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Conocí
a Óscar durante unas vacaciones. Me había dejado
convencer para ir a uno de esos “hoteles con encanto”, perdido en el
fondo de un valle verde, que el márketin moderno se ha
empeñado en vendernos incluso a nuestro pesar. Me lo
recomendaron para tratar mi presunto estrés. Yo soy urbanita por
nacimiento y por convicción, disfruto con el asfalto, los
atascos y la vida acelerada. De hecho, trabajo mejor bajo
presión; una buena descarga de adrenalina me alegra el
día. Pero a esa forma mía de vivir, mis amigos lo
llamaron estrés y me hicieron la reserva para este balneario sin
habérmelo consultado siquiera. Al saberlo, grité y
organicé un trepe de dos pares de narices. Como ya me
conocían, nadie se alteró y, después de la
actuación, yo quedé muy tonificado. Luego,
pensándolo en frío y considerando las molestias que se
habían tomado, acepté el reto, pero con el único
propósito de regresar con una lista completa de inconvenientes,
trastornos y molestias que me había ocasionado aquel
desplazamiento.
Llegué
al anochecer y cené casi solo; la mayoría
de los clientes lo habían hecho antes que yo, me dijeron. Por lo
visto, los horarios y costumbres del lugar eran monacales. Me
acosté temprano y dormí de un tirón. Eso hizo que
me levantase de buen talante. Cuando bajé a desayunar, una linda
camarera de edad tan corta como su falda, me indicó la terraza
exterior con expresión risueña. Se trataba de una
explanada orientada a un paisaje de montaña, con roca viva en
las cimas y un bosque de eucaliptos en su base. El aroma conocido a
vahos de la infancia llegaba hasta la terraza, sembrada de mesitas bajo
toldos amarillos. Elegí una al azar y tomé asiento. En la
mesa contigua había un tipo de mediana edad, parapetado tras un
periódico que lo separaba de los restos de su desayuno. En ese
momento sonó mi teléfono móvil.
El
hombre pegó un brinco y se acurrucó en el suelo
detrás de la silla, protegiéndose la cabeza con los
brazos, como si hubiese sufrido la acometida de un bombardero. Su
reacción me produjo tal impacto que eché un vistazo a la
pantalla para identificar al que llamaba y desconecté. Al
instante apareció el jefe de camareros para auxiliar a mi vecino
de mesa. Le ayudó a levantarse, al tiempo que le
transmitía frases tranquilizadoras en un tono que juzgué
pueril. Una vez restablecida la calma y vuelto a sentarse en su silla,
el jefe de camareros continuó dirigiéndose al cliente en
tono conciliador hasta que este dejó de temblar y de lanzarme
fugaces miradas de terror. Sólo entonces, el empleado se
dirigió a mi mesa y me pidió que lo siguiera. Lleno de
perplejidad, fui tras él hasta el comedor de invierno, en el
interior del edificio.
—Es
Óscar —me explicó—, un
huésped que lleva viviendo con nosotros un par de años.
Estuvo destinado en el equipo de comunicaciones en la guerra de
Kósovo, en su fase más dura. Allí
desarrolló el síndrome de Hermes, una dolencia muy
extraña como efecto de un estrés postraumático.
Desconozco los detalles; sólo sé que siente un terror
irracional por los teléfonos. Por eso se ha retirado del mundo a
este lugar tranquilo. El dueño del hotel se diría que lo
ha adoptado y todos nosotros tratamos de protegerlo en la medida de lo
posible. No hay forma de evitar incidentes, como el de ahora mismo,
pero no es agresivo, sólo se asusta. El resto del tiempo es una
persona encantadora.
—¿Y qué me propone que haga? —le
dije—. No puedo permanecer incomunicado.
—No, desde luego. Todos
nosotros llevamos los móviles en modo vibración. Usted
puede hacer lo mismo. Y a los fijos les hemos colocado una señal
lumínica, una bombillita roja que parpadea cada vez que se
recibe una llamada. —Luego añadió— solemos avisar a todos
los clientes nuevos, pero como usted llegó anoche algo tarde…
—¿Y sólo le altera el sonido? ¿No reacciona si ve
a alguien hablando por teléfono? —¡Ah, claro! ¡Por
supuesto! Cada vez que utilice el aparato, debe procurar que no le vea,
porque de lo contrario entra en crisis.
Yo
no podía dar crédito a lo que me contaba aquel hombre.
Incluso llegué a pensar que se trataba de alguna clase de
novatada
que formaba parte del “encanto” del hotel. Porque lo más raro no
era la extrañísima secuela de la guerra; al fin y al
cabo, en las guerras pasan cosas espantosas y todos hemos visto miles
de películas donde aparecen los marines hechos unos zorros. No,
lo raro de verdad era que el personal del hotel lo asumiese como algo
normal y que, por añadidura, lo incluyera en una especie de
decálogo que se imponía a los demás clientes.
No
obstante, a pesar de mi primer impulso de rechazo, lo primero que
hice fue pasar mi móvil al modo vibración. Luego me fui a
hablar con Óscar. Lo encontré parado a un lado de la
vereda. Al parecer, había salido a dar un paseo, porque iba
provisto de un rústico bastón que se había
fabricado con una rama de avellano, llevaba la cabeza protegida por un
gorro tirolés y los bajos de los pantalones metidos dentro de
los calcetines, que le llegaban hasta media pantorrilla. Digo que
parecía ir de paseo, pero se había detenido a observar
algo que estaba en el suelo y que yo, desde mi distancia, no
podía distinguir. Aproveché para estudiarlo a él
en detalle.
Era
de estatura media, con el tronco largo y las extremidades cortas,
lo que le daba un aspecto rechoncho y aniñado, efecto que se
intensificaba con la redondez perfecta de su rostro en el que
destacaban un par de ojos negros muy abiertos y una boca pequeña
de labios prominentes en permanente gesto de estupor. De hecho, su
perfil podría haberse correspondido con el de cualquier
personaje de un cómic belga.
A
medida que me acercaba a él, empecé a silbar para que
me oyese llegar. No quería pegarle otro susto. Pero no dio
muestras de notar mi presencia. Cuando llegué a su altura,
descubrí aquello que lo mantenía tan atento. Tres
caracoles avanzaban a cámara lenta sobre la orilla del camino
dejando tras sí otras tantas estelas de plata.
—¿Quién
va ganando, Oscar? —le pregunté para
trabar conversación. Me miró como si yo fuera
oligofrénico y luego accedió a responderme haciendo una
concesión sólo para sacarme de mi ignorancia.
—Eso es lo
de menos. Lo que importa es los mensajes que se cruzan.
—¿Y
cómo lo hacen?
—¿No ves los constantes movimientos de sus
antenas? ¿Crees que no tienen ningún significado? Es un
sistema de comunicación muy rico y complejo.
Pasamos
el resto
del día hablando del lenguaje cornúpeta de los caracoles
y de la estructura grupal hermafrodita, tan diferente de la de otros
animales; no digamos de los humanos. Hicimos conjeturas sobre la clase
de avisos que podrían estarse pasando los moluscos y mantuvimos
acaloradas discusiones, sin llegar a ningún acuerdo.
No
fue hasta una semana más tarde, luego de haber entablado lo
que ya podíamos denominar una relación muy estrecha, casi
de amistad, cuando me atreví a preguntarle por los
teléfonos.
—¿Qué
pasó en Kósovo,
Óscar? —se lo dije bajito, por si acaso. Él se
quedó mirando al infinito. Creí que no me iba a responder
nunca.
—¡Charli!, ¡Charli! —gritó de pronto.
—¿Charli? —Sí, es lo que oía al otro lado de la
línea cada vez que intentaba establecer una comunicación.
—Pero eso era en Vietnam, Óscar. Esta era otra guerra.
—No, es
siempre la misma guerra. También mi capitán me
decía que eso era en Vietnam, pero estaba confundido. Cada vez
que yo descolgaba el teléfono, siempre decían lo mismo:
¡Charli!, ¡Charli! ¡Vamos a por ti!
—¿Y luego
qué? ¿No decían nada más?
—No decían
nada más, pero cerca de mí caía una bomba, o una
granada, o una ráfaga de ametralladora… Hubo muchas bajas.
Sobreviví de milagro. Pedí unas semanas de permiso,
porque pensé que me había vuelto gafe, pero me lo
denegaron, porque había escasez de especialistas en
telecomunicaciones.
—¿Y después que pasó?
—Luego
fue mucho peor. Me llamó el propio Adolf Hitler, y otro
día el Mariscal Petain.
—¿Y qué te decían?
—No hacía falta que dijesen nada. Se identificaban y
ocurría una desgracia.
—¿Pero todas las llamadas eran de
ese tipo?
—No. La mayoría eran comunicaciones normales, pero
como no sabía cuándo iban a llegar las especiales,
aquello se convirtió para mí en un sinvivir. Con el
tiempo se fue agravando. Recibí misivas de Rasputín, del
Kaiser Guillermo, de Robespierre, de Enrique VIII. Cuando un amanecer,
al responder al timbrazo, el que hablaba se identificó como
Ricardo Corazón de León, tiré todos los
bártulos y, sin importarme si disparaban o no, salí
corriendo de la trinchera y no paré hasta llegar a Roma. No he
podido volver a tener contacto con un teléfono. Los
teléfonos son máquinas de guerra, siempre de la misma
guerra.
Traté
de hacerle razonar. El contacto diario con Óscar
había despertado en mí un cierto afecto por él, a
pesar de las primeras prevenciones. Ingenuamente, buscaba reconciliarlo
con el mundo.
—Óscar, el teléfono se inventó en
1876 y no se generalizó hasta entrado el siglo XX —le dije—
¿Cómo ibas a hablar con toda esa gente que jamás
conoció el artilugio? ¿No comprendes que no tiene
lógica?
—¿Acaso tiene lógica la guerra? —me
preguntó a su vez.
—Además, toda esa gente está
muerta. Algunos llevan siglos muertos —le argumenté.
—Ya lo
sé. La guerra, por su propio horror, es capaz de resucitar
horrores anteriores, de buscar y encontrar vehículos para
hacernos revivir esos horrores; a mí me ha tocado el
teléfono y, a través de él, he revivido todos esos
episodios de la única guerra de siempre. Por eso quiero alejarme
de esa máquina infernal para siempre, por eso me pongo enfermo
si lo veo.
Estábamos
de acuerdo en que la guerra no tenía
lógica, pero tuve que reconocer que Óscar sí
seguía la suya propia, aunque yo no pudiera estar de acuerdo con
ella, una lógica que le había hecho perder la
razón o lo que considerábamos como tal el común de
los mortales. Cada uno buscaba en esta vida sus propias defensas donde
podía y como podía. Él había llegado a la
convicción de que el mundo reiteraba siempre la misma guerra y
que la única forma de darle esquinazo era dejando de usar el
teléfono. Si a él le funcionaba, ¿qué
derecho tenía yo a sacarle de aquel supuesto error? Aquellas
presuntas advertencias telefónicas del más allá
quizá no fuesen más que una señal de algo que yo
no acertaba a captar.
Durante
todos esos días, además de revivir esos viajes en
el tiempo de las equivocaciones humanas, dimos largos paseos por el
campo e intentamos profundizar en los sistemas de comunicaciones de los
caracoles, de las lagartijas y de las avutardas, entre otras especies.
Fueron experiencias surrealistas, pero de cualquier forma, muchos
más inocuas que las telefónicas.
Regresé
a casa sintiéndome diferente. Había
conseguido romper con mi ritmo de vida que, según mis amigos, me
estaba perjudicando, pero volvía profundamente marcado en otro
sentido. Cuando me preguntaron por mi estancia en el “hotel con
encanto”, respondí con evasivas. Olvidé elaborar la lista
completa de inconvenientes y objeciones que me había propuesto
al llegar.
Ahora,
yo también, sin poder evitarlo, cada ver que respondo a
una llamada telefónica siento un ligero temblor hasta que quien
se halla al otro lado se identifica. Hasta el momento siempre son
personas vivas, o eso quiero creer, porque ¿cómo tener la
certeza de que quien llama para realizar una encuesta sobre la subida
del IPC o sobre los movimientos migratorios de población, lo
hace desde la misma fecha que marca mi calendario?En
ese momento, Hans, a sus doce años, supo que Alemania iba a
perder la guerra y soñó ser una rana berlinesa que
vivía en una charca fuera de los circuitos de la
cartografía. ¿Sería ello posible?
Esther
Zorrozua
Berango,
18 enero 2008
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