Barrenkale

Barrenkale maestresala Mié, 18/05/2022 - 17:20

 

Ria​

 


 

El hombre de ciudad suele acercarse a la costa con el propósito de disfrutar del baño de mar y de sol. Habitualmente hace el camino sin prestar demasiada atención al paisaje por donde discurre. A lo sumo repara en las edificaciones más llamativas de los ensanches apostados junto al mar. Recatadamente quedan ocultos los viejos conjuntos urbanos de las villas costeras, y en este caso el casco antiguo de Plentzia.

No sé del todo, la razón de que mis paseos sean cada vez más recurrentes. Una distancia casi imperceptible separa dos concepciones antagónicas de la vida: a un lado el paso nervioso de los viandantes y automóviles, al otro el silencio evocador. No hay pues más que pasar de la calle Ribera a Barrenkale para rememorar la desdibujada memoria de un pueblo de marinos, y no de arrantzales, a pesar de que la carta fundacional de la villa delimitara los términos para pescar ballenas. Quizá me vaya del tema, pero antes quiero dejar bien sentado, que el estudio de los documentos a nuestro alcance y de la morfología urbana nos acerca a un pueblo de marinos ocupados en la navegación de cabotaje y de altura. Las grandes gestas descubridoras de continentes y guerreras las dejo para argumento de sólidos y rancios novelones trasnochados.  

Es la mañana del día de hoy un tanto calurosa. El sol penetra con intensidad en esta silenciosa y solitaria calle, proyectando una luz sesgada sobre las casas, que muestran las huellas del paso del tiempo. Las nuevas edificaciones van ocupando los viejos solares sin un mínimo respeto. Sus volúmenes rompen la armoniosa relación espacial sostenida por las viejas moradas, que buscaban la protección de los vientos y las lluvias en esta ladera del cerro. Definitivamente se ha roto el equilibrio que mantenía el hombre antiguo con su medio natural. Se está sobredimensionando este espacio - de tal manera y con tan dudoso gusto - que comienza a mostrar un aspecto anodino y vulgar.

 

Lancha​

 

La calle comienza en una angostura oscura y húmeda, cerrada por una de las puertas de traza neoclásica de Camposena de Butrón. Una tenue luz se desparrama sobre las grises y oscuras piedras de la portada. Los pardos y prietos adoquines bruñidos por las humedades dibujan una delicada curva en su carrera hacia la luz. Una casa de traza humilde  asoma tímidamente al cantón - creo recordar que su nombre es Cantón. El declive se va suavizando y la calle se ensancha. Tras el voladizo del cantón surge una casa de aire más recogido, que aprovecha el desnivel para ganar en altura. En su fachada se abren unos huecos de ventana enmarcados por hermosas piedras de oscura caliza. Me detengo y trato de retroceder en el tiempo para ver salir de su portal a un capitán de quechemarín en una oscura y lluviosa mañana de invierno, acompañado de un grumete que carga con el baúl, dubitativo y preocupado por la mala traza del tiempo a la hora de emprender la derrota a lejanos mares.

Sigo abstraído y trato de situar frente a estas dos casas - en el solar que ocupa una edificación sin carácter alguno - la casa titulada Curena o Chomin Olachu. Probablemente configuraría el cantón de este lado de la calle. Ya en el año 1796 estaba construída y era propiedad de don Tomás de Arrarte, hombre de mar, dueño de un navío de cuarenta y ocho toneladas de porte llamado San Pantaleón, dedicado a las derrotas de Hamburgo, Burdeos, Nantes, La Coruña y Cádiz. Fue declarada en ruinas por el ayuntamiento en el año 1869, a consecuencia del desplome de sus antiguas y mal ordenadas obras.

La luz se hace más intensa y se expande por las losas del pavimento de un tono blanquecino con vetas pardas. Camino unos metros un poco abrumado por la fuerza del sol que imprime una cierta dureza a la perspectiva de la calle. Unas casas escalonadas se prestan apoyo y dibujan una curva imperceptible. Sus fachadas han recibido tanto el sol y lluvia a lo largo del tiempo, que van borrándose los blancos, ocres, verdes y betunes tan graciosamente dispuestos. Estas casas se levantan en antiguos solares de planta irregular y apuestan las fachadas en uno de los lados más cortos. Constan de planta baja, piso principal y desván corrido. En la planta baja está el zaguán enlosado, la caja de la escalera, la bodega y la cuadra. La vivienda consta de cocina, sala, dos o tres dormitorios y cuarto excusado. Las paredes de la planta baja son de mampostería de piedra con revoco de mortero, y el resto de entramado de madera relleno de ladrillo también revocado. Y para los actuales amantes de las paredes de piedra de cuenta visa diré que estas paredes se enjabelgaban o pintaban, tal vez, para proteger la casa de humedades y otros agentes externos poco gratos para la salud del morador. Casi diría que sin proponérselo surgió otra estética urbana con la impronta popular.

 

Lancha​

 

Un portón entreabierto deja ver un amplio zaguán enlosado de oscuras piedras. Una vaga luz insinúa el arranque de la escalera de desgastados peldaños arrimada a uno de los muros. A su izquierda una puerta de un verde incierto exhibe una gatera y, al otro lado, y casi envuelta en la oscuridad, la puerta de la bodega. Vuelvo la vista a la fachada, y unas graciosas ventanas de mesuradas dimensiones, pintadas de verde esmeralda asoman tímidamente a la calle. Puedo evocar la figura de un hombre apostado junto al cristal en un lluvioso día de invierno, viendo ensimismado resbalar las brillantes gotas de agua mansamente. Tras él una pequeña casa de caoba de la que sobresale el lomo de un libro encuadernado en cuero verde: Derrotero desde España al Pacífico y viceversa. Noticia sobre algunos puertos del Océano Pacífico, recalada al Río de Plata y navegación en él, por don Juan de Carranza y Echevarria, primer piloto del comercio español (año 1850). Una pipa y una cajita adornada con un delicado paisaje oriental sujetan una carta de navegación entreabierta, y un diario de la Casa Mawdsley and Sons de Liverpool con borrosas anotaciones de lejanas direcciones.

Menos evocadora, y si más triste, es la casa Sarachaguena. Su fachada tiene el color de la cara de un enfermo hepático. Las puertas y ventanas están cerradas para siempre, y semejan úlceras incurables. La terrible enfermedad alcanza a la talla de madera de medio bulto de San Nicolás apostada en la fachada. Resto de un antiguo derrelicto y devota imagen protectora de los navegantes. En este mismo lugar me contaba un hombre ya fallecido, que la talla era el mascarón de proa de un barco encontrado en la playa de Barrika. Aunque bien pudiera tratarse de una de aquellas tallas que ornaban la popas de los barcos, y quién sabe si un día estuvo pintada o estofada. En cuanto a su autoría tampoco sabemos nada, pero qué bonito hubiese sido atribuírsela al maestro entallador don Antonio Maruri, que allá por el año 1821 ejercía el oficio en compañía de dos criados cerca de aquí, concretamente en la casa Nueva de Camposena en la calle Ribera.

Es en este un lugar para la ensoñación melancólica. La singular y coherente manera de interpretar la ocupación del paisaje, añadiendo un toque de sobria belleza, da cuenta de unos hombres con unos horizonte vitales delimitados por la mar, aún no del todo conocida y llena de sobrecogedores misterios. El hombre - consciente de sus limitaciones - se vería empujado a despertar el ingenio, y eludiría la confrontación caprichosa con las fuerzas superiores a él. Su posición ante la vida estaría marcada por un constante anhelo de sintetizar lo concreto y lo mistérico, que conllevaría una particular cosmovisión ajustada a sus reducidas proporciones.

 

Lancha​

 

El paso de un automóvil me devuelve a la realidad. Camino unos metros hasta situarme entre las cuestas de la Magdalena y Consistorio que atraviesan la calle. Una pincelada de un blanco apagado recorta el cantón al que asoma humildemente la casa Gabrielena. Junto a ella Torrebarri de aire más insulso. La luz se hace más fuerte e intensifica la crudeza de las deformidades de unos impersonales y exagerados edificios. Apretujada entre ellos una casita de una planta de aspecto recogido y cuidado de avivados blancos y verdes esmeralda. Cerca de aquí estuvo el estudio del escultor don Higinio Basterra. Al otro lado se levanta una  tapia de mediana altura en la que se abre la puerta de una pequeña huerta de la que asoma  un limonero de verdes y rutilantes hojas. De esta huerta me indica una persona mayor - haber oído a su último tenedor - que su nombre era Horno. El empeño del hombre hizo surgir de entre estas ruinas una tierra fecunda, que ahora vuelve a llenarse de yerbajos y maleza. ¡Qué efímera y desconcertante la relación mantenida por el hombre con este espacio!

La cuesta del Consistorio delimita otro de los cantones. Cierra éste por uno de los lados una casa de nueva construcción de dilatado volumen, que ocupa los solares de dos viejas casas. Parece pues un poco mastodóntica. Bajo su hormigón duerme una cimentación de la casa llamada Lorena vieja. Esta casa perteneció a la Sra. viuda de don Juan Vicente de Durana, a quién sus ocupaciones le habrían obligado a fijar su residencia en Cádiz.

El relieve de este tramo de la calle está marcado por un fuerte desnivel. Por eso el conjunto de casas de aquí se asientan aprovechando el declive para situar al cuadra y bodega con salida al barbacán compartido con las casas de la Ribera. Una escalera interior comunica esta planta con el piso situado a nivel de Barrenkale donde se abre la entrada principal. Aunque esta torpe descripción debiera hacerla en pasado. Pues se han derribado las casas Inglesena y Garayena, y sólo quedan en pie las fachadas de Inglesena que asoman al barbacán y a la cuesta del Consistorio. Hasta hace poco tiempo se dibujaba aquí un bella perspectiva de la calle, jalonada por los armoniosos y mesurados volúmenes de las casas Inglesena, Garayena, Cotoena la nueva.. ¡Qué gracia tan singular tenía la fachada de Garayena! Ejemplo de una arquitectura de aire pequeño-burgués del siglo XIX tan mal comprendida y tratada por ende y estrechamente relacionada con la prosperidad económica de los marinos de altura y de los comerciantes establecidos en Cuba y Filipinas. Quizá esto evocaba sibilinamente los plateados sillares calizos de suaves y gráciles curvas que enmarcaban las puertas y las ventanas - ornadas con herrumbrosos herrajes, aldabas y bocallaves de sólida factura - entreverados de pastosas pinceladas de blanco teñido de ocre, que ocultaban las anodinas piedras de cuenta de la fachada.

Los goznes del pesado portón de Garayena no volverán a chirriar cuando entraba un grumete con una carta matasellada en Filipinas, que le había ordenado entregar el capitán del bergantín fondeado frente al Astillero. Los silencios del ayer retroceden ante los ruidos de los automóviles y de las gentes que buscan nerviosamente la playa en este domingo de primavera.