|
Al
principio, poco después de que te fueras, llegué a verte
en la calle, cuando miraba distraída por la ventana. Te
llegué a descubrir mezclado entre la gente y sentí un
vuelco repentino en el corazón, la sensación de quedar un
instante en suspenso, hasta comprobar que no eras realmente tú,
sino alguien que se te parecía en la silueta, en un gesto...
Tengo
pocas fotos tuyas por la casa. Tal vez porque prefiero verte
sólo cuando cierro los ojos. Me gusta más la imagen
soñada, la que yo he ido tejiendo en mi recuerdo a base de
pequeñas anécdotas que se van engarzando como
minúsculas piezas de orfebrería sobre el tapiz de mi
infancia y de mi primera juventud.
Nunca
fuiste muy locuaz. Acaso no sabías manejarte adecuadamente con
las palabras y preferías los gestos. Aun así, me dejaste
una rica herencia. No me acuerdo si me enseñaste a andar, tal
vez el primer hito de toda vida, pero estuviste siempre a mi lado con
tu índice enhiesto, indicando siempre el norte como una
brújula bien imantada, al señalar las palabras en mis
primeras cartillas. Tú me enseñaste a leer y con ello
abriste ante mí un mundo infinito que aún hoy me sigue
asombrando.
Años
más tarde, con una infinita paciencia, me enseñaste
latín, con la austeridad y la disciplina con que te
habían marcado para siempre los años de seminario. Muchos
dudarán de la utilidad de esos conocimientos. Yo tampoco
sabría explicarlo con precisión, pero intuyo que los
acusativos y los genitivos abonaron una tierra virgen y la prepararon
para aprender a discernir y a amar el poder de la palabra. Y cuando hoy
en día, en los concursos televisivos minoritarios, único
foro en el que esta clase de erudición resulta rentable, se
mencionan como anacronismos las Guerras de las Galias o la Eneida de
Virgilio, en el fondo de mis entrañas siento una emoción
inconfesable, que con nadie puedo compartir, pero no me importa
guardarla para mí sola, de la misma manera que sólo te
veo cuando cierro los ojos.
Acababa
de cumplir los 18 cuando me enseñaste a conducir con aquel 600
que entonces tenías. Nunca hubo un grito en tus labios, a pesar
de mis torpezas tan femeninas, ni siquiera cuando le dimos por
detrás a aquel coche que estaba parado con su dueño
dentro, sentado al volante. Sólo un gesto de resignación
y una palabra de aliento: "Venga, continúa". Cuántas
veces ahora, cuando me veo a mí misma conducir con cierta
soltura, me acuerdo de aquellos primeros tropezones y se me
empaña la vista. Cierro los ojos y entonces te veo.
Pero
el recuerdo más cálido que guardo de ti es aquella
pregunta que sólo tú fuiste capaz de hacerme siendo yo
recién casada: "¿Eres feliz?" Te respondí que
sí y tú asentiste en silencio, como si te quedases
tranquilo, en paz.
No
sé si estos años sin ti me han hecho olvidar cómo
fuiste realmente. No sé si te he inventado. Lo cierto es que
sólo te veo cuando cierro los ojos, y tu imagen sosegada y
apacible me conmueve y te echo de menos.
Esther
Zorrozua
|