Juan El Carpintero
Una pincelada gris dibuja los rompientes de la costa, ribeteada de un apagado blanco espumoso, que se funde con los grises de la mar. El día va abriendo y una luz entre violeta y naranja se desparrama lentamente por el verde profundo de los prados recortados contra los pardorrojizos helechales. A lo lejos asoman la titubeante silueta de la torre de la iglesia, el pequeño cementerio y unos caseríos recostados en una suave ladera poblada de oscuros árboles. En la playa la marea está baja. Una bandada de chillonas gaviotas emprende vuelo ante la presencia de un hombre afanado en recoger maderas. Es Juan el carpintero. Todas las mañanas del invierno se acerca a la playa en busca de objetos arrojados por la mar..
Sopla un viento cortante del noroeste. El viejo se aleja de la playa, tomando un empinado camino pedregoso, que corre entre afiladas peñas y prietos argomales en flor. Remonta el camino lentamente. A medio camino deja su hatillo de tablas.
Juan es un hombre octogenario más bien alto y algo encorvado por el paso de los años. Sus manos fuertes están deformadas por la artrosis y sus ojos un tanto rehundidos de un marrón incierto conservan un chispeante brillo bajo las pobladas cejas plateadas. Juan divisa la oscura silueta de un carguero, que le trae recuerdos de su vida en la mar. Ya repuesto, emprende la marcha distraído por el vuelo de unos tordos, que desaparecen entre las ramas de un madroño atestado de encarnadas bayas. Hace un último esfuerzo y culmina jadeante la tortuosa ascensión.
El serpenteante camino transcurre ahora entre prados de plateados verdes y el ruido sordo de la mar se muta en el apacible rumor de un pequeño río, que dibuja una dilatada curva a la que asoma un molino. Su paso se hace más ligero y firme conforme se acerca al muro gris iridiscente, que encierra un desvencijado taller y una pequeña huerta. En su juventud encerraba el viñedo y la caseta de aperos de la casa Anabatistena. A aquella primera construcción de paredes de mampostería añadió su padre unos cobertizos, uno alberga el depósito de tablas, y el otro una vieja sierra circular. En la caseta iluminada por un ventanillo hay un banco de carpintero sobre el que cuelgan las herramientas del oficio, unos aperos de labranza y sacos.
Ha pasado muchos años apartado de la mar. Aprendió el oficio en el desaparecido astillero del pueblo, en el que su abuelo fue constructor de navíos, como entonces se decía. A los dieciséis años pasó a navegar en barcos correos de la carrera de Bilbao a La Habana. Se puede decir que fue en el mar donde perfeccionó su oficio.
Pocas veces se le oye hablar de las nobles maderas de las cámaras de aquellos barcos construidos en Newcastle. Pero Juan ya esta viejo y no habla como lo hacía en la taberna de Los cuatro vientos, cuando se juntaba con el capitán Aresti y el contramaestre Tiburcio.
Atrás quedaron aquellas discusiones sobre si había cuesta abajo y cuesta arriba en la mar, de los naufragios en lejanas latitudes y aquel salvamento después de permanecer inconsciente a la deriva sobre un madero, divisando finalmente las puntas que enmarcan la entrada al puerto de su pueblo. Al llegar la conversación a estos extremos habían consumido unas cuantas jarras de vino. Y con mucha gracia contaba Tiburcio el miedo que pasaron en cierta ocasión frente al morro de La Habana. Tan sobrecogidos estaban pensando en sus familias mientras se encomendaban a la patrona ofreciéndole una misa en la ermita del pueblo, que de pronto salieron de su ensimismamiento con los gritos del mayordomo, que andaba empeñado en salvar un gallo posado en el extremo de uno de los palos del barco.
No tenía Juan para olvidar su primera salida a la mar. No fue fácil el viaje a Santander, cargando con el coy, la manta y el atadillo de ropa. Allí embarcó en el Antonio López.
Estas historias y otras muchas producían ciertas risitas maliciosas al contarlas en su casa. Así consideró más prudente guardarlas en la oscuras profundidades de su mente. Sus nietos nada saben de ellas, y sí de las crisis del petróleo y de las últimas tendencias de la moda. La presencia del abuelo resulta incómoda en la casa, y hasta están considerando la posibilidad de meterle en un asilo.
Juan el carpintero ocupa una pequeña habitación de un piso de la periferia del pueblo al que se mudó con su familia, cuando se derribó la vieja casa del capitán Aresti situada junto a la iglesia encima del puerto. Apenas habla con su familia, mostrándose taciturno y triste. Pero su ánimo es otro a la mañana la hacer el recorrido de la playa. Luego se entretiene en el taller apilando las maderas arrancadas a la mar, dando de comer a las gallinas, y quitando hierbas de la huerta. Juan se empeña en mantener intacto ese pequeño territorio, pues no son pocas las ofertas de los inmobiliarios, que ya han construido bloques de casas rodeando su pequeño reino. Su familia con insistencia argumenta que ese terreno no les trae más que disgustos, pues los vecinos le arrojan basuras, o Juan les molesta con el humo cuando quema hierbas en invierno, cualquier otra nimiedad es motivo de discordia, Juan una y otra vez contesta que no venderá hasta que le entierren en el cementerio de la atalaya.
Todas las tardes se acerca al taller del zapatero situado a la entrada del pueblo junto al ruinoso humilladero, donde se reúne un pequeño grupo de antiguos parroquianos de la desaparecida taberna de Los cuatro vientos. Pues a ninguno de los contertulios le gusta reunirse en el Hogar del Jubilado.
Los compañeros de tertulia son Batxi el americano, Balbino y Anselmo. El americano es un hombre bajo y regordete con unos rasgos faciales bien definidos y ojos de expresión irónica. Durante muchos años regentó la importante ferretería de nombre La Vascongada de La Habana a la que entró a trabajar de mozo, con sólo catorce años. Quizá su encorvada espalda esté así por haber dormido durante muchos años debajo del mostrador de la ferretería. Balbino el cantero, fuerte y bien proporcionado, lleva la huella de su profesión en los ojos nublados y enrojecidos, y cojea de una pierna a causa del accidente sufrido cuando trabajaba en la construcción de un chalet del ensanche después de la primera guerra mundial. Aquel chalet era propiedad de un capitán con el que Juan navegó en uno de los barcos de la Compañía de Vapores Bilbainos. Por aquellos tiempos de posguerra en que se respiraba en una cierta prosperidad económica en las casas de algunos capitanes, apareció en el pueblo un alpargatero, que hasta entonces había trabajado en una aldea cercana. El alpargatero y su familia hablaban poco y mal el castellano, por ello les burlaban cierta gente pretenciosa y relamida. Uno de los hijos del alpargatero de nombre Anselmo aprendió bien el oficio de zapatero. Este Anselmo es un hombre reposado y bonachón más bien bajo y delgado y ejerce de anfitrión de la tertulia.
Se comentan las noticias del pueblo e incluso la conversación llega a derivar al sida y la crisis de oriente. Las más de las veces les causaban perplejidad y extrañeza las noticias televisivas, que Balbino haciendo un ademán desaprobatorio exclamaba:¡hasta aquí podíamos llegar! Incluso nos retransmiten las guerras por la televisión como si fueren partidos de fútbol.
- Pues mira que lo del sida no hay quien entienda - apostilla Anselmo al tiempo que martillea el tacón de un zapato.
- En nuestra juventud la vida no era tan complicada, y eso que ya pasamos nuestros apuros -comenta Batxi.
- A mí todo eso que estáis diciendo me da igual. He repetido que apenas veo la televisión, y del periódico lo único que leo son las esquelas y las entradas y salidas de barcos del puerto de Bilbao - aclara Juan.

La conversación va derivando por otros territorios haciéndose presentes los recuerdos y es entonces cuando más a gusto se sienten. Las anchas paredes del taller no son suficientes para amortiguar del todo el ruido de los coches y los frecuentes gritos de unos acalorados conductores en dificultades. Algunas veces el escándalo llega a incomodar a los contertulios, obligándoles a asomarse a la puerta. Más de un chófer grita que sería mejor derribar la ermita para dar amplitud a la calle. Pues no faltaba más que eso - replica Juan malhumorado al conductor.
Ese individuo no sabe que estando en Cuba mandé dinero para reparar la ermita. ¡Habráse visto cosa igual!
De nuevo dentro y sentados en un banco arrimado a la pared atestada de cajas reanudan la conversación. Las sombras comienzan a extenderse alrededor de la mesita del zapatero. Un breve e intenso silencio los envuelve. La inescrutable oscuridad absorbe las siluetas de los viejos. Parece como si su tiempo hubiera llegado a término. Por fin se rompe el silencio, flotando en el ambiente el sonido de las breves palabras dirigidas al zapatero para que encienda la luz. Las oscuras siluetas de los zapatos del pequeño escaparate recortadas contra el naranja de la luz de la calle vuelven a tomar forma. Se recomponen también las figuras de los contertulios, que ahora parecen más débiles y cansados. Va llegando la hora de cerrar.
Afuera es de noche y hace frío. Se arropan y emprenden el camino de vuelta a sus casas. No sin antes acercarse al poste de enfrente en el que está clavada una esquela. Tembloroso saca Juan las gafas del estuche. Mientras con voz entrecortada les dice que ha muerto Luis el de Zesteruena. Navegamos juntos unos cuantos años- añade. Tantos años sin saber de él, y por lo que veo ha muerto en un asilo de Bilbao, no me extraña que la familia no reciba.
Años después alguien tuvo la idea de hacer un homenaje a aquellos hombres viejos, acaso les consideraban pintorescos, y por tanto aptos para tal evento festivo.. Para entonces se había derribado la casa que albergaba el taller del zapatero después de haber llegado a la conclusión de que perjudicaba al tráfico de vehículos, y hasta se hacían planes para abrir una calle ancha incluyendo la demolición del humilladero contiguo. Algunos de los amigos habían muerto y entretanto Juan esperaba la muerte en la cama de su oscura y pequeña habitación, pues su taller y su terreno ya habían caído en las manos de los inmobiliarios. Como cada verano el pueblo se hallaba lleno de gentes extrañas. El ruido de la calle penetraba escandalosamente en la habitación de Juan, entremezclándose con el sonido entrecortado de su jadeante respiración.