1.

Pertinentemente perdido Presidente,
cual alcaraván alto, lejano, solitario,
fuera y arriba, sin ojos que rechisten,
en frío viaje, tras círculos latonados.

Alfanhuí Alfanhuí Alfanhuí ¿estás ahí?
¿Dónde desde antiguo moras, ave polar?
¿Eres tú, simplemente distante Alfanhuí?
Polar y frío, y nueva y claramente sagaz.

En plena y agraz parsimonia, "soy antiguo",
expresas sin verde ni roja desvergüenza.
Me traduzco en azul y alejada soledad.
¡Quiera Dios no me halle en un prostíbulo!

De latón y terciopelo quiero la compañía;
de vuestras almas, el zumo, la lenta loa,
vuestro amarillor y la primorosa lejanía.
Infinito os estimo, mas permitidme volar.

 
 
2.

Con vuestros arrimañiles juego
a ir por las arenas del desierto.
Sol, agua en pocas cantidades
y unas ganas de caminar que
¡ya se las llevaran al infierno!
Un cesto llevo con rojas ciruelas,
que el buen San Emeterio alcanzó
del árbol familiar y del recuerdo.
Las encías del odio parecen ser,
y no son sino unas aves de freno
que dicen ayudar al dormir sincero.
Vienen nubes en el justo número.
Sin gracia vanse ellas disolviendo;
mientras parado en estas sombras
estoy, con hambres, dudas, venenos,
esperando un leve gesto vuestro.
 
 
3.

¡Oh, sí, mi apreciado Hombre Tertulia,
que sabes y cuentas, con predilección
de avezado ánimo con ganas de reír,
tu sombrero negro de fieltro imperial,
gafas oscuras y un gabán de pexiglás!
El café, lleno de ménades furiosas, es
esa lluvia eterna de inmortales tardes,
en la que intersticios literarios rebosan
en una hoja escrita, que expresa canta
sutiles pareceres de prosélito audaz.
Sin fin, la vida ríe; mientras, apreciado, tú
migras, transvaloras y resucitas muertos
(y bien muertos) literatos, como un Pilatos
que, con sucias manos y entendimiento
limpio, los llevaras a esa crucifixión dulce
de la ataráxica y lluviosa hora vespertina.
Prístino y audaz, admirable comesiglos,
recuerda tú que nosotros los animalitos
de la granja también esperamos en ti,
mientras llega un tal Francisco de Asís.
 
 
4.

¡Oh Marco Tulio Cicerón!
Habitante del Foro y orador sin par…,
¿a qué tanto amor, como el derramado
Sobre tu hermano, el guerrero Quinto?
¿Mereció la pena tanto desvelo y
tanta lucha por un lugar esquinado
en la cumbre del poder y el sinsabor?
¡Oh Marco Tulio Cicerón!
Por favor, apacienta libros y saberes.
Camina al lado del rumoroso arroyo,
En la tranquila finca de una provincia,
muy lejos de los suburbios del poder.
¡Oh Marco Tulio Cicerón!
Aunque es tarde, y nunca es tarde,
acabarán (acabaremos) los caminos
los seres acuciados del espíritu, una vez
probadas las hieles del sinsentido
de Lomismo y la humana condición.
¡Oh Marco Tulio Cicerón!
¡Qué buen testigo de la humana perdición!
Y el cuello que ahora estiras, buscando
la espada del traidor, es entrega, rendición
y alivio para la vida que esperas merecer,
la dulce e iluminada senda de un amigo.
 
 
5. Leve oda a un masón

Infinitas hojas a la visión se muestran,
acerca de la vida, la ficción y el arte
legado por los innúmeros hombres
del ayer, tal que Plutarco y Cicerón.

¿Y esos masones del ara o altar mayor
que se citan en cenáculos vespertinos,
para recordar bien y bien vanagloriar
el legado de aquellos hijos de Antaño?

¡Ved las prímulas y su natural néctar
escanciado por abejas que laboran!
¡Ved a los masones en lectura y pose febril!
Pues de la misma forma succionan,

sea invierno, verano o sea la simple
estación breve y suave del incienso …
Y así transvaloran la miga, el legado
y el espírítu entero de la masonería.

 
 
6. Ese eremita desconocido

En el mágico confín de la ciudadela,
en aras de un sutilísimo, denso y pesado rodar,
mientras ciaban los vientos hacia medianoche,
perseguí la imagen de mi ser y de mi vaciedad.
Ese nítido símbolo en el fondo del lago turbio
que arrojaban los confines al centro del alma,
para hablar y probar a desmenuzar cabotajes
anhelantes que buscan imperialmente la traza
de lo humanamente posible, la llama del laurel
y más bien la (en éxtasis) recordada eternidad.
Esas movibles razones en unos cómodos engranajes,
abatibles y agudos trojes de una idea de Dios,
los anclajes vacíos de una trasnochada visión
y la en vísperas velada y vigilante Providencia.
Sí, hay un confín turbiamente deseado y una noche
que agoniza y se renueva en la lenta crucifixión.
También unas prímulas, unos calices y esa fina luz
que pesada resucita de la ingeniosa lente interior.
 
 
7. Letanía

Dar a Dios por cerrado y requetemuerto
es lo que a Federico "Niche" trastornó.
Fray Borismundo, solundo y profundo,
habláramos de la vida y de las almas,
y no de la archiconocida Efigie Oficial
del Sello de la Muerte que nadie desea,
ni trasciende, ni gusta de contemplar.
En el oscuro rincón, seguro que altar mayor
de la profundidad húmeda del reptil liminal,
una figura escondida, maltrecha y bien fría
yace, duerme y espera a ser izada por garras
inocente y endeblemente abiertas al Cielo.
Es la fluorescente figurilla de las cavernas,
la del tiempo de las hogueras y la glaciación.
No obstante, espera en cada rincón de cada
alma asotanada en el fino sustrato material
a reclamar y llegar a la superficie, en favor
precisamente del hombre, del animal mortal.