Una Día de Lluvia

Una Día de Lluvia maestresala Dom, 29/05/2022 - 20:29

 

Castillo Butrón​

 


 

Es tiempo de otoño, y si algo me complace es el rico colorido del campo después de la lluvia. Es el momento de darse un paseo por el campo en dirección contraria a la mar. Es un hermoso regalo el inmenso  y cambiante cuadro de verdes azulados y ocres que se desvanecen contra un cielo alto y grisáceo surcado de algodonosas nubes.

La zigzagueante carretera discurre por una de las laderas de Goikomendi, viéndose al fondo la ría de Plentzia. Los prados asoman al camino y a los lejos parecen querer cubrirlo con su suave verdor irisado de azul y ocre. Un aguilucho de porte majestuoso y pardo plumaje está posado en el tendido telefónico.

- ¿Sabes su nombre? - pregunto a mi tío.
- Creo que se trata de un ratonero común (buteo buteo), que en euskera llamamos zapelaitz.

Paro el motor de coche al tiempo que una asustadiza ardilla cruza la carretera con gran rapidez, perdiéndose entre unos matorrales. Al fondo se ve una pequeña mancha de robles, pequeño resto de los cerrados bosques que existían en un pasado. Incluso sé por documentos municipales que en aquellos bosques vivían garduñas y hasta jabalíes, y que el Ayuntamiento daba recompensa por matarlos.

- Entonces estos parajes de Lemoniz pertenecieron a Plentzia.
- Sí, y creo que hasta el año 1945. Por aquí estaba una parte considerable de los montes comunales de la villa - respondo a mi tío.

El cielo va cubriéndose de oscuras y amenazadoras nubes. Comienza a caer una fina lluvia, y tomamos un sinuoso sendero alfombrado de hojas secas, que discurre junto a un pequeño río, - me produce una agradable sensación el caminar hundiendo los pies en este mullido lecho vegetal. Por los pequeños gorostis de hojas espinosas resbalan lentamente doradas gotas de lluvia. Casi ha desaparecido esta especie, quizá por eso de cortarlos para decorar las casas durante navidad, y los ejemplares que quedan aislados y raquíticos desaparecerán dentro de poco. Qué forma tan brutal de romper la hermosura y el encanto del bosque.

 

Lancha

 

El camino se vuelve hacia el río en que asoman unos oscuros y bruñidos lechos rocosos, donde crecen atropelladamente unos tiernos berros. Sigue cayendo una fina lluvia, que va calando nuestras ropas sin apenas darnos cuenta. El ruido del agua se intensifica según avanzamos por el sendero. abriéndonos paso entre las ramas de unos sauces. La hierba que pisamos esconde delicados y esponjosos mantos de musgo, que se desparraman hasta la orilla de río. Se respira un aire denso y húmedo.

El murmullo del agua se va intensificando, y su sonido llena el ambiente. Entreverado entre el ramaje  de los árboles asoma un pozo. El agua cae en cascada desde los viejos  y sombríos muros de piedras envueltas en oscuros musgos del estanque de la desaparecida ferrería de Loabosoeta.

Esta ferrería de Loabosoeta fue propiedad de un vecino de Plentzia llamando Antonio de Villabaso y de uno de Munguía de nombre Juan Antonio de Ansoleaga.

- Las gentes que visitan este umbroso y apartado lugar dejan envases de plástico y vidrio - señala mi tío.
- Así es. Han profanado este bosquecillo encantador, y ello denota que quien arrojó esas porquerías, e hirió la rugosa piel de los árboles, es incapaz de sentir y penetrar en los recónditos misterios de este hermoso lugar.

El rumor del río se debilita, y sigue cayendo suavemente la lluvia. Un reguero de luz que penetra por entre las altas ramas de los árboles aviva el verdor de la hierba, señalando el camino de vuelta. Salimos a la carretera y se rompe el hechizo del bosquecillo. Siento que volvemos de un mágico y pequeño lugar lleno de sonidos y fragancias inciertas, donde nuestro ser se desvanece, recorriéndonos una ineluctable sensación de bienestar. Cogemos el coche y volvemos a casa.

Es hora de comer, y qué mejor en este tiempo de otoño que unos percebes y jibiones. Y más cuando han sido sacados de la mar hace escasas horas. Comer estos percebes de carne púrpura y perfumados de salitre es delicioso.

No puedo terminar sin hacer una hermosa cita a Cunqueiro, cuando dice ... Era abril, y por la abierta ventana veíamos el huerto, en el que florecían los manzanos y cantaba del mirlo. Literalmente podíamos decir que comíamos el ronco mar, que rompía en oscuras rocas a quinientos metros. Donde terminaba el vuelo del mirlo empezaba el vuelo de la gaviota... Nosotros también estamos comiendo cerca del mar aunque en tiempo de otoño, y un gato rubicundo apostado en el alféizar de la ventana nos vigila, al tiempo que los dorados pámpanos de la parra caen lentamente haciendo círculos, y los árboles de la huerta se desprenden de las últimas hojas amarillas y anaranjadas.