| 1. Pertinentemente perdido Presidente, cual alcaraván alto, lejano, solitario, fuera y arriba, sin ojos que rechisten, en frío viaje, tras círculos latonados. Alfanhuí Alfanhuí
Alfanhuí ¿estás ahí? En plena y agraz parsimonia,
"soy antiguo", De latón y terciopelo
quiero la compañía; |
| 2. Con vuestros arrimañiles juego a ir por las arenas del desierto. Sol, agua en pocas cantidades y unas ganas de caminar que ¡ya se las llevaran al infierno! Un cesto llevo con rojas ciruelas, que el buen San Emeterio alcanzó del árbol familiar y del recuerdo. Las encías del odio parecen ser, y no son sino unas aves de freno que dicen ayudar al dormir sincero. Vienen nubes en el justo número. Sin gracia vanse ellas disolviendo; mientras parado en estas sombras estoy, con hambres, dudas, venenos, esperando un leve gesto vuestro. |
| 3. ¡Oh, sí, mi apreciado Hombre Tertulia, que sabes y cuentas, con predilección de avezado ánimo con ganas de reír, tu sombrero negro de fieltro imperial, gafas oscuras y un gabán de pexiglás! El café, lleno de ménades furiosas, es esa lluvia eterna de inmortales tardes, en la que intersticios literarios rebosan en una hoja escrita, que expresa canta sutiles pareceres de prosélito audaz. Sin fin, la vida ríe; mientras, apreciado, tú migras, transvaloras y resucitas muertos (y bien muertos) literatos, como un Pilatos que, con sucias manos y entendimiento limpio, los llevaras a esa crucifixión dulce de la ataráxica y lluviosa hora vespertina. Prístino y audaz, admirable comesiglos, recuerda tú que nosotros los animalitos de la granja también esperamos en ti, mientras llega un tal Francisco de Asís. |
| 4. ¡Oh Marco Tulio Cicerón! Habitante del Foro y orador sin par…, ¿a qué tanto amor, como el derramado Sobre tu hermano, el guerrero Quinto? ¿Mereció la pena tanto desvelo y tanta lucha por un lugar esquinado en la cumbre del poder y el sinsabor? ¡Oh Marco Tulio Cicerón! Por favor, apacienta libros y saberes. Camina al lado del rumoroso arroyo, En la tranquila finca de una provincia, muy lejos de los suburbios del poder. ¡Oh Marco Tulio Cicerón! Aunque es tarde, y nunca es tarde, acabarán (acabaremos) los caminos los seres acuciados del espíritu, una vez probadas las hieles del sinsentido de Lomismo y la humana condición. ¡Oh Marco Tulio Cicerón! ¡Qué buen testigo de la humana perdición! Y el cuello que ahora estiras, buscando la espada del traidor, es entrega, rendición y alivio para la vida que esperas merecer, la dulce e iluminada senda de un amigo. |
| 5. Leve oda a un masón Infinitas hojas a la visión se muestran, acerca de la vida, la ficción y el arte legado por los innúmeros hombres del ayer, tal que Plutarco y Cicerón. ¿Y esos masones del ara o
altar mayor ¡Ved las prímulas y
su natural néctar sea invierno, verano o sea la
simple |
| 6. Ese eremita desconocido En el mágico confín de la ciudadela, en aras de un sutilísimo, denso y pesado rodar, mientras ciaban los vientos hacia medianoche, perseguí la imagen de mi ser y de mi vaciedad. Ese nítido símbolo en el fondo del lago turbio que arrojaban los confines al centro del alma, para hablar y probar a desmenuzar cabotajes anhelantes que buscan imperialmente la traza de lo humanamente posible, la llama del laurel y más bien la (en éxtasis) recordada eternidad. Esas movibles razones en unos cómodos engranajes, abatibles y agudos trojes de una idea de Dios, los anclajes vacíos de una trasnochada visión y la en vísperas velada y vigilante Providencia. Sí, hay un confín turbiamente deseado y una noche que agoniza y se renueva en la lenta crucifixión. También unas prímulas, unos calices y esa fina luz que pesada resucita de la ingeniosa lente interior. |
| 7. Letanía Dar a Dios por cerrado y requetemuerto es lo que a Federico "Niche" trastornó. Fray Borismundo, solundo y profundo, habláramos de la vida y de las almas, y no de la archiconocida Efigie Oficial del Sello de la Muerte que nadie desea, ni trasciende, ni gusta de contemplar. En el oscuro rincón, seguro que altar mayor de la profundidad húmeda del reptil liminal, una figura escondida, maltrecha y bien fría yace, duerme y espera a ser izada por garras inocente y endeblemente abiertas al Cielo. Es la fluorescente figurilla de las cavernas, la del tiempo de las hogueras y la glaciación. No obstante, espera en cada rincón de cada alma asotanada en el fino sustrato material a reclamar y llegar a la superficie, en favor precisamente del hombre, del animal mortal. |