Cuando Alberto
salió aquel anochecer a depositar su basura en los contenedores
que el ayuntamiento había colocado enfrente de su portal, se
sorprendió al encontrar junto al depósito de restos
orgánicos un ataúd.
"Claro",
pensó. "Es lógico. Lo que hay dentro debe de ser sin duda
de origen orgánico." Se imaginó la incertidumbre y los
titubeos de quien, tras mucho cavilar, lo había dejado por fin
al pie del contenedor verde. Que decidiera el personal de recogida, que
para eso eran especialistas técnicos en higiene urbana. Un
ciudadano de a pie no tenía por qué dominar tales
sutilezas.
Y
recordó la cantidad de veces que a él mismo le
habían surgido las dudas a la hora de clasificar la basura.
Porque a menudo lo desechable no es blanco o negro, sino infinitas
variedades de gris. A veces se encuentra uno con inquebrantables
alianzas de metal y vidrio, o de plástico y papel que casan mal
con los planes del municipio.
Pero
se
fijó más despacio en el ataúd. Tenía un
tamaño raro, ni pequeño ni grande, sin ningún
signo externo, una caja alargada de tablones sin pulir de un color
pardo, como si se hubiese reutilizado muchas veces o como si hubiese
recorrido un gran camino expuesto a toda clase de inclemencias. No se
atrevió a levantar la tapa, que se veía precariamente
clavada con media docena de puntas de acero. ¿Qué
habría dentro? ¿El cuerpo de un niño a punto de
dejar de serlo? ¿El cadáver de un adulto de
pequeña estatura? Miró a ambos lados de la calle y, tras
comprobar que en ese momento no se acercaba nadie, le dio un
pequeño puntapié a la caja para sopesar su contenido.
Comprobó que estaba llena porque resistió el embate con
solidez, se encogió de hombros en un gesto espontáneo de
incomprensión o de desapego y volvió a entrar en el
portal. Al fin y al cabo, no era asunto suyo.
Junto
a
la puerta del ascensor, Alberto se encontró con Cecilia, la
vecina del cuarto que todas las tardes bajaba un rato al hogar del
jubilado en el que tenían organizada una partida de bingo que
levantaba pasiones entre la decena de adictos que constituían el
grupo habitual. Alberto llevaba doce años viviendo en el
edificio y siempre había conocido a Cecilia, en invierno y en
verano, con aquel gorro amarillo de lana que le daba el aspecto de un
bebé demasiado crecido. El ascensor estaba en uno de los pisos
altos, así que Alberto se vio obligado a darle a la abuela un
poco de conversación que fuese más allá del
"buenas noches" de rigor.
-Cecilia,
¿se ha fijado que junto a uno de los contenedores de basura
alguien ha dejado un ataúd? -le dijo a modo de comentario
transicional.
-Desde
luego, la gente cada vez es más descuidada -respondió
aquella, dando escasos signos de haber prestado la más
mínima atención a la noticia.
-¿Qué
cree usted que habrá dentro?
-insistió Alberto, empeñado en hacer partícipe a
la vecina de su más profunda curiosidad.
-¡Qué
sé yo, hijo! -eludió la anciana el
compromiso-. Tal vez un muerto, ¿no? Tal vez un regalo de boda
no deseado. ¡Qué sé yo!
Llegaron
a la cuarta planta, donde descendió Cecilia, y Alberto
continuó subiendo hasta el sexto.
Al
entrar
en casa, Alberto seguía intrigado, pero ante la imposibilidad
inmediata de resolver el misterio, encendió el televisor y se
sentó frente a él. Empezaban las noticias. Emitieron
información local, nacional e internacional, como siempre, nada
extraordinario. Efectuaron un alto publicitario antes de los deportes
y, a continuación, apareció un busto parlante dando
cuenta pormenorizada de todos los resultados de la liga de
fútbol. Alberto, Le pareció oír entre las nieblas
del sueño una noticia de alcance, el accidente sufrido por un
coche fúnebre en la circunvalación de la ciudad y el
consiguiente extravío de un féretro. Creyó
entender que alertaban a los ciudadanos y pedían su
colaboración ante este hecho insólito, pero cuando
Alberto abrió los ojos sobresaltado, la sintonía del
final de la programación estaba ya en el aire.
Pensó
que habría sido una traición de su
subconsciente. Se levantó del sofá, se frotó
enérgicamente la nuca y se asomó a la ventana. Sin
quererlo, su vista se fijó en los contenedores de basura,
allí, seis pisos más abajo. El extraño
ataúd seguía en el mismo sitio, pero arrodillada junto a
él descubrió la silueta inequívoca de Cecilia.
¿Era ella? Desde luego, allí estaba su gorro amarillo,
seña de identidad más válida que ningún
documento. Pero ¿qué hacía? Estaba colocando unas
flores sobre el ataúd. ¿Por qué, si no
había mostrado el más mínimo interés cuando
se lo comentó, bajaba ahora, de tapadillo, a rendir aquel
homenaje? ¿Qué sabía ella que no le había
contado?
Mientras
Alberto seguía interrogándose desde su atalaya, Cecilia
desapareció de su ángulo de visión. Alberto se
acostó confuso esa noche y le resultó difícil
conciliar el sueño. Se despertó súbitamente de
madrugada. Sentía la vejiga llena. Fue al baño y, al
volver, antes de meterse de nuevo en la cama, se asomó a la
ventana. Alrededor del estrambótico ataúd había
cuatro moteros enfocando toda la potencia de sus faros delanteros sobre
la caja. Le dio la impresión de que ejecutaban algún raro
ritual. En un momento dado, vertieron algún líquido
procedente de un frasco sobre la caja; permanecieron todavía un
rato haciendo extraños gestos; luego, arrancaron de forma
sincronizada y desaparecieron.
¿Quién
demonios estaba encerrado en aquel ataúd
que atraía lealtades tan diversas? Alberto ya no
consiguió pegar ojo en toda la noche, debatiéndose entre
las sábanas sin encontrar postura. Amanecía cuando el
estruendo del camión de la basura lo hizo volver a la realidad.
Corrió hacia la ventana para acechar en qué condiciones
se producía la recogida. El vehículo, con sus luces
parpadeantes, se detuvo frente a los
contenedores
y descendieron de él dos empleados enfundados en
sendos monos de color pistacho. Procedieron con método al
trasvase de bolsas y comentaron algo entre ellos señalando el
ataúd.
Ahora
que
había algo de luz, Alberto pudo distinguir mejor lo que por la
noche no habían sido más que conjeturas. Vio que las
flores depositadas por Cecilia sobre el féretro no eran
más que restos de una poda de geranios que presumiblemente la
vecina había realizado en las macetas de su ventana y que el
extraño ritual practicado por los moteros de madrugada se
reducía a unos cascos vacíos de cerveza. Los basureros
recogieron todo este material de desecho, pero no hicieron el
más mínimo intento de mover el ataúd. Subieron al
camión y arrancaron, perdiéndose calle abajo.
Alberto
no salía de su asombro. Se vistió a toda velocidad y
bajó a la calle. En el portal se cruzó con Cecilia,
agazapada bajo su gorro amarillo y con una barra de pan integral en la
mano. Al parecer, le gustaba desayunar con el producto de la primera
hornada, pero Alberto no le hizo ningún comentario al respecto.
-¿Por
qué salió ayer a poner flores en el
ataúd? -le preguntó a bocajarro.
-¿Yo?
¿Flores? ¿En qué ataúd?
-parecía un desconcierto sincero. No mostraba signos de recordar
nada del comentario que él le hizo la víspera al
encontrarse en el ascensor. La dejó con la palabra en la boca y
se lanzó a la calle. Junto al contenedor seguía la caja
en la misma posición. La observó desde todos los
ángulos sin llegar a ninguna conclusión.
Subió
a casa de nuevo, sin cruzarse con nadie esta vez.
Intentó distraerse poniendo al día varios asuntos que
había ido relegando una y otra vez por falta de tiempo, pero le
resultaba imposible concentrarse. Avisó al trabajo que no
acudiría debido a una enfermedad transitoria y se
apalancó junto a la ventana, sin quitar ojo del inusitado
ataúd que a nadie más que a él parecía
llamar la atención.
Transcurrieron
las horas, lentas y pesadas, sin novedad. A eso de las tres, un perro
se detuvo junto a la caja, la olisqueó, levantó una pata
y meó
sobre
ella. Alberto sintió que algo se sublevaba en su interior por el
agravio inferido. Esto le llevó a tomar una
determinación. Descolgó el teléfono y marcó
el número de Servicios Municipales.
-¿Un
ataúd? -le preguntó la funcionaria de turno
con voz aburrida. Alberto se la podía imaginar mascando chicle y
limándose las uñas mientras hablaba con él-.
¿No será un paquete bomba? -le sugirió con la
misma falta de emoción.
-No,
no
lo creo. Estoy seguro de que contiene un cadáver. ¿No
podrían enviar a alguien para recogerlo?
-Es
que
el servicio de recogida de muebles y utensilios no toca hasta la semana
que viene -dijo sin inmutarse.
-¿Y
si se tratase de una bomba? -Alberto intentó hacerla
reaccionar.
-Entonces
no es asunto del Ayuntamiento. Debe usted llamar al 112 para que le
envíen un equipo de artificieros -y colgó sin esperar
respuesta.
Alfonso
regresó junto a la ventana. Observó el objeto durante
unos minutos más sin advertir ninguna variación.
Volvió a levantarse y llamó al 112. Luego, bajó a
montar guardia junto al ataúd mientras esperaba a la patrulla o
lo que demonios enviasen desde el centro de emergencia. Miró con
conmiseración a la caja presentando sus respetos a quien fuese
que se hallara en el interior.
Poco
después llegó un furgón del que descendieron
cuatro individuos protegidos hasta las cejas como si se enfrentasen a
un desastre nuclear. Dos de ellos empezaron a bajar piezas que iban
montando sobre la acera, hasta armar lo que parecía un robot de
desactivación, mientras los otros dos acordonaban la zona.
Ninguno se dirigió a Alberto más que para ordenarle que
se apartara porque podía haber peligro.
Transcurrida
más de una hora y efectuadas todas las pruebas,
concluyeron que lo que hubiera dentro de la caja no era de naturaleza
explosiva. Así que recogieron todos sus bártulos y el
equipo de artificieros se esfumó en su camión blindado.
El ataúd volvió a quedar abandonado y Alberto
sintió en su fuero interno una mezcla de ridículo e
impotencia.
No
era
hombre religioso. De hecho, ni siquiera recordaba la última vez
que había pisado una iglesia, pero algo le impulsó a
buscar una solución drástica. Se acercó a la
parroquia de Santa Eufemia donde encontró al cura en la
sacristía, repasando el recibo de la compañía
eléctrica y quejándose a media voz por el precio del
kilowatio. Era un hombre que no llegaría a los cuarenta, con
aspecto deportista y mirada franca. Alberto le refirió el caso.
-Ya
no
sé a quién recurrir. A nadie parece importarle que un
cuerpo se halle abandonado en medio de la calle. Estamos perdiendo la
sensibilidad y eso me preocupa.
El
cura
le miró perplejo. Luego se ruborizó, se rascó la
oreja izquierda y, por fin, balbuceó:
-Bueno...,
verá... Deje de preocuparse. Esa caja que usted me
describe, no es ningún ataúd. Ayer estuve haciendo
limpieza en el albergue. Los vagabundos que duermen en él,
cuando se van, dejan tras sí todo lo que no les sirve: ropa
demasiado gastada, zapatos viejos, linternas rotas..., esa clase de
cosas. Fui yo quien metió todo ello en esa caja, que nadie sabe
tampoco cómo llegó hasta aquí, y lo dejé
junto a los contenedores porque no sabía cómo deshacerme
de ello. No sabe cómo siento haberle creado tanta inquietud.
Alberto
salió de la sacristía sin despedirse. Se veía a
sí mismo como un ser grotesco y zaherido, un bufón
anacrónico expuesto al escarnio público. Es posible que
los demás no lo vieran así, que ni siquiera se hubiesen
dado cuenta de nada, pero esa era su propia percepción y le
bastaba.
Al
llegar
a la altura de los contenedores, de regreso a su casa, se acercó
a la caja que no era un ataúd y le propinó una buena
patada con todas sus ganas. El golpe hizo que volcara y saltara la
tapa, precariamente clavada con unas pocas puntas. Sobre la acera
quedó desmadejado el cuerpo inerte de un niño de unos
doce años. A la altura de la base del cráneo dejaba ver
una mancha oscura de sangre seca.
Esther
Zorrozua
Berango, 8 marzo 2004
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