción. No traduce lo observado: crea la percepción en su propio dominio. El órgano de la observación, como apuntaba Emily Dickinson, es más extenso que lo observado, y lo implica. El personaje que es sujeto de la experiencia onírica, por momentos el propio narrador de la historia en Sombras, nada más... (1984), su última novela, “se promete describir, o escribir, no el bosque exterior, sino el bosque en su interior. No las imágenes del bosque que puede compartir el que escucha la música o lee una poesía, sino que las imágenes únicamente pueden ser compartidas si él las manifiesta y las distribuye, idea que tampoco tiene muy clara”, pero que encierra una programática luminosa del arte narrativo de Antonio Di Benedetto.
Las cinco novelas
Las novelas de Di Benedetto se sostienen en el desarrollo ficcional de una idea o tema básico; se reproducen partiendo de un germen casi filosófico, de una preocupación primaria y esencial, y a partir de allí van creciendo como enredaderas que la abrazan hasta la asfixia. Cada “tema” alumbra una forma específica y se manifiesta a través de un lenguaje singular.
Las novelas de Di Benedetto se reproducen partiendo de una preocupación primaria y esencial, y a partir de allí van creciendo como enredaderas
Su primera novela, El pentágono (1954), está construida a partir de pequeñas narraciones que asedian la idea del amor y su inflexión en la infidelidad. Julio Premat abordó el estudio de este texto de textos como origen de su ficción y constructo geométrico: “La infracción matrimonial, tematizada repetidamente en los relatos del libro, motiva y origina la infracción estética, la insatisfacción ante la forma canónica, la ‘pretensión’ de ‘hacer algo distinto’… El pentágono equivale a la novela, es su título, título de una ‘novela en forma de cuentos’, por supuesto, pero también de una ‘novela en forma de pentágono’. Es el lugar de contacto entre la realidad y el imaginario: hay un triángulo ‘especulativo’ y otro ‘real’: la asociación entre ambos forma el pentágono”.
En Zama (1956) asistimos a la vertiginosa parálisis psíquica que engendra todo deseo o expectativa, la calcificación dolorosa de la espera como tránsito paradójico, a la vez eterno y efímero de la existencia: “el deterioro que acompaña a toda perduración de lo provisional”, como apuntaba Alberto Cousté en uno de los prólogos que han acompañado las diversas ediciones de la novela a lo largo de los años. Zama es un texto decisivo dentro de la novelística en castellano del siglo XX y seguramente la obra más lograda de su autor, un pequeño prodigio de simbolismo, lenguaje y estructura: tiene la rareza que podría derivarse de que Samuel Beckett trasteara con un manuscrito de Maupassant. Zama es también un miembro más de esa familia disfuncional de la espera conformada por Carcassonne, El mar de las Sirtes y El desierto de los tártaros.
En El silenciero (1964), esta preocupación primaria toma la ruidosa forma acústica del mundo, la perturbación genésica del sonido. En Los suicidas (1969) presenta en clave seudodetectivesca el frágil andamiaje argumental de la supervivencia enfrentado a la pulsión de muerte.
Sombras, nada más..., escrita, “ambientada” y publicada originalmente en Madrid, es un trabajo sobre el sueño en sus infinitas implicaciones, elemento sustancial de la experiencia, materialidad viscosa e indiscernible del complejo entramado de lo real, así como portador simbólico de las claves del misterio sobre el que cabalga la vigilia y toda obra de arte.
Los muchos cuentos
Si bien han proliferado sus antologías de forma un tanto caótica, cinco fueron los libros de cuentos que publicó como unidades conceptuales: Mundo animal (1953), Grot (1957), Declinación y ángel (1958), El cariño de los tontos (1961) y Absurdos (1978).
Es en sus cuentos donde Antonio Di Benedetto fue un escritor experimental en un sentido más estricto. Es famosa la anécdota sobre cómo escribió “El abandono y la pasividad”, cuento con acción y conflicto, pero sin personajes. En una conferencia en la ciudad de Mendoza en el año 1953, Ernesto Sabato había afirmado que “en toda novela no puede faltar el ser humano con sus sentimientos y su conducta”. Como aceptando un desafío imaginario (mejor: de la imaginación), el joven Di Benedetto le envió ese texto. Sabato le respondió con un lacónico pero pertinente lugar común: “La excepción confirma la regla”. Unos pocos años después, Di Benedetto publicaría este cuento junto con “Declinación y ángel”, donde se funde el objetivismo à la nouveau roman con el lenguaje cinematográfico: distancia, encuadre, enfoque, montaje. Un experimento bastante radical que hoy leemos con curiosidad arqueológica y formalista.
Hay algo en la construcción sintáctica y en el encadenamiento léxico de su prosa que impide que sea leída sin prestar la mayor de las atenciones
Radical, así mismo, es “Caballo en el salitral” (1961), cuyo arranque ya es legendario en la literatura argentina: “El aeroplano viene toreando el aire”. Es en cuentos como este que el lector tiene la fundada sensación de no haber leído nunca nada parecido. “Aballay” (1978), otro de sus cuentos icónicos, interviene la tradición de la literatura gauchesca desde un ángulo asombroso. Su narrativa breve conjuga mecanismos de aproximación del absurdo, yuxtaposición de planos temporales, el peso irracional del acontecimiento y la emergencia espiritual de la animalidad en el ropaje maquínico de lo humano.
Hay algo en la construcción sintáctica y en el encadenamiento léxico de su prosa que impide que sea leída sin prestar la mayor de las atenciones. Es imposible seguir el sentido de sus frases, siempre precisas, de una precisión inaudita, sin la entrega absoluta al texto. Cada frase es continuidad y a la vez el comienzo de todo, cada una propone (es un decir) un sentido que es necesario desentrañar. Pasa con Juan Benet. Pasa con Juan José Saer. Fue justamente Saer quien señaló la recompensa de la atención a la prosa de Antonio Di Benedetto: “Sus narraciones provienen de una profunda necesidad personal, indiferentes a la expectativa pública y a lo establecido y, por esa misma razón, no hay lector atento que, en lo más íntimo, no se reconozca en ellas... Entre los autores de ficción de este idioma y de este siglo, Di Benedetto es uno de los pocos que tiene un estilo propio, y que ha inventado cada uno de los elementos estructurantes de su narrativa”.
La obra periodística
El último libro de Antonio Di Benedetto que la editorial Adriana Hidalgo publica en su catálogo (donde le ha dedicado una “biblioteca”) viene acompañado de un descubrimiento feliz, porque equivale al hallazgo de manuscritos inéditos. Resulta que Escritos del exilio. Textos desde Madrid 1978-1983 (2022) recoge los artículos publicados en la prensa española en esos años, algunos de los cuales eran conocidos, muy pocos, e incluye también reseñas y comentarios firmados con seudónimo en la revista médica Consulta Semanal, de la cual Di Benedetto fue coordinador de redacción durante prácticamente un lustro. Este descubrimiento no solo incorpora nuevo material a su acervo, sino que permite replantearse la idea de un exilio de reclusión y silencio, al borde de la indigencia, que fue la aproximación más frecuente a ese periodo de su historia, basada principalmente en sus declaraciones esquivas y confusas y en testimonios deslavazados de sus allegados y colegas, por ejemplo en este fragmento de Saer que hace referencia a su detención y posterior exilio: “En 1976, las marionetas sangrientas que impusieron el terrorismo de Estado, lo arrestaron la noche misma del golpe militar y, sin ninguna clase de proceso, lo mantuvieron en la cárcel durante un año. Los notables mendocinos que había frecuentado durante décadas se lavaron las manos, de modo que cuando salió de la cárcel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria y la enfermedad”. En efecto, tras ese largo año de encierro, en el que sufrió torturas, vejaciones y simulacros de fusilamiento, se exilió con lo puesto, un oído reventado y profundas huellas psicológicas.
Tras un largo año de encierro, en el que sufrió torturas, vejaciones y simulacros de fusilamiento, se exilió con lo puesto
Así las cosas, el medio por el cual Di Benedetto se ganó la vida en España de 1978 a 1983 fue el periodismo cultural, su oficio de siempre: el trabajo de coordinación y reseñismo para Consulta Semanal y la escritura de artículos sobre arte que publicó de forma esporádica en Arteguía. Esto da cuenta de un alto grado de actividad, que contrasta con la imagen de estancamiento que se había tenido hasta el momento. Escritos del exilio recoge reseñas de cine, teatro, exposiciones y libros, algunas apenas piezas burocráticas y otras con peso reflexivo, que tienen el interés de mostrarnos sus inquietudes artísticas y narrativas de aquel periodo (en el que escribe su última novela), incluso el de exponer la versatilidad de su discurso cultural (su personalidad y destrezas como periodista), pero que no añaden demasiada sustancia (aunque sí una considerable cantidad) al corpus de su obra, a diferencia del lugar que ocupa la anterior recopilación de artículos publicada por AH con el título Escritos periodísticos 1943-1986. Los artículos y comentarios dan cuenta, a su vez, de la vitalidad cultural de la ciudad de Madrid en aquellos años y de las fricciones en la esfera pública, como cuando se ocupa de la representación en el Teatro Español de Las bicicletas son para el verano, la obra de Fernando Fernán-Gómez con dirección de José Carlos Plaza, cuyo estreno en 1982 estuvo rodeado de retrasos y complicaciones, y que finalmente fue anulada por el Ayuntamiento a pesar de su sonado éxito de crítica y de público.
Otra fuente de actividad e ingresos para Di Benedetto fue la participación sistemática en concursos provinciales de narrativa, que ya conocíamos de manera oblicua a través de la ficción por el cuento “Sensini”, que abre el libro Llamadas telefónicas (1997) de Roberto Bolaño. El retrato que allí se hace omite su producción periodística en Madrid, pero por otro lado parece ajustarse bastante a su situación económica real: “Vivía, no tardé en comprenderlo, en la pobreza, no una pobreza absoluta sino una de clase media baja, de clase media desafortunada y decente”. Este aspecto pecuniario puede parecer secundario o marginal, pero no lo es en absoluto si tenemos en cuenta que es un tema crucial del exilio latinoamericano en Europa, y lo es también en la elección que hace Bolaño de Di Benedetto para crear una figura especular que fuese capaz de dar cuenta de su propia peripecia vital y de la relación entre creación, recepción y mercado. “Trabajaba de vendedor ambulante en una feria de artesanía en donde absolutamente nadie vendía artesanías”, dirá Bolaño en aquel cuento inaugural cuyo arranque es esclarecedor a este respecto: “La forma en que se desarrolló mi amistad con Sensini sin duda se sale de lo corriente. En aquella época yo tenía veintitantos años y era más pobre que una rata”. Una filiación que cruza la ética y la estética de sus respectivas literaturas, así como establece una continuidad entre la declinación de una obra y el ascenso de otra.
En la literatura argentina contemporánea es un escritor de impregnación tan extendida como lo son Borges o Arlt
Decíamos que este volumen de artículos publicados en España cierra de momento la colección dedicada a Di Benedetto en Adriana Hidalgo, donde han ido apareciendo las reediciones de sus cuentos completos, sus novelas y sus escritos periodísticos, pero aún quedaría por ocuparse de la correspondencia. En este apartado destaca el intercambio epistolar que el escritor mendocino mantuvo en la década de 1950 con el editor Carlos Prelooker, encargado de las primeras ediciones de El pentágono y Zama, y con quien discutió aspectos importantes de estas obras durante el proceso de escritura.
Ninguna obra es una isla
Se ha señalado que la obra de Antonio Di Benedetto no tiene ni precursores ni epígonos, pero eso solo es una verdad a medias. Su originalidad, en el sentido de apertura y clausura de un “estilo”, es indiscutible, pero las tradiciones de las que nutre su poética son muchas y notorias, y la influencia que ha tenido en la narrativa latinoamericana posterior es amplia aunque sea difícil de definir. En la literatura argentina contemporánea es un escritor de impregnación tan extendida como lo son Borges o Arlt; sus consecuencias pueden rastrearse, con distintas intensidades, hasta Chejfec, Kohan, Pauls, Schweblin, Falco, Almada o Ronsino, y antes al propio Saer o Piglia, todos ellos entusiastas lectores de Zama (Piglia escribió un guion adaptando la novela pero no acabó de rodarse) que extrajeron importantes lecciones sobre la necesidad de imaginar un lenguaje que aunara el trabajo sobre la sintaxis de la lengua y la imaginación de un espacio que es a la vez invención de paisaje y de cultura. Uno tiene incluso la sensación de escuchar ecos del humor y la ironía de Zama en Ema, la cautiva, una de las novelas más inspiradas de César Aira.
Hay un ejemplo extremo del alcance de la obra de Di Benedetto en el nuevo siglo que pivota sobre el cuento de Bolaño (no es ninguna casualidad que “Sensini” sea el portal de entrada del libro Llamadas telefónicas, para muchos uno de los mejores libros de cuentos en castellano de la literatura reciente). La ya desaparecida editorial mendocina Portinari, que sacó solo cuatro libros en su breve existencia, publicó Los cuentos de Sensini (2001), de Mateo Alfonsín, un autor del que no se ha vuelto a saber nada desde entonces. Compuesto por siete relatos de extensión media (“Al amanecer”, “Los gauchos”, “En la otra Pampa”, “Sin remordimientos”, “Dos espadas”, “El Mesías” y “El tajo más profundo”), el libro juega con los títulos de los cuentos de Luis Antonio Sensini que aparecen mencionados en el cuento de Bolaño. De entre todos ellos, merece la pena comentar “El Mesías”, por cuanto tiene de revelador sobre Di Benedetto y sus precursores. Allí se narra la historia de cómo un chatarrero de Drohóbych encuentra en un edificio medio derruido una maleta que en su interior tiene un candelabro, una muñeca un tanto desarticulada y un cuaderno contable. El chatarrero se lleva la maleta al galpón donde vive rodeado de miles de cacharros que se acumulan por todos los rincones. Por la noche enciende el fuego con el que se calienta cada día en el patio, que es más bien un cementerio de hierros, aluminio y maquinaria herrumbrosa, y acerca la maleta para revisar con más detenimiento su contenido. El candelabro, de siete brazos, al principio le parece ser de latón gastado, pero enseguida descubre por el sello en su base que es de plata esterlina. Las sombras que el candelabro proyecta sobre uno de los muros del patio se le antojan al chatarrero ser un gólem. La muñeca le resulta macabra y sin ningún valor, y cuando está por tirarla al fuego ve un brillo extraño en uno de sus ojos. Pero las llamas se han debilitado. Para reavivarlas echa mano del cuaderno. En sus primeras páginas hay en efecto apuntes de algún tipo de contabilidad, donde se repite el apellido Landau, luego una serie de bocetos que parecen fragmentos de dibujos mayores y a continuación un largo texto escrito con una letra pequeña pero rotunda. Antes de arrojarlo al fuego lee el título subrayado con dos líneas gruesas: El Mesías. La historia sigue, pero cuando esperamos que esta mención al manuscrito desaparecido de Bruno Schulz tenga un desarrollo, nos encontramos con un desenlace fantástico más propio de un sueño diamantino y morfinómano que de una pesquisa literaria, que por otra parte tiene todo el sentido del mundo.
Ernesto Bottini
Elogio
Elogio maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:19
Si están aguardando su turno para que los visite el traumatólogo, si pasan la noche en el calabozo por motivos extravagantes, les recomiendo leer a Antonio Di Benedetto (Mendoza, Argentina, 1922–Buenos Aires, 1986), autor particularísimo, para matar la espera. Como es probable que no cuenten en estos momentos con ningún libro suyo, deseo al menos que tengan móvil y acceso a internet: podrán así escuchar la entrevista que concedió a Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo en la que el escritor fabulaba a propósito de su biografía. De alguna manera, de sus declaraciones se deducen algunos de los temas centrales de su obra, y quizá el audio sirva para darlo a conocer a los no iniciados en su literatura:
“Muchos apelan a la referencia de los signos del zodíaco, yo las paso por alto porque cuento con una predestinación especial: la fecha de mi nacimiento, excluyendo los otros signos; y esa nominación religiosa que corresponde al Día de los Muertos. Me ha acompañado ese signo con una fidelidad absoluta, de modo que me crea profundas dudas, a menudo, sobre mi existencia”.
Di Benedetto creaba un relato oral, conciso y hondo de su nacimiento, que no tomaba como origen de la aventura propia, sino como culmen de una historia familiar cuyo heredero maldito era él: nació el día que se celebran los muertos. Su fundación –utilizaba este término en vez de nacimiento en momentos posteriores de la entrevista– tenía por tanto algo de broma pesada, y reprochaba infantilmente a los padres que le hubieran torcido el pensamiento al considerarlo un predestinado: se planteaba cuál era el beneficio de que lo trajeran al mundo; se preguntaba también acerca de la imposibilidad de evadirse de sus pesquisas, precisamente, por venir al mundo en ese día extraño.
Los padres lo “fundaron” en Argentina, tras el largo periplo de los abuelos, procedentes de Europa. No nació además en la portuaria y abierta Buenos Aires, sino en Mendoza, bien al interior del país, al pie de los Andes, más cerca del Pacífico que del Atlántico, del desierto de Atacama que del Río de la Plata; alejado pues de los aires europeos de la capital argentina, tan dada a reconocer su cosmopolitismo y la universalidad de sus escritores primeros.
Di Benedetto no ha muerto, y sus libros, lo sabemos sus lectores, hacen cualquier espera más ligera. Llévenlos a hospitales y calabozos. Con Los suicidas se sentirán acompañados
Como autor, las dudas que mencionaba en la entrevista sobre la propia existencia no se correspondían sólo a su presencia real en el mundo, sino a su paradero literario: la obra de Di Benedetto tenía muchos números de no ser leída, de no encontrar un lugar referencial desde donde reclamar la atención de los lectores; y él, por tanto, de ser olvidado. Y, sin embargo, que uno de sus libros encontrara un solo lector garantizaba su pervivencia. Porque la excentricidad de Di Benedetto tiene menos que ver con la geografía física que con la humana: obvió reconocimientos más extensos para apuntar a un grupo modesto de lectores atentos; encontrado el público adecuado, sus libros serían leídos y recordados. Tenía, pues, que escribir y mantenerse a la espera, confiar en su trabajo. Por suerte para los lectores posteriores, contó con unos pocos seguidores admirados. Algunos de ellos escribieron después grandes obras que otros hemos gozado en espacios menos estrechos: Bolaño, Piglia. Juan José Saer, otro devoto del mendocino, conquistó a su vez una islita de devotos, que, quién sabe, en un futuro… Pero volvamos a Di Benedetto: lo fácil es descubrirlo a través de otros autores que lo mencionan, o de algún lector con ánimo prescriptor. No es posible, sin embargo, encontrar “influencias” de Di Benedetto en textos posteriores: la singularidad que tanto ha fascinado a los lectores hacía imposible la recreación de su estilo, e invariablemente habría abocado a los imitadores a la impostura y la frustración. Quizá sea ésta –la imposible continuación de su estilo, especialmente el que fijó en Zama– una de las razones por las que aún no es ampliamente considerado como lo que es: uno de los mejores escritores del siglo xx en cualquier lengua. Sin duda, tarde o temprano llegará un reconocimiento más amplio, seguramente nunca mayoritario, pero sí suficiente para que no pase desapercibido a ninguna generación. Ser fanático de Di Benedetto tiene mucho de proselitismo: es difícil reprimir las ansias de regalar sus libros y captar lectores nuevos, mantenerse a la espera de que su obra se abra paso.
Algo de la impaciencia propia del lector exaltado mostraba en varios artículos sobre Di Benedetto el ya mencionado Juan José Saer describió con exactitud lo que el autor de Zama representa para sus fieles en el prólogo de El silenciero, la segunda de sus llamadas, tan oportunamente, “novelas de la espera”:
“Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas […] constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo. En la literatura argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que ha sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia sorprendente”.
No merece el esfuerzo prolongar los elogios de Saer: quien haya leído dos páginas de Di Benedetto reconocerá en estas palabras la verdad sobre su escritura: economía y eficacia. El tema, la espera, surge paradójicamente de una escritura de ritmo vivo, pero nunca apresurado. Frases breves en párrafos minúsculos, y el efecto que esas pocas palabras ejercen a cada vez en el lector. Lo complicado es reproducir con palabras que no sean las del propio autor en qué consiste ese efecto. Quizá sirva de ejemplo, ya un tanto manido, el final del textito que escribió para una publicación alemana, su Autobiografía: “Bailar no sé, nadar no sé, beber sí sé. Coche no tengo. Prefiero la noche. Prefiero el silencio”. Y dentro de su obra, las “novelas de la espera” suponen, efectivamente, la sublimación de su estilo.
Zama, la primera, es un misterio, una novela que se diría fruto de la inspiración y de la técnica, pero acaso no de la tradición: no reconocemos precedentes en esa forma de narrar. Existe un comentario generalizado entre los lectores de Zama: ¿de dónde viene? Es una novela vanguardista con trazas de lenguaje del siglo XVIII... Es una genialidad que desborda los prejuicios de quien se acerca a ella. Sólo leyéndola se entiende el magnetismo que provoca, es una experiencia estética única, que deja huella. A partir de Zama, uno desea leer cualquier textito que escribiera Di Benedetto. Sobre la espera de Diego de Zama a orillas del río Paraguay, sobre su incendiario apetito sexual, sobre el patetismo del personaje cabe menos el comentario que la recomendación encendida para que, quienquiera que no haya leído la novela, corra a la librería a comprarla. La querrá tener en propiedad.
Hay días, sin embargo, que prefiero el El silenciero, una novela que se lee como un cuento: el relato de un hombre que huye del ruido –del mundo, del propio pensamiento– y que, a diferencia de Zama, sí que se reconoce dentro de la mejor tradición de la narrativa moderna y contemporánea: Chéjov, Kafka; el existencialismo menos afectado. En el estupendo prólogo de Saer (Adriana Hidalgo editora, 1999) se dan las claves de un libro extraordinario, no lo trataré pues aquí.
Hablaré, por tanto, de Los suicidas, la más personal y, quizá por ello, también la más imperfecta de sus tres obras maestras. Es, por otra parte, la más conmovedora. El propio autor advierte en el programa A fondo de las semejanzas de muchos pasajes de la novela con ciertos episodios trágicos de su vida. Es pues una ficción magnífica que nos acerca indirectamente al autor y sus circunstancias. Su lectura es una buena forma de llegar a Di Benedetto. He escogido además Los suicidas porque explora el límite natural de la cuestión central de su obra: la espera ha de topar con la muerte.
Del relato oral sobre su nacimiento transcrito al inicio del artículo, la primera lectura podría extraer una conclusión de Perogrullo: todos estamos predestinados a morir. La segunda lectura, que Di Benedetto apuntaba en un algún momento de la charla, es la que sirvió de desencadenante de Los suicidas: la posibilidad inmediata de apresurar el final. Y, entre otras hipótesis sobre la cuestión, emerge el suicidio como predestinación por imperativo hereditario –algo que compartían el autor y el protagonista de la novela–, y fin de la historia familiar: intuía Di Benedetto que su padre se había suicidado cuando él era niño, aunque nunca le dijeron la causa cierta de la muerte; y, por lo que sí que le contaron, ya lo habían hecho otros antecesores por línea paterna.
Aún habría una tercera lectura, literaria, mágica, por la que su nacimiento no se habría producido –nacería muerto–, o lo haría en otra realidad, de ultratumba: cada cumpleaños celebraría su no advenimiento. Ya comentábamos que, cauto con las palabras, en el desarrollo de la entrevista Di Benedetto no utilizaba el verbo nacer, sino fundarse, subrayando la pasividad del recién llegado: “Me fundaron en 1922”. Que no pidas llegar al mundo, que te expulsen a él, tiene algo de ponzoñoso e invita a la sospecha. Que uno de tus fundadores desprecie la propia vida representa además una contradicción odiosa: ¿por qué dar a alguien lo que tú no deseas?
Los suicidas parte de una efeméride maldita: “Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad”.
Di Benedetto creaba un relato oral, conciso y hondo de su nacimiento, que no tomaba como origen de la aventura propia, sino como culmen de una historia familiar cuyo heredero maldito era él
El lector queda pues avisado: existe la posibilidad de que, en apenas unas semanas, unas pocas páginas, el protagonista se quite la vida. Y, sin embargo, ni lector ni narrador lo saben a ciencia cierta. Esto es, nada se sabe, pero se puede apostar por un desenlace u otro. Porque, salvo que se crea en el destino, el protagonista no está más cerca del suicidio que cualquier otro personaje, que el narratario; y todos se mantienen en vilo. Podría esperar hasta la fecha predestinada, o podría hacerlo antes. También podría no hacerlo, lo que significaría aguardar sin más a la muerte, vivir como acción negativa: no adelantar acontecimientos. Ésa es, sin duda, una de las lecturas de la espera en Di Benedetto: dejarse vivir, que las acciones sucedan. Sus narradores son pues un hallazgo para la ficción: contemplan y protagonizan lo que acaece, sin procurar demasiadas interferencias. Sus soliloquios, menos reflexivos que expectantes, contravienen los tópicos de las novelas de pensamiento, a menudo dadas a la justificación o a la abstracción, y se oponen a las voces excesivas de flâneurs y diletantes, tan anti narrativas. En Los suicidas, los pensamientos son a menudo interrogativos, cuando no caprichosos, no pretenden llegar a conclusiones, ni orientar al lector: “¿Hay que esperar a la muerte, como un jubilado, o hay que hacerlo, como hizo papá?”.
Intuimos la ética y las dudas del protagonista a partir de la estética del texto, no tanto de su discurso. En este sentido se entiende parte del estilo literario de la novela, muy ligado a la austeridad vital del narrador: la divagación precisaría de subordinadas, párrafos extensos; palabras de más. Di Benedetto huye de cualquier barroquismo, consigue el efecto desde la contención. En Los suicidas los párrafos son especialmente breves: una manera modesta de no asediar al lector con reflexiones sobre el suicidio –cuando las hay, cita a terceros, investigadores o autores clásicos–. La forma nos lleva de la mano al fondo.
Divida en dos partes, la novela transcurre entre la espera –hay una fecha marcada en el calendario– y la investigación sobre las motivaciones del suicida. En la primera parte, el protagonista, periodista como Di Benedetto, emprende una serie de artículos ilustrados sobre el suicidio –no faltarán imágenes en color, se pretende el realismo– que pretende vender a revistas y periódicos. El proyecto no deja de tener algo de fantasioso, pues son bien conocidas las reservas de la prensa y de la sociedad hacia la cuestión, siempre tabú. Quién sabe si logrará publicarlo. Consigue acompañarse sin embargo de dos buenas profesionales que ofrecen el empeño que el protagonista racanea: Marcela, reportera gráfica, y Bibi, entusiasta archivera, que procuran referencias y documentos que den solidez a los artículos. El trabajo de ambas, tangible, documental, se nos presenta como muestra de honradez frente a una cierta manipulación del protagonista, que quizá tenga menos interés en el proyecto que en darse razones para esperar o actuar, pues avanza la novela y los artículos no llegan. La función objetiva de los trabajos de Marcela y Bibi recuerda a la propia escritura de Di Benedetto, para algunos, precursor del objetivismo y del Nouveau roman. Un estilo que debe mucho al cine y al relato oral y que implica una distancia ética: narrar es exactamente lo contrario a interpretar. Así crea un narrador como el de Los suicidas, un cronista que muestra, a su manera perezosa y esquiva, una disposición anti moderna y honrada de hacer periodismo: no hay hipótesis. Simplemente pretende describir lo sucedido, añadir las ilustraciones pertinentes y empaquetar para la venta el material. Acompañado de Marcela, investiga los últimos suicidios que han tenido lugar en la ciudad. La perspectiva amoral del periodista topa a menudo con las convenciones de la realidad, agravadas al tratarse de una exploración del suicidio. De este modo le pide a Julia, su mujer, que aproveche su ventajosa posición de profesora y pregunte sobre la cuestión a los alumnos. Cruza el periodista una línea roja. Las consecuencias de este hecho serán las esperables para la reputación de Julia, pero ejemplifica las dificultades de la mirada inquisitiva: la exploración de las verdades íntimas es menos posible en el periodismo que en la ficción, pues el reporterismo colisiona con un muro de prevenciones psicológicas y sociales. Sin embargo, añadir la mirada puramente periodística y objetiva a la literatura es todo un hallazgo, una forma indirecta de revelar el funcionamiento de las emociones y de cómo explican algunas de las constricciones culturales. Sirva de ejemplo este fragmento en que el protagonista habla con su sobrinita sobre la corta esperanza de vida de los gorriones enjaulados:
“En casa, mientras mamá cocina me dejo entretener por los chicos. Marianita ha cazado un gorrión y lo tiene en la jaula. Le digo: ‘Se morirá’. Dice: ‘No se morirá’. Le advierto: ‘Tengo experiencia’, lo cual para ella no significa mucho, ya que posee la propia: ‘Le puse comida’, que es como enrostrarme que quien tiene qué comer vive. Y ahí falla”.
No necesita Di Benedetto mostrar el disgusto de la niña, empatizamos con ella por anticipación. Nos parece más terrible el episodio que si nos describiera a la sobrina llorando con el pájaro entre las manos. La frialdad del narrador es opuesta al exhibicionismo sentimental, al exceso literario; que lo consideremos un cretino importa menos que el efecto que produce: nos acerca a la razón íntima de los personajes que interactúan con él. Fin éste de la mejor literatura, y de un periodismo utópico.
En la segunda parte se acaba con la postergación de lo predeterminado: se acerca el viernes negro en el que, según creencia unipersonal, el protagonista ha de seguir los pasos del padre. Pero como parece no decidirse, el destino manipula la historia para que uno de los personajes –no desvelaremos cuál– le plantee el suicidio conjunto. Así, sin aportar más razones. Quizá el mayor acto de libertad y de responsabilidad personal deja de ser asunto únicamente del protagonista. Alguien podría pensar que abandonar esa decisión en manos ajenas es un fracaso de la voluntad.
Mientras llega la resolución, Bibi sigue aportando información y perspectivas sobre el suicidio, ya sean religiosas, filosóficas, literarias o estadísticas, que no sirven más que para ofrecer un relato superficial del fenómeno: en realidad, nunca desvelarán las motivaciones, que son, por otro lado, indescifrables. Es así como la novela llega a su fin, un final que sigue manteniendo en vilo al lector: suceda lo que suceda, el concurso del protagonista sobre su destino no le pertenece en exclusiva.
Narrador y narratario no han llegado a conclusiones, nadie sabe a qué atenerse. En Los suicidas la investigación periodística con suerte proporciona el contexto en el que se desenvuelven los suicidas, el relato ficcionado, dudas y un catálogo de emociones. Y, sin embargo, queda una sensación de postergación de la tragedia y de satisfacción. Porque la mejor literatura, como es la de Di Benedetto, procura alegrías hondas y humildes que atentan contra el desencanto. Tras cerrar uno de sus libros, el lector sin aliento busca nuevos asombros en otros libros del autor.
Por fortuna, Di Benedetto legó unos cuantos. Y no siempre lo tuvo fácil. Que escribiera, de hecho, representa un acto de resistencia contra el malditismo. Él, que fantaseaba sobre la predestinación que implicaba ser “fundado” en el Día de Difuntos, que dudaba de la propia existencia, peleó contra la muerte cuando lo detuvo el aparato de la dictadura militar argentina en su despacho del diario Los Andes, en 1976. Lo torturaron durante más de un año, martirio que incluyó cuatro simulacros de fusilamiento. Sobrevivió. Cuando lo excarcelaron, se refugió en España, donde pasó desapercibido. No se leyeron sus libros. “Sensini”, el extraordinario relato de Bolaño recogido en Llamadas telefónicas, testimonia la soledad de aquellos años: Sensini (Di Benedetto), uno de los mejores escritores en castellano del siglo pasado, malvivía en Madrid gracias a los concursos literarios de provincias que ganaba a veces. Bolaño y él, en contacto epistolar, se congratulaban de los triunfos de uno y otro. Hasta que Sensini volvió a Argentina, donde murió a los pocos meses. La obra de Di Benedetto, al contrario de la de Bolaño, ha permanecido demasiados años a la espera de recibir el reconocimiento que en su día se le obvió. Es hora de que esto cambie. Di Benedetto no ha muerto, y sus libros, lo sabemos sus lectores, hacen cualquier espera más ligera. Llévenlos a hospitales y calabozos. Con Los suicidas se sentirán acompañados.
Vicente Hernández Gómez
Una etapa en el infierno
Una etapa en el infierno maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:19
El avión Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina era versátil: podía llevar tropas, camillas, ayuda humanitaria pero en la primavera de 1976 les sirvió a los militares para trasladar a presos políticos. El 27 de septiembre de ese año, una de esas aeronaves partió desde El Plumerillo, el aeropuerto de la ciudad de Mendoza, y se dirigió hacia el este, a la provincia de Buenos Aires. Sus ocupantes, que habían sido detenidos durante los primeros meses del golpe militar, tuvieron un viaje a tono con lo que vivían por esos días: un viaje en el que sufrieron golpes y humillaciones. Allí estaba Di Benedetto. También llevaban al político y abogado Ángel Bustelo, que más tarde narraría en un libro todo lo sucedido y se referiría al escritor como Suetonio Da Bene. El silenciero cautivo, se llamaría su historia.
El avión hizo varios viajes a La Plata. En total, trasladó a unas 110 personas, 80 hombres y 30 mujeres, que serían alojadas en la Unidad N.º 9 del Servicio Penitenciario Bonaerense. Junto a figuras de la política mendocina, Di Benedetto fue identificado con una cinta azul. A los marcados, les reservaban los golpes más fuertes. Entre los presos estaba Alberto Muñoz que, tal vez, había sobrevivido porque aquel había publicado su foto en una tapa de El Andino, en esa época que, de pronto, parecía tan lejana.
Diez años después, el escritor recordó su llegada a La Plata y el inicio de una nueva temporada en el infierno. Se lo relató al periodista Jorge Urien Berri:
Al descender, no sé en qué lugar, porque no había ningún signo de identificación visible para nosotros, nos soltaron en conjunto, en multitud, a través de un patio no muy cuidado, pero tampoco muy polvoriento. Y allí, como era el estilo de esta gente tan humanitaria (Di Benedetto subrayaba ese «tan»), los subordinados militares nos hicieron atravesar una cierta extensión, yo lo llamaría un patio. Un patio muy terroso o arisco, con piedras, y a los que nos retrasábamos porque éramos más perezosos o lerdos mentalmente para avanzar, por lo menos con relación a sus órdenes imperiosas, nos daban golpes, golpes ya sin discriminación, en partes del cuerpo. Y a mí, en particular, [...] me dieron un golpe en la cabeza que es para mí una preocupación muy continua porque desde entonces tengo la impresión de que me afectó, en gran parte, mis capacidades mentales
En la Unidad N.º 9, la situación para Di Benedetto empeoró. En Mendoza, sus carceleros sabían quién era y a algunos les inspiraba cierto respeto. Todo cambió para él al arribar a la capital bonaerense. Los castigos se volvieron más fuertes y los caprichos de los guardias no hacían distinciones. Los detenidos llevaban un uniforme azul, que a veces les quedaba chico, a veces les quedaba grande, todo dependía de quién lo hubiera usado antes2. Un uniforme de lana azul. De lana para invierno. De lana para verano. Uniforme único que no se lavaba. Un depositario de sangre, lágrimas y sudores.
Los primeros días fueron de ablande. Lo ubicaron junto a Ángel Bustelo en los pabellones 9 y 10, destinados a quienes tenían una militancia de izquierda, pero no pertenecían a ninguna agrupación guerrillera. Fernando Rulé recuerda las primeras golpizas que sufrió Di Benedetto: «Le rompieron sus anteojos y lo visitaban una o dos veces por día. El viejo contaba, con más pena y asombro que rabia, que uno de los tres carceleros se subía a la cama y, desde allí, le pateaba el pecho con sus borceguíes casi más pesados que la endeble humanidad del gran maestro de la literatura latinoamericana»
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Sobre la destrucción de sus anteojos, él le explicó a Silanes, años después, «Lo peor era andar sin anteojos, tocando la mugre, la propia y la del lugar, la humedad... Anduve descalzo mucho tiempo. Imagínese eso para un obsesivo de la higiene y la tranquilidad, como yo. Para colmo, lo peor en la cárcel son los ruidos. Antes de la cárcel -y aún hoy-, yo no me atrevía a salir a la calle sin corbata. ¡Imagínese, entonces, lo que fue para mí! Eso ellos lo sabían. Alguien les tiene que haber dado esos detalles»
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El periodista y escritor Raúl Argemí también estuvo detenido en aquella prisión platense y compartió charlas con Di Benedetto, de la mano de Daniel Alcoba, también periodista y escritor. Por entonces, el trío se paseaba por el patio, en medio de diálogos sobre literatura. Algunos compañeros bromeaban con la idea: Alcoba era como el padre de Argemí y Di Benedetto, su abuelo.
Argemí coincide con Rulé. Había una especial saña con Di Benedetto: «Haber sido director de un diario y escritor lo convertía en "ideólogo", motivo suficiente para despertar las iras de los carceleros más bestias. Eso, estar expuesto a que el más ignorante le diera una paliza o lo castigara porque se le daba la gana, lo tenía muy mal. No podía entenderlo, y su ánimo subía y bajaba entre la casi normalidad y unas depresiones del carajo»
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En las entrevistas que dio hasta poco antes de su muerte, él se refirió a los golpes y a los simulacros de fusilamiento que sufrió. Decía que no había declarado para la CONADEP solo porque no se lo habían pedido. En 1986, en su diálogo con Urien Berri, contó detalladamente uno de esos procedimientos.
Una mañana, una madrugada, nos llamaron. Hubo que levantarse precipitadamente del lecho, digamos del catre. Un catre miserable. Levantarse precipitadamente y vestirse. Yo no sabía lo que iba a suceder. Después me pregunté -cuando supe lo de después- por qué, para qué vestirse, para qué la exigencia de vestirse, si te van a matar desnudo o vestido. Y las órdenes inmediatas fueron vestirse y salir. «Rapidito, rapidito», como si uno fuera a la muerte ¡Qué ironía! Realmente íbamos a la muerte. A poco que hubieran subrayado el propósito, nos habríamos dado cuenta. Rapidito, rapidito hubo que salir por los pasillos. Atropellándonos el uno con el otro. Atropellándonos a tal punto que nos hacíamos mal; es decir, sin saber qué estaba por suceder. Por lo menos, yo no lo sabía. Quizás había otros que ya habían pasado por la experiencia y estaban al tanto. Quizás ésos podrían haberme resultado identificables a primera vista porque sí noté que, en el atropello final por los corredores, había algunos que lo tomaban con una resignación que podía ser altamente cristiana, pero también que podía tener el que ya había pasado por la experiencia y conocía cuál era el juego: que al final no lo mataban. Pero yo no sabía cómo funcionaba (Di Benedetto sonreía). El epílogo no lo contaron en ningún momento. (Daban) golpes en la cabeza, en los hombros [...]. O bien un golpe punzante, simplemente con una especie de bastón, cuando se lo hunden a uno en el pecho, ligeramente del costado izquierdo o en el centro del pecho (Di Benedetto se tocaba el pecho). Después alguien me dijo que ahí es donde está el corazón y uno siente realmente como que algo se dañó, un fuego interior. Pero la potencia de ese bastón es tan fuerte que todo el derrumbamiento se produce por ese toque, toque violento, pero sin necesidad de que uno estalle. [...] En cierto momento, nos pusieron en un patio grande. Nos hicieron agrupar a medida que salíamos de los pasillos o corredores. Y dieron la orden de desvestirse ahí inmediatamente. Desvestirse era desnudarse completamente y dar frente a otro grupo humano, supuestamente humano, que se agolpó hacia el fondo, con una especie de vergüenza (Di Benedetto remarcaba la palabra «vergüenza»), seguramente vergüenza por lo que estaban por hacer. Esa vergüenza no se manifestaba para nada, salvo en esa actitud cohibida. Y mientras estábamos ya amontonados en un sector, vimos que los otros se preparaban: golpeaban el arma, o le daban la posición de arma larga -todos tenían armas largas- y entre nosotros corrió la voz, no sé si de algunos de los que ya habían pasado por la experiencia o de los propios carceleros, que se gozaban en la contemplación de nuestro miedo, mal o desesperación. Corrió la voz de que nos iban a fusilar. La reacción mía, para evocarla, tengo que respirar hondo. No es que estoy reviviendo el momento. Estoy viviendo el recuerdo de aquel momento. No estoy recordando el momento en el que me dijeron: «Te vamos a fusilar», sino en el que me sentí ante la inminencia de que ahí se acababa todo. [...] Al mismo tiempo que corrió la voz de que iba a haber fusilamiento, al mismo tiempo corrió otra voz que decía: «No, éstos tiran pero sin balas». Pero en realidad no dispararon. Ni siquiera sin balas. En cierto momento, les ordenaron retirarse. Y se fueron mansamente.
En pleno preparativo del fusilamiento, ante «la inminencia de que ahí se acababa todo»
, tuvo un instante para pensar: «Pensé en todo lo que me faltaba. [...] Creo que la única preocupación que me asaltó la mente fue ésta: ¿si me daban en la cara, yo iba a quedar desfigurado? Vanidoso de mi rostro, pensé que sí. [...] Fue un aleteo fugaz [...] Cuando se armaban y tomaban la posición, pensé: «¿Cómo me va a quedar el rostro?»
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Di Benedetto pasaba sus días solo, sometido, al decir de Bustelo, a los «gerundios imperativos» de los carceleros: andando, caminando, saliendo. También fue Bustelo quien hizo referencia a un episodio que, en cierta forma, parece una burla, una reiteración absurda de su vida. Desde su celda de «dos por tres», a la izquierda de un pasillo, el escritor vio cómo se colgaba y moría ahorcado uno de los presos. La visión de ese cuerpo con los pies hamacándose de un lado a otro lo perturbó y cayó enfermo.
Para entonces, su matrimonio estaba terminado. Cuando lo detuvieron, Luz Bono había ido a su escritorio, había abierto el cajón que él tenía bajo llave, y se había encontrado con una caja inesperada: allí guardaba las cartas de sus amantes, palabras de amor y devoción que volvían evidente lo que antes era sospecha: su infidelidad. Fue en ese momento en el que su matrimonio, que nunca había sido demasiado feliz, llegó a su fin. Bono y su hija siguieron en Mendoza. Trataron de salir adelante. El diario Los Andes nunca las ayudó. Sobre esa actitud del diario, Luci cuenta: «Pagaron su sueldo un tiempo que no puedo recordar, tal vez muy, muy corto. Luego lo abandonaron completamente. En mi familia se decía que el diario "se había lavado las manos" de todo el asunto y que nunca dio la cara por él»
. Los otros periodistas detenidos quedaron en la misma situación. El diario nunca los reincorporó.
Varios días pasaron sin visitas para el escritor, hasta que llegó la pintora y escultora Adelma Petroni. Ella viajaba desde Mendoza y, a partir de ese momento, comenzó una peregrinación con llamadas para pedir su libertad. En todo ese tiempo, solo una vez había sabido que afuera lo recordaban. En radio Colonia, de Uruguay, un día, una voz, la de Ariel Delgado, habló acerca de los tormentos de un escritor injustamente encarcelado en Argentina.
De a poco, comenzaron a difundirse las cartas de escritores de distintos países que reclamaban su libertad. El diario Buenos Aires Herald seguía de cerca la situación del mendocino. Petroni, incansable, visitaba Redacciones, a personalidades de la cultura, en procura de adhesiones. Juan José Saer y su esposa, Laurence Guéguen, visitaron a Ernesto Sabato para pedirle que bregara por la libertad de Di Benedetto. Para entonces, Sabato ya había presentado su caso en el famoso almuerzo con Videla del que también participaron Borges, Castellani y Ratti.
En octubre del 76, Di Benedetto escribió una circular para sus conocidos. Pedía libros que respetaran las indicaciones de los militares: ni pornográficos, ni políticos, ni con dedicatoria. Había más instrucciones:
No puedo conservarlos. Una vez leídos, debo darlos a leer a otros o donarlos a la biblioteca. Pueden ser libros usados, que hayan pasado por muchas manos y librerías de viejo, especialmente novelas, incluso las clásicas de ediciones baratas de otros tiempos, como por ejemplo las de Tor. Para mayor economía: franqueo simple, con la palabra IMPRESOS en el papel de envoltura. Aquí hay muchísimo tiempo vacío y prácticamente nada de material de lectura...
Y en la misma circular, volvía sobre su inocencia y sobre su perplejidad ante esa realidad que le tocaba vivir: pedía que tuvieran confianza en él y en su juramento de que de nada podía reconocerse imputable.
Que confiaran en él, pedía. Porque nunca hubo acusaciones formales y los rumores aludían a versiones que para él y quienes lo conocían eran disparatadas: versiones que lo señalaban como un emisario del ERP o de Montoneros. Esto era algo conjeturado a partir de los reiterados viajes que había realizado por el mundo: «En los interrogatorios querían conectarme con no sé qué gente de izquierda, nombres para mí prácticamente desconocidos -le contó a Silanes-. Me querían sacar declaraciones falsas, bajo presión. [...] Con los Montoneros fue la cosa más obsesiva. Sólo me acerqué a la izquierda cuando era joven. Fui socialista»
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Sin embargo, en cierto punto, Di Benedetto reconocía que su lugar como subdirector de un diario tan importante como Los Andes lo volvía un actor político y que su accionar a cargo de este y El Andino podía haber sido la verdadera causa de su detención:
En el diario, siempre me negué a ocultar información; por eso creo que mi detención tuvo que ver con mi labor de periodista. Estoy convencido de ello, porque no le encuentro otro fundamento.
A mediados de 1976, se había dado a conocer la carta enviada por el premio Nobel de Literatura Heinrich Boll a Videla. Boll se mostraba preocupado por los desbordes de poder: «Excesos cuya dolorosa realidad se instaló en nuestro pueblo alemán, en una época en la que la palabra justicia se trocó en mentira»
, decía la carta.
En mayo de 1977, una nota en el diario La Prensa anunciaba: «El 11 de noviembre de 1976 el Ministerio del Interior informó que la comisión investigadora del Poder Ejecutivo había analizado el caso de Di Benedetto, sin hallar pruebas de lo que se le acusaba "considerando que pronto estaría en libertad"»
. Se informaba también que el 23 de noviembre de ese año, Di Benedetto había solicitado permiso para salir del país y que el 10 de marzo de 1977 le notificaron que le habían denegado el permiso para irse. Hasta el Instituto Internacional de Prensa se hacía eco de ese pedido.
Él trataba de entender. Pero no podía. Y hablaba de sí en tercera persona. Y sufría. Como nadie -al menos así sonaba su pena-. O como pocos. «¡Antonio, elegido por la fatalidad y arrollado por el absurdo! (al que tanto asediaba, no sin amargura y velado recelo, en mis ejercicios literarios)»
, decía, en cartas a su hermana Carmen.
En los meses de encierro platense, Di Benedetto logró escribir. Pese a que sus carceleros mantenían una vigilancia extrema para interceptar todos los papeles que salieran de prisión (las peligrosas palabras siempre asustaron a los tiranos y sus subalternos), el escritor encontró la manera de traspasar los barrotes. No fue fácil: en principio, destruían todo el material que él intentaba entregar. Hechas añicos se fueron algunas de sus palabras, hasta que encontró la manera de hacerlas circular.
Adelma Petroni se transformó en su mensajera, en la encargada de perpetuar las historias que en la cabeza de Di Benedetto empezaban a crecer en medio del infierno cotidiano. Absurdos, el libro de cuentos que luego publicaría en Barcelona la editorial Pomaire, fue gestado en la cárcel y filtrado a través de cartas que el mendocino escribía a su amiga. La capacidad para escribir le vino luego de meses de bloqueo, expresado por la imposibilidad de dormir y pensar con claridad. En una entrevista de 1991, Petroni reconoció que él llegó a pedirle cápsulas de veneno. Quería poner fin a sus pesadillas. Finalmente, la inspiración se hizo su espacio y las historias crecieron. «Después empezó a escribir y le rompían todo, entonces encontró un ardid: me mandaba cartas donde me decía: "Anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo" y transcribía el texto del cuento con letra microscópica (había que leerla con lupa)»
contó Petroni.
La escultora también contribuyó para que comenzara a preparar otro libro, que no se publicó. El texto lo fueron armando, a dúo, Di Benedetto y Rodolfo Braceli. «Adelma, con el fervor de su amor por Antonio, se aprendía de memoria lo que él y yo oralmente íbamos tramando -cuenta Braceli-. Llevaba y traía, así el libro empezaba a corporizarse. Dilucidar el título produjo una flor de discusión que sería el primer capítulo. Di Benedetto me propuso: "Peligroso ser periodista". Yo en cambio preferí: "Peligroso ser humano". Él me retrucó: "Peligroso ser". Yo le devolví: "Peligroso nacer"... Después de ser liberado tuvimos varios encuentros, en Buenos Aires y en Madrid -él ya exiliado- destinados a esa conversación que amasaba el texto. El libro está pendiente; en nuestra última conversación Di Benedetto me dijo "queda en sus manos". Era su despedida»
.
Cuando creía que pasaría una segunda primavera en cautiverio, la libertad le llegó en forma de comunicado. El 26 de agosto de 1977, el Poder Ejecutivo dejó sin efecto la detención mediante el decreto N.º 2543. El 3 de septiembre de 1977 los diarios informaban sobre el fin del arresto de Di Benedetto y de otros cuarenta y cuatro presos. Un sinnúmero de personas había intercedido para que esa liberación se concretara.
Petroni había tocado muchas puertas. En paralelo, desde Alemania, también había trabajado la Federación para la Defensa Latinoamericana, de la que Osvaldo Bayer era integrante. Esta Federación había pedido por la libertad de varias figuras de la cultura, entre las que se contaba Haroldo Conti. Di Benedetto fue el primer caso de un escritor liberado.
«Por cómo se manejaban, no creo que le dieran importancia a los pedidos de libertad. Es una opinión personal. Yo no me atribuyo el mérito, pero hice el esfuerzo»
, dice Amadeo Frúgoli, quien, luego de ser senador por Mendoza, entre 1973 y marzo de 1976, fue Ministro de Justicia durante la presidencia de facto del teniente general Roberto Viola, en 1981, y Ministro de Defensa del sucesor, el teniente general Leopoldo Galtieri, en 1982. Según relata, trató de indagar en qué situación se encontraba Di Benedetto. A los diez días del golpe militar, recibió un llamado de Presidencia de La Nación. El General Antonio Villarreal, secretario general de Presidencia, quería verlo para hacerle unas preguntas sobre la provincia de Mendoza. Frúgoli explica que, luego de dos horas, le preguntó a Villarreal por Di Benedetto y que este le respondió: «No me va a creer, pero ese tema lo maneja un grupo reducido de personas y jefes de zona»
.
Mucho tiempo después, otro llamado convocó a Frúgoli a Buenos Aires. Esta vez era a pedido del teniente general Viola, entonces Comandante en Jefe del Ejército, que lo citaba para hablar nuevamente sobre la provincia andina. Frúgoli asegura que volvió a preguntar por Di Benedetto y que Viola, luego de anotar el nombre del escritor, le dijo que averiguaría y lo mantendría al tanto.
Días después de ese encuentro, Frúgoli recibió un nuevo llamado telefónico. Un teniente coronel le hablaba de parte de Viola y le avisaba que Di Benedetto saldría en libertad en unos días. Eso es lo que dice Frúgoli.
Hay otra versión. Raúl Silanes, que entrevistó a Frúgoli en la década del ochenta, afirma: «En aquella conversación discutimos sobre el tema del golpe y si él sabía que iba a ocurrir. Incluso si había "fogueado" esas noticias como sector civil de apoyo. De todas maneras, si él tenía tanta confianza como para que personalmente Viola le respondiera el teléfono en esos años... está todo dicho... Hoy cualquiera puede decir "ayudé a sacar del país a Di Benedetto". Los que ayudaron fueron poquitos y la mayoría del exterior (Günther Grass y Heinrich Boll, fueron fundamentales), mientras que aquí algo hicieron (Rodolfo) Braceli y (Ricardo) Casnati»
. Casnati, el arquitecto que había diseñado la casa de Di Benedetto, y el periodista Braceli son señalados por Silanes como los únicos mendocinos que se animaron a firmar un pedido por la libertad del escritor.
Por ayuda de unos o de otros. Por capricho o desidia de los militares. Por un golpe de suerte. Por lo que sea. Durante el invierno de 1977, Antonio Di Benedetto recuperó su libertad.
Natalia Gelós
Detencion y Exilio
Detencion y Exilio maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:20
Benedetto, Barjalia y Ariel Bufano (Premios Konex 1984)
“Un libro maldito”. Así consideraba Juan-Jacobo Bajarlía a su Diario, que comenzó a escribir a los pocos días de la muerte de su amigo Antonio Di Benedetto, ocurrida el 10 de octubre de 1986. Desde entonces: “Nunca conseguí un editor para esta historia, porque todo lo referente a Antonio terminó en un silencioso baúl”.
El baúl al que se refería Bajarlía era en verdad una valija de cuero, estilo inglés, con dos grandes herrajes oxidados. La guardaba en una de las habitaciones de su departamento de Caballito. La valija contenía la correspondencia que mantuvieron durante años Bajarlía y Di Benedetto; la versión mecanografiada sobre las alternativas de la detención del autor de Zama sucedida la misma noche del golpe de Estado de 1976; los documentos legales para su liberación; una serie de ensayos sobre el estilo y las polémicas que suscitó la obra del narrador (aquel asunto del objetivismo); unos cuantos originales que Di Benedetto le regaló a Bajarlía (cartas con Bioy Casares, Mujica Láinez y Julio Cortázar), y algunos otros manuscritos.
Tras la muerte del mendocino, la editorial Fraterna le encargó a Bajarlía la escritura del Diario. Le dieron de plazo veinte días. “Improvisé un libro más bien documental”, contó en 2001. Luego, a mediados de los ’90, el sello Corregidor se interesó por ese material –que Bajarlía había reescrito y completado–, pero por motivos desconocidos aquel interés terminó abruptamente el día que llegaron a esa casa editora las pruebas de imprenta. El Diario volvió al baúl. En 2004, Bajarlía cedió a la revista Lezama varios fragmentos del libro que se publicaron bajo el título de “Y la muerte no tendrá dominio”. Nuevas editoriales lo contactaron, pero todo quedó en conversaciones. A 37 años de su escritura original y a 18 de la muerte de Bajarlía, el escritor y editor Ramón Tarruella, del sello Mil Botellas, consiguió, no sin dificultades, romper el maleficio y publicar el texto completo.
Los motivos de la detención de Di Benedetto por las fuerzas armadas la misma noche del golpe cívico militar, siempre fueron un enigma. En 1976 el mendocino trabajaba en el diario Los Andes y era corresponsal del diario La Prensa. Lo detuvieron sin explicaciones en su despacho del diario provincial. “Creo nunca estaré seguro que fui encarcelado por algo que publiqué. Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho qué exactamente. Esta incertidumbre es la más horrorosa de las torturas”, contó alguna vez con perplejidad.
Circularon muchas versiones sobre el hecho. Hasta hoy la más convincente fue la que difundió el novelista José María Borghello en su artículo “Evocación de Antonio Di Benedetto”, publicado en la revista El mirador, de 1997. Borghello sostuvo que el autor de Zama fue detenido ante su negativa de entregar a la policía una fotografía tomada en la casa del imprentero Gildo D'Accurzio el 23 de marzo de 1976. La policía buscaba identificar a alguien. Di Benedetto, que ya había escrito sobre el accionar de la Triple A, esa noche pensaba festejar el derrocamiento de María Estela Martínez de Perón, pero los militares no lo dejaron.
Lo llevaron primero al Liceo Militar de Mendoza y días más tarde lo confinaron en la cárcel de la ciudad de La Plata. En la Unidad 9 lo incomunicaron, lo golpearon y lo sometieron a simulacros de fusilamientos. Escritores de todo el mundo iniciaron una campaña para pedir por su paradero y liberación.
Uno de esos días de incertidumbre, Bajarlía recibe en su departamento de Caballito una carta sin remitente. Dentro del sobre sin estampillas había un único papelito. El papelito estaba dirigido a “Juan Carlos Zavalía” y decía: “Necesito abogado para optar salir del país. Unidad 9”. Bajarlía supo que las letras, “diminutas” y “escritas con birome”, eran las de su amigo. Luego advirtió que el papel con el mensaje estaba manchado con materia fecal. Explica Bajarlía: “Di Benedetto le había entregado el secreto mensaje a un recluso que en esos días recobraba su libertad. Y éste, para evitar la requisa a cuerpo desnudo, como se estilaba entonces, se había introducido el papel en las partes pudendas. No había otra alternativa en esos días aciagos de la dictadura”.
Todo era extraño sobre la detención de Di Benedetto. Los escritos legales que Bajarlía redactaba no llegaban a su celda, su correspondencia era revisada, y lo que escribía era secuestrado y roto. Pese a la situación, el mendocino se las ingenió para burlar al censor. Escribió cartas a amigos que comenzaban así: “Anoche tuve un sueño muy lindo: voy a contártelo”. Y lo que contaba era un cuento que había pergeñado durante las noches de insomnio y encierro. Aquellos sueños encubiertos se publicaron luego bajo el título de Absurdos.
El 3 de septiembre de 1977 Di Benedetto salió de la cárcel, comenzó su dolorosa etapa de exilio. En el Diario, Bajarlía con sincera honestidad pone en duda si sus intervenciones judiciales fueron las verdaderas razones por la que su amigo logró la ansiada libertad. Se pregunta: “¿Fueron mis escritos que jamás firmó Di Benedetto?” y se responde: “Nadie lo sabe. El milagro quedó sellado en esa historia del terror que aún se está por escribir. Lo único cierto es que la soledad y la muerte estaban en Di Benedetto como una piel que envolvía su cuerpo y sus obras”.
¿Qué revela el Diario? A partir de la conocida dedicatoria con que se inicia Zama (“A las víctimas de la espera”), Barjarlía sostiene que, desde la detención militar, Antonio Di Benedetto pasó a ser también una mártir más de la espera, ese sueño que suele camuflarse con la máscara de la esperanza. La esperanza del mendocino era encontrar respuestas a su detención. Según Bajarlía aquella dedicatoria fue un presagio que cayó “sobre su propia persona como un extraño meteoro que lo lacera o le arranca parte del cuerpo”. Para Bajarlía, los hechos de la vida de Di Benedetto (las torturas sufridas, las vicisitudes del exilio y la indiferencia burocrática que padeció al volver al país el 24 de mayo de 1984 con la promesa de un trabajo que nunca fue tal) dan forma a una suerte de maldición.
El Diario es un libro incómodo. Y lo es por varias razones. Una es su hechura, su construcción, como de retazos, como una suerte de collage que va y viene en el tiempo: desde apuntes biográficos a recuerdos personales; desde interpretaciones sobre ciertos aspectos de la obra de Di Benedetto a conjeturas (un hilo de presagios) sobre ciertas coincidencias entre la vida del autor y sus personajes; desde la correspondencia mantenida por Di Benedetto con otros escritores acerca de asuntos estrictamente literarios a poemas de homenaje. Por otro lado, la crueldad. Son tan crueles los hechos vividos por Di Benedetto que Bajarlía opta por no ocultar nada, ni sensaciones ni supersticiones. Lo que narra el Diario, y por eso el título, es tan verdaderamente cruel que incluso Bajarlía se expone al publicar cartas donde discute con su amigo y no teme exponer los nombres de aquellos intelectuales que, ocupando lugares de poder durante el retorno democrático, prefirieron mirar el lustre de sus zapatos antes que ofrecer una mano a un colega. El deambular de Di Benedetto por las oficinas de la Secretaría de Cultura buscando una silla y un escritorio donde sentarse, negándose a cobrar un sueldo sin trabajar, cansado y sintiendo en el cuerpo ya entonces las consecuencias de la tortura, es demoledor.
El título de este libro hace referencia al capítulo Diario de una agonía, que se sospecha fue lo primero que escribió Bajarlía, donde narra jornada a jornada las últimas horas de su amigo. Empieza así: “18 de agosto de 1986. Me telefonea Graciela Lucero para decirme que Antonio Di Benedetto se halla en terapia intensiva en el Hospital Italiano. (Había ingresado el día anterior)”. Y termina: “10 de octubre, hora 23. Llamado del hospital. Graciela, llorando, me comunica que Antonio ha muerto a las 11 de la noche, una hora después de mi visita. Maldita muerte, ¿cuándo dejarás de parir?”.
Un domingo de junio de 1984, Di Benedetto llegó a Buenos Aires con la esperanza que Zama sea película a través de la dirección de Nicolás Sarquís. Ese día se encontró con Miguel Briante y ambos charlaron para Tiempo Argentino. En la mesa del bar de un hotel de Avenida de Mayo, Briante también quería saber por qué, y el narrador sintetizó: “Me persiguieron por periodista, pero me condenaron también como escritor”.
Los atentados contra Di Benedetto (extracto de Diario de una agonia)
Por Juan-Jacobo Bajarlía
En la madrugada del 24 de marzo de 1976, horas después del derrocamiento de María Estela Martínez de Perón, Antonio Di Benedetto fue secuestrado por las fuerzas de seguridad en su despacho de subdirector del diario Los Andes, en Mendoza.
Faltaba decir que en los quince días anteriores el escritor fue blanco de dos atentados que fracasaron milagrosamente. Me lo contó el mismo Di Benedetto una noche en el “Guerrín” de la calle Corrientes, en esos días en que andaba a la deriva, sin casa y sin empleo que mitigara el olvido en que se lo tenía. El primer atentado fue al salir una madrugada del diario Los Andes. Iba a pie, como de costumbre (la distancia era corta) hacia su casa cuando al pasar por la librería de Simoncini, la más importante de Mendoza, alguien, apuntando a su cabeza, le arrojó una enorme piedra que le pasó rozando e hizo un boquete en la vidriera del establecimiento. Di Benedetto dio media vuelta para ver al agresor. Pero en ese momento un auto arrancó violentamente y no pudo verificar quiénes eran sus enemigos. Los dueños de la librería, a su vez, denunciaron el hecho, y nunca se supo quiénes fueron los agresores.
El segundo atentado, como a una semana del piedrazo, tuvo lugar en la corresponsalía del diario La Prensa, cuyo corresponsal en aquel entonces, era Di Benedetto. Éste, como solía hacerlo al dejar sus tareas en Los Andes, se dirigió a la corresponsalía, se sentó a la máquina para redactar su crónica, y como de costumbre se dirigió a su domicilio. A los cinco minutos de llegado le telefonean desde la Jefatura de Policía para expresarle que una bomba había estallado en su oficina. Esta bomba estaba colocada bajo la silla en que Di Benedetto había redactado la crónica.
Secuestrado el 24 de marzo de 1976, fue conducido al Liceo Militar de Mendoza. De ahí, tiempo después, fue trasladado violentamente en avión hacia la Unidad 9 de la ciudad de La Plata. Y es aquí cuando se presenta Luz, su mujer, y logra que la lleven para conversar con el prisionero. Venía transfigurada, llena de furor, con el rostro de la tragedia que se desintegraba y se rehacía en cada momento. Las autoridades de la prisión fueron benévolas con ella. Es posible que leyeran en su rostro un designio que los alentaría. Luz estuvo frente a frente con Di Benedetto, a quien ya le habían triturado sus lentes, y lo primero que le dijo es que entre él y ella “todo estaba perdido”. Hubo gran cantidad de palabras apocalípticas. Y Luz, para justificar su violencia, le mostró una carta hallada entre los escombros de la explosión, en la que una joven le escribía a Di Benedetto sobre “nuestra hijita”.
Todo esto me fue expresado por Di Benedetto, a quien a su vez, ya en Buenos Aires después del exilio en Madrid, le relaté que estando él en España, vino a mi estudio de la calle Cerrito una joven que fue correctora de la editorial Emecé a pedirme que le facilitara, mediante un “escribano conocido”, un permiso para salir del país con la hija de ambos. En aquel entonces sólo el padre tenía la patria potestad sobre sus hijos. Me negué rotundamente a este procedimiento. Después no supe lo que había sucedido. Di Benedetto oyó mi relato sin interrumpirme. Sufría de amnesias parciales, consecuencia de los reiterados golpes en la prisión. Sólo se limitó a decirme: “¿Leíste La piel de zapa?”. Y concluyó con estas palabras: “Todo deseo concreto, achica la piel y acorta la vida”.
Lautaro Ortiz
Homenaje (2022)
Homenaje (2022) maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:21
Con actividades de las que participarán escritores, actores, periodistas y especialistas en la obra del autor cuyano, la exhibición de material de colección, proyección de audiovisuales y la lectura de sus libros, el Centro Cultural Borges realizará, los días 21 y 22 de octubre, las Jornadas Antonio Di Benedetto.
Las jornadas se proponen rendir tributo del patrimonio cultural que representa la obra de Di Benedetto y ampliar las fronteras de sus lectores, que ya goza de un gran reconocimiento dentro del ámbito académico.
A cien años de su nacimiento, el 2 de noviembre de 1922, resulta imprescindible homenajearlo. Adriana Hidalgo Editora ha publicado toda su obra (literaria y periodística), la ha distribuido a todo el país y en el exterior, y vuelto a reeditar de manera permanente. Grandes cineastas argentinos han realizado films de trascendencia basados en cuentos y novelas del autor, como Zama, de Lucrecia Martel; Aballay, de Fernando Spiner; y Los suicidas, de Juan Villegas.
La obra de Antonio Di Benedetto ha sido traducida, entre otros idiomas, al inglés, hebreo, francés, portugués, italiano, esloveno, holandés, búlgaro, checo, rumano, turco, danés, alemán, albanés y chino.
Programación
Viernes 21 de octubre
De 16 a 20 h | Espacio Jorge Luis Borges
Exhibición de las primeras ediciones de la obra de Antonio Di Benedetto. Colección Lucio Aquilanti
De 16 a 20 h | Espacio Jorge Luis Borges / bibliotecas
Sector de lectura de la obra de Antonio Di Benedetto
16 h | Auditorio Mercedes Sosa
Audiovisual
Memorias sobre Antonio Di Benedetto. Entrevistas de Liliana Reales y Mauro Caponi
Testimonios de Rafael Morán, amigo y compañero de Antonio Di Benedetto en el diario Los Andes, de la ciudad de Mendoza (2015)
Testimonios de Noé Jitrik (2015)
17 h | Auditorio Mercedes Sosa
Audiovisual
Entrevista de Joaquín Soler Serrano a Antonio Di Benedetto emitida en la televisión española en 1978
17 h | Auditorio Alberto Williams
Presentación del libro Escritos del exilio, de Antonio Di Benedetto (A.hache)
Con la participación de Liliana Reales, Jorge Monteleone, Maxi Legnani y Flavia Pittella
18 h | Auditorio Mercedes Sosa
Audiovisual
Breve documental sobre Antonio Di Benedetto
18:30 h | Auditorio Alberto Williams
Actores leen a Antonio Di Benedetto
Con la participación del actor Rafael Spregelburd y la actriz Moro Anghileri, integrantes de las películas Zama, de Lucrecia Martel, y Aballay, de Fernando Spiner, respectivamente.
Leen una selección a cargo de Moro Anghileri y una adaptación de Zama, de Ernestina Gatti realizada para el ciclo “El fluir de la conciencia”, de los talleres “Clásicos no tan clásicos”.
Sábado 22 de octubre
De 16 a 20 h | Espacio Jorge Luis Borges
Exhibición de primeras ediciones de la obra de Antonio Di Benedetto. Colección Lucio Aquilanti
De 16 a 20 h | Espacio Jorge Luis Borges / bibliotecas
Sector de lectura de la obra de Antonio Di Benedetto
16 h | Auditorio Alberto Williams
Mesa “El cuento y la novela en la obra de Antonio Di Benedetto”
Participan Carla Maliandi, Fernando Spiner, Gabriela Saidon y Mercedes Araujo
18 h | Auditorio Alberto Williams
Mesa “Imágenes y sentidos en la obra de Antonio Di Benedetto”
Participan Natalia Gelós, Eugenia Almeida, Silvia Hopenhayn e Inés Garland
18 h | Aula Taller
Mesa “Escritos periodísticos, de Antonio Di Benedetto”
Participan Liliana Reales, Silvina Friera y Pedro Rey
Antonio Di Benedetto (Mendoza, 1922; Buenos Aires, 1986) dejó inconclusa la carrera de Derecho y se dedicó al periodismo y la literatura durante el resto de su vida. Residió en su ciudad natal hasta 1976, año en que fue detenido por el gobierno militar. Entre 1977 y 1983 se exilió en Europa; dio clases en Francia y publicó diversas notas periodísticas desde Madrid. Luego regresó a Buenos Aires, donde murió tres años después.
Entre sus obras más destacadas se encuentran los tempranos cuentos de Mundo animal (1952), que ya daban cuenta de su característico estilo reticente, así como de una aguda mirada para describir animales; El pentágono (1955), que ofrece una estructura de novela formada por cuentos; Zama (1956), que constituyó su consagración y lo más depurado de su estética, secundada por las novelas El silenciero (1964), Los suicidas (1969) y su último título, Sombras, nada más... (1985). Reorganizó muchos de sus libros de cuentos, como lo refleja la exhaustiva edición de los Cuentos completos realizada por Adriana Hidalgo Editora.
Zama (1956)
Zama (1956) maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:22
Como la mayor parte de los acontecimientos literarios, la aparición de Zama en 1956 pasó prácticamente desapercibida. Algunas reseñas bibliográficas aisladas señalaron sin embargo la calidad del libro. Abelardo Arias diría más tarde, y con razón, que si Antonio Di Benedetto hubiese escrito sus cuentos y novelas en París y no en Mendoza, su ciudad, sería mundialmente famoso; a diferencia de otros escritores latinoamericanos que escriben desde Europa y han alcanzado de ese modo, y quizás por esa razón, gran renombre en las letras continentales pero no mundiales, Zama ocupará algún día ese lugar codiciado.
Si los críticos de habla española hablaran de los buenos libros y no de los libros más vendidos y más publicitados, de los libros que trabajan deliberadamente contra su tiempo y no de los que tratan de halagar a toda costa el gusto contemporáneo, Zama hubiese ocupado en las letras de habla española, desde su aparición, el lugar que merece y que ya empieza, de un modo silencioso, lento y férreo, a ocupar: uno de los primeros.
Zama es superior a la mayor parte de las novelas que se han escrito en lengua española en los últimos treinta años, pero ninguna buena novela latinoamericana es superior a Zama.
Se ha pretendido, a veces, que Zama es una novela histórica. En realidad, lejos de ser semejante cosa, Zama es, por el contrario, la refutación deliberada de ese género. No hay, en rigor de verdad, novelas históricas, tal como se entiende la novela cuya acción transcurre en el pasado y que intenta reconstruir una época determinada. Esa reconstrucción del pasado no pasa de ser simple proyecto. No se reconstruye ningún pasado sino que simplemente se construye una visión del pasado, cierta imagen o idea del pasado que es propia del observador y que no corresponde a ningún hecho histórico preciso.
La pretensión de escribir novelas históricas ––o de estar leyéndolas–– resulta de confundir la realidad histórica
con la imaginación arbitraria de un pasado perfectamente improbable. Ya no recuerdo quién ni dónde, afirmaba que el único valor de Zama era el de reconstruir la lengua colonial de la época en que se supone transcurre la novela. En Zama no hay ninguna clase de reconstrucción lingüística tampoco ––y es evidente que tal proyecto no ha sido nunca tenido en cuenta por su autor. Hay, por el contrario, y en el sentido noble del término, sentido que se opone al de burla o pastiche o imitación, más lúcidamente, parodia.
Lo que distingue a una parodia de una imitación es la relación dialéctica que la parodia establece con su modelo, mediante la cual el modelo es recubierto sólo parcialmente para lograr, de ese modo, a partir de la relación mutua, un nuevo sentido. La imitación pretende superponerse enteramente a su modelo, empresa que es, desde luego, inútil, ya que siempre ha de quedar un margen, un intersticio, por el que se muestre el modelo poniendo en evidencia, al mismo tiempo, la imitación. En la parodia ese intersticio es deliberado y de la exhibición de la parodia como tal surgirá el sentido nuevo.
Es a través de esa parodia, justamente, que Zama quiere mostrar que no ha de leérsela como una novela histórica. La lengua en que está escrita no corresponde a ninguna época determinada, y si por momentos despierta algún eco histórico, es decir el de una lengua fechada, esa lengua no es de ningún modo contemporánea a los años en que supuestamente transcurre la acción ––1790-1799––, sino anterior en casi dos siglos: es la lengua clásica del Siglo de Oro. Desde luego que no se trata de una imitación pedestre a la manera de nuestros neoclásicos, sino de un sabio procedimiento alusivo y secundario incorporado a la entonación general de la lengua personal de Di Benedetto.
Toda narración transcurre en el presente, aunque habla, a su modo, del pasado. El pasado no es más que el ro-
deo lógico, e incluso ontológico, que la narración debe dar para asir, a través de lo que ya ha perimido, la incertidumbre frágil de la experiencia narrativa, que tiene lugar, del mismo modo que su lectura, en el presente. Al hacer más evidente ese pasado, al convertirlo en pasado crudo, nítidamente alejado de la experiencia narrativa, el narrador no quiere sino sugerir la persistencia histórica de ciertos problemas. El esfuerzo de Di Benedetto tiende, por lo tanto, no a evadirse del presente ––esfuerzo condenado por otra parte a una imposibilidad trágica–– sino a exaltar la validez del presente y a hacerla más comprensible mediante un alejamiento metafórico hacia el pasado.
Pero no por no poder ser novela histórica, la narración no ha de poder ser históricamente fechada. Publicada en 1956, Zama tenía más de una razón para pasar casi inadvertida: en la Argentina, en esos años, el existencialismo y su giro sociológico, marcado por Qué es la literatura de Sartre, constituían la influencia mayor sufrida por nuestros escritores y nuestros intelectuales. En ciertos aspectos, Zama puede ser considerada una novela existencialista, aunque por muchas razones se aleja considerablemente de esa corriente. Por una parte, Zama, en la que la historia está, a su modo, presente, se niega a aceptar ese giro sociologista considerando, con razón, que el giro sociológico del existencialismo, si bien ha sido fecundo para su evolución, introduce un elemento voluntarista que es extraño a la narración. Y, por otra parte, mediante su alejamiento metafórico hacia el pasado, Zama echa por tierra el historicismo superficial que pretende que el repertorio temático del existencialismo no ha sido más que el producto, en sentido puramente determinista, de la Segunda Guerra Mundial.
Zama es, por ciertos aspectos de su concepción narrativa, comparable a las obras mayores de la narrativa exis-
tencialista, como La náusea y El extranjero. Yo creo, sin embargo, que por las circunstancias en que fue escrita y la situación peculiar de la persona que la escribió, Zama es en muchos sentidos superior a esos libros.
En primer lugar, lo que distingue los libros citados de Zama es que sus autores, de un modo u otro, han tenido,
en la época en que los han escrito, un comercio estrecho con la filosofía. La náusea es un libro que, por haber sido escrito después de haber sido concebida la filosofía que lo sustenta, podemos considerar como un informe o una ilustración de ciertas tesis más que como una narración. Algo aproximado, aunque menos tajante, podemos afirmar de El extranjero. Zama en cambio no es el producto de ninguna filosofía previa: encuentra más bien espontáneamente a la filosofía, como Edipo a su padre desconocido en la encrucijada trágica.
De este hecho podemos inferir una distinción precisa entre literatura y filosofía: distinción que no se encuentra
en el objetivo de reflexión sino en la fase del proceso de creación o de expresión en que ese objeto se halla ubicado: anterior en el caso de la filosofía; dentro, en alguna parte, en el caso de la narración.
La filosofía parte de un objeto de reflexión; la narración da con él o lo siembra en algún momento de su recorrido. El hecho de que Di Benedetto sea un escritor y no un filósofo y el hecho de que haya escrito su novela en una pequeña ciudad argentina y no en la ciudad en la que el existencialismo alcanzó el esplendor mundano que lo convirtió en la moda intelectual de los años cincuenta, multiplica el valor de Zama y corrobora la universalidad de ciertos temas mayores del existencialismo, que la mundanidad no hizo más que poner, en su momento, en tela de juicio. La estructura interna de Zama es aparentemente simple. Es el protagonista mismo quien narra, en primera persona, diez años de su vida, años cruciales en que su decadencia física y moral va poniéndolo, como un río lento y terrible, en la orilla opuesta de la vida.
Pero esa simplicidad narrativa es engañosa: una y otra vez, la narración lineal es interferida por breves historias, alegorías, metáforas, que anulan la ilusión biográfica e instalan el conjunto de lo narrado en una dimensión mítica. A partir de la cuarta frase del libro, que es también el cuarto párrafo, la descripción de un mono muerto detiene la narración ––es decir la simple marcha de los acontecimientos–– y la cifra en un sentido que es ambiguo y sin embargo revelador de lo que está por venir, como si instintivamente el narrador supiese que no vivimos nuestra vida más que al margen de los acontecimientos y superponiendo a nuestra experiencia la reflexión confusa sobre sus sentidos posibles.
Este procedimiento quiebra continuamente la narración, no sólo en Zama sino en la mayor parte de los escritos
de Di Benedetto, y la enriquece. Se trata, veinte años antes que la retórica del Nouveau Roman la clasificara como uno de sus procedimientos más corrientes, de una variante de la mise en abîme que Gide describe en su diario, en una página de 1893: “No me desagrada que en una obra de arte se reencuentre transpuesto, a escala de los personajes, el tema mismo de esa obra. Nada la ilumina más ni establece de un modo más seguro las proporciones del conjunto. De esa manera, en ciertos cuadros de Memling o de Quentin Metsys,
un espejito convexo y oscuro refleja, a su vez, el interior del decorado en que tiene lugar la escena pintada. Lo mismo en Las Meninas de Velázquez (aunque de un modo un poco diferente). Por fin, en literatura, en Hamlet, la escena de la comedia; y en otras partes también, en muchas otras obras. En Wilhem Meister, las escenas de marionetas o la fiesta en el castillo”. Nada ilumina más Zama, en efecto, que esa inmovilización continua de la narración, ese hormigueo de pequeñas intervenciones metafóricas que contribuyen a liberarla de la prisión del acontecer. Que yo sepa, ningún narrador en América, excepción hecha quizá de Borges o de Felisberto Hernández, había intentado, por los mismos años, experiencias equivalentes.
En vano se intentará ubicar Zama dentro de las categorías rutinarias que manejan nuestros críticos e historiadores de la literatura. Una enciclopedia reciente, que ha dedicado páginas y páginas a autores que una semana después de aparecida su enciclopédica consagración ya se caían en pedazos, prodiga a Di Benedetto, antes de pasar a otra cosa, una etiqueta lapidaria: “Practica la literatura experimental”. Discriminación que no deja de ser curiosa, si tenemos en cuenta que no hay para la literatura otro modo de continuar existiendo que el de ser experimental ––condición sine qua non que la mantiene en vida desde Gilgamesh.
El periodista anónimo que redactó la frase distingue desde luego la literatura experimental con el fin preciso de
hacer notar que no vale la pena ocuparse de ella. Ni fantástica ni realista, ni urbana ni rural, ni clásica ni de vanguardia, ni escapista ni engagée, Zama, justamente por no tener cabida en ningún casillero preparado previamente por los escribientes de nuestras revistas y de nuestras universidades, está destinada a destellar con luz propia y a mostrarnos, de a ráfagas, a cada nueva lectura, zonas secretas de nosotros mismos que el hábito de esas falsas clasificaciones oblitera. Esa narración, que hace como si nos contara hechos transcurridos hace casi dos siglos, nos narra sin embargo a nosotros, sus lectores. Zama es, no nuestro espejo, sino nuestro instrumento ––en el sentido musical y operacional del vocablo. Aprendiéndolo a tocar oiremos, después de un momento, nuestra propia canción, que no es más que un turbio ronroneo, subjetivo, continuo y universal y que, lleno de sonido y de furia, no significa, no propiamente nada, sino algo preciso, previamente determinado, dado de una vez y para siempre y que pueda dispensarnos del estado de lucidez difícil, mezcla de insomnio y somnolencia, en que se debaten nuestras vidas. Se dirá que todo esto no es más que irracionalidad y escapismo. Yo quiero hacer notar, sin embargo, que si aceptamos por un momento la hueca categoría de novela de América, abstracta y chauvinista, y adoptamos el punto de vista de quienes la manejan, entre todas las novelas que pretenden ese título en los últimos treinta años Zama sería la primera en merecerlo, a pesar del folklore, del anecdotario pasatista y del academicismo artero que pululan en la actualidad y que se pretende hacer pasar por una nueva novela. Zama no se rebaja a la demagogia de lo maravilloso ni a la ilustración de tesis sociológicas; no se obstina en repetirnos las viejas crónicas familiares que marchitan la novela burguesa desde fines del siglo XIX; no divide la realidad, que es problemática, en naciones; no pretende
ser la summa de ningún grupo o lugar; no da al lector lo que el lector espera de antemano, porque los prejuicios de la época hayan condicionado a su autor induciéndolo a escribir lo que su público le impone; no honra revoluciones ni héroes de extracción dudosa, y sin embargo, a pesar de su austeridad, de su laconismo, por ser la novela de la espera y de la soledad, no hace sino representar a su modo, oblicuamente, la condición profunda de América, que titila, frágil, en cada uno de nosotros. Nada que ver con Zama la exaltación patriotera, la falsa historicidad, el color local. La agonía oscura de Zama es solidaria de la del continente en el que esa agonía tiene lugar.
Una última observación: hay un estilo Di Benedetto, reconocible incluso visualmente, del mismo modo que hay
un estilo Macedonio, o Borges, o Juan L. Ortiz. Este mérito puede muy bien ser secundario; pero que yo sepa no lo encontramos, en la Argentina, en ningún otro narrador contemporáneo de Di Benedetto.
Antonio Di Benedetto
Recordando una ironía que Goethe aplicó a los liberales, podríamos decir que a muchos escritores las cosas les resultan fáciles hoy en día, porque el público entero les sirve de suplente. Ni una sola frase estampan que sus lectores no hayan plebiscitado de antemano. Tan obvia es la estética sumaria que les proponen, tan de acuerdo con la opinión, con el sentido común, con las generalidades más deslavadas del “hombre culto”, que sus libros se vuelven innecesarios, puesto que los mismos lugares comunes que vehiculan ya han sido proferidos hasta la náusea por los semanarios, las reseñas académicas y los debates políticos y culturales. Y es fácil observar que, al poco tiempo, esas banalidades tan aclamadas se disuelven junto con la actualidad en la que se injertan.
Desde luego que no es el caso de Antonio Di Benedetto. Sus narraciones provienen de una profunda necesidad
personal, indiferentes a la expectativa pública y a lo establecido y, por esa misma razón, no hay lector atento que, en lo más íntimo, no se reconozca en ellas.
Hace cuarenta años, los grandes éxitos de librería como los llaman, nacionales e internacionales, ocultaron, con su barullo injustificado, la aparición de Zama, su obra maestra. Cuatro décadas más tarde, desvanecida ya la feria de ilusiones que nos lo escamoteaba, este texto a la vez épico y discreto, viviente y desgarrador, fulgura todavía entre nosotros.
Es cierto que desde su aparición en 1956, varias ediciones confidenciales, casi secretas, se fueron sucediendo en la Argentina y en España, pero su lugar ––uno de los primeros–– en la narrativa de nuestra lengua no ha venido a ocuparlo todavía. Entre los autores de ficción de este idioma y de este siglo, Di Benedetto es uno de los pocos que tiene un estilo propio, y que ha inventado cada uno de los elementos estructurantes de su narrativa. Una página de Di Benedetto es inmediatamente reconocible, a primera vista, como un cuadro de Van Gogh. Sus grandes textos ––Zama, El silenciero, El cariño de los tontos, Cuentos claros, Aballay–– son un archipiélago singular en la geografía a decir verdad bastante banal de la narrativa en lengua castellana. Entre tantos mamotretos demostrativos y tantas agachadas supuestamente vanguardistas, la prosa lacónica de Di Benedetto, construida con una tensión que no cede ni un solo instante, demuestra una vez más, aunque haya que recordarlo a menudo, que el arte del relato nace siempre de una conjunción de rigor, de inteligencia y de gracia.
Aunque opuesto en todo a los viajantes de comercio de la esencia americana, Di Benedetto, sin desde luego ningún voluntarismo programático, ha, por añadidura, elaborado en Zama una imagen exacta de América. Soliloquio lírico sobre la espera, la soledad, el desgaste existencial y el fracaso, este libro desesperado y sutil nos refleja de un modo más verídico que tantos carnavales conmemorativos que, con el pretexto de corretear lo americano, chapotean en el más chirle conformismo respecto de la forma narrativa, la cual, sin embargo, puesto que se presentan como libros de ficción, tendría que ser la primera de sus exigencias.
El rigor de Zama está presente en los otros grandes textos de Di Benedetto. Cuatro novelas ––El pentágono, Zama, El silenciero y Los suicidas–– y una quincena de relatos de diferente extensión, constituyen un universo narrativo de primer orden, por su unidad estilística y formal y por su lucidez sin concesiones. El sabor de su prosa, vivificado por discretos matices coloquiales, es, a pesar de su sencillez aparente, resultado de un análisis magistral de la problemática narrativa que su tiempo le planteó.
Los que tuvimos la suerte de ser sus amigos ––lo que no estaba exento a veces de afectuosas dificultades–– sabemos además que en la obra estaba presente la integridad de la persona, hecha de discreción, de penetración amarga, de abismos afectivos, de nobleza y de ironía. En 1976, las marionetas sangrientas que impusieron el terrorismo de Estado, lo arrestaron la noche misma del golpe militar y, sin ninguna clase de proceso, lo mantuvieron en la cárcel durante un año. Los notables mendocinos que había frecuentado durante décadas se lavaron las manos, de modo que cuando salió de la cárcel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria y la enfermedad. Ni una sola vez lo oí quejarse, y cuando le preguntaba las causas posibles de su martirio, sonreía encogiéndose de hombros y murmuraba: “¡Polleras!”. Pero ese año indigno lo destruyó. El elemento absurdo del mundo, que fecunda cada uno de sus textos, terminó por alcanzarlo. Y sin embargo, hasta último momento, a pesar de la declinación mental y física, encaró, con la misma ironía delicada de los años de plenitud, la inconmensurable desdicha.
Juan José Saer
La espera de una carta que nunca fue escrita
La espera de una carta que nunca fue escrita maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:22
«Me pregunté, no por qué vivía, sino por qué había vivido. Supuse que por la espera y quise saber si aún esperaba algo. Me pareció que sí. Siempre se espera más».
Antonio Di Benedetto, en Zama
Viví años en Puerto Varas para luego radicarme en Frutillar. A los pocos meses aquí, mi amigo Emilio me invitó a participar de un club de lecturas llamado Los Literales. Cuatro de los cinco participantes, todos hombres, somos apoderados del colegio al que asisten nuestros hijos e hijas.
La dinámica consiste en elegir un libro colectivamente, el que se lee en el transcurso de un mes, para luego intentar congeniar las agendas de cada uno y así dar con una fecha en que podamos juntarnos y conversar un par de horas, acompañados de chelas y papas fritas, sobre el texto y las ramificaciones que puedan surgir de esa lectura.
Pues bien: para el último libro, alguien sugirió que leyéramos una novela histórica. Yo propuse, tramposamente, que leyéramos Zama de Antonio Di Benedetto (nadie más la había leído).
Digo tramposamente porque Zama no es una novela histórica, al menos no en el sentido que el mercado le atribuye al término (mi amigo Camilo Arancibia, cuando comenté con él esta elección, dijo: «hablar de Zama como novela histórica es como si hubiera que leer un libro de poesía y yo propusiera La nueva novela de Juan Luis Martínez»).
Uno de los contertulios la googleó y leyó en voz alta las primeras líneas de la contratapa, en su edición de Adriana Hidalgo: «Zama está considerada de manera unánime como una de las grandes novelas del siglo veinte en lengua española». Novela elegida, entonces, y con altas expectativas.
La reunión, que tardó en concretarse casi dos meses, se convirtió en un matadero: a nadie —excepto a mí, que la he releído varias veces— le gustó la novela. El único comentario positivo fue que tenía «chispazos esporádicos de genialidad».
Y si bien las razones del disgusto general variaban de participante en participante, esencialmente, creo, había dos argumentos: o no habían enganchado con las vicisitudes de don Diego de Zama, el protagonista, quien además les había parecido patético y desagradable, es decir, un personaje difícil de conectar, o derechamente la novela de Di Benedetto, por su hermetismo, por su desazón, incluso por su lenguaje, les había aburrido.
Los golpes, a medida que cada uno daba su opinión, iban y venían y mi defensa —»vengan todos juntos», dije apenas me di cuenta que la contienda sería desigual— fue férrea, desesperada, a corazón abierto: «En las partes más oscuras de mi humanidad, yo he sido Zama», dije en un momento, como tratando de defender a cuchillazo limpio, pero desde el suelo ya y con el rostro ensangrentado, uno de mis libros favoritos.
Nuestra pasión por el futuro
Escribo este texto, entonces, con la resaca de esa reunión, y como una manera de ordenar mis pensamientos para transmitir, aunque sea mínimamente, por qué Zama me parece una gran novela. Entiendo que la lectura es un asunto plenamente subjetivo, y que en cosa de gustos no hay nada escrito, y aun cuando otros habrán versado mejor que yo los valores literarios de la novela de Di Benedetto —y que esta, sin lugar a dudas, se defiende por sí sola—, así y todo, me siento deudor de este acto de desagravio.
Dejaré fuera de este comentario, eso sí, la sombra que su autor arroja sobre la novela, en particular en lo referido a su exilio en España, donde vivió penurias económicas parecidas a las de su protagonista, y con las cicatrices internas de haber sido torturado, sin jamás saber el por qué de su detención, por agentes de la dictadura de Videla.
Así, don Diego de Zama, funcionario de la corona española en Asunción del Paraguay, espera una carta. Dicha carta lo trasladaría al Buenos Aires de fines del siglo XVIII, para estar junto a su familia. Y mientras esa carta no llegue, él espera.
—Pero, ¿por qué tanto rollo con la carta? —comentó, pragmático, uno de los integrantes del club de lectura—; ¿por qué este tipo no pesca sus cosas y se va nomás?
Le he dado vueltas a este comentario. La razón, evidentemente, va mucho más allá del mero avance en su carrera como asesor letrado («no puedo abandonar si quiero otro cargo más cerca de ti, de mayor lustre y efectivas entradas», le escribe en una carta a su esposa Marta. «Algo se juega también mi nombre, que es el de tus hijos»).
Pienso que la esperanza, como canta el dicho, es lo último que se pierde, y esa insistencia ante la esperanza está, en Zama (y en mí también), íntimamente ligada al desasosiego: «La certeza de que las expectativas jamás serán cumplidas a lo largo de la vida de muchos de nosotros no limita nuestra pasión por el futuro», escribió Peter Orner.
El drama de la esperanza es, en ese sentido, muy parecido al drama de la obsesión.
La insistencia obsesiva de Zama, en su espera por la mentada carta, opera como una desintegración progresiva en él, que lo hace atravesar distintos estados de la conciencia, pasando de una mirada concreta hacia una percepción más onírica para, finalmente, acabar en el delirio mismo.
Este proceso de degradación —síquico, moral—, se refleja, a su vez, en los cambios del estilo narrativo de las tres partes que estructuran la novela (los años 1790, 1794 y 1799), estilos que parten, en un principio, con una voz más recargada, casi barroca, y que rematan en la voz minimalista del último año.
Otra crítica de Los Literales —una de las estocadas más punzantes de esa noche— apuntaba al sentido gramatical de la prosa, como la insistencia en usar dos o más adjetivos en una frase («yo era un animal enfurecido, rabioso», por decir un ejemplo, o «yo veía todo ordenado, posible, realizado o realizable», por decir otro).
—Esa reiteración —dijo quien la profiriera— era como similar al estilo repetitivo que Sebastián Piñera usaba en sus discursos.
(¡Blasfemia!, pensé para mis adentros, pero, por fuera, me reí bobaliconamente).
Junto con la crítica hacia el lenguaje, mis compañeros del club de lectura también comentaron que, a ratos, no se entendía tal o cual párrafo, sobre todo en la primera parte, y que por ello debían volver sobre su lectura, para comprender el significado de lo que quería decirse.
Zama es una novela que trabaja desde el lenguaje, desde la artesanía del lenguaje. Para crear en ella la sensación de un español antiguo —para entregar un sabor de historia en la lengua—, Di Benedetto se valió de un léxico único, anacrónico, mixtura de su propia voz contemporánea con atisbos del Siglo de Oro español.
El resultado es, según mi criterio, un tono exquisito, de minuciosa orfebrería en la sintaxis. Por otro lado, aun cuando este estilo no les fuera del todo comprensible, lo cual es muy válido (yo mismo me perdía en algunas frases), pienso que el significado de las palabras y el espíritu del personaje se transmite, muchas veces, a través de ese tono majadero, de esa acumulación que se criticó, y que Di Benedetto usó para construir el carácter agobiado y cansino de su protagonista.
Lo anterior tiene su correlato en el ritmo, en la respiración del tono, que urge a una lectura pausada, a una destilación de la angustia imprecisa que la espera y sus consecuencias terminan por provocar en la psique cada vez más menguante de don Diego de Zama.
Es así cómo, en el transcurso de la novela, en el proceso de desintegración del protagonista, el cual se condice con el del imperio español en el continente americano, se explorarán diferentes temáticas: en 1790, el deseo y el erotismo masculino desaforado; en 1794, las apariciones fantasmales y lo onírico; y en 1799 —la parte que más disfrutaron Los Literales—, el descenso hacia los infiernos de la selva paraguaya, una suerte de paralelo con el Corazón en las tinieblas de Joseph Conrad, donde Zama, ya desgarrado síquica y moralmente, verá una última oportunidad de promoción mediante la cacería humana de Vicuña Porto, un criminal que, como Kurtz, es precedido por su leyenda («Vicuña Porto era como el río, pues con las lluvias crecía»).
Como las Dulcineas del Toboso
Ahora bien: toda gran novela es una propuesta sobre el tiempo. Y, en el caso de Zama, lo interesante es cómo el proceso de decadencia, que se produce a través de los diez años que se narran, está supeditado a un tiempo que, desde la percepción distorsionada, subjetiva, del narrador, pareciera estar estancado, como un reloj que mueve y retrocede su aguja constantemente, como un efecto de suspensión pendular representado a su vez, y desde un comienzo, en la imagen del mono muerto que Zama atisba, varado entre los palos del muelle, yendo y viniendo en el agua, sin nunca alcanzar la orilla ni ser arrastrado por la corriente del río:
«Ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos. Ahí estábamos, por irnos y no».
La imagen del mono captura, en su primera página, toda la novela, el efecto hipnótico de la prosa di benedettiana, porque esta imagen y su constante oscilación volverá a repetirse, no sólo en el tono y su efecto, sino también en la imagen de un pez («hay un pez en ese mismo río, que las aguas no quieren y él, el pez, debe pasar la vida, toda la vida, como el mono, en vaivén dentro de ellas»), y de una araña venenosa en la barba de un hombre («allá estaba ella, en sube y baja sobre la punta de los pelos»), e incluso en el fallido cortejo de Luciana, la mujer española que Zama desea en la primera parte, romance que se presenta como un tira y afloja inmutable, como una «inmovilización continua de la narración», en palabras de Saer en el prólogo, y que más adelante el mismo narrador definirá como un «trámite afanoso que hubo de naufragar».
En un ensayo sobre el aburrimiento, que todos debieran leer, Joseph Brodsky escribió: «Un hombre que se inyecta heroína en la vena viene a hacerlo por la misma razón por la que otros se compran un vídeo: para eludir el carácter repetitivo del tiempo».
Zama, Sísifo moderno, elude el tiempo entrando y saliendo una y otra vez de situaciones absurdas, ridículas, de las que siempre, como buen chanta —y que arroje la primera piedra quien no se ha mostrado alguna vez como más de lo que realmente es—, buscará desentenderse: la persecución carnal de mujeres, las apuestas en carreras de caballo, la rivalidad con otro colega funcionario, la procreación de un hijo (precedida de una metáfora filosófica sobre un Dios creador), la prostitución de sí mismo para obtener algunas monedas con las que comer, la caza de un criminal al que luego, por un encontrón con el capitán de la expedición, decidirá no acusar sino hasta el último momento.
Y en todas estas situaciones, persistente en culpar a otros por sus faltas, y firme en no abdicar de sus fantasías, Zama se moverá o inmovilizará motivado por una ilusoria opinión de sí mismo: «el personaje principal se siente anclado a un destino mientras está convencido de que merece otra cosa», dijo Hebe Uhart sobre él. «Este es un sentimiento muy actual, algo que sigue pasando».
Seamos honestos: todos esperamos algo en nuestras vidas. Ahora, por ejemplo, que es fin de año, aquellos que participamos del rubro cultural esperamos que nos llegue la noticia de que ganamos algún fondo o concurso, aun cuando digamos que eso nos da lo mismo, que no nos viene ni nos va, pero lo cierto es que, cuando llega el día en que hemos quedado cesantes, en que nos vemos sin ninguna potencial pega por delante, en que hemos participado de varios procesos y no hemos recibido llamado ni correo electrónico de vuelta, la angustia por recibir esa metafórica carta que espera don Diego de Zama se vuelve real (tal vez demasiado real).
Ya lo decía Nicanor Parra, en 1991, en su discurso de Guadalajara:
Los premios son
Como las Dulcineas del Toboso
Mientras + pensamos en ellas
+ lejanas
+ sordas
+ enigmáticas.
Cambie la palabra «premios» por «fondos», «concursos», «dinero», «platita», «pegas», «entrevistas de trabajo», y repentinamente los versos se volverán universales. En el caso de la novela de Di Benedetto, aplique el cambio de «premios» por «carta»; la carta que espera don Diego es, precisamente, así: lejana, sorda y enigmática.
Hay una prosa apátrida de Julio Ramón Ribeyro que habla de lo mismo: «La carta que aguardamos con más impaciencia es la que nunca llega. No hacemos otra cosa en nuestra vida que esperarla. Y no nos llega, no porque se haya extraviado o destruido, sino sencillamente porque nunca fue escrita».
La espera de una carta que nunca fue escrita: eso es Zama. Un viaje interno, kafkiano por la posibilidad quimérica de recibir lo que se espera, y por la impotencia de no poder salir de ese limbo en el que Zama ha sido desterrado: la provincia paraguaya que, como El castillo de Kafka pero a la inversa, no logrará abandonar, al menos no físicamente sino hasta el final, donde él, por medio de una epifanía terrible y hermosa, terminará por aceptar su destino y, al mismo tiempo, su autodestrucción.
José Miguel Martínez (Santiago, 1986) es arquitecto. Ha publicado los libros El diablo en Punitaqui (Tajamar Editores, 2013), Hombres al sur (Tajamar Editores, 2015), Tríptico de granola (Tres Puntos Ediciones, 2020) y Ceres (Minotauro, 2021).
Ha traducido, además, a James Baldwin, S. Craig Zahler y Jack London. Es creador del podcast Cátedras Paralelas, donde conversa con diversos invitados sobre libros y lectura. Vive en Frutillar, Chile.
Asimismo, es redactor permanente del Diario Cine y Literatura.
Feroces
Feroces maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:25
Es un día del medio invierno, bondadoso de sol.
Carlitos, que tiene su coche propio, sus ideas propias y sus placeres personales, se aconseja: "Limpiecito para correr", en cuanto se libera del tránsito suburbano de San Rafael.
Carlitos lleva. su plan: a las seis de la tarde estará. en Mendoza, a las siete cumplirá con gusto el ritual del noviazgo oficial y a medianoche ... "¡la vida!", se regocija. Mañana a las doce se hallará de nuevo en San Rafael, sentado a la mesa familiar, con pesadumbre en los párpados, tal vez, pero también con un gozo secreto impregnado en todo el cuerpo.
Don Pedro hace el trayecto de Mendoza. a San Rafael con pausas recuperativas: a las once tomó la comida en Tunuyán; más adelante se detuvo en Campo Los Andes a beber un té digestivo bien caliente con la familia de un oficial amigo. Ahora se cubre las piernas con una manta. El sol dora el aire, pero don Pedro debe prevenirse de dos fríos: el natural de julio, que se cuela en el automóvil como en una cueva húmeda, y el propio de su edad, que se le suele recostar en los huesos.
Don Pedro compara el color de la atmósfera con el de sus vinos blancos de reserva y la mirada, trasladada un tanto a la comba azul, subyugada por este color, se entrega como a la meditación del vasto cielo.
Don Pedro queda pensando en el cielo. Se le ocurre que este momento es como un anticipo que se le ha concedido.
El automóvil rueda, sin urgencia, sin excesiva prisa, mantenido en una velocidad de crucero.
Entonces revienta un neumático delantero y el auto, como aturdido por el estallido, enloquece. Vibra, brinca y se retuerce. Otro coche, a unos metros, en dirección contraria, acude como al asalto.
Pero el coche de don Pedro, desbocado, supera. las energías del volante, domina al conductor, gira y corta el camino. El vehículo de Carlitos, desatado en la carrera, no se puede detener, desacata el freno e hinca profundamente sus fauces calientes en el automóvil accidentado.
El chofer de don Pedro ha muerto en el asiento. Don Pedro no lo sabe Él ha caído en el piso del coche, con algo muy desgarrado, que no quiere mirar, porque siente las brasas de la carne en sangre.
Llama: "¡José! ¡José!", pero advierte que el auto puede incendiarse y no espera. Repta con impulsos de la pierna que todavía le responde y apoyándose en el codo izquierdo, pero lo mismo se hace crueldad
en el costado abierto y purpúreo. Consigue apartarse y arrojarse al suelo de la carretera. Cree haber llegado muy lejos y estar ya fuera del peligro de la explosión y de las llamas. Ahora puede gritar.
Grita, grita, llamando a José, nombrando sus brutales dolores y también la muerte, como recurso para conmover tamo silencio tendido en el largo camino sin tránsito de ninguna especie. Porque don Pedro oye sus gritos, sus gritos nada más y se aterra. Está en la pampa, a muchos kilómetros de donde viven las gentes, y está solo, despiadadamente solo, porque José su servidor no le responde y tampoco aparece quien sea que los embistió.
Sin embargo ... una sombra lenta se expande sobre sus ojos. Alza la mirada, con un súbito recelo, como si temiera un atraco o un golpe de gracia.
Ante él está Carlitos, el abrigo abierto, doblado el cuerpo sobre un brazo que le contiene el vientre.
No habla, mira no más, con curiosidad y un poco de espanto, como si considerara su obra, algo que hizo sin querer hacerlo y le salió monstruoso.
Don Pedro, de verlo tan callado y tan quieto, le pierde la desconfianza. Le ruega, aunque con vehemencia:
"¡Ayúdeme! ¡Sálveme! llame a alguien. Busque a un médico".
Carlitos sonríe extrañamente, entresacando la sonrisa de su propio estupor.
Don Pedro se asusta de verle esa cara, pero aparta el temor porque necesita su socorro. No hay más nadie a quien recurrir. Le implora, le ofrece dinero para seducirlo, cualquier cosa de valor que desee, con tal que consiga o le preste auxilio.
Carlitos sonríe, ahora con bondad, compadecido de la ingenuidad del caído, y le dice, apenás:
-Yo también, viejito ...¿No ve? ...
E intenta. un ademán para mostrar lo que tapa con el brazo cruzado, pero esa acción, o la conciencia de su estado, de súbito le afloja las energías. Parece que se desploma, que caerá encima de don Pedro. Entonces a Carlitos le viene el miedo, un miedo toral y espasmódico.
Cuando llega otro automóvil, un coche cualquiera, con gente de viaje, a don Pedro sólo le quedan sus propias convulsiones y un cacho de vida.
Se han apeado eres hombres. Dos se ocupan de los tumbados en la carretera y el tercero revuelve las entrañas de los coches entreverados. Muy pronto comunica en voz alta a sus compañeros:
-Aquí hay otro, muerto también.
Esto escucha don Pedro. La voz lo despierta y le revela sobre su cabeza dos rostros preocupados e indecisos.
-¿Qué podemos hacer por usted?
La pregunta suena tan inútil a los tres ...
Don Pedro parece acatar lo que esa pregunta significa. Suavemente, responde:
- Nada ... Ya nada. ¿Qué podrían? ...
Pero de súbito se rebela. Concita todas sus fuerzas para un impulso final. Pretende tomar de las solapas al hombre que está inclinado sobre él. Sólo le obedece una mano y apenas alcanza el borde de una solapa. Pero ruge:
-¡Se me acaba la vida! ¡Se me acaba!
El atrapado padece el terror de ese puño anormalmente fuerte que lo retiene tan cerca del rostro pálido y furioso. No busca lidiarlo ni excitarlo, mas no acierta a darle un consuelo:
-No importa. Tendrá otra vida, de eterno sosiego.
Don Pedro niega con un alarido:
-¡No! ¡Ésta es !a vida!
El esfuerzo le hace chorrear sangre de la nariz.
El hombre. de la solapa siente encimarse esa sangre a las palabras con que el herido está rasguñando su piedad y su fe. Siente que le nace una náusea y que puede descomponerse sobre el hombre mayor.
Don Pedro sigue gritando:
-¡No hay cielo! ¡No hay cielo!
Es el momento en que la voz. se le extingue, epílogo que no alcanza a conmover al otro, que se sacude arrancarse de la mano y le escupe: "¡Blasfemo! ¡Maldito!,.
Los otros dos viajeros se dicen así mismos que ya está, pero ninguno de ellos, todavía, alentará un gesto ni una voz..
En sus mentes, subordinadas a la disciplina del respeto ante los muertos, habrá un largo momento lechoso.
Al surgir de esa nada, uno mirará hacia el campo, adonde está el otro con vómito, y el que aún ha de guardar la actitud recogida reactivará su mente con la memoria de cada párrafo del diálogo feroz, y se dirá con energía: "Esas cuestiones para mí no existen. Todo lo que aquí se ha dicho, ni se ha dicho ni se ha oído".
El coche de viajeros que iba. de paso por el campo de jarillas, vuelve hacia el norte, a llevar aviso y movilizar gente.
Al cuidado de todo lo destruido, cuerpos y máquinas, queda uno de ellos.
Permanece de pie; entre todo eso tan cruel que ha estado ante sus ojos un cuarto de hora. Necesita depurar sus imágenes. Recoge la mirada del árido suelo circundante y se da con la plenitud de la tarde. El sol, aunque ya más débil, todavía tibio, se entrega pródigamente a la tierra. El espacio es inagotable y está diáfanamente cargado de serenidad.
Aballay
Aballay maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:25
En el sermón de la tarde, el fraile ha dicho una palabra bien difícil, que Aballay no supo conservar, sobre los santos que se montaban a una pilastra. Le ha motivado preguntas y las guarda para cuando le dé ocasión, puede que en los fogones.
Son visitantes, los dos, el cura y él, con la diferencia que el otro, cuando termine la novena, tendrá a dónde volver.
La capilla, que se levanta sola encima del peladal en medio del monte bajo, sin viviendas ni otra construcción permanente que se le arrime, se abre para las fiestas de la Virgen, únicamente entonces tiene servicio el sacerdote, que llega de la ciudad, allá por la lejanía, de una parroquia de igual devoción.
Los peregrinos – y los mercaderes – arman campamento. Se van pasando los nueve días entre rezos y procesiones; las noches, atemperadas con costillares dorados, con guitarra, mate y carlón.
Aballay presenció un casorio, de laguneros, muchos bautizos de forasteros. Más bien deambuló de curioso y también necesitado de probarse entre la gente, pero alerta y sin darse con nadie. Contó cuatro milicos.
Mientras tanto en el altar declina la llama de los cirios, afuera se reanima y alimenta el fuego de las brasas, en las enramadas de vida corta, de esas fechas no más.
El cura recorre el sendero de vivaques echando las bendiciones y las buenas noches. Solicitado al pasar por cada grupo, hace honor a una familia venida de Jáchal. Se asa un chivito, la abuela fríe pasteles, un hombre sirve vino, todos en sosiego y discretos. De las quinchas vecinas brotan cantos, tempranamente entonados.
Se nombra a Facundo, por una acción reciente. ( "¿Qué no es que lo habían muerto, hace ya una pila de años? ... " )
Aballay ha sido una persona en la andanza de la sotana, ahora es un bulto quieto, que no se esconde. Espera.
Uno de los jachalleros lo invita a acercarse. Con una seña dice no. Otro es su apetito.
Pero media el cura y Aballay obedece. Nada agrega a la conversación, tampoco propicia su intervención el fraile, tal vez acostumbrado a esos silencios de los humildes y los ariscos.
Pero a cierta altura, cuando ya las estrellas remontan el horizonte, Aballay lo sorprende con un toque en la manga y la consulta que le desliza en voz baja:
- Padre, ¿podrá oírme?...
- ¿En confesión?
Aballay medita y al cabo dice:
- No todavía, padre. Pero ahora hablemos, le pido. Usted y yo.
Más tarde se apartan de la animación de los fogones, eluden a los achispados de la cantina y se pierden entre carretas dormidas donde reposan los niños.
Entonces hablan y, al calar el asunto que el desconocido le trae, el religioso se regocija de su eficacia como orador sagrado. He aquí quien le muestra que su verbo penetra y es capaz de causar inquietudes. Trata de corresponder a ellas agregando claridad y simplifica el lenguaje, la expresión, lo más que puede.
- No, hijo: no dije que fueran santos, sino que vivían en santidad. Era propio de anacoretas o ermitaños.
- Dispense, no fueron sus palabras.
- ¿Qué no?...
- No, padre. Los nombró de otra manera.
- A ver... estilitas. ¿Puede ser?
- Puede.
- Ah, bien. Significa más o menos lo mismo. Solo que los estilitas eran una clase especial de anacoretas... ¿conoces qué quiere decir esta palabra?
- Pongámosle que no y te explicaré. Los anacoretas eran solitarios, por su propia voluntad se habían retirado de los seres humanos. A lo más, mantenían la compañía de un animal fiel. Recorrían los desiertos o habitaban una cueva o la cumbre de una montaña.
- ¿Para qué?
- Para servir a Dios, a su manera.
- No lo entiendo. En el sermón usted dijo que estaban arriba de un pilar.
- Si ... pilar o columna. Esos precisamente son los estilitas. Su rara costumbre sólo era posible en aquellos países del mundo antiguo, donde, antes de Cristo, fueron levantados templos monumentales, que apoyaban su techo en pilastras. Al desaparecer sus religiones y ser abandonados por los hombres, durante siglos y siglos, se fueron destruyendo. En algunos casos, solamente quedaron en pie las columnas. Los estilitas subían a ellas para tratarse con rigor y alejarse de las tentaciones. Permanecían allí con viento o lluvia, enfermos o hambrientos.
- ¿Cuántos días?
- ¿Días?... ¡Eternidades! Se dice que Simón el Mayor vivió así 37 años y Simón el Menor 69.
Aballay entra en un denso silencio. El sacerdote lo estimula:
- ¿Y?... ¿Qué piensas ahora que sabes el tamaño de su sacrificio? ¿Podías imaginarlo?
Aballay no recoge sus preguntas. Tiene otras, muchas más, minuciosas: que si en tan estrecho sitio podían sentarse o debían estar de pie, en cuclillas o arrodillados; que por qué no morían de sed; que si nunca jamás bajaban, por ningún motivo, ni por sus necesidades naturales; que si puede creerse que no los tumbara, al suelo, el sueño...
El sacerdote está contestando, más no omite sospechar que esa inquisitoria sea la de un descreído rústico, que lo esté incitando a perder fe en lo que ha predicado desde el púlpito. No obstante, se dice, hay respuesta para todo.
- ¿Cómo se alimentaban? Lo hacían moderadamente, aunque algunos, según el lugar donde se estableciesen, se veían favorecidos por la naturaleza. Estos tal vez disponían de miel silvestre y del fruto de los árboles. De otros, especialmente de los caminantes del desierto, se cuenta que comieron arañas, insectos, hasta serpientes.
El tipo repulsivo de animales que evoca ahonda la naciente preocupación del cura. Por un sentido de seguridad, está observando a donde han llegado. "Al fondo de la noche", se dice , considerando la espesura del matorral inmediato. Se han apartado del aduar, la concentración de carretas y animales de tiro. Se analiza junto a ese emponchado nunca visto previamente, que parece ansioso y díscolo, y de quien desconoce si debe temer el mal. Se sobrepone; hace por tranquilizarse y piensa que tiene que complacerse de esta provocación, tal vez ingenua, que lo ha llevado a la memoria de sus lecturas, aunque sea para transmitirlas a un solo feligrés y en tan irregulares circunstancias.
El religioso está explicando que así mismo podrían sostenerse por obra de la caridad ajena, pero Aballay le cuestiona. "¿No era que estaban solos y les escapaban a los demás?"
- Desdichados y creyentes hacían peregrinaciones para rogarles su ayuda ante Dios y a esas personas de tanta fe les aceptaban algunos alimentos muy puros.
- ¿Eran santos, entonces? ¿Podían pedir a Dios?
- Todos podemos.
Aballay se interna de nuevo en los callejones del espíritu y se distrae del cura. Este ya lo deja estar, hasta que reaccione solo.
Después:
- Usted dijo, en el sermón, que se retiraban para hacer penitencia.
- Dije más; penitencia y contemplación.
- Contemplación... ¿Acaso veían a Dios?
- Quién sabe. Pero la contemplación no consiste sólo en tratar de conocer el rostro de Jesús o su resplandor divino, sino en entregar el alma al pensamiento de Cristo y los misterios de la religión.
Aballay ha asimilado, pero su empeño consiste en despejar específicamente el primer punto:
- Usted dijo: penitencia. ¿Por qué hacían penitencia?
- Por sus faltas, o por que asumían los yerros de sus semejantes. Concretamente en el caso de los estilitas: montaban una columna para acercarse al cielo y despegarse de la tierra, porque en ella habían pecado.
Aballay sabe qué grande pecado es matar. Aballay ha matado.
Esta noche, Aballay ha decidido despegarse de la tierra.
Bien es real que el llano, que es lo único que él conoce, no tiene columnas, ni nunca ha visto más que las de un pórtico, en la iglesia de San Luis de los Venados.
Recuerda que para escabullirse de las disciplinas de su madre, se trepaba a un árbol. Acepta que al presente está intentando lo mismo: huirse de su culpa, y busca a dónde subir.
No le valdría, actualmente. Ni un ombú, si probara el refugio de su altura y follaje. Sería descubierto, sería apedreado, aunque no supieran la verdadera causa, solamente por portarse de una manera extraña. Tampoco nadie le alcanzaría un mendrugo.
Está firme, a conciencia, en el trato consigo mismo de separarse del suelo y llevar su vida en penitencia. Mató, y de un modo fiero. No se le perderá la mirada del gurí, que lo vio matar a su padre, uno de los escasos recuerdos que le han quedado de aquella noche de alcohol.
Pero él podría quedarse quieto en su remordimiento. En tiene que andar. Salirse (de un sitio en otro).
¿Cómo, si quiere copiar a los de antes, lo que contó el cura?
El fraile dijo que montaban a la columna. El, Aballay, es un hombre de a caballo. Tempranito, a los primeros colores del día, Aballay monta en su alazán.
Le palmea con cariño el cuello y consulta: "¿Me aguantarás?". Supone que su compañero acepta y, mientras avanzan al trote suave, lo prepara: "Mirá que no es por un día... Es por siempre".
La primera jornada ha sido de voluntario ayuno, la segunda de atormentarse pensando en comer y no amañarse para hacerlo.
Gozó de aquélla. Privarse un día da pureza a la sangre, se argumentó como consuelo.
Después vino el hambre tan grande y con tal reclamo que entró a desesperar de conseguir ayuda, y por consecuencia de no ser capaz de cumplir su intención.
Lo orientó el humo. Se ganó al rancho. Habían carneado y asaban las achuras en el mismo patio. No hizo falta que pidiera. Solo que llamó la atención con su resistencia a ponerse a gusto, junto al puestero y los suyos. De todos modos, le alcanzaron una generosa porción ensartada en su propio cuchillo.
Supo que esta vez era diferente a otras. Había recibido el bocado hospitalario que, sin preguntas, nunca se niega al que hace camino. Antes también lo tuvo, en distintos sitios. Sin embargo, desde esta ocasión podría volvérsele necesidad de todos los días, y se le nubló el orgullo de su nueva condición.
Ya estaba cercado por los apuros que no pudo prever y los que la penuria comenzaba a mostrarle.
En adelante debió socorrerse con imaginación y ahí donde la astucia fallaba o vislumbraba riesgo de quebrantar su designio, tomaba enseñanza del relato del cura.
No menudeaban los ranchos, por esas soledades, ni él se figuraba de entenado. Se haría de avíos o provista, algún recurso guardaba como para poder pagarla. ¿Cazar? Sí , pero ¿cómo cocer la carne? ¿Fruta? La naturaleza de esa región la negaba.
Habilidoso fue siempre para las suertes sobre el estribo o colgado de las cinchas, con lo que le vino a resultar sencillo recoger agua en el jarro o, por probarse destreza, beberla aplicando directamente los labios a la superficie de los arroyos.
De dormir sobre el caballo tenía experiencia y éste de soportarlo. Pero, si no lo aliviaba de su carga, no le concedería descanso y sobrevendría la muerte del animal. Enlazó su cimarrón, lo convirtió en su parejero y se pasaba de una cabalgadura a otra, para darles respiro. El segundo no hizo resistencia ni al jinete ni a la rutina; seguramente había tenido dueño.
Pudieron someterlo a las prácticas menos ilustres sus necesidades naturales, de haber tomado con absoluto rigor de la ley vivir montado. Tuvo el tino, aquella noche, de consultárselo al cura, que nunca supo a qué tanta averiguación sobre los hábitos y vedas de los encimados a las columnas. Dijo el fraile que no concebía penitentes a tal punto severos que se prohibieran descender a tierra por tan justificada razón, aunque no dudaba que algunos cometieron esos excesos de mortificación.
De todos modos, Aballay se proponía se limpio. ¿Acaso no penaba por limpiarse el alma?
Aballay remueve las ramas de un arbusto, buscando vainas comestibles. Sorprende a un pájaro atolondrado que demoraba en volarse. Lo manotea en el aire. Lo retiene con cuidado para no dañarlo. Nota su agitación desesperada y lo dispensa del pavor.
Ya se proyecta el ave hacia arriba y al hombre le da contento su libertad.
Pero se le atraviesa una memoria empecinada: la mirada del gurí, cuando le mató al padre.
También terca, porfiada en volver, es su imaginación de los empilados. Suele como esta noche, estremezclársele con las impresiones del día.
El, Aballay, es un penitente y está parado en un pilar. No una columna de las de iglesia, tampoco pilón de portal de cementerio: pilar de puente, de piedra, sólo que más fino y encumbrado, él arriba.
No está solo. Hay otros pilares y otros que penan. Son los antiguos, los santos, y para él resultan extranjeros. No se hablan, porque así tiene que ser, y si hablaran él no entendería su lengua. Se cubren, como él, con ponchos.
En una parte del sueño hay paz, después cambia en pesadilla: llegan los pájaros.
Le caminan por la cabeza y los hombros. Le picotean las orejas, los ojos y la nariz, o quieren alimentarlo en la boca. Hacen nidos, ponen huevos... y él, en todo momento, está muerto de miedo al vacío, donde caerá si se mueve.
Aballay despierta a medias. Le ordena a su alazán: "¡Quieto..."
Encuentra una pulpería. Pasa de largo, no le sirve: no tiene reja empotrada al muro del frente para hacer su compra desde el caballo.
Al tiempo halla otra. El pulpero antes de entregarle el charque pone la condición: "Platita en mano". Aballay descuelga de su sitio algunos de los cobres que, con otras monedas de diferente ley, hacen el esplendor de su rastra.
Desemboca en el patio de una posta. Se juega. Baraja, taba. En el redondel, los gallos se dan la muerte a primera vista, o a ciegas, si se revientan los ojos a puazos. Se apuesta.
Se come y se bebe.
Aballay, ha atado el cimarrón al palenque, con su alazán circula entre los grupos, por ver. Lo mismo ante el asador. Pero alguien lo provoca: "el que no se pone, no come". Aballay comprende. El provocador está por tirar la taba. Aballay desune de la rastra una moneda. El hueso que hace su vuelo e hinca el borde en la tierra decide que gane Aballay. El perdedor paga: con desprecio arroja dos monedas al suelo, entre las patas del alazán.
Aballay observa los dineritos que podrían ser suyos, si se humillara a solicitar a alguien los recoja del polvo y se los ponga más al alcance. Podría tomarlos él mismo, corriéndose por la barriga del animal, asido de la cincha, pero daría risa, y tendría que pelear. Considera con vaga tristeza el doble relumbrón que lo espera, enfila hacia el palenque a desatar al parejero, y parte.
Desde entonces, por ese gesto, para los testigos nada fáciles descifrar y que tendría relación con el desprendimiento, a Aballay le nacen famas.
El no se entera. Si fuera más avisado, las habría visto dar lumbre a los ojos admirativos de la moza que una mañanita le tendió unos mates con azúcar.
Amargos son los que él se ceba, de madrugada y a todo requerimiento de las tripas cuando de vuelven quejosas. No abusa de la licencia por causa de extrema necesidad o fuerza mayor – aunque para él lo sea la yerba – que creyó sobreentender de los ejemplos del cura. No pone pie a tierra ni para encender leña.
Dispone de los cacharros debidos. Elige un desnivel del terreno que le sirve de mesa en tanto él pueda arrimarle el caballo de manera que, aproximadamente, se recueste en el borde. Sobre esa prominencia, no más alta que donde va la montura, hace un fueguito y caldea el agua. Cuando la llanura exagera de chata, se interna en las rajaduras profundas y anchas de la tierra que abrieron olvidadas correntadas. De esta manera, busca un nivel desde abajo.
Para sus pausadas mateadas del ocaso, se entiende que coopere el cimarrón, tan sosegado como es. Sin incomodar al amo, ramonea toda planta que halle a tiro. Mientras, el compañero libre de tareas explora a su gusto la terneza de los brotes y los pastos. Aballay tiene las piernas cruzadas sobre el dorso del cuadrúpedo, que es su asiento. Entrelaza los dedos para abarcar en el hueco de las manos el volumen de la liviana calabaza. Sorbe, con dilatadas pausas, de la labrada bombilla de metal plateado. Se absorbe, Aballay, no en sus pensamientos quizás, sino simplemente en su parsimoniosa mística del zumo verde y cálido. No obstante, él, que no suele hablar solo, una vez, en voz alta, exclama: "¡Dios es testigo!".
Extrañado del clamor, entre un silencio tan tendido, el cimarrón reacciona con un relincho y se sacude. Por el remezón, Aballay se despeja.
En una trocha tropieza con cuatro indios mansos. Desprendidamente, le ofertan pescado, que a poco hiede. Está crudo, lo transportan en canastas de totora expuestas al sol, a campo traviesa, para feriar en poblado. Aballay no acepta, pero retribuye la intención: de sus alforjas les provee dos puñados de sal.
De inmediato los indios acampan, encienden un fuego, destripan y asan los bichos de escamas nacaradas.
Ahora huelen pasablemente, para el hambre sin curar de Aballay. Aguarda, se horqueta en su potro.
Los cuatro pescadores se han puesto efusivos y pretenden forzarlo a bajas con ellos. El no accede pero recibe su porción.
Los indígenas mascan en cuclillas. Uno lo observa de reojo, prolijamente en todos los instantes. Deduce que no es que el blanco no quiera, sino que no puede despegarse de los lomos del animal, y traslada a su clan esta preocupada conclusión: "hombre – caballo".
Bultos duermen en la noche. Forman uno Aballay y su cabalgadura; hace el segundo la otra bestia buena. Anidan en un malezal, nada mejor han hallado en lo que la vista podía alcanzar. No hay luz lunar, la impide una cubierta de nubes.
Aballay está encaramado en un pilar. El sol le hace arder la boca que guarda resabios de pescado echado a perder.
Hay otro anciano. La columna de éste es más espléndida, pero la sed los iguala. No tiene aguante. Se abre el escote del poncho, para ventilarse. Todo transcurre en silencio, hasta que el santo antiguo clama: "¡Agua!". No le parece a Aballay que dijera agua, aunque ése es el sentido que le encuentra a lo que hizo el otro; más bien se le figuró un trueno, casi encimado a un relámpago.
Cae, Aballay, cree que volteado por el relámpago o el rayo, al golpearse despierta y ya lo empapa la lluvia. Un instante disfruta del agua que le contenta la boca ardida. Hasta que descubre que ha tocado tierra con el cuerpo.
Batidos los ojos por el chaparrón , intenta no obstante elevar la mirada, al menos la frente, en un confuso acto que no sabría desentrañar él mismo: ¿Está pidiendo perdón, haciendo valer que no fue a propósito?...
Embarrado y trastornado, salta sobre el pingo y a su juicio y riesgo, aunque temeroso, decide que esta bajada no hay que ponerla en la cuenta. Admite que lo tiene agarrado un yugo que él mismo se echó. Lo acata con la obediencia más sumisa.
Los días de la polvareda grande lo tienen exigido y del apremio saca listeza para mejorar su sustento.
Por los indicios entiende que no es polvo del viento, sino de caballada, y no montaraz, si no caballada de tropa armada. Malo eso para Aballay: puede ser reclutado o lanceado, sin causa; puede perder los pingos, por requisa o por codicia.
Se ampara en las lejanías y yendo a ellas se aparta de las últimas huellas de la gente, cae en la bruta pampa.
Toma referencia de las ilustraciones del cura, cuando le contó de aquellos arrepentidos de los tiempos de antes que, si iban a dar al desierto, no todo era miel para ellos: de comer arañas y hasta víboras le habló.
Sopesa la alforja del charque y se le pinta, no muy distante, el hambre. Esta le encadena ideas: serpiente – lagartija – piche. Posiblemente en el desierto de los santos antiguos no correteaban los armadillos.
Precisamente de sus mareadoras corridas en varias direcciones, de sus zambullidas en las cuevas, del ahínco con que ellas se prenden de las raíces, depende la dificultad para que Aballay logre cazarlos desde el caballo. No obstante, arriesga rodadas (suyas, al colgarse del potro lanzado a la carrera; del animal, si hunde la pata en los agujeros que cava el piche para vivir).
Fracasa y fracasa. Persevera y aprende.
Después, cocerlos es como caldear agua para matear. Sólo que hay que sacrificar los bichos. Puestos boca arriba, a punta de cuchillo los despensa y los abre en cruz. En su propia cáscara, que sirve de olla, y en su misma grasa, que tiene abundante, se fríe el almuerzo.
De esta suerte, sobra comida. Pero falta el agua, carencia que obliga al regreso.
Harto astroso ha vuelto. No se ve a sí mismo, hace tiempo. Pero los ojos de los demás le controlan la presencia, no porque salga de lo común la aparición de un menesteroso, sino por resistencia a los malentretenidos, que pueden cometer iniquidades cuando caen en la miseria extrema.
Halla conocimiento en un rancho. No lo reconocen a él, nunca lo vieron; le reconocen sus famas, que le han crecido, sin él saberlo, que son diversas y contradictorias, aunque lo realzan, dentro de una concepción reverente.
"Lleva su cruz", se susurran, con actitud reverente.
Aballay, que afina el oído para pillar el secreto, considera que la verdad es justamente lo contrario: él no tiene ni una cruz, ni una medallita, ni una estampita siquiera.
Acepta unas pilchas, que le son propuestas con comedimiento.
Es un día cálido.
Busca el arroyo y se sumerge en prolijas abluciones.
No tiene peine y se fija como primera meta un boliche o pulpería donde adquirirlo y reponer la provista de sal, yerba mate y tasajo.
En camino, al tranquito corto, una tarde a eso de la oración, con el cuchillo descorteza y pule un trozo de rama seca, luego uno segundo y más corto. Los une en cruz con un tiento. Con otro se la enlaza al cuello y la echa por fuera de la camisa o blusa que ahora posee por dádiva de los puesteros.
Del paraje donde conviven unas cinco casas le salen al encuentro unos estampidos que no han de ser de guerra, como lo distingue al poco por exclamaciones que son de entusiasmo y muestran alegría. Al pasar hacia la pulpería observa al costado la causa: entre tablones y con un tope de tronco, circulan, por mano de hombre, pelotas macizas y duras, de quebracho pueden ser, que ora buscan su senda con independencia y ligereza, ora se dan golpazos de matasiete. Lo tientan las bochas. Seguro que se podrá apostar. Lo ataja un recuerdo deprimente. ¿ y hacer un tiro? ¡Lindo sería!... ¿Desde el caballo?...
El peine, el charque, sal y yerba le consumen los valores de la rastra. Solamente retiene una moneda, la más valiosa, el patacón de plata, que era el centro del vistoso ornamento. Lo guarda en un pliegue, como bolsillo, que lleva por dentro de ese cuero curtido que le faja la cintura con donaire y solidez.
Se incorpora no al juego sino al espectáculo de las bochas, sin meterse entre la hombrada. Como permanece, lo toman en cuenta, a la hora del asado:
- Hágale, con confianza.
Como está indeciso, le insisten:
- ¿Y?... ¿Gusta?
Aballay asiente, apenas con una inclinación de cabeza, sin comprometerse del todo, ya adivinan lo que sucederá a continuación: pretenderán que para arrimarse al asador descienda y se entablará el repetido duelo con sus resistencias.
Así ocurre hasta que alguien toma razón del crucifijo y pide parecer a un vecino: "¿Será ese que...?". Hay acuerdo en que puede ser. Van ellos, entonces, a rendir su ofrenda – pan y vino, como principio - a ese peregrino extraño que, según decires, no descabalga nunca.
Así terminó la primavera y pasó el verano, Aballay.
El invierno le hizo pensar que el estío había sido una gloria, para su vida al raso.
Por el fondo de los campos estaba subiendo el sol, pero Aballay no terminaba de despertarse. Helaba, y él estaba helando. Lo poseían vagas sensaciones de vivir un asombro, y que se había vuelto quebradizo. No intentaba movimiento y lo ganaba una benigna modorra.
Mucho rato duró el letargo, ese orillar una muerte dulce, mas atinó a reaccionar su sangre a las primeras tibiezas de la atmósfera.
Al tomar conciencia del riesgo que había vadeado, se santiguó, besó la cruz de palo y controló sus apoyos, sobre los que discurrió.
"Si muriera encima de un caballo... ¿Quién me despegaría de él? ¿Podría, la muerte?..."
Desde su carretón ambulante, el mercachifle lo convocó con una voz: "¡Gaucho!", que Aballay no reconoció para sí o lo predispuso contra la intención de quien lo nombraba de esa manera, por unos cuantos aplicada con menoscabo. Iba a desentenderse de él; no obstante, el otro, a gritos para hacerse oír, sólo quiso preguntarle si tenía plumas.
Aballay se contuvo.
- ¿Plumas?...
- De avestruz. Las compro, o cambio por mercadería, buena mercadería.
Por este encuentro y la tal propuesta, Aballay creyó hallar oficio que no lo hiciera renegar de su voto.
Tuvo que correrse a la llanura central, menos árida, más solitaria, y rumbear al sur, hasta confines odiosos por sus peligros, los de tener encimados los territorios de tribus no avenidas con el blanco.
Acechó al ñandú. No para faenar sus carnes (empresa imposible sin echar pie a tierra). No que quedara sin vida, quería Aballay: que quedara sin plumas.
Supo de pacientes vigilias, aplicó el ojo avisor, se sometió a la inmovilidad (por no delatarse al zancudo).
Ensayó carrerearlos y sobre la marcha, al emparejarse, arrancarles los alerones o parte de la cola. Demasiado resistentes le resultaron; si el alazán por un trecho alcanzaba al ñandú y él se le aferraba a las plumas, los enviones del patas largas amenazaban arrastrarlo o le dejaban como recompensa un manojo escaso o maltrecho.
Lamentó su ineficacia con las boleadoras, de las que de todos modos, carecía.
Ensayó el lazo. Aprendió que voltear de un tirón al avestruz no es dominarlo. El ave grande pateaba con una energía temible y le espantaba el caballo.
Comprobó, por último, ante la reja del pulpero, lo engañoso de las ilusiones del trueque.
Que fuera oficio para mujeres, nunca se le avisó; lo daba por hecho como menester de varones. Sin embargo, ahí, al comando de la carreta, estaba una.
Por el momento en aprietos considerables.
Aballay no fue tenido en cuenta, ni él se postuló, ni adelantó palabra. Meramente se detuvo a un costado a apreciar la situación y tomó nota que en el interior de carruaje estaban atrapados: otra mujer, de apariencia más delicada; un civil, quizás el marido, y hasta tres niñas.
Resaltaba que para la mujer carretera sacar del agua fangosa esa mole con ruedas era obligación de los bueyes y se lo exigía con voces de mucho imperio y el duro estímulo de una picana bien manejada.
Aballay entró al pantano, a probar honduras. A continuación, desenrolló el trenzado y enlazó el pértigo. Se paso a la vanguardia y con el de montar y el parejero comenzó a cinchar, cuidadosa pero firmemente. Todo ello, sin perder su posición sobre el alazán, lo cual motivó primero la atención, luego la estimación de la mayorala. Esta entro a colaborar con él.
No sirvió el esfuerzo inicial por el mucho peso del carro y la carga entera. Menguó: Aballay desembarcó, uno a uno, a los cinco transportados y sin dar tregua a sus caballitos los reimplantó a la cuarteada.
Hacia el crepúsculo, liberados de la prisión del cieno, aunque abundaran las injurias de éste sobre botas, ropa y rostros, los confortaban a un fuego animoso sobre piso seco. La olla de mazamorra se confiaba al influjo de las llamas quedas.
Aballay pudo comprobar su destino – que no pretendía – de provocar desconcierto, teñido de admiración.
Con este estado de ánimo, la carretera acató sin insistencia ni comentarios que rehusara desensillar para tomar una comida caliente y más tarde su descanso en forma natural. Ejerció una prudencia elemental y confió en hallar ocasión para retribuir mejor la ayuda.
Aballay durmió sobre el cimarrón.
Al despertar, sabedor del apego que le profesaba el alazán, que como de costumbre había quedado suelto, no le preocupó su falta; lo supuso vadeando largamente en resarcimiento del desgaste que tuvo el día anterior.
Saboreó él, Aballay, su propio verde amoroso, en sucesivas rondas que el postillón adolescente le sirvió con tortitas de maíz. Luego salió en procura del demorado.
Cuando lo encontró, estaba tumbado, sin inquietud, sin violencia, sin resuello.
Aballay entró a pensar y hubo de inquirirse si bajar por su potro le sería dispensado. Rumiada la duda, no lo hizo. Colgado del cimarrón, retiró el cabezal del alazán y dejo que su mano se demorara tiernamente asentando el pelaje sano y parejo.
Se le instaló el desamparo en la voluntad, una desolación que lo puso inservible, hasta el punto de no atinar qué hacer para no matar con su peso al cimarrón. Estaba igual que al principio; para no asentar la bota en tierra precisaba un caballo más con que alternar.
Sin decisión, siguió la carreta.
Más adelante, en una parada, hubo ocasión:
- Concédame...
Con esta sola palabra, la mayorala le hizo don de la mulita, la de servicio, la que llevaba de rabo del carro para un rodeo o avanzada del postillón mozo.
Se sumó a la travesía, sin resistirse a la ojeriza que le dedicaba el hombre que mudaba destino, de un costado a otro del país, con sus bártulos y su familia de cuatro polleras entre los cueros del galerudo y lerdo transporte de bueyes.
Para Aballay estaba bien con que la mayorala tolerara sus hábitos. Si no se hacía mella de éstos, conllevaba tareas. De tal modo resultó que pudo darle a ella algunos desahogos, de media jornada más, conduciendo él la carreta. Le bastaba pegar un salto de su cimarrón al pescante: no pecaba de posarse en tierra.
En la noche, el resguardo de la caja del carretón le aligeraba el trámite hacia un sueño con menos escalofríos. El yantar se había vuelto seguro.
Aballay se incómodo a sí mismo con dos preguntas ¿Por qué ella me ampara? Lo que yo hago, ¿es penitencia?
De la primera pidió respuesta a la bienhechora:
- ¿Por qué?
- Por que me ayudás. (Ella lo voseaba, no él a ella.)
No lo convenció y se fue al silencio.
Entonces, la mujer se allanó a confesarle:
- Porque me recordás a un hijo que supe tener.
Conversaban en igualdad (a igual altura), en la noche. Para hacerlo real, él se arrimaba en la mulita y ella se sentaba en el piso del pescante de la carreta quieta.
Cuando la mayorala le alcanzaba un tazón o un cacharro, vale decir, alimento de tomar con cuchara, a Aballay le asomaba la inquietud. La cuchara, en su mano, le representaba el bienestar, y era cuando se preguntaba si de verdad hacía penitencia.
La llamaba "vida de balde" y sabía que eso era como "vivir de regalo", pero también sospechaba que fuera vivir en vano.
Pensó, una vez, ir al encuentro del cura o de otro hombre mayor e instruido con quien aconsejarse.
A sus dudas, como de una tiniebla, le venía la réplica, casi parecida a una justificación: vivir para pagar una culpa no era vivir en vano.
Podrían haberlo tranquilizado, esos pensamientos, si no se hubiera interpuesto en cada caso, la cara del chico. ¡ No había arreglos, con el gurí!.
Aballay desaparece dos días.
De vuelta, se distingue sobre la mulita un fardo. Esa diferencia podría no tener significado; no obstante, la mujer de la carta le atribuye alguno, aunque todavía incierto.
Que Aballay se lo confíe, como está haciendo, podría creerle contribución de su parte a los consumos del viaje. No es lo que la mujer considera, menos cuando deslía el bulto y encuentra: tocino, ginebra, sal, galleta... sí; pero además una pieza de percal, agua de olor, un pañuelo...
Algo, en la mayorala, se pone muy flojo.
Ahora ya casi comprende... Quizá, que no es un presente común. Que Aballay se va y paga. No, no paga: retribuye.
Casi lo puede entender de esa manera, pese a que Aballay aún nada explica, ni cuenta nada.
Ni dirá que entregó el patacón de plata, aquel guardado en el pliegue de la rastra para la ocasión especial. O para una gran necesidad (como la de hacer lo que ha hecho)
Como se perdió la carreta con su mayorala, se perdió el invierno y se pierden los años.
Murió el alazán, murieron el cimarrón y la mulita. Siempre pudo sustituirlos, nunca con ventaja. Lo más, orejanos; los menos, dóciles. Por hallar sumisos, cuando enlazaba perdidos sin marca, los elegía viejos, reputados de mansos. Precisaba uno preferido para montar, y el ladero. Un tiempo se avino a llevar, de parejero, un burro. Precisaba, propiamente, un sillero. Ni silla, ni montura, ni bastos llegó a tener.
Sospechoso de abigeato, y en reincidencia, un policía le cargó la mirada.
Aballay y su yunta fueron arreados al destacamento.
El milico le mandó el "Bajate, que el comisario te quiere ver".
Soportó el tono, soportó el enojo y las palabras puercas. Calculaba para enseguida unos guascazos y unos tirones, pero el milico decidió darle una oportunidad.
- Tenés que entrar, por las buenas
- No me niego, si es montado.
- ¡Ah, vos, con tu manía!... – lo reconocía y lo despreció, el uniformado, sin atreverse a más.
Fue a poner el litigio al arbitrio del comisario. Salió de vuelta no por contrariado menos altanero, e hizo las cosas como si se dirigiera a un tercero.
- De orden de mi superior, que el citado Aballay tiene que comparecer no más.
Si bien debió agregar, de distinta manera: "Andá adentro, te las tendrás que ver con el jefe. Pero pasa derecho al patio, podés entrar con tu flete".
El comisario, para no ser menos que el indagado, fingió que estaba por salir con apuro y subió a su caballo. Sólo entonces, como condescendiendo a no dejar desatendida la cuestión, planteó el reclamo: "!Despachemos pronto! Me va a decir, Aballay, en qué asuntos se ha metido... ".
Pero fue indulgente. Sabía ( o creía saber) ante quién se hallaba.
Al tiempo de vida errante, le había salido al cruce una partida de jinetes.
Eran tres y pensó en malandanza. De él quisieron sondear una suposición semejante (el crucifijo al cuello podía usarlo como un despiste) y, al parecer, con unos datos creíbles se les pasó tal idea.
- ¿Querés trabajar?
- Según...
Enganchaban peones. Dos de ellos lo eran y el otro su capataz. Estaban formando una hacienda, para un patrón. Reclutaban hombres para el desmonte.
Aballay dijo no, que él no.
- Pretencioso el gaucho – soltó uno. Con agresividad.
"¿Otra vez?", se consultó Aballay, y no pudo impedir que se le embravaran los ojos. Se los controló el retador y para acentuar la provocación le caracoleó el caballo por delante.
No le gustó el lance inútil, al capataz. Lo llamó al orden: "¡Pereira!", e increpó a Aballay
- ¿Quién sos?
A Aballay le salió la respuesta: "Un pobre", como un tenue desprendimiento. Lo miraba de frente y ya no tenía cólera ni soberbia en el rostro.
Entonces, para el principal de la partida cobraron sentido la cruz de palo y las trazas, ya de mucho oídas, del montado errante. Con respeto llevó la mano al sombrero y se descubrió la cabeza.
Y Aballay supo que, al cabo de tanto, había regresado a la comarca acogedora de donde lo apartó la carreta.
Otras veces se encontró con gente de a pie: "Más pobrecitos que yo...", comprobaba.
Podía transcurrir un día sin que distinguiera persona, y quizás lo mismo le ocurría al otro; sin embargo, al coincidir raramente se excedían de estas manifestaciones
- Buenas...
- Y santas, amigo.
Y cada cual proseguía, con el nudo de lo suyo, cerrado, dentro de un mundo tan abierto (y solo).
Podía dar testimonio de éxodo - vaya a saberse hacia dónde que imaginaban el pan – de familias que nada poseían, salvo los hijos. Tropitas polvorientas, en las que el padre hacía punta, y luego los chicos; uno, puede que de leche, bajo el cobijo del amplio chal de la madre, negras por lo común las vestiduras de ésta. El más animado, cuando no extenuado por la hambruna, era el perro.
- Buenas...
- ... y santas, señor.
Resaltaba la respetuosidad, no sólo por darle a Aballay el trato de señor. Al ver de cerca al montado, se había recuperado del borde de donde descansaba. Sombero en mano, lo sacudía del polvo contra la pierna.
- ¿Me conocés?
- De mentas, señor.
Aballay lo dejó parado y meditó. El caminante era el tipo del venido a menos hasta lo muy mínimo donde ya ni fe en sí mismo le queda. Aballay consideró que podían hacer juntos el camino y se dio cuenta de lo provechoso de la cooperación entre un hombre privado de la tierra y un hombre que puede desenvolverse al ras del suelo. Aballay se dijo que andar con otro demandaba plática y él no era de mucho hablar. Tan bien lo probó que al rato se fue sin revelarle que lo estuvo pensando de acompañante.
En una cuesta descollaba a distancia uno como ensotanado, por el poncho negro y caído hasta los pies. Gesticulaba, llamándolo a llegar a él mas de prisa, lo que no obligó a Aballay.
Sostenía un largo palo, más alto que él, y el personaje se parecía al palo.
Desplegó méritos para acreditarse, vivísimamente interesado en conquistar el uso del caballo que consideraba vacante.
Aballay toleró el discurso, notó codicia, midió la potencia del palo. Sencillamente le notició que se inclinaba a no tener socio alguno, lo cual exasperó al figura y ante este resultado Aballay se decidió a partir sin agregar palabra.
El taimado zumbó un varazo propio para hacer volar la cabeza del jinete, que con agacharse la salvó, mientras ponía distancia con la ligereza de sus caballos.
- ¡Anda, ve con Dios! – le vociferaba, muy castizamente, el salteador fallido - . ¡Anda, ve con Dios!...
"En eso estoy", se consoló Aballay.
En una época siguiente, padece deterioro de salud. No lo esconde, tampoco lo pregona.
Las puesteras hacen lo que pueden por él: un té de yuyos, un caldo de ave, una tibia leche de cabra... No se atreven a medicar: piensan que a un hombre en ese estado hay que mandarlo a la cama, pero no a ese hombre.
Menos osaría ninguna propiciarle un rezo. Por descontado que Aballay llena sus retiros con la oración.
No es tanto así, como creen las mujeres. Sin embargo, Aballay reza, a su manera, y no para implorar por su salud. De siempre lo ha hecho igual.. su rezo es como un pensamiento, que continúa después que ha dicho las frases de la doctrina. Nunca hizo de la plegaria una queja.
Hoy, que se ha arrinconado con su fiebre en una barranco y tiene mucho frío, nota, con la vecindad de la noche, las majestuosas pinturas del cielo. Le llenan el espíritu y se le antoja de hacer lo que nunca se le ocurrió: rezar de rodillas, sin que tenga que quebrar su voto, sin hincarse en la tierra: doblado sobre su potro.
Prueba, con unción, con vehemencia, con tenacidad, pero no puede: arriesga una ruidosa caída.
Ciñe desesperadamente sus piernas al cuerpo del animal, dispuesto a no derrumbarse, a afrontar la infinitud de las sombras que se lo están tragando.
Sueña con hojas de flor de durazno.
Sueña que interpreta: ha de ser mi remedio, el tiempo soleado, ya que la flor se abre en primavera.
Un día, a la vista de un duraznero que estalla en flores por todas las ramas, recuerda con benevolencia aquel sueño y se enseña del acierto de su presagio.
Una mujer le pide que salve a su hijo.
Aballay no entiende. ¿ Que le ayude a llevarlo a donde se pueda dar con un médico? ...
No. Que él lo bendiga y el niño se pondrá sano.
Aballay se espanta de esa atribución: lo están confundiendo con un santón.
Después se duele: "De haber podido, yo..."
El antiguo, que se cubre con poncho blanco, le impacienta el ánimo.
Entre tantos pilares de los templos descabezados, vino a subirse a la columna quebrada más cercana a la suya.
Tenía un silencio odioso, muy diferente al que cumplía Aballay, porque en Aballay era como una costumbre de estar callado sin ostentación.
Aballay se sintió vigilado y aunque no pretendía ser más que nadie, no cedió, y vigilaba al vecino.
Se daba cuenta si el antiguo bajaba más de lo perdonable y tomaba nota igual que si nutriera un encono.
Al padecer la lluvia o el frío, resistía y comparaba, por verlo aflojar.
Si granizaba, menos calculaba los coscorrones en su cabeza que los que machucaban al otro.
Su comportamiento era mezquino, tenía que reconocerlo; pero, alegaba, por causa del control malintencionado que le aplicaba al intruso.
De todos modos, uno y otro lo pasaban pendientes de quien cayera primero.
Permanecían al acecho de los indicios: si se ladeaba a dormir, si lo marea el sol, si lo zamarrea el chucho...
"Puede que el poncho blanco le éste dando apariencia que lo favorezca de bendito..." – Aballay juntaba argumentos por menospreciar la ventaja que le llevaba el antiguo en recibir ofrendas: se acumulaban, éstas, en la base de la columna.
Después de unos cien años de rivalizarse, ninguno ganó en morirse. Los dos quedaron sin gestos justito en el mismo instante, y se secaron de a poco. Después se desmenuzaron como un par de panes viejos.
No pasó sin huella para el montado esta fantasía de la noche: le marcó ondas graves de desabrimiento y melancolía.
Siempre piensa en el gurí que le hincó la mirada.
Pasan años. Un día se encuentra con esa mirada.
Sabe que el niño, hecho hombre, viene a cobrarse.
Lo ha seguido el mozo. Lo topa en el cañaveral.
Podría parecer un santón de poca edad, en digno caballo. Trae templados los ojos, pero decididos. Igual que Aballay, está en harapos.
Le comunica:
- Lo he buscado.
- ¿Mucho tiempo?
- Toda mi vida, desde que crecí.
No pregunta, afirma:
- Conoció a mi padre. Sería ociosopreguntarle quién es él y quién era su padre.
Le pide:
- Señor, eche pie a tierra.
Aballay decide que tampoco por este motivo puede. Además, esta rumiando que no debe revelar el porqué: parecería un disimulo del miedo.
Como demora en su cavilación, padece que el otro lo apure.
- Señor, he venido a pelearlo.
Aballay hace un gesto sereno, que muestra conformidad, y el joven resume:
-Sé que tiene fama de que no se abaja nunca del caballo. Tendré que abajarlo. Le ofrecía, no más, la ocasión de un frente en que los dos pisemos firme. Si usted no la quiere, me acomodaré a su modo.
Lentamente, del dorso desenvaina el facón cruzado, que es largo como la búsqueda que ha terminado.
Agil y rápido, Aballay se inclina pronunciadamente y con incisión certera y enérgico forcejeo corta una caña gruesa y poderosa como de más de un metro. Toma posición, con ella en ristre igual que lanza y ya ha guardado en la faja la hoja triangular del cuchillito.
El desafiante se asombra:
- ¿No tiene cuchillo que valga?... ¿Ni ese cortón piensa usar?
Pero ni más palabras usa Aballay, aguarda.
No quiere matar, pero opondrá defensa.
Luchan. Con la caña hostiga y lastima superficialmente. Busca herirle la mano que empuña el arma, para que la suelte. El contendor lo pasa a la carrera, por el costado, bajando planazos que aciertan y escuecen. Vuelve y suelta un mandoble de partir la cara. Aballay esquiva y lo que corta el facón es la caña, formándole un chanfle perfecto. Aballay, por instinto, la mantiene rígida y no afloja. Con el extremo por ese azar afilado, la caña se incrusta en la boca del retador que atropella, y se la destroza. Resbala, manoteando inútilmente el pretendido sostén de las riendas.
Desde arriba, Aballay lo estudia, un segundo. No ha cometido lo que no quería: matar otra vez. Compasión y náusea le causa la efusión de sangre que ahoga los ayes y enturbia el bramido.
Desmonta a dar socorro y llega hasta el vencido, pero lo bloquea su ley: no bajar al suelo, y lo ha hecho.
Angustiado, levanta la mirada, para consultar, y por su cuenta resuelve que en esta ocasión será justo que permanezca todo lo que haga falta.
El instante de vacilación basta para que el vengador, de abajo, alce la punta del cuchillo y le abra el vientre.
Aballay cae, perdiendo aceleradamente las energías, y lo que se embota primero es el sufrimiento de la cortadura.
Alcanza a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas: "Por causa de fuerza mayor, ha sido...".
Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa sonrisa en los labios.
Caballo en el salitral
Caballo en el salitral maestresala Sáb, 30/11/2024 - 23:26
El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni…, el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al «tren del rey».
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque… Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: «…este es el rey, porque le da olor al campo».
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo? No puede ser; sin embargo, la gente dice…
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero… su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El «tren del rey», el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: «¡ Será ! . . . «
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil todavía beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las «islas» de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.
Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.