Una Manera de Vivir
Una Manera de Vivir maestresala Jue, 02/06/2022 - 17:08
Mi vida se vuelve más sedentaria cada día que pasa, y no me importa confesarlo. Mi curiosidad se despliega en un paisaje cotidiano e inmediato, aunque hoy resulta de dudoso gusto circunscribir el vivir a tan reducido espacio. Prefiero que sea así, y no me atraen los lejanos horizontes de imprecisos términos donde, estoy seguro, que se producen innúmeros y desconcertantes sobresaltos. Siento la necesidad de vivir asomado al campo, y, claro está, sin perder de mi horizonte a la mar, con la que me embeleso observándola, día tras día, sin saber muy bien el por qué. La mar me produce, a veces, una especie de fatiga y un temor contenido, sobre todo cuando sus fuerzas se desatan furiosamente, acometiendo contra la costa sin descanso, y más allá de donde mi vista alcanza imagino que se encuentran atrapados unos hombres inermes en su turbulento seno. Es entonces cuando siento intensamente la fragilidad y la pequeñez del hombre, a pesar de estar empeñados en creer lo contrario, pues corren tiempos que priman un materialismo positivista de aire abstruso y complaciente. Me resulta imprescindible, repito, el vivir asomado al mar y al campo con sus ricos y cromáticos contrastes, y allí mitigar las asperezas cotidianas.
Acercarse a la mar un día de cielo límpido -siempre distinto del que está por venir - en que sopla el viento del nordeste, sentirse acariciado por un aire fresco con olor a salitre, y descubrir en el horizonte las siluetas recortadas de las embarcaciones. Después regresar al campo por una sinuosa y umbrosa carretera, y dar un paseo por un apartado camino flanqueado de árboles repletos de hojas de un exuberante verde. Respirar un aire tibio lleno de fragancias inciertas, y poblado de sonidos y rumores entre próximos y lejanos.
Cuando uno busca refugio en un lugar un poco apartado de las aglomeraciones, puede encontrarse con un retazo de naturaleza maltrecha y moribunda. Recorres una vereda que discurre junto al curso de un río entre eriales y prados, observando que ya son más los caseríos arruinados que los renovados. Imaginas entonces sus orígenes en medio de soleados pastizales. Tras ellos queda el correlato de unas vidas oscuras y anónimas, empeñadas desde lejanos tiempos en domeñar unos parajes otrora selvático; en que la progresiva humanización del paisaje fue fruto del esfuerzo incansable de pastores y carboneros. Encontraron allí una naturaleza generosa, donde sus animales podían pazer su yerba y beber sus aguas. El fuego de los albergues pastoriles dio paso al hogar de la vivienda o caserío. El paisaje se animó con la presencia humana. Tan arraigada estaba la vida rural que nadie imaginaba su desaparición. Pero el aire comenzó a traer unos extraños e incitantes cantos, que empujaban a las gentes a abandonar aquellos parajes en busca de su nueva vida al otro lado de la montaña, y comenzó el éxodo masivo. Sólo quedaron los viejos- Los pastizales se poblaron de hierbas altas y maleza que corría hasta los maltrechos y arruinados caseríos. Se puede decir que el esfuerzo inquebrantable de generaciones no ha servido para nada o casi nada.
A pesar de todo allí, puede nuestra imaginación realzar determinados caracteres del paisaje, con intención de conservar la fe en el mundo de la belleza y en la dignidad última de la vida (Bertrand Russell). Sintiéndonos desembarazados de nuestra estrecha mismidad, que no nos permite rebasar los límites de lo finito. ¿No es pues de vital importancia contar con un paisaje así siempre distinto y permanente? Como sus árboles y ríos nuestras vidas anhelan renovarse en él. Entonces quizás se mitigarán nuestros fugaces sentimientos de desasosiego, que nos atenazan día a día. Sería como el pájaro que confiado picotea entre las hierbas de un espacioso prado, y de pronto escucha unos sonidos desconocidos y amenazadores, que le empujan a adentrarse en el bosque, para poco después volver al raso más alertado y seguro.
Me siento contento de haber tenido la suerte que mis mayores me inculcaron el amor a una vida sencilla, en la que siempre ha estado presente el campo y el mar. Más ahora, que voy adquiriendo una cierta perspectiva de la vida. Y comienzo a comprender que, la niñez es el principal período formativo en la vida de cualquier persona y que quien lo deja fuera se condena a la superficialidad. Para cuando una persona cumple los veinte años, los principales rasgos de su carácter y temperamento habrán hecho su aparición y el resto de su vida consistirá simplemente en ajustar estos rasgos en la medida de lo posible (Gerald Brenan).
Estoy pues en ese período de ajuste en que mi vida va adquiriendo unos rasgos propios. Por lo que al paso del tiempo van quedando atrás las personas que tanto influyeron en mí. Pero el tenue hilo que me une a ellas no se ha roto del todo. Aún es posible disfrutar de su conversación en un mañana de fiesta entre soleada y nublada, mientras recorremos un camino umbroso salpicado de los vivos colores de las fresas silvestres, de las prímulas de hermosas florecillas entre violetas y rosadas, de los espinos albares, y de los robles de suaves verdes. Y digo esto, porque es ahora cuando desearía volver a esos paisajes de mi niñez en compañía de quienes me los descubrieron. Algo así como introducirse en uno de esos cuadros de De Chirico en el que el paisaje permanece inmóvil y mudo, pero constantemente renovado y bello, y lleno de vitales matices que mis anhelos y sentimientos descubren en él día a día: Hasta el punto que casi quedé resentida/o por esa belleza, por ser incapaz de percibirla íntegramente y poseerla toda al instante. Vivir la vida es un proceso que adquiere un inmenso interés gracias a intentar aprehender esos aconteceres al pasar (Virginia Woolf).