Érase una vez
una pequeña civilización que habitaba al sur del mar
Egeo, en una pequeña isla al sur de lo que hoy es Grecia. La
civilización de la que hablamos se hacía llamar los
"Acralontes". Su población no llegaba a ser de más de 150
habitantes, pues intentaban controlar el índice de la natalidad
con el de los fallecimientos. Eran bastante longevos; ya que
podían llegar a vivir cientos de años sin apenas
tenían enfermedades. Llevaban una vida sana, sin ajetreo, y
tengo que añadir que su clima era el ideal, con unos inviernos
cálidos y unos veranos frescos, motivos que seguramente
alargaban sus vidas.
Toda
la comida se la proporcionaba el mar; por lo tanto el sector
económico más importante era la pesca. También
cultivaban hortalizas y otros alimentos, pero las cosechas no eran lo
suficientemente buenas como para poder vivir del campo y lo que
producían era, frecuentemente, para el consumo propio.
También tenían algunos animales; pero no los usaban como
fuente de alimentación; sino como animales domésticos o
de carga.
La
población estaba dividida en tres pueblos: Astipalea, Mikonos y
Syros. No había ningún tipo de disputa entre ellos y la
convivencia era perfecta.
Para
ellos, los edificios que tocan el cielo y las grandes empresas no
existían, ya que con una sencilla casa de barro y un
pequeño patio con jardín les era suficiente para llevar
una vida más tranquila y saludable.
Tampoco existían los coches, ya que los trayectos entre los
pueblos eran muy cortos y en pocos minutos la isla podía ser
recorrida en su plenitud. Una de las claves de su buena vida y de su
escasez de problemas físicos era que no conocían la
polución, ni la contaminación, ni el efecto invernadero,
ni todos esos desastres medioambientales.
Para
ellos, el tabaco no existía, pero sí poseían una
especie de planta que cultivaban en grandes cantidades, que les
despertaba y les hacía estar más activos. Tampoco
conocían el dinero; con un simple trueque les bastaba para
adquirir nuevas cosas. Hacían mercado dos veces al mes. En
él se reunían todos los vendedores con sus mejores
productos dispuestos a hacer todos los cambios oportunos para conseguir
vender su mercancía y adquirir lo que precisaban. Este mercado
se realizaba en la plaza de Syros, que era el lugar donde se
reunían también para celebrar cualquier tipo de evento
religioso, cultural...
En
cuanto a su religión debemos decir que mostraban su fe hacia los
elementos de la naturaleza: el sol, el mar, la tierra, el fuego.... No
tenían dioses, y rezaban para que el tiempo les
acompañase, las cosechas fueran buenas, los bancos de peces
fueran abundantes y no hubiese ninguna inundación o
catástrofes naturales.
En
cuanto a su organización social hay que decir que no
tenían reyes, ni esclavos. La sociedad se dividía en tres
grupos: los Lipsus ( la persona que trabajaba para después
vender sus productos ) , Patmos ( la persona que trabajaba y que
utilizaba sus productos para su propio uso) y los Naxos ( personas que
habían cometido algún tipo de infracción ) .
Los
Naxos tenían unas leyes que debían de ser cumplidas, eran
más bien sencillas, y tenían unos encargados para decidir
quién los cumplía y quién no.
Las faltas más graves podían ser castigadas con una pena
de mazmorra. Pero si algo hay que destacar de esta civilización
era su buen comportamiento y su madurez; ya que pocos eran los que
incumplían la ley, pues sus vidas eran muy cómodas y con
pocos sobresaltos.
La
historia de los acralontes había sido muy breve; es decir, no
hacía mucho tiempo de su origen, pero su desarrollo había
sido muy rápido y constante. A pesar de que vivían de la
pesca básicamente, nunca se habían planteado ir en busca
de otras tierras. Una de sus ideas era que si el resto de la
civilizaciones se enteraban de su existencia, se interesarían
por ellos y seguramente les quitarían su integridad y con ello
llegaría su destrucción. Eran capaces de construir barcos
que aguantaran largas travesías sin hundirse, sus ideas
conservadoras les impedían probar suerte fuera de su isla.
Pero
claro, como en todos los lugares, allí también
había alguien con un espíritu emprendedor y con ganas de
vivir aventuras. Sobre todo quería conocer otros mundos porque
le aburría hacer siempre lo mismo, en el mismo lugar, a la misma
hora , dentro de la misma isla. Este Acralonte se llamaba Argos y era
un joven marinero, hijo de Lipsus ( es decir, trabajadores que
vendían su producción ). Su padre se llamaba Crigor y era
pescador de toda la vida, gran conocedor de las aguas del mar Egeo,
pues más de tres cuartos de su vida los había pasado
navegando.
Estos
conocimientos se los había transmitido a su hijo, pero Argos
aparte de conocer las aguas, también quería conocer otras
tierras. Estos deseos se los comunicó a su padre quien muy
preocupado no quiso ni apoyarle, ni desanimarle. Le dijo que
podían someterle a un juicio, ya que los acralontes no
querían conocer tierras nuevas y además, a cualquiera que
saliese de la isla en busca de nuevos horizontes, le quitaban sus
intenciones con unos meses de castigo dentro de las mazmorras. Por otro
lado, nunca podría ir solo pues necesitaría una
pequeña tripulación de confianza, y en ese momento
había muy poca gente que quisiera jugarse la vida por conocer
horizontes nuevos.
Argos le dijo que no se preocupase, que él se encargaría
de buscar unos buenos marineros con ganas de aventuras, y con la
confianza suficiente como para que no se lo contasen a nadie para que
no se corriese el rumor por la isla. El padre no sabía
cómo arreglárselas para que su hijo no hiciera esa locura
y pensó que lo mejor sería que al propio Argos se le
fueran las ganas de llevar a cabo su propósito.
Dos
meses más tarde, cuando su padre había olvidado por
completo las intenciones de su hijo, Argos le dijo que tenía
pensado partir al cabo de dos semanas. El padre sorprendido le
respondió que, o conocía a la tripulación, el
barco y la zona por donde tenía planeado navegar, o que de
ninguna manera le dejaría marcharse de casa. Argos le dijo que
no había ningún problema, pues al día siguiente le
mostraría la nave, la tripulación y los planos de
navegación. Argos durante estos dos meses había estado
ideando todo acerca del viaje y tenía todo bien dispuesto.
Al
día siguiente Argos llevó a Crigor al puerto y le
enseñó un barco no muy grande, de unos 15 metros de largo
y 6 de ancho. En el centro tenía un gran mástil con una
torreta en la parte superior.
El barco, según dijo el padre, no parecía malo,
así que le dijo que le echaría un vistazo para mejorar
algunos defectos.
El
día siguiente Argos llevó a Crigor al puerto de nuevo
donde se encontraban sus cuatro acompañantes de viaje. Uno de
ellos se llamaba Granica, era alto y robusto, con muchas horas de
experiencia en el mar. El segundo era Cíclades, bajo y gordito
pero sabía interpretar muy bien los mapas y las estrellas,
mediante las cuales se podrían orientar. El tercero se llamaba
Jónico, era el más joven de todos, pero el que más
ganas tenía de partir y de encontrar emociones nuevas. Y por
último estaba Corfú, que era el mejor amigo de Argos y
quien le acompañaba a todos los sitios sin dudarlo en
ningún momento. El padre quedó satisfecho y convencido de
que la tripulación que llevaba no le fallaría a su hijo y
que le ayudarían en situaciones peligrosas.
Un día más tarde Argos le enseñó los planos
que había estado preparando los últimos dos meses en su
habitación. Aparecían todos los detalles de los
alrededores de la isla y también había trazado unos
caminos que supuestamente iban a ser los que iba a seguir para
descubrir una tierra nueva.
Cuando
su hijo acabó de enseñarle todo a Crigor, tuvo que
reconocer que lo había hecho muy bien y que lo único que
le quedaba era que la aventura se desarrollara bien, sin que sufriesen
ataques de animales marinos, y que la mar les respetase. Para ello,
Crigor pasó las últimas dos semanas rezando y haciendo
ofrendas a sus dioses, que eran las fuerzas de la naturaleza, para que
favoreciesen a su hijo durante su ausencia de la isla.
Para
Argos las últimas dos semanas antes de su viaje fueron las
más largas de su vida. Por una parte, le daba muchísima
pena dejar su tierra, sus costumbres, su familia, quién
sabía si volvería algún día... Pero por
otra parte, no podía estar quieto en casa, no quería que
su vida fuese tan simple, quería pasar a la historia por haber
descubierto alguna civilización o alguna nueva tierra y, a la
vez, relacionarse con seres nuevos; aunque su raza estuviese en contra
de simpatizar con ellos.
Esos
quince días pasaron y llegó el día de zarpar.
Nadie fue a despedirlo; ya que habían ocultado la
expedición que iban a realizar, porque sabían que si el
resto de los acralontes se enteraban de sus intenciones iban a tener
serios problemas para seguir adelante. Así que se abrazó
a su padre y se despidió con un sencillo "hasta pronto".
Soltaron amarras y zarparon rumbo hacia el norte.
En
las
bodega del barco llevaban una gran cantidad de alimentos y de agua,
incluido un liquido parecido al vino y otro parecido a la cerveza, pero
sin alcohol. Llevaban un pequeño botiquín de auxilio con
algunas medicinas naturales para cualquier imprevisto que surgiese y un
pequeño bote salvavidas en el que podrían entrar unas
tres o cuatro personas, cinco a lo sumo.
El tiempo y la mar serían buenos durante los primeros
días de viaje según oyeron algunos que estudiaban la luna
y su influencia en la climatología. En la primera ruta que
tomaron no encontraron absolutamente nada, tampoco en la segunda, ni en
la tercera, ni en la cuarta. Al cabo de tres semanas estaban casi
desesperados, pues no sabían que el estar tanto tiempo sin pisar
tierra firme iba a ser tan duro.
Aún
así no querían rendirse y siguieron explorando, esta vez
sin seguir ningún plano, más bien abandonados a la suerte.
Amaneció
una mañana clara, con pequeñas brumas; de repente
Jónico dió un grito impresionante y poco le faltó
para caer desde la torreta de vigilancia. Decía que media milla
al noroeste había visto una peñón, y estaba seguro
de que no era su isla. Argos quedó impresionado y subió
corriendo hacia la torreta para asegurarse de lo que Jónico
había afirmado. Era cierto. Pusieron rumbo hacia el noroeste y
en un par de horas llegaron. Era una tierra muy verde, mucho más
que la suya, aparentemente deshabitada, pero increíblemente
bella. Decidieron tomar tierra, aunque sabían que no se
podían quedar allí mucho tiempo, ya que andaban muy
justos de alimentos. Hicieron un reconocimiento muy rápido de la
isla y lo único que encontraron fue un gran monte en el centro y
mucha vegetación a su alrededor.
Para
sorpresa de ellos, en poco tiempo se nubló el cielo y
comenzó a llover violentamente. Fueron corriendo al barco y
soltaron amarras para que las olas que se habían levantado no
dañasen el barco. Salieron mar adentro, Argos muy nervioso
apuntó las coordenadas en las que supuestamente se encontraba
aquella extraña tierra y se refugiaron los cinco en la bodega.
El barco parecía una montaña rusa, se tambaleaba
muchísimo y los cinco hombres pensaron que nunca jamás
volverían a ver el sol.
La
tormenta se alejó a gran velocidad barriendo todo lo que
encontraba a su alrededor. Los malos augurios que los marineros se
temían se habían disipado al ver que el sol volvía
a lucir con intensidad. El único
daño que había sufrido el barco se había producido
justamente en la torreta, que estaba rota por la mitad; por lo
demás, la nave estaba intacta.
Cuando
se relajaron, decidieron volver a casa en busca de nuevos alimentos y
con su gran noticia. Además ahora, ya sabían el camino y
en unas semanas podrían volver y descubrir lo que tanto
deseaban: una tierra verde nueva y quién sabe si una
civilización nueva.
Según
decían todos sus mapas y planos, en dos semanas y media
deberían estar en su isla, pero no fue así. Todos
sospechaban que se habían equivocado de dirección y que
estaban totalmente perdidos en medio de un gran océano. Estaban
muy confusos y nerviosos; así que volvieron a revisar los mapas.
Buscando
mapas entre los cajones del barco, Argos encontró un papel con
información sobre astronomía. En ese mapa aparecía
la colocación de las estrellas vistas desde su isla.
La
noche llegó y todos esperaban ansiosos la explicación de
Corfú, pues era el único que sabía algo de
astronomía. Estuvo observando el cielo y comparando los mapas
durante unos minutos y, sin dudarlo ni un momento, dijo que estaban
encima de su isla. Aquel lugar debía ser su isla, pero
allí no había nada. Comenzaron a preocuparse por sus
vidas y por la de sus paisanos.
Todos
hacían sus cávalas sobre qué podía haber
ocurrido, cuando Granica, , dijo que quizás la tormenta
había llegado hasta su isla y la había devorado.
Al
principio todos dieron por imposible esa opción, pero al final
se dieron cuenta de que seguramente eso fue lo que ocurrió. La
tormenta habría ido cogiendo fuerza a medida que avanzaba y
cuando llegó a su tierra, la hundió como si de un barco
de papel se tratara, sin que sus habitantes pudieran hacer nada.
Durante unas horas navegaron a la deriva, totalmente desolados y sin
ánimo de hacer nada. De repente a lo lejos vieron unas luces. Se
acercaron lo más rápido posible y observaron que eran
unos habitantes de su isla. Estaban en un barco semidestruido, pero
seguían vivos. Eran nueve, cinco mujeres y cuatro hombres. Para
Argos encontrarles fue un alivio; entre otras cosas porque
tenían alimentos y agua suficiente como para volver a llegar a
la tierra nueva.
Se
montaron todos los náufragos en el barco de Argos y les contaron
todo lo que había ocurrido. Unas grandes olas habían
desolado la isla, acompañadas de una gran tormenta con rayos y
truenos, con granizos del tamaño de una nuez. Todo ello unido
contribuyó a la desaparición de la isla. Ellos les
contaron cómo habían salido en busca de una nueva
civilización y aunque los náufragos se quedaron
sorprendidos, en ese momento les dió igual todo y partieron
rumbo a Tierra Nueva.
Fue
una auténtica suerte que ese grupo de hombres y mujeres
consiguiesen salir de la isla con vida. Argos estaba muy feliz a pesar
de haber perdido a sus seres queridos porque iba a poder llegar a
Tierra Nueva y descubrir lo que allí había. Al cabo de
una semana y media llegaron a unos grandes acantilados. Amarraron el
barco en una pequeña playa que allí había y
decidieron hacer de exploradores.
Se
dirigieron directamente al centro, donde se situaba la montaña
más alta que habían visto nunca. Decidieron llamar a la
tierra que habían encontrado "ESPERANTO" ya que esperaban que
significase el comienzo de una nueva civilización llena de
esperanza; además, era muy verde y el verde significaba el color
de la esperanza.
En
Esperanto no tuvieron problemas para alimentarse, ya que había
todo tipo de frutas en los árboles y muchos manantiales en los
que beber agua. La tierra era increíblemente verde y
fértil.
Decidieron subir aquella montaña para poder observar la
extensión de aquella tierra. Les costó subir, pero al
llegar mereció la pena, ya que las vistas eran
magníficas. Esperanto era una extensión de tierra sin fin
y decidieron quedarse a vivir al pie de la montaña, cerca de un
río.
Allí
crecieron año tras año las raíces de una gran
civilización. La crearon perfeccionando los errores que tuvieron
en su pequeña isla. Descubrieron que en el mundo no estaban
solos, y que solos tampoco podían vivir.
Quién
sabe si en estos momentos están creando una nueva
civilización más pura que las anteriores en algún
lugar desconocido del planeta....
FIN
Koldo
Ayesta Zaballa.
2º Premio en el XIV Certamen de Relato Corto Categoría
infantil del Ayuntamiento de Llodio.
|