Sara, la madre de
Melisa, se dedicó a llenarle la cabeza de pájaros a su
hija.
Primero
se los traía, sujetos entre sus manos, impidiéndoles
escapar. Y después le describía el batir de sus alas.
Ella no podía verlo, si los agarraba como a un manojo de
espárragos.
Melisa
tardó poco en imaginar sus plumas acariciándole las
raíces del cabello. Menos aún en sentir cómo le
hacían virguerías sobre las sienes. Aprendió a
pensar y a sentir con las sombras de los revoloteos cubriéndole
la realidad.
Melisa
comenzó por desconocer qué había bajo sus suelas.
Poco a poco, dejó de tocar con los pies en el suelo.
Olvidó los calcetines y las zapatillas, ya no sentía ni
siquiera brumas bajo las suelas. Nada. Desde sus tobillos hasta las
baldosas tan sólo quedaba una distancia. No podía definir
dos. La silueta de sus piernas terminaba allí, en dos recortes
que parecían de trapo. Si alguna vez tuvo empeine, realidad o
dedos apuntalados con uñas debió de ser previo a la
llegada de los pájaros.
A
medida
que septiembre transcurría, Melisa esperaba con ilusión
su entrada en la Universidad. Había decidido estudiar logopedia,
aun ignorando las materias que se impartían. Cuando
solicitó la plaza, se preocupó por la localización
del campus. Era necesario que estuviera lejos de su casa, para plantear
la posibilidad de trasladarse a otra vivienda.
Durante
el verano advirtió a sus padres, del impedimento de atravesar
diariamente la ciudad: desde las afueras de la zona norte, hasta la
periferia de la zona sur.
Al
principio, tanto Sara como Antonio se resistieron a aceptar la idea.
-
El
servicio de autobuses funciona bien- respondía su padre
rascándose la barba.
Sin embargo, apenas un mes después, comenzó a mostrarse
de acuerdo con Melisa.
- El tráfico por las mañanas da asco- decía
apoyando los ruegos de su hija.
Su
madre, por el contrario, seguía insistiendo en la eficacia de
los autobuses. En realidad, solía referirse al transporte
público en general, tratando de disimular que mantenía el
argumento inicial de su marido. Porque en el complejo residencial donde
vivían, no circulaban trenes, metros ni tranvías. El
tránsito interurbano lo determinaba el tráfico
automovilístico.
Se trataba de una urbanización de chalets adosados, rodeados por
un diminuto jardín y cercados por una verja cubierta de hiedra.
La zona transmitía un aire de bienestar, que disimulaba la
decadencia de sus habitantes. Las fachadas edulcoraban la mísera
moral que acontecía en el interior de las casas.
A Melisa no le había hecho falta insistir demasiado. Una vez
obtuvo el permiso paterno, su madre no tardó en asentir. Sara
conocía el escaso valor de sus opiniones. Las decisiones las
tomaba Antonio.
Desde aquel momento, Sara empezó a devorar los titulares de los
sucesos. Era entonces cuando, arrugando el embozo de la sábana
entre los dedos, temía la marcha de su hija más que la de
su propia vida.
- ¿Y si le pasa algo, Antonio?- le decía con angustia a
su marido- ¿La vamos a dejar marchar tan niña? Dieciocho
añitos. Además es tan infantil… Aún colecciona
estampitas…- Y proseguía- Que vaya a la universidad está
bien, pero a vivir a un piso de alquiler… ¡Vete tú a saber
qué guateques celebrarán allí! ¡Ni a
qué gañanes invitarán por las noches! ¿Es
lo que quieres para tu hija, Antonio?
Y suspiraba recordando el momento en el que Melisa, con diez meses y
dos días, le soltó la mano, mantuvo el equilibrio y dio
sus primeros pasos. En ese instante, apretaba sus puños con
más fuerza, arañando la sábana humedecida por el
sudor.
- Anda venga, ponle alguna pega para que no se vaya- finalizaba con voz
zalamera.
- ¡Deja de lamentarte! Sigue gimoteando, y seré yo quien
se vaya- le amenazaba él- Ya te compraré una mascota para
que no te sientas sola- añadía con altivez.
Ante el desprecio de su marido, Sara callaba dejando caer la mirada
sobre los tulipanes estampados de la colcha. Conocía qué
anunciaba la actitud de Antonio y prefería evitarlo. Con la
cabeza gacha, aparentemente distraída, esperaba a que él
apagase la luz. Mientras, seguía apretando el embozo de la
sábana.
Cuando empezaba a oírle roncar, se levantaba con sigilo y se
acercaba al dormitorio de su hija. La puerta siempre estaba cerrada.
Pero ella, apoyada en la pared de enfrente, trataba de imaginarla con
su somnoliento rubor, respirando la tranquilidad de un hogar que
creía tierno, soñando con vigorosos aleteos.
El día del traslado de su hija, Sara se esmeró en
engalanar el comedor y en preparar una cena exquisita.
- De despedida, cielo. A partir de ahora empiezas una nueva vida- le
repetía su madre, impidiendo que se le notase el miedo.
Melisa, sin embargo, estaba muy contenta terminando de empaquetar sus
últimas estampitas.
- De vírgenes, cristos y catedrales- especificaba, si las
visitas de su padre (su madre no invitaba a nadie) se interesaban por
sus aficiones.
También, aunque lo encontraba inconfesable, guardaba
algún que otro pequeño calendario con fotografías
más profanas. De los que abundan en carnicerías o bares
regentados por hombres rudos, de los que utilizan los abueletes para
sacudirse las canas al son de: “Te iba a coger yo a ti, rubia, y te iba
a… Y te iba a…” Y en ese momento se les acaba el sueño, de nuevo
el pelo blanco y la rubia vuelve a no ser más que una vulgar
foto de cartón plastificado.
Mientras Melisa se arreglaba para la cena, Sara se ocupaba de los
últimos detalles. Confiaba en que su marido se retrasase. En que
(al ser una noche especial) se detuviese a comprar pasteles o bombones.
Sin embargo, Antonio no requería esas pequeñeces para que
Sara oscilase entre la abnegación y la nulidad.
Su marido abrió la puerta de la cocina. No se había
quitado la chaqueta, ni siquiera había dejado el maletín
en el recibidor como acostumbraba. Tampoco había traído
pasteles ni bombones. Emitió un saludo apático, apenas
audible, y se asomó al comedor.
- Todavía está la mesa sin poner- gruñó.
- Enseguida, cariño. ¿Cómo te ha ido el
día?- le preguntó ella con ternura.
- Peor que a ti, seguro. Yo cumplo con mis obligaciones. Tú…,
sólo tienes que fregar y cocinar. Y ni siquiera lo haces a
tiempo- le reprochó mientras sacaba una cerveza del
frigorífico.
- Perdona. Tienes razón, pero es que…- trató de
añadir enterneciendo aún más el tono de voz.
- No me vengas con excusas- le interrumpió él- Claro
que…, las excusas son propias de los fracasados- le dijo con
displicencia, sirviéndose la cerveza en un vaso.
Sara se acercó a él para besarle, sosteniendo una bandeja
de aperitivos. Antonio le apartó la cara, cogió un trozo
de jamón serrano y salió de la cocina con el vaso de
cerveza.
Aquella noche, Melisa se puso un vestido elegante. Discreta, pero
atractiva. Ella hubiera preferido un maquillaje más exagerado y
un escote atrevido. Parecerse en algo a las chicas que tenía en
los calendarios, pero no podía. No ante una madre tan pudorosa,
que incluso en la playa se cubría con un enorme pareo.
- Las chicas tan resultonas acaban solteras. Los hombres de bien, como
tu padre, no se casan con ese tipo de mujeres. Se acuestan con ellas,
pero no se casan.
Se lo había escuchado repetir, siempre que alguna de sus
compañeras de colegio llegaba de visita con la falda del
uniforme por encima de la rodilla.
Madre e hija extendieron el mantel y distribuyeron los cubiertos.
Mientras, Antonio consolaba su apetito con los entrantes de una bandeja.
Melisa era hija única. Varias veces le preguntó a su
madre porqué no tenía hermanos, pero siempre obtuvo la
misma respuesta:
- Dios no ha querido dárnoslos.
A lo que ella se preguntaba, si la decisión de Dios, la
había tomado su padre o su madre.
Finalmente, Sara trajo los platos.
- La vajilla buena- solía decir ella -Son exclusivísimos,
parecen de diseño- repetía con entusiasmo.
Melisa los encontraba demasiado bastos. Tenían un pájaro
verdusco muy grande dibujado en la base, y ciento volando en una
especie de ribete. Siempre los había mirado con cierta
intranquilidad. El ojo negro, tan negro, del enorme pájaro le
infundía un poco de miedo. Además estaba justo pintado
sobre un pegote de cerámica, que le daba relieve. Es de un
realismo insoportable, pensaba ella.
Cenaron espárragos con bechamel y codorniz asada, mientras
hablaban en un tono insípido de las noticias que iba dando el
telediario. Uno tras otro, desfilaron los abusos acompañados de
una voz aséptica. Incluso ante las estadísticas de
mujeres maltratadas, el presentador continuó hablando con su
tono monocromático. Las cifras, en azul, aparecían sobre
una tira vainilla en la parte baja de la pantalla. Nadie diría
que representaban cadáveres.
Los tres utilizaban términos vacuos, que enfatizaban con el tono
de voz, para suplir su falta de significado. Cada uno tenía su
opinión al respecto, pero decirla supondría ser juez,
víctima o verdugo.
Delante de su hija, la relación entre Sara y Antonio se
caracterizaba por una tibieza desabrida. Melisa veía en ella
tedio malhumorado, pero no le daba mayor importancia, que la
correspondiente a dieciocho años de matrimonio.
Ante cuestiones polémicas, marido y mujer, se repartían
la expresión “No hay derecho”, alternando los turnos en los que
les correspondía decirla. El que permanecía en silencio,
negaba con la cabeza. Su hija disfrutaba viéndolos comportarse
como ventrílocuos. Una sonrisa de inmadura superioridad le
iluminaba la cara.
Tomaron el postre, brindaron con un cava que se excedía de su
presupuesto (normalmente Sara compraba el de oferta) y Antonio se
escabulló hasta la sala de estar, zafándose de recoger la
mesa.
- No pinto nada entre chismes de mujeres- se excusó.
Sin embargo, sobraban tanto la disculpa como la rudeza, pues nunca se
había ocupado de las tareas domésticas.
Habiendo terminado el telediario, Melisa prefería evitar a su
madre. Percibía en ella un deje quejumbroso (desproporcionado
para su cómoda vida), que le transmitía una asfixia
ridícula.
En cuanto tuvo la oportunidad, corrió a su dormitorio a llamar
por teléfono. Buscó el número en la agenda y se
quitó las sandalias, para tenderse sobre la cama.
Esa noche celebraban la fiesta de bienvenida en su nueva casa.
Tenía que asegurarse de que Luisa, una de sus compañeras,
le dejaría un vestido de satén negro, ajustado, y escaso
de tela. Parecido a los de las rubias de sus calendarios.
Con él sobre la piel, no tardaría en encontrar un hombre
que se lo quitase. Dieciocho años bajo una apariencia monjil le
parecían infinitos.
Desde su habitación, oyó un estruendo. Por su magnitud,
pensó que a su madre se le habrían caído varios
recipientes.
Se despidió de Luisa, y salió al pasillo descalza. De
camino, escuchó los ronquidos de su padre. Aunque le
extrañó (que el ruido no le hubiera despertado), se
acercó al recibidor con sigilo. El impacto había
impulsado algunos trozos hasta allí. Por el color verdusco de la
cerámica, supo que pertenecían a los platos.
Avanzó hacia la puerta de la cocina, procurando no pisarlos.
Cuando se detuvo frente a ésta, vio junto a uno de sus pies un
pedazo más o menos triangular. Un pegote negro sobresalía
de la superficie. Era el ojo del pájaro, apuntando hacia ella.
Se asomó a la cocina y encontró a su madre de espaldas,
en cuclillas. A su alrededor, estaban los pedazos más grandes de
los platos. Junto a la alacena, se había precipitado una tajada
de codorniz. Bajo la nevera, había caído un hueso.
Los ronquidos de Antonio comenzaban a disminuir, pero su
respiración continuaba siendo abrupta.
Agachada como estaba, a Sara se le había replegado el jersey
hacia las axilas. Su hija pudo verle los cardenales que asomaron.
Melisa trató de encontrar una explicación al respecto.
Intentó recordar si su madre se había caído
hacía poco, si se lo había comentado… Sin embargo,
durante los últimos días no había notado nada
inusual en ella. Junto a su pie, a la altura de sus uñas, el ojo
del pájaro.
Observó de nuevo la espalda de su madre, cuyo blancuzco quedaba
interrumpido por ovoides difuminados. El color venoso de sus bordes, se
teñía de morado al llegar al punto más intenso de
cada golpe.
Sara se arrodilló, se sentó sobre sus pantorrillas y se
quedó mirando los trozos de cerámica, apilados en una de
sus manos.
Desde el cuarto de estar, llegó una tos seca, seguida de varios
crujidos. Su madre se estremeció, como si una hilera de hojas
secas se quebrase bajo su piel. Sin embargo los ronquidos retomaron el
ritmo, escarpado por la tos.
Sara juntó dos pedazos de un plato, que se había partido
por la mitad. El esmalte había quedado descascarillado, dejando
ver la rotura. Su madre negó con la cabeza. Aun
pegándolo, quedaría una hendidura demasiado vistosa.
Melisa miró la grieta. No sólo cruzaba el pájaro
central, también interrumpía el vuelo de los
pájaros del ribete. Ya no eran ciento volando, si no ciento. A
través de la grieta, la realidad se colaba a raudales.
La espalda es el espejo de su alma, pensó ella. El que esconde
ante mí, el que no confiesa el maltrato, por más que la
amenacen con dejarla de espaldas al aire.
La respiración de Antonio se había ido atenuando.
Parecía haber descendido un acantilado. Primero, a trompicones
entre las rocas escarpadas. Después, deslizándose sobre
los contornos erosionados. Ahora, comenzaba a escucharse de forma
brumosa.
Sara seguía arrodillada, rodeada por la muerte de unos
pájaros, que nunca habían agitado las alas fuera de la
vajilla. Hasta el momento, Melisa había sobrevolado la vida,
mirando sólo su espejismo. Lejos del idilio, le supo a
cerámica y pintura acrílica; platos rotos y huesos
desparramados.
-
¿Te…, ayudo?- Se atrevió a preguntar. En su voz temblaban
las lágrimas, como si pendiesen de su garganta,
resistiéndose a caer.
Su madre se incorporó, girándose hacia ella.
Estiró el jersey hasta el inicio de la cadera, y situó
las costuras laterales para acomodarlo a la forma de su cuerpo.
- Deja. Ya lo barro yo, cielo.
Melisa sintió que las lágrimas le inundaban la garganta.
La humedad le desgarraba la voz.
- No quieres que… ¿No quieres…, que haga nada? ¡Necesitas
ayuda!- Insistió Melisa.
Sus brazos contra el pecho, trataban de contener el llanto ante una
realidad drástica, inimaginable.
- Haz el favor de calzarte- le advirtió-, no está el
suelo como para que lo toques con los pies.
Su hija se acercó, sorteando los platos rotos. Abrazó a
su madre y apoyó la cabeza sobre su hombro. Melisa
comenzó a llorar.
- Quiero quedarme a tu lado- Le dijo entre sollozos- Juntas lo
superaremos.
Le cogió la mano, como hacía de pequeña antes de
saber andar. Se la apretó con fuerza, transmitiéndole la
intensidad de su sentimiento.
- Mi vida…- Sara le besó.
No sabía qué añadir, estaba confusa. Durante
años había construido un edén para su hija, y
ahora la veía abrir la mandíbula, pegar los dientes a la
cáscara, contraer los labios y morder la manzana.
Melisa soltó la mano de su madre, la puso bajo su barbilla, y le
irguió la cabeza con suavidad, hasta que las dos se miraron de
frente.
- Mi vida…-Desvió la mirada hacia la puerta- Ignoras…- Un fuerte
ronquido la interrumpió, el aire quedó apelmazado en el
ruido- Ignoras las amenazas…- Continuó bajando el tono de voz-
Toca el suelo con los pies, y te hará daño.
El ruido soltó el aire, segándolo como una cuchilla. La
tos de Antonio se escuchó de nuevo.
Paloma
Petschen
|