Mar Antiguo de Plencia

Mar Antiguo de Plencia maestresala Mié, 04/05/2022 - 15:49

 

Plentzia (Dario de Regoyos)

 


 

En recuerdo y homenaje a José María Hormaza Igartua

 


 

Mar antiguo, madre salvaje
en tus orillas de rodillas rezaré
tierra absurda que me hizo absurdo
nostalgia de un futuro azul en el que fondear...

 

 

Si uno mira hacia el ámbito de la ría descubre al frente un espacio boscoso de aspecto algo salvaje llamado Barrikabaso, donde el agua establece una frontera simbólica con el mundo impenetrable del bosque. Los árboles crecen atropelladamente al borde del agua y van perdiendo verdor en este melancólico mes de septiembre. Conforme avanzo hacia el Astillero el bosque se debilita y la mano del hombre ha construido una aglomeración de casas de distintas alturas. Los ligeros soplos de vientosur hacen caer con lentitud las hojas de los plataneros, describiendo suaves curvas. Observo a las personas sentadas en los bancos y no conozco a nadie. Quizá ninguno de ellos sepan que donde descansan estuvo situado el muelle comercial. Aquí atracaban los quechemarines y bergantines procedentes de los puertos cantábricos y franceses tripulados nuestros trasabuelos.

Al fondo del paseo se entreve entre los emparrados plataneros el destartalado puente. Recuerdo que fue reformado, o más bien diría atrozmente transformado, cuando yo era niño. No conservo una imagen muy clara de antes de convertirlo en una horrorosa especie de presa de hormigón pero guiándome de grabados y fotografías, veo que perdió todo su carácter. Su sobria y sencilla traza no carecía de interés, siendo objeto de  de la atención  de renombrados viajeros decimonónicos como Humboldt y Ford, de Delmas en su Guía del Señorio de Vizcaya en 1864, del historiador Iturriza, etc. Muchos fueron los cuidados prodigados por la municipalidad, hasta el punto de regularse en las primeras ordenanzas municipales dictadas el año 1508. Transcurren los años y los siglos y, este característico y vital elemento del paisaje urbano vuelve a ser objeto de reglamentación en las ordenanzas municipales del año 1801 en parecidos o iguales términos que en las de 1508. Faltaban pocos años para que desapareciera la actividad económica que dio vida a la villa allá por el año 1299, y claro está, me refiero a la navegación.

 

Lancha fletera

 

En este lunes de setiembre de 1989 sigue transitando la gente por él, han desaparecido las embarcaciones de cabotaje dando paso a las de recreo. No puedo dejar de decir lo mucho que me hubiera gustado pasear por aquí, viendo atracado un quechemarín a uno de sus estribos, al igual que en muchas ciudades europeas de tradición marinera. Dentro de poco tiempo será sustituido por una pasarela metálica no exenta, quizás, de belleza. Pero como señala Juan Benet el puente que vino (viene) después del de piedra es otra cosa; rara vez se recorre a pie y distrae la atención. Ha recabado para sí el protagonismo de la escena y ha exigido del ojo que desdeñe la corriente que fluye abajo para que repare con toda la intensidad en la visión de su airosa silueta y en su original estructura.

Basta ya de divagaciones y voy a seguir mi camino. Tuerzo por el callejón que se abre a mi izquierda para penetrar en el casco antiguo y me detengo ante una hermosa casa decimonónica de soberbia sillería de piedra. Es de destacar su espléndido mirador de madera, el jardín y su verja, las ventanas encastradas propias de climas lluviosos, que con tan sobria elegancia regala al paseante. Al otro lado de la calle, mal que bien, siguen en pie una abultada casa de macilentos grises enquistados en su fachada  dotada de una cierta elegancia burguesa. El jardín está lleno de yerbajos, y la gruta donde nadaban apaciblemente los peces de colores ha desaparecido entre la maleza. Muchas veces en mi infancia me acercaba a la verja para ver el estrambótico y mágico espectáculo de los peces, dibujando misteriosas líneas.

El paso del automóvil me distrae y cruzo la calle en dirección a la cuesta de la Magdalena. Una pequeña y encantadora mercería abre su escaparate a la cuesta repleta de cintas y telas de colores. Tuerzo a la derecha y entro en Barrenkale. Una mujer está tendiendo la ropa en el balcón y entablamos conversación. Realmente es bonito vagabundear por estas calles y relacionarse con las gentes que las habitan. Entretanto, oigo unos lejanos y rítmicos sonidos que anuncian la llegada del afilador. Sin saber dónde ir, doy media vuelta y del silencio de la calle surge el cacareo de un gallo encerrado en un pequeño huerto del que asoma un limonero. Estoy distraído mirando unas viejas y agrisadas tapias cuando saludo a un amigo. Junto a nosotros la vieja fábrica de hielo y limonadas, que en breve será irremisiblemente derribada. Cuánto me impresionaba de niño ver a unos hombres con mandiles manipulando las barras de hielo con grandes ganchos. Los estridentes ruidos producidos por una furgoneta ensombrecen la conversación y nos despedimos.

 

 

 

Bergantín

 

 

 

 

El alba del quechemarín de Anxel Casal

Ánxel Casal

La Plaza

La Plaza maestresala Jue, 05/05/2022 - 10:17

 

Paseo Plencia​

 


 

Una fuerza cuyo carácter indefinido me vincula, al paso de los años, más profundamente con mi pequeño paisaje cotidiano. Desde hace algún tiempo siento una extraña sensación de desaliento ante el desmoronamiento del paisaje. ¡Si yo supiera lo que tan febrilmente busco aquí! Qué poco gratificante resulta penetrar en el casco antiguo de la villa a través del único resto de muralla, y darse de bruces con una señal de tráfico incrustada en el arco de Santiago fatalmente herido de muerte. No creo que ya nada ni nadie pueda sentirse seguro en su interior. Los viejos muros no pueden aguantar las bruscas e innúmeras acometidas de la supuesta modernización.

Asomada a la puerta de Santiago sigue en pie una de esas casas otrora características de la arquitectura local. En vez de derribarse ha sido recuperada, y con buen gusto dicho sea de paso. Su pulcra y sencilla fachada parece aún más pequeña con esta decaída luz de la tarde, que llega intermitentemente de un cielo lejano y huidizo entre  gris y azul. La sombra de la torre de la iglesia va deslizándose suavemente por ella, mudando los blancos en grises. El contorno del edificio pierde la pureza y adquiere un aire más recogido.

El origen de la casa de remonta al año 1788, coincidiendo con un tiempo de profundas transformaciones urbanísticas. Y para sorpresa de algunos que no alcanzan a ver inquietudes estéticas en estas moradas de antiguos marinos, es de señalar que su primera propietaria manifestaba a la municipalidad no tener intención de que su casa Cause deformidad adha Plaza pública, antes bien una Armonia ó diseño qual Corresponde alas Casa que se herijen en Villas. Sin embargo la armonía o diseño de numerosas casas poco se tuvo en cuenta hace no muchos años cuando fueron derribadas y sustituidas por feos y abultados edificios, que desdibujan el conjunto urbano, hiriendo la memoria de generaciones de hombres volcados a la mar, que no por sencillos o anónimos carecían de sensibilidad y conocimientos que se reflejaban de una manera sobria y mesurada en sus casas.

 

Lancha fletera

 

No lejos de aquí, y arropada por la fábrica de la iglesia, languidece otra casa de marino. Parece extenuada tras largas e inútiles luchas libradas contra la insensibilidad y el mal gusto. La herrumbrosa y destartalada verja permite entrever la entrada emparrada, donde su antiguo propietario, ya alejado de la mar, contaría a los suyos historias de viajes a ultramar en las calurosas tardes de verano. Y aunque es imposible ver al viejo piloto sentado bajo la parra, imaginemos por unos instantes a aquel hombre llamado Juan Bautista de Onaindi. ¡Qué bonito final hubiera tenido esta casa convirtiéndola en casamuseo del marino de altura de los hermosos veleros! Haber podido reunir en tan escasos metros el pasado de un pueblo de navegantes con cartas, derroteros, sextantes, anteojos, fotograbados, cuadros, estampas. etc. Quizá el nombre de la casa - Asurtegui (osario) - entrañaba una cruel paradoja.

Entre Asurtegui y la cuesta de la Magdalena se abre un paisaje que comunica con el término de Gaminiz, y antaño con el camino de Gorliz, que discurría por la calle Portaleta hasta desembocar en el arco o puerta de Santiago. Es aquí donde uno llega  a estremecerse ante el deterioro y abandono de los edificios, que a duras penas asoman al camino. La desconchada fachada de Asurtegui parece afectada por una terrible enfermedad mortal, que también ha penetrado fatalmente en el paredaño caserío de Goñi Portal. El antes imponente volado de su tejado no ha podido aguantar más los embates del deterioro, y anuncia la ruina inminente del edificio, que desciende, por las consistentes vigas que enmarcan el portal enlosado. Ya nadie podrá encontrar en este portal la afable compañía de un hombre de aire bondadoso y cansino, que pasaba largos ratos sentado en el banco de piedra, y parecía aún más frágil con aquella luz incierta, que anunciaba un oscuro camino sin retorno. Desaparece con él un humilde y poético talante vital, imbuido de que En la aspereza de la vida cotidiana, soñar es necesario, y perder el tesoro de los ensueños es perder el más grande de los tesoros del mundo... (Alvaro Cunqueiro). Aunque tampoco invita a ensoñarse la casa de al lado, antigua taberna municipal llamada Ventabarri.

Frente a Asurtegui y Goñi Portal todavía sigue en pie una vieja tapia de mampostería de tostadas piedras ribeteadas de verdes yerbajos, que oculta los jugosos frutos del pequeño huerto que encierra. Tal vez la altura de la tapia sea la adecuada para despertar la curiosidad del viandante al no poder rebasar sus límites con la vista, asegurando así la intimidad de esta pequeña porción de tierra cultivable, tan insospechada en este ámbito urbano. Sus ondulantes  y suaves líneas adquieren un melancólico encanto con el titilar de las postreras luces de la tarde, debilitándose la dureza de la piedra: ...paredes que parecen segregar sentimientos... (Josep Pla).

Parece que este pasaje o calle Nueva una avanzada del antigua poblamiento del recinto amurallado de la villa, que tímidamente y a espaldas de él, se fue consolidando en un espacio donde otrora se abría un horizonte inseguro. Y si la ría abría los innúmeros caminos de la mar, aquí se abrían los caminos de la tierra firme. Pero en este desconcertante tiempo en que vivimos el horizonte no es menos hostil, y los abultados y feos edificios de hormigón avanzan con aire amenazador hacia ese degradado lugar.

Goenkale

Goenkale maestresala Jue, 05/05/2022 - 15:23

 

Ria de Plencia​

 


 

Escribe Delmas en su Guía histórico-descriptiva del viajero en el Señorío de Vizcaya en 1864: No intente el viajero descubrir en Plencia recuerdos del pasado, porque no los hallará. Ningún edificio de mérito artístico ni histórico conserva en su recinto a excepción del puente, de nueve arcos y 280 metros de longitud... En el rasero de Delmas no entraba la ármonica muestra de arquitectura popular que era el casco antiguo de Plencia. Al menos pudo ver algunos de los edificios que, mal que bien, siguen en pie y guardan la memoria histórica de la villa. Aunque me pregunto hasta cuándo.

He recorrido la calle Somera o Goienkale en una soleada mañana de domingo. El silencio del ambiente me sobrecoge y parece que ha desaparecido la vida. Una luz intensa ilumina un lado de la calle, surgiendo unos edificios de aire cansado y un tanto fantasmagórico y triste de tonos grises y pardos. Los dorados sillares del edificio del antiguo consistorio cobran intensidad con esta dura luz, remarcando los afilados contornos de este austero edificio, imagen del poderío del gobierno municipal, que desde su posición elevada observaba la población, vigilado desde más arriba por la torre del linaje de Múxica y Butrón y la iglesia.

Más sencilla es la traza de las casas que oculta el viejo consistorio en esta suave curva de la calle. La recogida morada del antiguo marino languidece a la sombra del consistorio, y sus puertas y ventanas se han cerrado para siempre. La casa ha perdido carácter, y en su interior nadie volverá a pasear la mirada por los fotograbados de nuestros ya casi difuntos veleros con ojo frío, inquisitivo e indiferente (Joseph Conrad). El equilibrado y humilde carácter imprimido a la arquitectura por aquellas gentes se desvanece aceleradamente trescientos años después. Y con la desaparición de sus casas desaparece, me repito, la memoria de un pueblo de navegantes.

 

Lancha fletera

 

No es mi intención convertir estas líneas en un triste responso, y si inquirir en la medida de mis posibilidades en la diluida memoria de aquellos hombres y sus obras. Me refiero, claro está, a la particular fisionomía de la casa del marino que se consolidó entre el último tercio del siglo XVIII y los albores del siglo XIX.

Como  anteriormente decía tras el antiguo consistorio se ocultan unas casas en las que aparece haberse detenido el tiempo y muestran la fatiga en sus agrisadas y ajadas fachadas, Su aire espectral no se presta a regocijos, y susurra la extinta memoria de unos hombres que encontraban cobijo aquí después de largas y duras navegaciones. Me siento apesadumbrado al tener que recurrir únicamente a los antiguos documentos para escrutar su memoria.

En los ajustados solares de esta calle fueron erigiendo sus moradas los antiguos marinos. Solares de hermosos y evocadores nombres como el sitio titulado Naranxal; propiedad de don Juan Bautista de Gorordo del que manifestaba su esposa doña María Ignacia de Urresti el año 1791 hallarse ausente al presente a su navegación. Y a buen seguro que se prolongarían las derrotas que hacía a Bristol, Ruán, Santander, Ferrol, Cartagena y Liorna en el barco de su propiedad llamado San Juan Bautista de sesenta toneladas de porte. Ya que encomendó a su esposa los trámites para la erección de una casa de nueba planta en el citado sitio. El nombre de esa casa - por cierto ya perdido -  era Gorordo. Muchos de los materiales empleados en estas construcciones procedían de lugares cercanos; buena parte de la viguería se labraba con piezas del monte comunal de Isuskiza. Fue un tiempo de profundos y humanizadores cambios de la fisonomía urbana, marcados por una proporcionada y armoniosa relación entre espacio, hombre y casa. La coherente actitud sostenida a la hora de hacer habitables estos pequeños espacios urbanos se consolidó como el particular y recatado esteticismo de aquellos hombres.

Camposena de Butrón

Camposena de Butrón maestresala Jue, 12/05/2022 - 10:44

 

Los Basterra​

 


 

Portalada de una casa de madera armadora de navíos, en Plasencia de Butrón, puerto vizcaíno a la vera de un río, en las inmediaciones de un puente de nueve ojos. El pavimento, enlosado de piedra. A la derecha asciende el tramo de la escalera. En los muros, a ras de suelo, como en el piso primero, puertas de bodegas, en que se embarrila el vino cosechado en las caserías. Principia el acto primero del poema dramático en tres jornadas Las alas de lino de don Ramón Basterra.

La resonancia de Basterra ha desaparecido en Camposena, que sufrió una reforma, en los años cincuenta, que le produjo profundos cambios. Unicamente recuerda su presencia una placa colocada en la fachada por Los Amigos del País el año 1947, que escuetamente dice: 

 

En esta casa vivió el poeta Ramón de Basterra 1888-1928

 

Camposena y el paisaje donde se inscribe propiciaron las ensoñaciones del poeta, que en tan elevados  frutos literarios recreó. Pero el tiempo pasa y estos nuevos han traído cambios y transformaciones en este entorno. El paso continuo y frenético de los automóviles atormenta este lugar, y no permite, ni siquiera, detenerse a contemplarlo. Antaño aquí estaba uno de los arrabales de la villa con su puente y molino, y la ría tenía el mundo interior con el mar. El marino, el maestro constructor de navíos, el leñador y el carbonero levantaron sus hogares y talleres en las orillas de estas aguas. La naturaleza daba para vivir y el hombre aún la trataba con el debido respeto, y como era consciente de sus limitaciones y de la pequeñez de su ser, la relación emanaba armónica. Todavía ...En el hombre antiguo, vida y naturaleza se equilibran constantemente. En el mundo moderno, el hombre es una gota de  barro perdida en un universo inmenso (Josep Pla).

Vayamos ahora con los orígenes de la casa Camposena. Sería entrado el año 1788 cuando un vecino de la villa llamado Miguel de Butrón había principiado Edificar una Cassa en el término llamado Solozarreta, próximo al puente y al paraje de Bizerreta, donde años después mis antepasados levantaron una casa para almacén de harinas en tránsito desde el molino de Arbina (Butrón-Gatika) a la mar.

Un paisaje, una casa, y su pasado llegan a calar profundamente en un hombre. En Camposena discurrió amablemente parte de la vida de don Ramón y lo cotidiano se volvió poético. Y cómo no iba a repensar poéticamente su relación con Camposena:

 

Debajo el gris de Vizcaya
mi caserón atalaya
el mar Cantábrico, hecho ría.

De él emprendían derrota
las naves de nuestra flota
a Indias y a la Andalucía.

Montañés alero; perta
toledana; vasca huerta
que desbordas a un patio moro.

¡Al sur te mezcla el destino!
debajo del gris vizcaíno
brillan mis naranjos de oro.

 

Desde casa como Camposena, u otras más humildes, emprendieron innúmeras derrotas aquellos navegantes. Al igual que el citado don Miguel de Butrón propietario del navío de cuarenta y cinco toneladas llamado Nuestra Señora de Begoña, ocupado en navegaciones a Bayona, San Sebastián, Santander, La Requejada, Coruña, Cartagena, Cádiz y Lisboa. Y a buen seguro, seguro, se harían poseedores de una cosmovisión rica y dilatada, que a la vuelta de sus viajes impregnarían a su pequeña sociedad, imprimiéndole unas particulares señas de identidad. Gentes aquellas conscientes de que a las puertas de la mar se abrían los caminos del mundo, y lo particular perdía concreción pero sin llegar a desdibujarse del todo.

 

Lancha fletera

En Casa del Viejo Capitán

En Casa del Viejo Capitán maestresala Jue, 12/05/2022 - 13:17

 

Puerto​

 


 

Una vaga luz ilumina el amplio comedor envuelto en un inquietante silencio, que de súbito se rompe ante la presencia de un anciano de un anciano. Es el dueño de la casa último vástago de una vieja familia de marinos. Señala un cuadro sobre el que se precipita un haz luminoso que penetra por las rendijas del balcón. En el rutilan los viejos y dorados botones de su uniforme de marino atrapados entre los azules cordones dibujando ondulantes letras en homenaje al capitán de la corbeta India.

‒Las anclas de los botones se han enganchado en el verde fondo del cuadro para siempre ‒balbucea el anciano.

Se acerca a la chimenea y coge de la repisa en anteojo, con cuidado de no derribar unas cajitas orientales de  laca y un reloj inglés. Nos volvemos hacia el mirador iluminado por una fulgente luz, que se abre paso por un dorado camino entre la oscura entablación del suelo de roble. El bruñido tubo metálico del anteojo oculta unas letras gravadas. Me separo de la desbordante luz para leer la inscripción: 

 

Spencer Brourung And Kust London Day or night

 

El anciano vuelve a tomar entre sus manos su apreciado catalejo, y me invita a manejarlo. No acierto a divisar la mar entre la verde fronda del jardín y contrariado desisto, dejando el anteojo en la repisa de la chimenea.

‒Ya sabes que pasé buena parte de mi vida en la mar ocupado en la derrota Cádiz a Filipinas ‒comenta el anciano.

El súbito revoloteo de los pájaros en los árboles de la huerta me aparta de la conversación. Y por un instante creo divisar una bandada de exhaustas gaviotas posadas en el aparejo de un hermoso velero.

La luz comienza a decaer y abro las puertas del balcón. Me acomodo en un confortable butacón de cuero carmesí de grandes orejeras. Acerco una mesita de caoba y caoba y tomo de la tabaquera un cigarrillo. Las volutas del humo se van trasnformando en mi imaginación en grandes olas entre las que navega la corbeta India.

Las sombras inundan el viejo diario del capitán y debilitan las letras hasta borrarlas y el  cuadro de la corbeta India se va desdibujando hasta casi perderse en la oscuridad, enciendo la lámpara un tanto conturbado y cierro el diario. ¡Cuántos otros estremecedores testimonios de la vida en el mar como eśte han sido destruidos sin piedad!

En esta hora el día en que entramos en una zona de sombras me parece todo tan inconsistente y etéreo, que apenas alcanzo a entender el sentido de la vida. Una inescrutable y desconcertante emoción me recorre al sentir la quietud y la permanencia de los objetos encerrados en  esta habitación, que han sobrevivido al paso del tiempo ‒la memoria familiar rebulle en ellos. Objetos estos que se vuelven frondosos árboles en los que uno se cobija en días tediosos e insípidos.

 

Bergantín​

El Pariente Cubano

El Pariente Cubano maestresala Sáb, 14/05/2022 - 21:47

 

Cartas​

 


 

Un Domingo cualquiera. La gente deambula por el paseo del Puerto. Hacia mediodía los bares se van llenando, y uno no sabiendo, con claridad, que hacer opta por refugiarse en casa. Atrás queda el paso frenético de automóviles y personas. El estruendo de los motores se torna nervioso y desacompasado canto de pájaros, que revolotean en los árboles del jardín. Sopla vientosur, que va tejiendo una dorada alfombra de hojas sobre la hierba. Tras la cancela del fondo del camino ladra el perro frenéticamente. Un aire un tanto desolador se cierne sobre este retazo de naturaleza aquí encerrado.

En cuanto mejore el tiempo tengo que ir indispensablemente a Bayona a despachar unos negocios. ¡Cuándo iré a Santi Espíritu! Ayer vinimos hasta Miranda viendo nieve por todos los alrededores, y en el camino nos nevó también  un poco desde Alsasua a Pamplona. ¡Qué malas noticias tengo de Santi EspíA ritu! El cólera se ha llevado a mucha gente, y ha muerto Flora. Dios quiera que  no haya habido más novedad. Ya he recibido tu retrato...

¡Qué lástima no haber conservado los retratos! Pero en fin, he de conformarme con estas cartas. Este amigo de la familia estaba ocupado en la explotación de un  ingenio azucarero en Santi Espíritu. Y en Puerto Príncipe vivía mi bisabuelo llamado Juan. De sus ocupaciones en la isla da cuenta en carta del 6 de mayo de 1863:

...aquí habemos muchos ganaderos sin ninguno tener ganado de condición para las corridas (...) No estoy del todo descontento, me parece que a la fecha desde que llegué de esa, ya he recuperado buena parte de los gastos de mi viaje,, pero en cambio se vive aquí mortificado por el servicio doméstico, no tiene uno quien le quiera servir ni medio regular, pero no hay más remedio que ir pasándolo así...

La constante preocupación por el bienestar de los suyos se hace patente en otra carta cuando escribe: hoy doy orden a la Habana para que te remita una letra por 20.000 reales, y le sigues dando a nuestro buen padre los 15 duros mensuales que te tengo anunciados, estos como te tengo dicho que no falten ni un solo mes.

En cuanto a la situación política de la isla en ese año de 1893 señala que aquí como se habrá sabido en esa huno un intentona de revolución, pero por suerte no tuvo resultado, por hoy el país no quiere guerra, ojalá siempre pensarán igual.

 

Lancha

 

La febril actividad de este hombre queda patente en esta correspondencia cuando cuenta que no se desmonta del caballo, tanto tenía pensado ir a Chicago y lo voy viendo cada día más difícil, y lo sentiré no ir, pues estaba muy animado, y muy dispuesto a botar un pico.

A pesar de la prosperidad de sus negocios y su enraizamiento en la isla pensaba retirarse a la tierra de origen, por lo que deseaba contar con una casa que algún día me puede venir bien, según refería en carta fechada el 6 de junio de 1891. Asimismo le decía a su hermano que, A los amigos que te han hablado  para tomar alguna acción, puedes decirles que ahora no me es posible, pues tengo empleado el reducido capital mío con deseos de aumentar para algún día pasar el resto con ellos y según mis deseos.

La vuelta a Plencia se iba demorando conforme crecían los hijos. Doro y los niños pasaron sobre cuatro meses en el campo, tomando baños; Doro está graciosísima y Juancito igual y Javierito ha cumplido un año,  a Juancito le hemos puesto en los Escolapios, a  ver si adelanta, está bastante aplicado, veremos.

Surgieron nuevas complicaciones que volvieron a demorar el retorno a Plencia, así lo expresa en carta de 22 de octubre de 1902:

Según supiste por mi buen amigo Aquilino me enfermé en Agosto del pasado, teniéndome la enfermedad tres meses sin levantarme, salí por primera vez  en coche a dar una vuelta de una hora, y así poco a poco me fui a darme baños a San Diego, donde estuve cuarenta días, mejoré pero no me puse del todo bien, y aún la pierna derecha la siento floja.

Convaleciente ya, ahora estoy trabajando igual  que antes, haber si recupero tanto que perdí con la última guerra, si no logro el todo me prometo recuperar una parte, aunque lo que más siento es  no poder andar bien a caballo.

De sus entretenimientos en compañía de un amigo ,señala que, el amigo Aquilino está bien dedicado a un jardín que tiene, y una gran pareja de caballos con los que amenudo paseamos, yo también tengo una pareja, pero no como el amigo.

Respecto a sus hijos Juancito está muy estudioso en la Habana en la Universidad; Javierito con los Escolapios y la niña en otro colegio, ambos tiene profesor de piano pero aún están muy en principios, y no sé qué resultado darán. Juancito el primer año lo cumplió bien, pero me cuesta un capital.

Juancito terminados los estudios se establece en el n.4 de la calle Independencia en Camagüey como notario y abogado. Y desde allí escribe a su tío el 13 de julio de 1907. En esta carta se entrevé su próspera y cómoda vida cuando le cuenta que, El automóvil es muy bonito y bueno, pero salgo poco con él, porque no se prestan mucho las calles por la abundancia de coches y  carros, y en cuanto a carreteras solo hay un pedazo de 21 kilómetros que recorro en un cuarto de hora. Allá sí podría pasear mucho. Aún así sería novedoso y divertido entretenimiento el de conducir un automóvil de marca Loreley, que años circuló por Plencia.

Ese mismo año de 1907 se dispuso hacer el periplo europeo, con objeto de ampliar conocimientos y alternar con la llamada buena sociedad en los lugares de moda. Por lo que, Juancito, este ya abogado y notario sale para Europa estos días, y con gusto te aviso para que sepas que estará por esa, no sé cuándo ni por dónde, pues lleva itinerario fijado, pero será pronto y puede pasar allí Julio y Agosto; me mandas con él con cargo a mi cuenta el baúl o cajas con varias cajas de varias clases de escabeche, lo mejor que se pueda, las chiquitas y muy variadas, tengo presente que el cariñoso pariente Gaminde (de Arminza) me enseño unas especiales, me gustarían langostas, calamares chicos, angulas, atún, y de cuanto sea posible, igual que algunos chorizos, con lo que te digo comprenderás que lo quiero es bueno y abundante.

Transcurren los años y por fin Juan vuelve a Plencia. Pasa una larga temporada en compañía de su hermano y familia. La estancia se va prolongando y cae fatalmente enfermo, sobreviniéndole la muerte el 17 de septiembre de 1918.

 

Lancha

 

Antes de terminar estos retazos biográficos del pariente cubano, recordaré a modo de divisa personal el consejo dado por Juan a su hermano en una de las cartas manejadas:

No tengas mucha ambición que en este mundo no se necesita mucho en conformidad para vivir bien o regular

Finalmente quiero añadir que a consecuencia de la lectura de un bonito libro titulado Los puertos británicos visité el cementerio de Plentzia una soleada mañana de 1987, con el propósito de trasladar a nuestra villa aquello de que, si recorréis los antiguos cementerios de las iglesias de nuestros puertos encontrareis en ellos la conmovedora crónica de la marina (...), que es también la historia de sus puertos. He aquí el típico epitafio de una tumba: A la grata Memoria de Guillermo Moorsholm, capitán del  bergantín Fany Dale, perdido con toda su tripulación en la travesía de Newcastle a Londres...Yo sólo encontré la sobria tumba donde descansa el cubano, alguna esvástica, bastantes grandes letras metálicas, una hermosa escultura de don Higinio Basterra del año 1923, un anclote, y muchos yerbajos y flores de plástico. Me quedé desconcertado ante la pérdida o falta de carácter de este lugar donde descansan quienes dieron unas particulares señas de identidad al pueblo. Y volviendo a la realidad de esta mañana de domingo, nada más rebasar la verja del jardín siento que un extraño soplo de una aire incierto disipa todos estos recuerdos familiares, que no tienen cabida en este mundo uniforme y gris.

Barrenkale

Barrenkale maestresala Mié, 18/05/2022 - 17:20

 

Ria​

 


 

El hombre de ciudad suele acercarse a la costa con el propósito de disfrutar del baño de mar y de sol. Habitualmente hace el camino sin prestar demasiada atención al paisaje por donde discurre. A lo sumo repara en las edificaciones más llamativas de los ensanches apostados junto al mar. Recatadamente quedan ocultos los viejos conjuntos urbanos de las villas costeras, y en este caso el casco antiguo de Plentzia.

No sé del todo, la razón de que mis paseos sean cada vez más recurrentes. Una distancia casi imperceptible separa dos concepciones antagónicas de la vida: a un lado el paso nervioso de los viandantes y automóviles, al otro el silencio evocador. No hay pues más que pasar de la calle Ribera a Barrenkale para rememorar la desdibujada memoria de un pueblo de marinos, y no de arrantzales, a pesar de que la carta fundacional de la villa delimitara los términos para pescar ballenas. Quizá me vaya del tema, pero antes quiero dejar bien sentado, que el estudio de los documentos a nuestro alcance y de la morfología urbana nos acerca a un pueblo de marinos ocupados en la navegación de cabotaje y de altura. Las grandes gestas descubridoras de continentes y guerreras las dejo para argumento de sólidos y rancios novelones trasnochados.  

Es la mañana del día de hoy un tanto calurosa. El sol penetra con intensidad en esta silenciosa y solitaria calle, proyectando una luz sesgada sobre las casas, que muestran las huellas del paso del tiempo. Las nuevas edificaciones van ocupando los viejos solares sin un mínimo respeto. Sus volúmenes rompen la armoniosa relación espacial sostenida por las viejas moradas, que buscaban la protección de los vientos y las lluvias en esta ladera del cerro. Definitivamente se ha roto el equilibrio que mantenía el hombre antiguo con su medio natural. Se está sobredimensionando este espacio - de tal manera y con tan dudoso gusto - que comienza a mostrar un aspecto anodino y vulgar.

 

Lancha​

 

La calle comienza en una angostura oscura y húmeda, cerrada por una de las puertas de traza neoclásica de Camposena de Butrón. Una tenue luz se desparrama sobre las grises y oscuras piedras de la portada. Los pardos y prietos adoquines bruñidos por las humedades dibujan una delicada curva en su carrera hacia la luz. Una casa de traza humilde  asoma tímidamente al cantón - creo recordar que su nombre es Cantón. El declive se va suavizando y la calle se ensancha. Tras el voladizo del cantón surge una casa de aire más recogido, que aprovecha el desnivel para ganar en altura. En su fachada se abren unos huecos de ventana enmarcados por hermosas piedras de oscura caliza. Me detengo y trato de retroceder en el tiempo para ver salir de su portal a un capitán de quechemarín en una oscura y lluviosa mañana de invierno, acompañado de un grumete que carga con el baúl, dubitativo y preocupado por la mala traza del tiempo a la hora de emprender la derrota a lejanos mares.

Sigo abstraído y trato de situar frente a estas dos casas - en el solar que ocupa una edificación sin carácter alguno - la casa titulada Curena o Chomin Olachu. Probablemente configuraría el cantón de este lado de la calle. Ya en el año 1796 estaba construída y era propiedad de don Tomás de Arrarte, hombre de mar, dueño de un navío de cuarenta y ocho toneladas de porte llamado San Pantaleón, dedicado a las derrotas de Hamburgo, Burdeos, Nantes, La Coruña y Cádiz. Fue declarada en ruinas por el ayuntamiento en el año 1869, a consecuencia del desplome de sus antiguas y mal ordenadas obras.

La luz se hace más intensa y se expande por las losas del pavimento de un tono blanquecino con vetas pardas. Camino unos metros un poco abrumado por la fuerza del sol que imprime una cierta dureza a la perspectiva de la calle. Unas casas escalonadas se prestan apoyo y dibujan una curva imperceptible. Sus fachadas han recibido tanto el sol y lluvia a lo largo del tiempo, que van borrándose los blancos, ocres, verdes y betunes tan graciosamente dispuestos. Estas casas se levantan en antiguos solares de planta irregular y apuestan las fachadas en uno de los lados más cortos. Constan de planta baja, piso principal y desván corrido. En la planta baja está el zaguán enlosado, la caja de la escalera, la bodega y la cuadra. La vivienda consta de cocina, sala, dos o tres dormitorios y cuarto excusado. Las paredes de la planta baja son de mampostería de piedra con revoco de mortero, y el resto de entramado de madera relleno de ladrillo también revocado. Y para los actuales amantes de las paredes de piedra de cuenta visa diré que estas paredes se enjabelgaban o pintaban, tal vez, para proteger la casa de humedades y otros agentes externos poco gratos para la salud del morador. Casi diría que sin proponérselo surgió otra estética urbana con la impronta popular.

 

Lancha​

 

Un portón entreabierto deja ver un amplio zaguán enlosado de oscuras piedras. Una vaga luz insinúa el arranque de la escalera de desgastados peldaños arrimada a uno de los muros. A su izquierda una puerta de un verde incierto exhibe una gatera y, al otro lado, y casi envuelta en la oscuridad, la puerta de la bodega. Vuelvo la vista a la fachada, y unas graciosas ventanas de mesuradas dimensiones, pintadas de verde esmeralda asoman tímidamente a la calle. Puedo evocar la figura de un hombre apostado junto al cristal en un lluvioso día de invierno, viendo ensimismado resbalar las brillantes gotas de agua mansamente. Tras él una pequeña casa de caoba de la que sobresale el lomo de un libro encuadernado en cuero verde: Derrotero desde España al Pacífico y viceversa. Noticia sobre algunos puertos del Océano Pacífico, recalada al Río de Plata y navegación en él, por don Juan de Carranza y Echevarria, primer piloto del comercio español (año 1850). Una pipa y una cajita adornada con un delicado paisaje oriental sujetan una carta de navegación entreabierta, y un diario de la Casa Mawdsley and Sons de Liverpool con borrosas anotaciones de lejanas direcciones.

Menos evocadora, y si más triste, es la casa Sarachaguena. Su fachada tiene el color de la cara de un enfermo hepático. Las puertas y ventanas están cerradas para siempre, y semejan úlceras incurables. La terrible enfermedad alcanza a la talla de madera de medio bulto de San Nicolás apostada en la fachada. Resto de un antiguo derrelicto y devota imagen protectora de los navegantes. En este mismo lugar me contaba un hombre ya fallecido, que la talla era el mascarón de proa de un barco encontrado en la playa de Barrika. Aunque bien pudiera tratarse de una de aquellas tallas que ornaban la popas de los barcos, y quién sabe si un día estuvo pintada o estofada. En cuanto a su autoría tampoco sabemos nada, pero qué bonito hubiese sido atribuírsela al maestro entallador don Antonio Maruri, que allá por el año 1821 ejercía el oficio en compañía de dos criados cerca de aquí, concretamente en la casa Nueva de Camposena en la calle Ribera.

Es en este un lugar para la ensoñación melancólica. La singular y coherente manera de interpretar la ocupación del paisaje, añadiendo un toque de sobria belleza, da cuenta de unos hombres con unos horizonte vitales delimitados por la mar, aún no del todo conocida y llena de sobrecogedores misterios. El hombre - consciente de sus limitaciones - se vería empujado a despertar el ingenio, y eludiría la confrontación caprichosa con las fuerzas superiores a él. Su posición ante la vida estaría marcada por un constante anhelo de sintetizar lo concreto y lo mistérico, que conllevaría una particular cosmovisión ajustada a sus reducidas proporciones.

 

Lancha​

 

El paso de un automóvil me devuelve a la realidad. Camino unos metros hasta situarme entre las cuestas de la Magdalena y Consistorio que atraviesan la calle. Una pincelada de un blanco apagado recorta el cantón al que asoma humildemente la casa Gabrielena. Junto a ella Torrebarri de aire más insulso. La luz se hace más fuerte e intensifica la crudeza de las deformidades de unos impersonales y exagerados edificios. Apretujada entre ellos una casita de una planta de aspecto recogido y cuidado de avivados blancos y verdes esmeralda. Cerca de aquí estuvo el estudio del escultor don Higinio Basterra. Al otro lado se levanta una  tapia de mediana altura en la que se abre la puerta de una pequeña huerta de la que asoma  un limonero de verdes y rutilantes hojas. De esta huerta me indica una persona mayor - haber oído a su último tenedor - que su nombre era Horno. El empeño del hombre hizo surgir de entre estas ruinas una tierra fecunda, que ahora vuelve a llenarse de yerbajos y maleza. ¡Qué efímera y desconcertante la relación mantenida por el hombre con este espacio!

La cuesta del Consistorio delimita otro de los cantones. Cierra éste por uno de los lados una casa de nueva construcción de dilatado volumen, que ocupa los solares de dos viejas casas. Parece pues un poco mastodóntica. Bajo su hormigón duerme una cimentación de la casa llamada Lorena vieja. Esta casa perteneció a la Sra. viuda de don Juan Vicente de Durana, a quién sus ocupaciones le habrían obligado a fijar su residencia en Cádiz.

El relieve de este tramo de la calle está marcado por un fuerte desnivel. Por eso el conjunto de casas de aquí se asientan aprovechando el declive para situar al cuadra y bodega con salida al barbacán compartido con las casas de la Ribera. Una escalera interior comunica esta planta con el piso situado a nivel de Barrenkale donde se abre la entrada principal. Aunque esta torpe descripción debiera hacerla en pasado. Pues se han derribado las casas Inglesena y Garayena, y sólo quedan en pie las fachadas de Inglesena que asoman al barbacán y a la cuesta del Consistorio. Hasta hace poco tiempo se dibujaba aquí un bella perspectiva de la calle, jalonada por los armoniosos y mesurados volúmenes de las casas Inglesena, Garayena, Cotoena la nueva.. ¡Qué gracia tan singular tenía la fachada de Garayena! Ejemplo de una arquitectura de aire pequeño-burgués del siglo XIX tan mal comprendida y tratada por ende y estrechamente relacionada con la prosperidad económica de los marinos de altura y de los comerciantes establecidos en Cuba y Filipinas. Quizá esto evocaba sibilinamente los plateados sillares calizos de suaves y gráciles curvas que enmarcaban las puertas y las ventanas - ornadas con herrumbrosos herrajes, aldabas y bocallaves de sólida factura - entreverados de pastosas pinceladas de blanco teñido de ocre, que ocultaban las anodinas piedras de cuenta de la fachada.

Los goznes del pesado portón de Garayena no volverán a chirriar cuando entraba un grumete con una carta matasellada en Filipinas, que le había ordenado entregar el capitán del bergantín fondeado frente al Astillero. Los silencios del ayer retroceden ante los ruidos de los automóviles y de las gentes que buscan nerviosamente la playa en este domingo de primavera.

Un Día de Temporal

Un Día de Temporal maestresala Dom, 15/05/2022 - 20:28

 

La  Ría​

 


 

Son las seis de la tarde de un día gris de marzo y oscurece con rapidez. Durante la madrugada han soplado fuertes vientos del sudoeste, que han rolado hacia media mañana al oeste. Entrado el mediodía ha amainado el viento gallego, apareciendo la deseada lluvia. Las pesadas nubes envuelven los montes con algodonoso manto grisáceo, que se desparrama por los apagados verdes de los prados.

Desde mi ventana veo unos árboles altos y oscuros que se recortan contra el violeta matizado de rojos y naranjas el tejado de una humilde casa de la que sale una serpenteante y humosa pincelada que se funde con el cielo plúmbeo, anunciando la casi segura reunión de sus moradores en torno al fuego.

El rumoroso tintineo de la lluvia  penetra en mi habitación, contrapunteando por el cadencioso canto del txindor posado en la rama alta de un platanero de mi jardín. Leo en una guía de aves que la musiquilla de este hermoso pajarillo de pecho de vivo color anaranjado se caracteriza por un persistente y rápidamente repetido tic, un débil tsip o tsissip, y un fino y gimiente tsiii. El canto, que puede oírse todo el año, es una variada serie de breves y pausadas estrofas agudas y gorjeantes. También destaca la guía que su conducta confiada respecto al hombre y sus actitudes desenvueltas son bien conocidas en Gran Bretaña; en el Continente en general se muestra más tímido. Y aquí en particular se muestra aún más cauteloso.

Inquietante, en cambio,, me ha resultado seguir el vuelo de una gaviota de ojos saltones y asustadizos, que se esforzaba en seguir a las misteriosas corrientes de aire huyendo del atemporalado mar. Cerraba el horizonte una densa y oscura cortina de lluvia por donde se abrían camino abultadas olas de bruñidos y turbios verdes, que se encrestaban de blancos penachos antes de morir en la playa. Desde mi segura posición me sentía embobado por la magnificiencia de la naturaleza. Y me sobrecogía la turbadora presencia del mar encolerizado. Para mi tranquilidad no se entreveía  a través de la cortina de lluvia la silueta de ningún barco. Ya pasó aquel tiempo en que se podía divisar entre las olas el bamboleante aparejo de un velero a punto de ser tragado por el mar. Y en tales circunstancias la angustiada mirada del atalayero de Villano seguiría atenta a los movimientos de al. Alguna corbeta desviada de su derrota de Liverpool a La Habana con escala en Bilbao, que derivaba peligrosamente hacia la isla de Villano. Al tiempo que su capitán escribiría en el diario de a bordo que la mucha mar del S. y SO. le hacen trabajar al caso y arboladura con los balances que le hacen dar. Llegada la noche y apartados de la peligrosa costa, encendieron los faroles de los costados, y a eso de las doce el viento era muy recio, obligándoles a cargar y aferrar las gavias altas, mayor redonda y trinquete. A la vez que el buque trabajaba extraordinariamente, con agua en las bombas picando cada hora...

En honor a la verdad, he de decir que las incidencias señaladas anteriormente ocurrieron el sábado 6 de marzo de 1875 en la costa de Inglaterra, pero quien las anotó sí que era vecino de Plentzia.

 

Lancha​

 

Tengo que hacer un gran esfuerzo para imaginar que este mar que contemplo melancólicamente, en este atardecer del final de invierno, es el mismo que en días no muy lejanos fue escenario de la dura lucha de navegantes, que dieron personalidad y carácter a este pueblo. Desde entonces acá han ocurrido tantos y tantos naufragios, tantos desastres, que han borrado la memoria y han desgastado hasta hacer prácticamente desaparecer la huella que aquellos viejos marinos imprimieron en las casas, paseos, plazas, etc., de esta villa. Vitalmente necesito creer que este mar es parecido al jardín que se renueva eternamente, como un gran drama con actos y escenas: puede haber cambios en el reparto, pero el guion continúa siendo el mismo. La permanencia y el cambio son su secreto.

Adentro el fuego de la chimenea está encendido y em entretengo echando leña. Permanezco un tanto absorto ante las azulencas llamas que desprenden acres vaharadas. Sobre la mesa hay un pequeño frutero de porcelana inglesa, decorado con motivos vegetales en blanco y cobalto que contiene naranjas recogidas por mi tía esta mañana en la huerta. A su lado un plato con una abultada manzana asada surcada de caramelo y una humeante taza de café con leche. Mis suegros hablan de las escasas tareas del campo en este tiempo del descanso de la tierra, mi mujer deja de hacer punto, y la conversación se anima. Uno de los mayores se acerca al fuego y arroja el envoltorio de un caramelo de malvavisco bendecido el día de San Blas en la Iglesia, siguiendo la vieja costumbre que relaciona a este santo varón con la protección de los males de garganta.

La oscuridad va borrando el paisaje, y llega a mí el rumor de la lluvia mientras fumo un cigarrillo. El mundo real parece debilitarse, y surgen nuevas imágenes del libro que leo. Al respecto recuerdo aquellas palabras de Virginia Woolf: ...parece que llevamos grabado un mapa que la lectura ilumina. Está formado por deseos, por apetitos, por lo que unos  y otros nos proporcionan al llenarlo, al conseguir algo en esta provincia, algo en la otra. De ahí que un lector ordinario pueda  a menudo calcular incluso creer, de vez en cuando, que está en posesión de todo un mundo tan habitable como el mundo real... Entretanto las lejanas campanadas del reloj de la torre de la iglesia alteran el silencio de la casi noche.

Al Día Siguiente

Al Día Siguiente maestresala Jue, 26/05/2022 - 17:01

 

Vista de Plentzia​

 


 

Ha pasado el  temporal y todo vuelve a serenarse. Los riachuelos llevan agua turbia y fangosa que corre impetuosa camino del mar. El cielo es de un gris  brillante y monótono, que se desvanece en un titubeante veladura contra oscuros montes. Apenas hace frío y corre viento del norte. De vez en cuando se oye el rasgueo del canto de los gorriones, que se entremezcla con el ladrido de los perros. La tarde avanza con rapidez y una débil luz de desparrama sobre la mesa en que escribo. Estoy un poco distraído y me pregunto por qué han perdido los pueblos su memoria. No hay más que recorrer las calles y plazas para darse cuenta. Por qué se afean, en sucesivas reformas, los viejos edificios hasta hacerles perder todo su carácter, cuando no se destruyen. Qué queda de aquellas casas de marino y de indiano con su jardín enverjado y sus flamantes palmeras. ¿Es qué acaso no formaban parte del patrimonio cultural acrisolado por un pueblo a lo largo del tiempo? Está bien que en cada época se trate de amoldar la arquitectura a los gustos imperantes, pero no por ello haya que sacrificar otras arquitecturas ya consolidadas, y más pensando en las soluciones que caben para hacerlas compatibles.

Y qué decir del mobiliario y de los objetos que guardaban en sus casas, que en muchos casos se han vuelto objetos museísticos o de anticuario para sorpresa de algunos. Ayer mismo vi en un catálogo de un librero de viejo un diario de navegación, que para cuando quise hacerme con él estaba vendido. ¡Cuántos como éste han sido devorados por el fuego o por las ratas! ¿Qué es lo que ha ocurrido para no haber valorado y conservado a tiempo todo aquel rico patrimonio? Quizá nuestros antepasados - no tan lejanos - debieran habernos encargado su conservación mediante una cláusula testamentaria, aunque no creo que entonces se atisbara el triste final que iban a tener.

 

Lancha

 

Resulta estremecedor arrancar un objeto del medio del que formaba parte, y recorrerlo con la vista y el tacto - conscientes de que la vida ha desaparecido de él. Es el caso de un viejo diario de navegación. Desgraciadamente se ha desvanecido la viva emoción que bulliría en quien transcribía a él su tensa relación con el mar.  A pesar de todo es impresionante acercarse a una de aquellas singladuras:

 

Anocheció cielo y horizonte cerrados y el viento a más; a las 8 h. aferramos todo el menudeo y el viento cada vez a más; a las 10 h. una racha fuerte nos rompió la verga velacho bajo el centro; el viento cada vez más fuerte y mucha mar del mismo que le hace trabajar al buque con los golpes de mares que caen sobre cubierta y costados; sin más novedad pasamos la noche.

 

Parecidos a éste eran los vivos y colorísticos relatos e historias que contaban los viejos marinos retirados del mar. Siendo niño me fascinaba escuchar con reverencioso silencio a mi abuelo materno ya muy anciano, cuando contaba sus viajes  por lejanos mares y grandes ríos, y las relaciones y tratos que establecía con los lugareños. Aún hoy conservo las confusas y desdibujadas imágenes de aquellos hermosos relatos que corrían por mi cabeza. Desearía vehementemente que también las tuvieran  los niños de hoy, en vez de las amenazadoras y feas imágenes de monstruitos espaciales  generadas por ordenador, y de consumo generalizado en todo el orbe.

Volviendo al viejo diario del buque Constancia, el verano pasado hice un viaje por Gales y Escocia, y de camino a Carneevon pasé rápidamente por la oscura e industriosa ciudad de Liverpool. Me acordé que hace más de un siglo partía de allí rumbo a La Habana el buque llamado Constancia capitaneado por un paisano mío. Y no tuve tiempo de localizar el antiguo  9 de Strand Stree en que estaba el establecimiento de Jorge D. Urquhart, donde mi paisano Cándido de Aurrecoechea compró el diario que nos ocupa. Cuántas millas recorrió desde entonces el diario, y cuánto tiempo ha transcurrido desde que fue condenado a deshacerse en un oscuro rincón del desván, hasta casi borrarse el testimonio de la vida en el mar de un hombre obligado a poner en juego sus conocimientos y su instinto para sobrevivir en un mundo aún no bien conocido.

Pocos son los datos que nos han llegado, a quienes hoy somos jóvenes, de aquellos viejos marinos. Y cuán difícil, si no imposible, su evocación, cuando un día cualquiera del invierno como el de hoy nos acercamos al mar, y escuchamos el incesante rumor de las verdosas olas, mientras el salitre que trae el viento se nos impregna en la cara. En este mar cambiante e incierto trazaban delebles derrotas hacia lejanas y desconocidas tierras aquellos hombres injustamente olvidados. Y el capitán de la Constancia daría término a uno de sus largos y accidentados viajes anotando en el diario de abordo que, amaneció a la vista del morro de La Habana y de varios buques; a las 21 h. 20 m. vino el práctico y vapor remolcador; a las 22 h.  20 m. fondeamos ene esta bahía sin ninguna novedad. Era un jueves  quince de febrero de 1875. Aquí también es invierno y jueves día quince de febrero, y las mimosas que crecen junto a la playa comienzan a adornarse con llamativas flores amarillas.

En Los Paseos

En Los Paseos maestresala Dom, 29/05/2022 - 18:31

 


 

Puente​

 


 

Se ha convertido para mí en un apacible hábito pasear en este suave y extraño invierno. Una y otra vez recorro el paseo de la ría  en dirección al puente. Esta vez lo hago en compañía de un amigo. El día es gris y corre vientosur, que acentúa los contornos de los ya desnudos árboles contrastados por el verde transparente de la ría. Pasamos el Astillero y nos detenemos frente a la cuesta del Consistorio.

- Qué agradable tuvo que ser vivir en una de estas casas con mirador y jardín - me comenta mi amigo que comparte mi nostalgia por el ayer de nuestra villa.
- Indudablemente que sí. Pero va desapareciendo con excesiva rapidez la huella de quienes las construyeron.

Las casas más antiguas, quizás, no tengan más de doscientos años, pues hacia 1789 al villa dejó de vivir encerrada en murallas, y se ganaron estos terrenos a la ría, construyéndose primero las casas de la Ribera pegantes a Barrenkale, y hacia 1826 el muelle comercial, que corría entre las cuestas del Consistorio y la Magdalena.

Cuando era niño oí contar a una de mis tías, que conoció a uno de aquellos marinos ya viejos, que tenía horadado el lóbulo de la oreja por haber llevado un pendiente - acreditativo de haber pasado los grandes cabos.

- Si miras atentamente, verás cómo se van introduciendo otras arquitecturas de otro volúmenes que avasallan el carácter de casas como Olaguibelena construida por uno de aquellos pilotos de la carrera de América.

 

Lancha​

 

Los cierres de los recogidos jardines son de piedra de sillería y la puerta enverjada se abre al centro rematada en arco con unas iniciales inscritas en un círculo. Concretamente las que estamos viendo - J Z - atiende a Josefa Zarraga, prima de abuela materna. Introduciendo un pcoo la mano se alcanza una cadenita que se une a una campanilla, aunque la morera que se enreda entre las verjas del murete casi la tapa. Un banco de piedra está debajo de la parra, que se apoya en una vieja estructura de hierro.

En esta casa he pasado muchos domingos del estío mientras era niño. Ya para entonces pasaba mucha gente procedente de la estación de ferrocarril en dirección a la playa, y más que un paseo parecía un camino lleno de hambrientas de arena y sol.

Parecidas casas y jardines fueron construidas por antiguos comerciantes que labraron sus fortunas en Cuba y Filipinas. Muy cerca de aquí, frente al puente, mandó edificar don Nicolás de Olaguibel su magnífica residencia llamada Palazio Berri. Este hombre se hizo rico en Filipinas, creo que en Cebú, y más tarde se estableció en Bilbao, siendo un importante hombre de negocios. El año 1855 compró al Ayuntamiento el hasta entonces monte comunal de Isuskiza. Al paso de los años sus negocios comenzaron a marchar mal hasta sobrevenirle la ruina. Don Nicolás de Olaguibel y Esnal murió en Bilbao en enero de 1890 a consecuencia de una epidemia de gripe.

Palazio Berri es hoy casa de vecinos. Recuerdo que tenía un frondoso jardín enverjado, donde crecían con un cierto desorden los magnolios de hermosas flores blancas, que ocultaban la magnífica escalinata del porche de fuertes columnas de piedra de sillería, que daban apoyo al mirador.

Aquellas casas con jardín donde no solían faltar palmeras y camelias eran emblemáticas de los indianos. o como curiosamente se dice de ellos en un documento municipal del año 1845, que estaban dedicados a las américas.

Sin darnos cuenta es casi de noche, y emprendemos el camino de vuelta. Se han encendido las farolas que dan una débil luz anaranjada, que se disipa entre las sombras  de los jardines, como la memoria de sus viejos moradores. El aire es tibio  y perfumado de verdín, ya apenas pasa gente. Nos acercamos a casa e instalados cómodamente junto al fuego tomamos café y fumamos un cigarrillo. La conversación vuelve a los indianos y sus casas con jardín.

- A propósito - digo a mi amigo - te voy a leer unos párrafos de Obabakoak de Bernardo Atxaga - escucha:
... Pero diría que aquellos indianos de la primera generación, los que salían por primera vez de su aldea y se marchaban directamente a América, se quedaban muy deslumbrados con el paisaje y la gente que encontraban allí. Y que,  más tarde, cuando regresaban, procuraban traer consigo una muestra de aquel mundo.

- Tú crees que podemos ser capaces de asombrarnos de aquella visión del mundo y de la vida, que nos ha sido arrebatado hasta su recuerdo - pregunta mi amigo.
- No, quizás ya sea demasiado tarde. Aunque al menos conservamos estos vagos e inconsistentes retazos, que hacen más agradables las tardes de este extraño invierno.

 

Una Día de Lluvia

Una Día de Lluvia maestresala Dom, 29/05/2022 - 20:29

 

Castillo Butrón​

 


 

Es tiempo de otoño, y si algo me complace es el rico colorido del campo después de la lluvia. Es el momento de darse un paseo por el campo en dirección contraria a la mar. Es un hermoso regalo el inmenso  y cambiante cuadro de verdes azulados y ocres que se desvanecen contra un cielo alto y grisáceo surcado de algodonosas nubes.

La zigzagueante carretera discurre por una de las laderas de Goikomendi, viéndose al fondo la ría de Plentzia. Los prados asoman al camino y a los lejos parecen querer cubrirlo con su suave verdor irisado de azul y ocre. Un aguilucho de porte majestuoso y pardo plumaje está posado en el tendido telefónico.

- ¿Sabes su nombre? - pregunto a mi tío.
- Creo que se trata de un ratonero común (buteo buteo), que en euskera llamamos zapelaitz.

Paro el motor de coche al tiempo que una asustadiza ardilla cruza la carretera con gran rapidez, perdiéndose entre unos matorrales. Al fondo se ve una pequeña mancha de robles, pequeño resto de los cerrados bosques que existían en un pasado. Incluso sé por documentos municipales que en aquellos bosques vivían garduñas y hasta jabalíes, y que el Ayuntamiento daba recompensa por matarlos.

- Entonces estos parajes de Lemoniz pertenecieron a Plentzia.
- Sí, y creo que hasta el año 1945. Por aquí estaba una parte considerable de los montes comunales de la villa - respondo a mi tío.

El cielo va cubriéndose de oscuras y amenazadoras nubes. Comienza a caer una fina lluvia, y tomamos un sinuoso sendero alfombrado de hojas secas, que discurre junto a un pequeño río, - me produce una agradable sensación el caminar hundiendo los pies en este mullido lecho vegetal. Por los pequeños gorostis de hojas espinosas resbalan lentamente doradas gotas de lluvia. Casi ha desaparecido esta especie, quizá por eso de cortarlos para decorar las casas durante navidad, y los ejemplares que quedan aislados y raquíticos desaparecerán dentro de poco. Qué forma tan brutal de romper la hermosura y el encanto del bosque.

 

Lancha

 

El camino se vuelve hacia el río en que asoman unos oscuros y bruñidos lechos rocosos, donde crecen atropelladamente unos tiernos berros. Sigue cayendo una fina lluvia, que va calando nuestras ropas sin apenas darnos cuenta. El ruido del agua se intensifica según avanzamos por el sendero. abriéndonos paso entre las ramas de unos sauces. La hierba que pisamos esconde delicados y esponjosos mantos de musgo, que se desparraman hasta la orilla de río. Se respira un aire denso y húmedo.

El murmullo del agua se va intensificando, y su sonido llena el ambiente. Entreverado entre el ramaje  de los árboles asoma un pozo. El agua cae en cascada desde los viejos  y sombríos muros de piedras envueltas en oscuros musgos del estanque de la desaparecida ferrería de Loabosoeta.

Esta ferrería de Loabosoeta fue propiedad de un vecino de Plentzia llamando Antonio de Villabaso y de uno de Munguía de nombre Juan Antonio de Ansoleaga.

- Las gentes que visitan este umbroso y apartado lugar dejan envases de plástico y vidrio - señala mi tío.
- Así es. Han profanado este bosquecillo encantador, y ello denota que quien arrojó esas porquerías, e hirió la rugosa piel de los árboles, es incapaz de sentir y penetrar en los recónditos misterios de este hermoso lugar.

El rumor del río se debilita, y sigue cayendo suavemente la lluvia. Un reguero de luz que penetra por entre las altas ramas de los árboles aviva el verdor de la hierba, señalando el camino de vuelta. Salimos a la carretera y se rompe el hechizo del bosquecillo. Siento que volvemos de un mágico y pequeño lugar lleno de sonidos y fragancias inciertas, donde nuestro ser se desvanece, recorriéndonos una ineluctable sensación de bienestar. Cogemos el coche y volvemos a casa.

Es hora de comer, y qué mejor en este tiempo de otoño que unos percebes y jibiones. Y más cuando han sido sacados de la mar hace escasas horas. Comer estos percebes de carne púrpura y perfumados de salitre es delicioso.

No puedo terminar sin hacer una hermosa cita a Cunqueiro, cuando dice ... Era abril, y por la abierta ventana veíamos el huerto, en el que florecían los manzanos y cantaba del mirlo. Literalmente podíamos decir que comíamos el ronco mar, que rompía en oscuras rocas a quinientos metros. Donde terminaba el vuelo del mirlo empezaba el vuelo de la gaviota... Nosotros también estamos comiendo cerca del mar aunque en tiempo de otoño, y un gato rubicundo apostado en el alféizar de la ventana nos vigila, al tiempo que los dorados pámpanos de la parra caen lentamente haciendo círculos, y los árboles de la huerta se desprenden de las últimas hojas amarillas y anaranjadas.

Gentilbaso

Gentilbaso maestresala Lun, 30/05/2022 - 19:51

 

Ria​

 


 

Llegado el tiempo de navidad renace en mí un particular entusiasmo por recorrer los alrededores de Plentzia, al igual que lo hacía cuando era estudiante, y me sentía agradablemente desembarazado de la disciplina del colegio. Bastantes  años después de aquellas primeras excursiones he vuelto al covacho de Gentilbaso en compañía de un amigo curioso de la cultura popular y sus hijos. Hemos elegido un soleado día de este incierto invierno para hacer la excursión. Llegando a las inmediaciones de Gentilbaso en automóvil y creo que para mi amigo resultará un tanto desconcertante darse cita con el pasado mítico en este lugar abrumado por las numerosas casas de veraneo que restan carácter al entorno.

Ascendemos por un sinuoso sendero terroso flanqueado de peñascos foliáceos que se mezclan con los verdiocres herbales. Llegamos al cruce de caminos y dejamos atrás el que conduce a Guzurmendi y al mar. Tras nosotros y al fondo quedan el caserío Kautelas y la ermita de Andra Mari de Aguirre de Gandias.

Nos detenemos a descansar, y vienen a mi memoria unos fragmentos de leyendas de gentiles que me contó un anciano amigo, ya fallecido, mientras tomaba el sol de invierno junto a la ermita: cuando sacaban la piedra para la construcción del caserío Kautelas encontraron en un agujero un arca que contenía un tesoro y entre la iglesia de Gorliz y la ermita de Andra Mari había un túnel en el que los gentiles tenían enterrada un arca que contenía un tesoro.

 

Lancha​

 

Emprendemos la marcha por un estrecho sendero que parece desaparecer entre madroños de oscuras hojas. Salimos a un pequeño claro donde  revolotean distraídamente unos pájaros. No lejos de aquí está la heredad llamada Mastiazalde, y recuerdo que me contaba su propietaria, que allí su tatarabuelo, piloto de la carrera de América, tenía enterrado bajo un laurel una caja con joyas y moneda. Pero hoy solo es posible encontrar numerosos cartuchos detonados, que de seguro habían ahuyentado a los gentiles de su bosque.

Los madroños asoman de nuevo al camino y casi ocultan el sendero que conduce a un claro convertido en prado. Esta luz del atardecer tamiza delicadamente los colores de la hierba, y unos altos y oscuros encinos ocultan las entradas del covacho, dejando entrever al fondo Goikomendi y el bosquecillo de encinos de Fanos, donde en otro tiempo se levantaba la ermita de San Martín (en Gorliz). Unas enmarañadas zarzas nos dificultan el paso y al fin penetramos en la cueva, que se halla protegida de los vientos del norte, y sus dos entradas se abren al este y al oeste. Se contaba que fue excavada por los gentiles, y allí tenían enterrada un arca llena de oro. A pesar de sus reducidas dimensiones (3x2 m.) decían que, cerca de la playa de Plentzia - en Arpillao - se abría una entrada que conducía a la cueva que conducía a la cueva, y era utilizada para hacer contrabando. Asimismo, hasta allí llegaba la marea y había chirlas. Quién sabe si se trata de un viejo refugio de pastores neolíticos al decir de mi amigo, pendiente pues de verificarse con una excavación.

Emprendemos el camino de vuelta mientras la luz se va debilitando, y también los rumores de los gentiles. La hermosa capacidad mitopoética de nuestros antepasados, que pobló este bosquecillo de gentiles, se ha desvanecido irremediablemente. Al menos que estas notas sirvan para que los niños recuerden que en este bosque vivieron los gentiles.

El Entierro

El Entierro maestresala Mar, 31/05/2022 - 16:46

 

Iglesia Urizar​

 


Han transcurrido un par de semanas desde aquel atardecer en que pasé junto a la iglesia de un pueblecito cercano a la costa. Caía una fina lluvia que apenas rompía el silencio inmutable del caserío. Me detuve junto al cementerio y tuve ganas de entrar, pues allí tiene mi familia un panteón, pero de pronto las prolongadas y graves campanadas  de la torre me hicieron volver la vista atrás. Por la cuesta bajaba un hombre portando una cruz grande, precedido de un coche fúnebre, tras él un grupo de hombres y tras los hombres las mujeres. Las campanas repicaron mezclándose su sonido con el del ruidoso riachuelo. El tráfico de vehículos se interrumpió hasta el momento en que el cortejo entró en el cementerio.

Crucé la carretera distraídamente, y me puse a mirar hacia la vega que se abre al frente. Me produjo una pasmosa sensación de quietud y soledad observar los dilatados prados de un verde grisáceo, que terminaban en un pinar envuelto en una esponjosa neblina. De allí llegaba el penetrante canto del misterioso kuku. Recordé que cuando era niño me dijo mi padre al oír al cuco, se triplicaría el dinero que pudiera tener en el bolsillo.

 

Lancha​

 

Al poco llegaron hasta mí el rumor de las conversaciones de la gente que salía del cementerio, y el lacerante ruido de los automóviles. Cada cual volvía a lo suyo: Presenciar la muerte de alguien a quien se conoce muy bien es una tremenda experiencia, porque es como ser testigo de la propia muerte (Gerald Brenan).

Imaginaba que la vida de aquel hombre habría transcurrido con pasmosa lentitud en medio de aquel aquietado pero renovado paisaje. Y con estas bagatelas andaba ocupada mi mente, cuando me encontré con un conocido que debía volver apresurado a la ciudad. Apenas nos dio tiempo a cruzarnos unas frases amables, y de enterarme de que el fallecido era un viejo marino. Imaginé su apacible retiro a pocos kilómetros del mar, descansando de los ajetreos y peligros, almacenando innúmeras imágenes de lejanos países se convertirían en relatos asombrosos para los que apenas habían rebasado los límites de la aldea.

Pienso que no era tan terrible morir en aquel silencioso lugar;donde aún las gentes se conocen y les unen diversos vínculos, que posibilitan unas relaciones más fluidas e íntimas, aunque no exentas tampoco de asperezas. En ese animado paisaje creo que se siente con más nitidez la pequeñez del hombre y su efímera existencia. Pero se contrapuntea con una vida  más amable y complaciente y menos ridículamente vanidosa. Quizás allí un hombre reflexivo profesaría aquello de que la mejor vida me parece que es aquella que piensa con honestidad y siente profundamente las cosas humanas y que,  además, contempla el mundo de la belleza y las verdades abstractas (Bertrand Russell).

Soplaba un aire fresco y las nubes de un gris oscuro y amenazador corrían hacia los bosques del fondo del valle envuelto en niebla. Aquella vaga luz desdibujaba el paisaje hasta convertirlo en una dilatada mancha grisácea salpicada de unas temblorosas pinceladas blanquecinas, que insinuaban la presencia de unos lejanos caseríos. Y fue entonces cuando recordé aquello que escribiera Dickens: Rincones solitarios y silvestres; pero la gente puede nacer, y casarse, y recibir sepultura en tales lugares, y puede vivir y amar, y ser amada, allí como en cualquier parte...

 

Una Manera de Vivir

Una Manera de Vivir maestresala Jue, 02/06/2022 - 17:08

 

Puerto Plentzia​

 


 

Mi vida se vuelve más sedentaria cada día que pasa, y no me importa confesarlo. Mi curiosidad se despliega en un paisaje cotidiano e inmediato, aunque hoy resulta de dudoso gusto  circunscribir el vivir a tan reducido espacio. Prefiero que sea así, y no me atraen los lejanos horizontes de imprecisos términos donde, estoy seguro, que se producen innúmeros y desconcertantes sobresaltos. Siento la necesidad de vivir asomado al campo, y, claro está, sin perder de mi horizonte a la mar, con la que me embeleso observándola, día tras día, sin saber muy bien el por qué. La mar me produce, a veces, una especie de fatiga y un temor contenido, sobre todo cuando sus fuerzas se desatan furiosamente, acometiendo contra la costa sin descanso, y más allá de donde mi vista alcanza imagino que se encuentran atrapados unos hombres inermes en su turbulento seno. Es entonces cuando siento intensamente la fragilidad y la pequeñez del hombre, a pesar de estar empeñados en creer lo contrario, pues corren tiempos que priman un materialismo positivista de aire abstruso y complaciente. Me resulta imprescindible, repito, el vivir asomado al mar y al campo con sus ricos y cromáticos contrastes, y allí mitigar las asperezas cotidianas.

Acercarse a la mar un día de cielo límpido -siempre distinto del que está por venir - en que sopla el viento del nordeste, sentirse acariciado por un aire fresco con olor a salitre, y descubrir en el horizonte las siluetas recortadas de las embarcaciones. Después regresar al campo por una sinuosa y umbrosa carretera, y dar un paseo por un apartado camino flanqueado de árboles repletos de hojas de un exuberante verde. Respirar un aire tibio lleno de fragancias inciertas, y poblado de sonidos y rumores entre próximos y lejanos.

Cuando uno busca refugio en un lugar un poco apartado de las aglomeraciones, puede encontrarse con un retazo de naturaleza maltrecha y moribunda. Recorres una vereda que discurre junto al curso de un río entre eriales y prados, observando que ya son más los caseríos arruinados que los renovados. Imaginas entonces sus orígenes en medio de soleados pastizales. Tras ellos queda el correlato de unas vidas oscuras y anónimas, empeñadas desde lejanos tiempos en domeñar unos parajes otrora selvático; en que la progresiva humanización del paisaje fue fruto del esfuerzo incansable de pastores y carboneros. Encontraron allí una naturaleza generosa, donde sus animales podían pazer su yerba y beber sus aguas. El fuego de los albergues pastoriles dio paso al hogar de la vivienda o caserío. El paisaje se animó con la presencia humana. Tan arraigada estaba la vida rural que nadie imaginaba su desaparición. Pero el aire comenzó a traer unos extraños e incitantes cantos, que empujaban a las gentes a abandonar aquellos parajes en busca de su nueva vida al otro lado de la montaña, y comenzó el éxodo masivo. Sólo quedaron los viejos- Los pastizales se poblaron de hierbas altas y maleza que corría hasta los maltrechos y arruinados caseríos. Se puede decir que el esfuerzo inquebrantable de generaciones no ha servido para nada o casi nada.

 

Lancha​

 

A pesar de todo allí, puede nuestra imaginación realzar determinados caracteres del paisaje, con intención de conservar la fe en el mundo de la belleza y en la dignidad última de la vida (Bertrand Russell). Sintiéndonos desembarazados de nuestra estrecha mismidad, que no nos permite rebasar los límites de lo finito. ¿No es pues de vital importancia contar con un paisaje así siempre distinto y permanente? Como sus árboles y ríos nuestras vidas anhelan renovarse en él. Entonces quizás se mitigarán nuestros fugaces sentimientos de desasosiego, que nos atenazan  día a día. Sería como el pájaro que confiado picotea entre las hierbas de un espacioso prado, y de pronto escucha unos sonidos desconocidos y amenazadores, que le empujan a adentrarse en el bosque, para poco después volver al raso más alertado y seguro.

 Me siento contento de haber tenido la suerte que mis mayores me inculcaron el amor a una vida sencilla, en la que siempre ha estado presente el campo y el mar. Más ahora, que voy adquiriendo una cierta perspectiva de la vida. Y comienzo a comprender que, la niñez es el principal período formativo en la vida de cualquier persona y que quien lo deja fuera se condena a la superficialidad. Para cuando una persona cumple los veinte años, los principales rasgos de su carácter y temperamento habrán hecho su aparición y el resto de  su vida consistirá simplemente en ajustar estos rasgos en la medida de lo posible (Gerald Brenan).

Estoy pues en ese período de ajuste en que mi vida va adquiriendo unos rasgos propios. Por lo que al paso del tiempo van quedando atrás las personas que tanto influyeron en mí. Pero el tenue hilo que me une a ellas no se ha roto del todo. Aún es posible disfrutar de su conversación en un mañana de fiesta entre soleada y nublada, mientras recorremos un camino umbroso salpicado de los vivos colores de las fresas silvestres, de las prímulas de hermosas florecillas entre violetas y rosadas, de los espinos albares, y de los robles de suaves verdes. Y digo esto, porque  es ahora cuando desearía volver a esos paisajes de mi niñez en compañía de quienes me los descubrieron. Algo así como introducirse en uno de esos cuadros de De Chirico en el que el paisaje permanece inmóvil y mudo, pero constantemente renovado y bello, y lleno de vitales matices que mis anhelos y sentimientos descubren en él día  a día: Hasta el punto que casi quedé resentida/o por esa belleza, por ser incapaz de percibirla íntegramente y poseerla toda al instante. Vivir la vida es un  proceso que adquiere un inmenso interés gracias a intentar aprehender esos aconteceres al pasar (Virginia Woolf).

 

Entre Puentes

Entre Puentes maestresala Jue, 02/06/2022 - 19:09

 

Jenaro Urrutia​

 


 

Es más de media tarde cuando decido dar un paseo después de un largo y tedioso día. Me siento apesadumbrado e inquieto, por lo que me apetece caminar por lugares solitarios y de dilatadas perspectivas. Parto del puente viejo, y de la casa Bizerreta, hacia el puente nuevo. En este tramo la ría hace una hermosa curva ensanchándose su cauce, que adquiere una singular belleza en marea alta. Aunque en sus aguas ya no se reflejan las hermosas y distorsionadas siluetas de las desaparecidas casas de Butronena, Errotondo y el molino de las mareas de Gazteluondo, de brillantes blancos, grises y granates.

Se echa de menos la sombra de unos árboles que bien pudieran crecer a la orilla de la destartalada presa del molino. Y más cuando recuerdo que por allí crecían unos hermosos nogales entre los que solía verse alguna que otra pacífica vaca pinta.

Caminar por este paseo, antiguo camino de Kautelas, es agradable en esta tranquila tarde final de la primavera. Pero si antes aquí se veía la intervención del hombre en la magnífica obra hidraúlica de impronta popular, hoy se mantienen en pie los mampuestos de grises calizas de esa escollera del molino, por la que antaño transitaban las gentes camino de Legarrondos y Gandias. Esos viejos caminos han desaparecido irremediablemente y cobra protagonismo la carretera.

Hay que dar un rodeo por los confines de la balsa o antepara del desaparecido molino, que es por donde discurre el paseo. Al fondo queda el farallón de oscuras calizas donde antaño se levantaba un pequeño castillo defensivo de la villa, y de ahí su nombre de Kastillao. En esta ladera del accidentado montículo rocoso se situaba una de las huertas del molino. Hoy resulta difícil imaginar la presencia de un hombre afanoso ocupado en el cultivo de una diminuta huerta es esta escabrosa ladera ahora poblada de zarzas y matorrales. Se ha trastocado la relación espacial del hombre con el medio, circunstancia hasta entonces de ámbito pequeño e intimista. Este molino y sus pertenecidos están documentados desde los albores del siglo XVI.

Volveré la vista hacia el ámbito interior de la ría, ya que se dibujan lejanas y difusas perspectivas. En primer término, y a mi derecha, crece la hierba atropelladamente, que con esta suave luz amarillea. Un agradable y tibio viento del nordeste peina los matojos, que conforme se desparraman hacia la lejana orilla mutan sus delicados verdes en grises azulados, recortándose contra las oscuras piedras de la desvencijada escollera.

 

Lancha

 

Llegado a la abrumada desembocadura del arroyo de Legarrondos, dejo a mi izquierda el camino de Kautelas, hoy día cruce de carreteras que conduce a Gorliz y a Gandias. Unos metros más adelante, y después de una suave bajada, comienza el puente nuevo de sobrio diseño, y no exento de una mesurada belleza. Apenas pasa gente, y si muchos automóviles, pero no me impide detenerme y apostarme en la barandilla. Asomo la cabeza y contemplo un poco ensimismado el fluir de la corriente de agua de un cabrilleante verde plateado envuelta en un suave rumor casi ahogado por los ruidos. Me reporta una agradable y pasmosa sensación de bienestar, y más cuando mi yo anhela desvanecerse entre las aguas y el espacioso y alto cielo; dibujándose en el horizonte unas difusas y tenues perspectivas de un blanco incierto, que abocetan el caserío de la villa. No lejos de mí , apostado en una piedra del estribo del puente, está un paciente pescador.  Al tiempo que una solitaria y ruidosa gaviota atraviesa la ría.

Siguiendo el eje longitudinal del puente se va al fondo una solitaria y vieja palmera, que oculta un más viejo caserío circundado de verdes prados recortados contra los grises azulados de unos eucaliptus tras los que asoman unos oscuros pinos. Cerca de este caserío de Gañibi, construido a finales del siglo XVIII según reza en una inscripción de unos de los  modillones del portal, se ha levantado un gran farallón de piedra para contener los desmontes hechos al construir los accesos al puente. Y es de tal amplitud, que parece ejercer un imponente empuje sobre el caserío y sus tierras, que ya exánime espera desvanecerse ineluctablemente. En este luminoso y recogido lugar también el hombre trabajó, sonrió, sufrió y amó. Aunque la vida parece retirarse de esos parajes, en que la antigua relación del hombre con el espacio se ha quebrado. Es como si una potente fuerza procedente del exterior penetrase  en el paisaje comprimiéndolo bruscamente hasta agostar  su candorosa belleza. Al menos el desaparecido pintor Jenaro Urrutia sintió esa conmovedora belleza plasmándola en un hermoso cuadro.

Sigo divagando apoyado en la barandilla del puente agradablemente, con la satisfacción de que no es uno de esos nuevos puentes urbanos por los que se transita nerviosamente enfrascado en absurdas preocupaciones, que no permiten detenerse para ensoñarse con el fluir de la corriente, u observar el paso de las pequeñas embarcaciones. Muchos años atrás, aguas abajo, verían los ociosos apostados en el antepecho del puente viejo pasar las gabarras cargadas de troncos del bosque de Isusquiza en dirección al Astillero, donde darían forma a hermosos quechemarines y bergantines. Y divago también en cómo se supo aprovechar estas aguas, convirtiéndolas en energía hidraúlica, que moverías las piedras del molino de mareas construido el siglo pasado al otro lado de este puente. Hasta hace no muchos años se podía ver su balsa terraplenada en la que crecían los tamarindos, y uno de los pilares sobre el que se asentaba aquel molino de Errotabarri. Aguas arriba, y no lejos de aquí en el paraje de Ardanza, hubo otro molino de marea de propiedad municipal, que a finales del siglo XVIII pasó a manos particulares al igual que el de Gazteluondo.

La luz ha decaído bastante amortiguando el verdor de los árboles que crecen a la orilla de la ría en la lejanía; mutándose en un extensa mancha gris verdosa ribeteada de violetas y naranjas que rielan en las oscuras aguas. El día se desvanece con prontitud y emprendo el camino de vuelta. Entretanto el ruido de los coches se intensifica ahogando los trinos de los pájaros; y el titilar de las postreras luces del día se debilita hasta desvanecerse en las oscuras aguas, donde ahora se proyectan los lacerantes reflejos de los faros de los coches.

En mi camino de vuelta voy escapando de las sombras que se extienden implacablemente. Es noche cuando llego al puente viejo y entro en Bizerreta. Me siento en paz después de este paseo, haciéndome recordar un fragmento de un poema de Yeats:
 

Y algo de paz allí tendré, pues la paz gotea lentamente,
gotea desde los velos de la mañana hacia el  canto del grillo;
allí la medianoche es toda un tenue brillo, y el cénit un fulgor púrpura,
y lleno está el atardecer de las alas del pardillo.

 

 

Juan El Carpintero

Juan El Carpintero maestresala Mié, 08/06/2022 - 20:36

 


 

Juan el carpintero​

 


 

Una pincelada gris dibuja los rompientes de la costa, ribeteada de un apagado blanco espumoso, que se funde con los grises de la mar. El día va abriendo y una luz entre violeta y naranja se desparrama lentamente por el verde profundo de los prados recortados contra los pardorrojizos helechales. A lo lejos asoman la titubeante silueta de la torre de la iglesia, el pequeño cementerio y unos caseríos recostados en una suave ladera poblada de oscuros árboles. En la playa la marea está baja. Una bandada de chillonas gaviotas emprende vuelo ante la presencia de un hombre afanado en recoger maderas. Es Juan el carpintero. Todas las mañanas del invierno se acerca a la playa en busca de objetos arrojados por la mar..

Sopla un viento cortante del noroeste. El viejo se aleja de la playa, tomando un empinado camino pedregoso, que corre entre afiladas peñas y prietos argomales en flor. Remonta el camino lentamente. A medio camino deja su hatillo de tablas.

Juan es un hombre octogenario más bien alto y algo encorvado por el paso de los años. Sus manos fuertes están deformadas por la artrosis y sus ojos un tanto rehundidos de un marrón incierto conservan un chispeante brillo bajo las pobladas cejas plateadas. Juan divisa la oscura silueta de un carguero, que le trae recuerdos de su vida en la mar. Ya repuesto, emprende la marcha distraído por el vuelo de unos tordos, que desaparecen entre las ramas de un madroño atestado de encarnadas bayas. Hace un último esfuerzo y culmina jadeante la tortuosa ascensión.

El serpenteante camino transcurre ahora entre prados de plateados verdes y el ruido sordo de la mar se muta en el apacible rumor de un pequeño río, que dibuja una dilatada curva a la que asoma un molino. Su paso se hace más ligero y firme conforme se acerca al muro gris iridiscente, que encierra un desvencijado taller y una pequeña huerta. En su juventud encerraba el viñedo y la caseta de aperos de la casa Anabatistena. A aquella primera construcción de paredes de mampostería añadió su padre unos cobertizos, uno alberga el depósito de tablas, y el otro una vieja sierra circular. En la caseta iluminada por un ventanillo hay un banco de carpintero sobre el que cuelgan las herramientas del oficio, unos aperos de labranza y sacos.

Ha pasado muchos años apartado de la mar. Aprendió el oficio en el desaparecido astillero del pueblo, en el que su abuelo fue constructor de navíos, como entonces se decía. A los dieciséis años pasó a navegar en barcos correos de la carrera de Bilbao a La Habana. Se puede decir que fue en el mar donde perfeccionó su oficio.

Pocas veces se le oye hablar de las nobles maderas de las cámaras de aquellos barcos construidos en Newcastle. Pero Juan ya esta viejo y no habla como lo hacía en la taberna de Los cuatro vientos, cuando se juntaba con el capitán Aresti y el contramaestre Tiburcio.

 

Lancha​

 

Atrás quedaron aquellas discusiones sobre si había cuesta abajo y cuesta arriba en la mar, de los naufragios en lejanas latitudes y aquel salvamento después de permanecer inconsciente a la deriva sobre un madero, divisando finalmente las puntas que enmarcan la entrada al puerto de su pueblo. Al llegar la conversación a estos extremos habían consumido unas cuantas jarras de vino. Y con mucha gracia contaba Tiburcio el miedo que pasaron en cierta ocasión frente al morro de La Habana. Tan sobrecogidos estaban pensando en sus familias mientras se encomendaban a la patrona ofreciéndole una misa en la ermita del pueblo, que de pronto salieron de su ensimismamiento con los gritos del mayordomo, que andaba empeñado en salvar un gallo posado en el extremo de uno de los palos del barco.

No tenía Juan para olvidar su primera salida a la mar. No fue fácil el viaje a Santander, cargando con el coy, la manta y el atadillo de ropa. Allí embarcó  en el Antonio López. 

Estas historias y otras muchas producían ciertas risitas maliciosas al contarlas en su casa. Así consideró más prudente guardarlas en la oscuras profundidades de su mente. Sus nietos nada saben de ellas, y sí de las crisis del petróleo y de las últimas tendencias de la moda. La presencia del abuelo resulta incómoda en la casa, y hasta están considerando la posibilidad de meterle en un asilo.

Juan el carpintero ocupa una pequeña habitación de un piso de la periferia del pueblo al que se mudó con su familia, cuando se derribó la vieja casa del capitán Aresti situada junto a la iglesia encima del puerto. Apenas habla con su familia, mostrándose taciturno y triste. Pero su ánimo es otro a la mañana la hacer el recorrido de la playa. Luego se entretiene en el taller apilando las maderas arrancadas a la mar, dando de comer a las gallinas, y quitando hierbas de la huerta. Juan se empeña en mantener intacto ese pequeño territorio, pues no son pocas las ofertas de los inmobiliarios, que ya han construido bloques de casas rodeando su pequeño reino. Su familia con insistencia argumenta que ese terreno no les trae más que disgustos, pues los vecinos le arrojan basuras, o Juan les molesta con el humo cuando quema hierbas en invierno, cualquier otra nimiedad es motivo de discordia, Juan una y otra vez contesta que no venderá hasta que le entierren en el cementerio de la atalaya.

Todas las tardes se acerca al taller del zapatero situado a la entrada del pueblo junto al ruinoso humilladero, donde se reúne  un pequeño grupo de antiguos parroquianos de la desaparecida taberna de Los cuatro vientos. Pues a ninguno de los contertulios le gusta reunirse en el Hogar del Jubilado.

Los compañeros de tertulia son Batxi el americano, Balbino y Anselmo. El americano es un hombre bajo y regordete con unos rasgos  faciales bien definidos y ojos de expresión irónica. Durante muchos años regentó la importante ferretería de nombre La Vascongada de La Habana a la que entró a trabajar de mozo, con sólo catorce años. Quizá su encorvada espalda esté así por haber dormido durante muchos años debajo del mostrador de la ferretería. Balbino el cantero, fuerte y bien proporcionado, lleva la huella de su profesión en los ojos nublados y enrojecidos, y cojea de una pierna a causa del accidente sufrido cuando trabajaba en la construcción de un chalet del ensanche después de la primera guerra mundial. Aquel chalet era propiedad de un capitán con el que Juan navegó en uno de los barcos de la Compañía de  Vapores Bilbainos. Por aquellos tiempos de posguerra en que se respiraba en una cierta prosperidad económica en las casas de algunos capitanes, apareció en el pueblo un alpargatero, que hasta entonces había trabajado en una aldea cercana. El alpargatero y su familia hablaban poco y mal el castellano, por ello les burlaban cierta gente pretenciosa y relamida. Uno de los hijos del alpargatero de nombre Anselmo aprendió bien el oficio de zapatero. Este Anselmo es un hombre reposado y bonachón más bien bajo y delgado y ejerce de anfitrión de la tertulia. 

Se comentan las noticias del pueblo e incluso la conversación llega a derivar al sida y la crisis de oriente. Las más de las veces les causaban perplejidad y extrañeza las noticias televisivas, que Balbino haciendo un ademán desaprobatorio exclamaba:¡hasta aquí podíamos llegar! Incluso nos retransmiten las guerras por la televisión como si fueren partidos de fútbol.

- Pues mira que lo del sida no hay quien entienda - apostilla Anselmo al tiempo que martillea el tacón de un zapato.
- En nuestra juventud la vida no era tan complicada, y eso que ya pasamos nuestros apuros -comenta Batxi.
- A mí todo eso que estáis diciendo me da igual. He repetido que apenas veo la televisión, y del periódico lo único que leo son las esquelas y las entradas y salidas de barcos del puerto de Bilbao - aclara Juan.

 

Lancha

 

 La conversación va derivando por otros territorios haciéndose presentes los recuerdos y es entonces cuando más a gusto se sienten. Las anchas paredes del taller no son suficientes para amortiguar del todo el ruido de los coches y los frecuentes gritos de unos acalorados conductores en dificultades. Algunas veces el escándalo llega a incomodar a los contertulios, obligándoles a asomarse a la puerta. Más de un chófer grita que sería mejor derribar la ermita para dar amplitud a la calle. Pues no faltaba más que eso - replica Juan malhumorado al conductor.

Ese individuo no sabe que estando en Cuba mandé dinero para reparar la ermita. ¡Habráse visto cosa igual!

De nuevo dentro y sentados en un banco arrimado a la pared atestada de cajas reanudan la conversación. Las sombras comienzan a extenderse alrededor de la mesita del zapatero. Un breve e intenso silencio los envuelve. La inescrutable oscuridad absorbe las siluetas de los viejos. Parece como si su tiempo hubiera llegado a término. Por fin se rompe el silencio, flotando en el ambiente el sonido de las breves palabras dirigidas al zapatero para que encienda la luz. Las oscuras siluetas de los zapatos del pequeño escaparate recortadas contra  el naranja de la luz de la calle vuelven a tomar forma. Se recomponen también las figuras de los contertulios, que ahora parecen más débiles  y cansados. Va llegando la hora de  cerrar.

Afuera  es de noche y hace frío. Se arropan y emprenden el camino de vuelta  a sus casas. No sin antes acercarse al poste de enfrente en el que está clavada una esquela. Tembloroso saca Juan las gafas del estuche. Mientras con voz entrecortada les dice que ha muerto Luis el de Zesteruena. Navegamos juntos unos cuantos años- añade. Tantos años sin saber de él, y por lo que veo ha muerto en un asilo de Bilbao, no me extraña que la familia no reciba.

Años después alguien tuvo la idea de hacer un homenaje a aquellos hombres viejos, acaso les consideraban pintorescos, y por tanto aptos para tal evento festivo.. Para entonces se había derribado la casa que albergaba el taller del zapatero después de haber llegado a la conclusión de que perjudicaba al tráfico de vehículos, y hasta se hacían planes para abrir una calle ancha incluyendo la demolición del humilladero contiguo. Algunos de los amigos habían muerto y entretanto Juan esperaba la muerte en la cama de su oscura y pequeña habitación, pues su taller y su terreno ya habían caído en las manos de los inmobiliarios. Como cada verano el pueblo se hallaba  lleno de gentes extrañas. El ruido de la calle penetraba escandalosamente en la habitación de Juan, entremezclándose con el sonido entrecortado de su jadeante respiración.

Los Viejos Caminos

Los Viejos Caminos maestresala Mié, 08/06/2022 - 19:11

 

Entrada Plentzia​

 


 

Se ha perdido el gusto por recorrer los caminos, los viejos caminos que articulaban el paisaje. Han desaparecido cuando no han sido suplantados por carreteras o permanecen sepultados bajo la maleza que borra su huella. Ya no es posible detenerse ante una de esas encrucijadas, que en nuestra lengua llamamos bidekurtze, y dudar cuál tomar. Ni tampoco contar con la ayuda de un hombre que trabaja en una heredad cercana, para que nos indique el camino deseado aprovechando la ocasión para hablar del tiempo y de la cosecha. Todo parece que está abocado a morir en estos tiempos liquidadores en que nos ha tocado vivir. Muere el camino de ventrudas y pulidas piedras, muere la tapia de grises sillares que lo bordea, mueren los añosos árboles que cubren sus márgenes de doradas hojas. Y con estas muertes también muere uno de los temas más entrañables de nuestra poesía.

No sé qué significado tiene el divagar sobre los caminos. Vivimos imbuidos de tanto progreso o seudoprogreso y de tanta ciencia o seudociencia, que andamos empeñados en hacer desaparecer todo aquello de aire viejo y caduco en pos, creo, de un hipotético progreso y bienestar. Anulamos geografías ensoñadoras marcadas por el estrecho vínculo del hombre con el medio natural. El pesaroso y atribulado hombre corre asustado, a gran velocidad por unos inciertos caminos de asfalto cerrados con mallas metálicas a las que asoman sugerentes vallas publicitarias. Ahora nadie recuerda, que un tanto de misterio es necesario para la fantasía... No hay misterio en la vida, ni en el ambiente... (Pío Baroja).

Los viejos caminos, repito, ponían al hombre en contacto inmediato con escenarios llenos de misterios, donde las caprichosas formas de la naturaleza escenificaban sus temores y creencias. La fantasía y la realidad se confundían. El entramado de sinuosos caminos se desvanece. También es verdad que es distinto el hombre que aún transita por ellos, tanto si pertenece al medio como si haraganea nostálgicamente. A lo sumo el desocupado alegrará su caminata con el devaluado relato de una historia de caminos de boca de un campesino. Y con mucho esfuerzo imagina que allí acaecían sucesos fantásticos. A pesar de todo siento la vital necesidad de recorrerlos en este agradable tiempo de otoño.

Una soleada tarde cualquiera mientras uno se entretiene en recoger unas castañas desparramadas entre el esponjoso musgo de los márgenes de un camino, se encuentra con un hombre que va de camino a casa después de trabajar en el monte. Anuncia su presencia un perro de enmarañadas lanas, que ladra sin descanso. Nos saludamos, y me dice que ya son pocos los castaños, encinos y robles. ¡Daba miedo andar de noche! Contaban mis abuelos que de vuelta de un banquete de bodas, que se celebró en el solitario al que lleva este sombrío camino, al llegar a ese cruce de ahí abajo, vieron un gran fuego en torno al que bailaban unas sombras en forma de personas. Al poco pasan dos ruidosas motos, que rompen bruscamente el misterio del camino. Vuelvo a la realidad, y pesaroso repito para mis adentros:

¡Ay de mí! El invierno ya viene y ya se marcha,
pero el dolor retorna con el girar del año.

Percy Bysshe Shelley.

 

Maltrechos y solitarios caminos de los que van desapareciendo los últimos ecos del aliento humano. Sepultados quedan entre las espinosas zarzas, que tejen una oscura y tupida mortaja. El tiempo al que vivimos encadenados trae el olvido. El padre no podrá transmitir la magia del camino al hijo. No se detendrán cansados de la caminata en un recodo umbroso, ni habrá ocasión para sacar del bolsillo un manoseado libro de poesía y leer al niño, por ejemplo:
 

Mira los concentrados avellanos que ciñen
esa vieja y gris piedra, guardad del fulgor
del sol de mediodía..
.

Wordsworth

 

En ese mágico momento los signos del poema se mutan en cimbreantes varas de avellano. 

Documentos Etnográficos

Documentos Etnográficos maestresala Lun, 13/06/2022 - 12:10