Era una tarde
lluviosa. Escuchaba los aullidos de las gotas de lluvia al suicidarse
contra la mugrienta ventana de mi habitación, mientras
permanecía sentado delante de un televisor antiguo, en mi viejo
sofá. A veces el tedio absoluto me arrastraba hacia el suelo
hasta casi lograr tumbarme. Lo impedían toda una serie de
objetos que yacían a lo largo y ancho del suelo de mi
habitación. Yo mismo me daba cuenta del desorden, del caos de la
habitación, pero no hacía nada, salvo sumergirme mas en
un abismo interior. De la televisión me llegaban imágenes
que de vez en cuando lograban que yo torciera o creara un gesto. Cuando
esto sucedía yo suspiraba aliviado y además
conseguía que no apretara el ya gastado botón del mando a
distancia. Así vivía los últimos días,
aunque de vez en cuando-rara vez diría yo- me decidía a
encender el ordenador. Yo creía buscar algo en él, pero
siempre
lo apagaba con la sensación de haber perdido el tiempo.
Además no era fiel a su nombre y nunca conseguía ordenar
mi desquiciada vida. Era preferible culturizarse viendo lo
tremendamente interesante de la programación televisiva.
Sumergido
como estaba en un lugar sin nombre, algo me llamo fuertemente
la atención. Algo que me recorrió todo el cuerpo, pero
sobre todo algo que me recorrió lentamente el corazón,
provocándome un dolor intenso. Aparte la mirada de la pantalla y
torcí la cabeza hacia la lejana ventana. Conseguí
levantarme y recorrí los apenas dos o tres metros que llevan a
la ventana, con enorme esfuerzo. Miré hacia la calle. Estaba
todo muy oscuro. No había ninguna luz con la que engañar
a mi corazón. Era muy extraño porque según
recordaba acababa de comer la pizza y la hamburguesa, que se aburrieron
de vida en la nevera. Serían las tres y media de una tarde
primaveral, a lo sumo las cuatro. Aun no había empezado el curso
interactivo de aeróbic por el segundo canal. También
conseguí recordar que los días pasados y en especial
aquella mañana el sol brilló con fuerza apasionada. El
sol entró en la habitación sin avisar y sobre todo sin
llamar y eso a veces me llegaba a enfurecer. No podía ver la
televisión con aquella claridad. Me levantaba con profunda
desgana y bajaba las persianas con estruendo enfurecido. Los rayos de
sol se esforzaban en llegar hacia donde yo estaba, pero no les dejaba.
Alguno que otro tímidamente me iluminaba, pero era superior la
luz artificial que emanaba de mi televisor ordenador, etc... Pero el
cambio de tiempo fue abismal ese día. Del aparente y supuesto
brillo de la mañana a una oscuridad terrible y triste.
Parecía que ya era de noche. Una noche anticipada. “Es el
día mas corto del año”, proclamaba yo para mi interior.
Pero aparte del cambio sufrido en el día, noté un cambio
en mi interior. Algo decidió que tenía que salir de
allí,
que tenia que olvidarme de lo que querían transmitirme por
medios artificiales. No podían mandar sobre mí.
Así que me puse unos gastados vaqueros, una camiseta que
yacía en el frío suelo, mi chaqueta preferida perdida y
encontrada gracias a que asomaba una manga por debajo de la mesilla de
la habitación. El sonido de la lluvia evitó que se me
olvidara el paraguas. Salí de mi casa y me pareció como
si abandonase a alguien. Al salir del portal me pregunte que
dirección tomaría. No veía nadie en la calle.
Tenía dos opciones. Una era la de pasear por la parte noble de
la ciudad y la otra era la de pasear por la zona mas humilde y
trabajadora. Me decidí por la última opción. Era
mucho más interesante y propicia a crearse situaciones azarosas
necesarias en mí. Inmediatamente abrí el paraguas y me
lancé hacia la calle que llevaba a la parte humilde de la
ciudad. Mientras andaba iba notando mayor dolor en mi interior. Me
acercaba hacia algo misterioso que me llamaba con mucha urgencia y
necesidad. A los lados de la calle debían de haber bares y
comercios abiertos. Me llegaban débiles voces de personas, que
seguramente eran gritos de borrachos, contando sus historias de cuando
algún día fueron jóvenes y felices. Ni siquiera
desvié mi mirada fija. No tenía curiosidad sobre quienes
eran y lo que contaban. Tan solo anhelaba llegar a algún sitio.
Desde el bar me verían como un joven extraño apenas
visible por la lluvia, con un deambular constante y uniforme, cruzando
charcos enormes de agua, hundiendo los zapatos en ellas, sin apenas
inmutarse o notar el frescor del agua entre los pies.
De
vez en
cuando
me cruzaba con alguien. Cuando esto ocurría mi único
propósito era el de evitar que nos chocáramos. Si
veía por debajo de mi paraguas unos pies yo inmediatamente
torcía un poco mi rumbo. No había saludos. Ni siquiera
miradas. Así estuve caminando unos cien metros hasta que alcance
a vislumbrar una plaza muy pequeña al final de la calle
desierta. La plaza estaba también desierta. Estaba rodeada por
pequeñas casas, pero con enormes y complejas historias humanas.
Todas ellas de tres pisos de altura. En la planta baja de estas casas,
los propietarios poseían comercios artesanales con los que poder
sacar su vida adelante. Me quedé observando, y intuía que
en aquella plaza había algo. Mas bien mi corazón lo
sentía. Mi mirada se dirigió hacia una panadería.
Al lado de la puerta, en el escaparate, vi lo que podía ser una
esquela. Fui hacia allí con gran esfuerzo. Se unió a la
lluvia un viento feroz. Nada mas llegar vi que era la esquela de un
niño. Un niño con mirada bondadosa. No debía tener
más de doce años. La panadera salió de su
confortable establecimiento, y se colocó justo a mi derecha.
Ella me miraba a mí. Yo le pregunté quien era y
qué le pasó al niño. Ella me contó la
historia del niño que veía a las piedras vivir.
El
no era
un niño del barrio. Nadie sabía quienes eran
sus padres, ni de que parte de la ciudad provenía. Era un
niño diferente a los demás. Así como los
niños de su edad llegaban a la plaza y se sentaban en los bancos
que rodeaban una estatua imponente, jugando con la play station,
enseñando sus recién comprados teléfonos
móviles, el niño es cambio, creía en otras cosas.
Alguno de ellos hasta tenía más de un teléfono. No
hacían más que pasar las horas mirando la pantalla del
videojuego o enviándose mutuamente mensajes electrónicos.
El niño este, en cambio, aparecía por la plaza con un
libro en la mano. Parecía mayor de lo que era. Dejaba el libro
al lado de la estatua y se pasaba horas y horas mirando la estatua,
cuidando el jardín que la rodeaba, con una sonrisa en su
bondadosa cara. Cada día llegaba con una flor distinta y la
plantaba en un lugar alrededor de ella. Antes quitaba las malas hierbas
y limpiaba la zona donde colocaría la flor. Antes de que
apareciese el muchacho el jardín que rodeaba la estatua estaba
descuidado. Descuidado por personas a las que nada importaba la
estatua. Sencillamente, no existía para ellas. No se quedaban
mirándola ni un solo instante. Les era indiferente. Aquella
estatua jamás cambiaria o mejoraría sus vidas. Ahora, en
cambio su imagen era completamente diferente. La estatua parecía
desprender más luz. Los niños mientras descansaban de sus
inquietantes videojuegos le preguntaban al niño porque hacia
eso, porque no jugaba con ellos. El les respondía con una
sonrisa. “Ella me lo pidió. Ella me pidió que la
cuidase”. El les preguntó a su vez si no apreciaban que la cara
de ella había cambiado a lo largo de aquellos días. Los
niños cuando escucharon esto comenzaron a reírse a
carcajadas. Creían que el niño estaba loco y a todo el
mundo contaron que lo estaba porque veía a las piedras vivir.
Ellos comenzaron a marginarle, porque no era como ellos, y a partir de
aquí vino el calvario del niño. Día tras
día los niños hacían chistes de el, se burlaban de
el, pisaban las flores que el inocentemente había plantado,
pintaban la estatua de manera que prevaleciese su fealdad.
Hacían todo esto porque no podían soportar que alguien
tuviera una idea distinta de pensar a las suyas. El niño, no
obstante, jamás modificó su gesto tranquilo y sereno de
la cara, y continuó plantando flores y cuidando de la estatua
como del jardín que la rodeaba con una sonrisa. Como lo hizo el
primer día. Con el mismo entusiasmo. Hasta que hace ya de esto
unos días, los niños decidieron gastarle una pesada
broma. Cogieron cada uno de ellos un balde lleno de agua y encaramados
a lo alto de la estatua lanzaron chorros y chorros de helada agua al
niño cuando este se arrodilló en el jardín para
plantar una flor. El niño quedó inundado de agua, pero
sorprendentemente no se movió. No modificó ni su cuerpo
ni su gesto. “Nosotros también nos preocupamos por el
jardín y por eso hemos decidirlo regarlo un poco”, fue lo que
dijo el cabecilla del grupo. El niño pasó todo el
día ocupado en su tarea. Al finalizar se marchó para casa
sin ningún tipo de reproche en su semblante. Al día
siguiente el inocente niño no apareció. Supimos que
enfermó de pulmonía y desgraciadamente esta mañana
falleció. Su abuelo apareció hace un rato por
aquí. Quería saber qué fue lo que hizo vivir a su
nieto. Se quedó unos minutos mirando fijamente la estatua,
asintió, sonrió tristemente y se marchó.
Esta es la historia del niño que veía a las piedras
vivir.
Le
di las
gracias a la panadera por todo y me dirigí hacia la
estatua. Era la estatua de una mujer joven, no tendría
más de treinta años. Miraba fijamente hacia el cielo con
mirada triste. La golpeaban gotas enfurecidas de lluvia. El viento
desenfrenado hizo que una bolsa de plástico se alzase del suelo
y fuese a parar hacia su mano extendida también hacía el
cielo. Me acerqué a la estatua y aparté la bolsa,
depositándola en una papelera vacía. Luego tras
permanecer un rato mas, decidí marcharme para casa. El tiempo
iba siendo cada vez más hostil.
Nada
mas
llegar a casa me deshice de las ropas mojadas, me
preparé una hamburguesa y me acosté. No había
anochecido aun, pero me apetecía quedarme largo tiempo acostado
y reflexionando sobre lo ocurrido en el día de hoy, y sobre la
historia trágica del muchacho. El dolor que sentía en el
corazón continuaba. Poco a poco fue anocheciendo mientras yo me
zambullía en un sueño lleno de piedras que hablaban como
si tuviesen y personas que vivían como si no tuviesen vida.
Me
despierto. Esta amaneciendo. Alguien llama a mi puerta de madera.
Cuando consigo estar un poco presentable y alcanzar la puerta, oigo
presurosos pasos detrás de esta bajando hacia la calle. Abro la
puerta y no hay nadie, salvo un pequeño paquete en frente
mío. Lo recojo y vuelvo a mi habitación Me siento en el
desvencijado sofá, mientras desenvuelvo el paquete. Para mi
extrañeza y asombro el paquete contiene una copia exacta en
miniatura de la estatua de la plaza. Me pregunto insistentemente quien
lo trajo y cual era su significado. Decido salir del piso y preguntar
al portero del edificio si ha visto entrar o salir a alguien en los
últimos diez minutos. El me dice que si. Vio subir a un muchacho
de unos doce años con un paquete en una mano y en la otra un
libro. No me lo podía creer. Le pregunte si el muchacho le dijo
algo. Me respondió afirmativamente .El niño sonriente le
dijo que tenia un regalo de alguien que vive en la plaza y que espera
con esperanza que se encuentre con ella. Sigo sin podérmelo
creer. Me despido del portero. Subo las escaleras de manera acelerada.
Los zapatos gritan de incomprensión en cada peldaño.
Llego a casa con la respiración entrecortada. Cierro la puerta.
Apoyo mi espalda en ella. Sucesión de pensamientos recorren mi
cabeza. Llego a escuchar los latidos salvajes de m corazón. Las
piernas me tiemblan. Lo entiendo.
Apago
el
maldito televisor y comienzo
a ordenar mi habitación. Afuera las gotas de lluvia ya no
aúllan sino que aplauden con decisión al golpear el
cristal de mi ventana. Comienzo a vestirme con ropas olvidadas que
tenia en el armario. Me preparo un bocadillo como los que solía
prepararme mi madre cuando era pequeño, y saboreándolo
felizmente salgo a la calle. Llueve, pero no como lo hacía ayer.
Es una lluvia suave y deliciosa. Me deshago del paraguas y me deleito
cada segundo notando como me acarician las gotas al columpiarse por mi
cara. La ligera brisa me da abrazos de suave calor. Mientras recorro la
entrañable y acogedora calle, me fijo en todos los detalles. Los
bares que emanan constantemente historias únicas. Sus
entrañables gentes de las que hay mucho que aprender, aunque
desgraciadamente algo que no aprender. Mientras tanto mis zapatos
danzarines golpean con cariño el firme de la calle, hacia la
plaza. Antes de llegar a la plaza compro una flor en una tienda. Con la
flor en la mano, siendo la atracción de los vecinos llego al pie
de la estatua. Aparto las malas hierbas, limpio un poco la zona y
planto la flor. Al hacer esto la miro y veo que ya no mira hacia el
cielo con mirada triste sino que me mira fijamente con una sonrisa en
su mirada. Me lo agradece de esta manera. A continuación la
lluvia cesa y rayos de sol luchan por atravesar las nubes. Poco a poco
el día se hace luz.
Ander
Bengoetxea
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