Un Día de Temporal

Un Día de Temporal maestresala Dom, 15/05/2022 - 20:28

 

La  Ría​

 


 

Son las seis de la tarde de un día gris de marzo y oscurece con rapidez. Durante la madrugada han soplado fuertes vientos del sudoeste, que han rolado hacia media mañana al oeste. Entrado el mediodía ha amainado el viento gallego, apareciendo la deseada lluvia. Las pesadas nubes envuelven los montes con algodonoso manto grisáceo, que se desparrama por los apagados verdes de los prados.

Desde mi ventana veo unos árboles altos y oscuros que se recortan contra el violeta matizado de rojos y naranjas el tejado de una humilde casa de la que sale una serpenteante y humosa pincelada que se funde con el cielo plúmbeo, anunciando la casi segura reunión de sus moradores en torno al fuego.

El rumoroso tintineo de la lluvia  penetra en mi habitación, contrapunteando por el cadencioso canto del txindor posado en la rama alta de un platanero de mi jardín. Leo en una guía de aves que la musiquilla de este hermoso pajarillo de pecho de vivo color anaranjado se caracteriza por un persistente y rápidamente repetido tic, un débil tsip o tsissip, y un fino y gimiente tsiii. El canto, que puede oírse todo el año, es una variada serie de breves y pausadas estrofas agudas y gorjeantes. También destaca la guía que su conducta confiada respecto al hombre y sus actitudes desenvueltas son bien conocidas en Gran Bretaña; en el Continente en general se muestra más tímido. Y aquí en particular se muestra aún más cauteloso.

Inquietante, en cambio,, me ha resultado seguir el vuelo de una gaviota de ojos saltones y asustadizos, que se esforzaba en seguir a las misteriosas corrientes de aire huyendo del atemporalado mar. Cerraba el horizonte una densa y oscura cortina de lluvia por donde se abrían camino abultadas olas de bruñidos y turbios verdes, que se encrestaban de blancos penachos antes de morir en la playa. Desde mi segura posición me sentía embobado por la magnificiencia de la naturaleza. Y me sobrecogía la turbadora presencia del mar encolerizado. Para mi tranquilidad no se entreveía  a través de la cortina de lluvia la silueta de ningún barco. Ya pasó aquel tiempo en que se podía divisar entre las olas el bamboleante aparejo de un velero a punto de ser tragado por el mar. Y en tales circunstancias la angustiada mirada del atalayero de Villano seguiría atenta a los movimientos de al. Alguna corbeta desviada de su derrota de Liverpool a La Habana con escala en Bilbao, que derivaba peligrosamente hacia la isla de Villano. Al tiempo que su capitán escribiría en el diario de a bordo que la mucha mar del S. y SO. le hacen trabajar al caso y arboladura con los balances que le hacen dar. Llegada la noche y apartados de la peligrosa costa, encendieron los faroles de los costados, y a eso de las doce el viento era muy recio, obligándoles a cargar y aferrar las gavias altas, mayor redonda y trinquete. A la vez que el buque trabajaba extraordinariamente, con agua en las bombas picando cada hora...

En honor a la verdad, he de decir que las incidencias señaladas anteriormente ocurrieron el sábado 6 de marzo de 1875 en la costa de Inglaterra, pero quien las anotó sí que era vecino de Plentzia.

 

Lancha​

 

Tengo que hacer un gran esfuerzo para imaginar que este mar que contemplo melancólicamente, en este atardecer del final de invierno, es el mismo que en días no muy lejanos fue escenario de la dura lucha de navegantes, que dieron personalidad y carácter a este pueblo. Desde entonces acá han ocurrido tantos y tantos naufragios, tantos desastres, que han borrado la memoria y han desgastado hasta hacer prácticamente desaparecer la huella que aquellos viejos marinos imprimieron en las casas, paseos, plazas, etc., de esta villa. Vitalmente necesito creer que este mar es parecido al jardín que se renueva eternamente, como un gran drama con actos y escenas: puede haber cambios en el reparto, pero el guion continúa siendo el mismo. La permanencia y el cambio son su secreto.

Adentro el fuego de la chimenea está encendido y em entretengo echando leña. Permanezco un tanto absorto ante las azulencas llamas que desprenden acres vaharadas. Sobre la mesa hay un pequeño frutero de porcelana inglesa, decorado con motivos vegetales en blanco y cobalto que contiene naranjas recogidas por mi tía esta mañana en la huerta. A su lado un plato con una abultada manzana asada surcada de caramelo y una humeante taza de café con leche. Mis suegros hablan de las escasas tareas del campo en este tiempo del descanso de la tierra, mi mujer deja de hacer punto, y la conversación se anima. Uno de los mayores se acerca al fuego y arroja el envoltorio de un caramelo de malvavisco bendecido el día de San Blas en la Iglesia, siguiendo la vieja costumbre que relaciona a este santo varón con la protección de los males de garganta.

La oscuridad va borrando el paisaje, y llega a mí el rumor de la lluvia mientras fumo un cigarrillo. El mundo real parece debilitarse, y surgen nuevas imágenes del libro que leo. Al respecto recuerdo aquellas palabras de Virginia Woolf: ...parece que llevamos grabado un mapa que la lectura ilumina. Está formado por deseos, por apetitos, por lo que unos  y otros nos proporcionan al llenarlo, al conseguir algo en esta provincia, algo en la otra. De ahí que un lector ordinario pueda  a menudo calcular incluso creer, de vez en cuando, que está en posesión de todo un mundo tan habitable como el mundo real... Entretanto las lejanas campanadas del reloj de la torre de la iglesia alteran el silencio de la casi noche.